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	<title>Martín Santiváñez &#187; PT</title>
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		<title>La muerte de los otros</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Aug 2013 05:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín Santiváñez</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Leviatán tropical que el castrismo ha construido a lo largo de sesenta años exige, de manera sistemática, una cuota de sangre.</strong> La legitimidad del modelo está en función al <strong>terror</strong> que el líder y el partido son capaces de imponer. La cuota, ese concepto que todo revolucionario convicto y confeso aprende en las “escuelas populares”, es el pago que demanda la ideología para construir aquí en la tierra el paraíso ácrata, <strong>el Edén del “hombre nuevo”,</strong> un mito apreciado por los remanentes del <strong>guevarismo</strong>. Así, el Estado regentado por los <strong>Castro</strong>, adecuando principios de la <strong>ortodoxia comunista</strong> a la realidad latinoamericana, ha seguido el viejo manual político esbozado por <strong>Marx</strong>, el hombre que escribió, en un arrebato de sinceridad radical, que lo suyo (y lo de sus discípulos) era “proferir gigantescas maldiciones”. En realidad, lo que el castrismo ha hecho con <strong>Cuba </strong>es la hoja de ruta de todos los regímenes comunistas que han sido, son y serán.<strong> Todo se legitima si con ello se construye el futuro. </strong>Siguiendo esta lógica,<strong> la sangre puede y debe ser ofrecida en holocausto si con ello se consolida la revolución.</strong></p>
<p>Por eso, no sorprende que un Estado construido bajo estas premisas ideológicas totalitarias y maniqueas, haya decidido <strong>asesinar a un opositor de fuste como Oswaldo Payá</strong>. Sin logros económicos que ofrecer después de sesenta años de mesianismo y estatolatría, los Castro sólo puede mantenerse en el poder empleando en el frente interno, indistintamente, la coerción masiva o la<strong> aniquilación selectiva</strong>. Además, en el exterior, el castrismo disfruta del apoyo material del <strong>ALBA</strong> y de la complicidad política de ese bloque que algunos analistas denominan la <strong>“nueva izquierda latinoamericana”</strong>: el <strong>lulismo del PT</strong>, el socialismo chileno de la <strong>Bachelet</strong>, la confluencia peruana de <strong>Villarán</strong>, etcétera. La realidad es clara: la “nueva izquierda” latinoamericana nunca ha dejado de acudir a los besamanos que periódicamente organiza<strong> La Habana</strong>.</p>
<p><span id="more-60"></span>Este es el Estado policial que ha asesinado a Oswaldo Payá después de perseguirlo durante toda su vida pública. Esta es la tiranía clásica a la que Payá se enfrentó con valentía, fe y decisión. Un despotismo que apela al miedo, al comisariato y al “juicio popular”, apoyándose en el aplauso o el silencio cómplice de sus parientes ideológicos. <strong>No es un Estado distinto a las dictaduras que edificaron muros, Gulags o campos de concentración.</strong> El grado de refinamiento, la sofisticación que el instrumento de los Castro ha desarrollado en la vigilancia y la represión sólo es comprensible si tomamos en cuenta el soporte internacional, el paraguas externo, la ayuda o <strong>el silencio de la comunidad global.</strong> Oswaldo Payá no sólo era un obstáculo interno. Se había transformado en un referente peligroso a nivel mundial. La lógica revolucionaria, la de la cuota por el futuro, entró en juego materializándose en el asesinato narrado en <em>el mundo</em> por<strong> Ángel Carromero</strong>. La existencia, la propia condición vital de un líder que predicó el mensaje de libertad, unidad y reconciliación era insoportable para un Partido que se legitima desde hace seis décadas en función al miedo y la división.</p>
<p><strong>La muerte de Oswaldo Payá no es un crimen más de la dictadura castrista</strong>. Su asesinato puede y debe generar una reacción internacional que liquide la aspiración de convertir a los Castro, a punta de maquillaje, en los autores iluminados de una “democracia popular” distinta, pero tolerable.</p>
<p><strong>España no debe pactar con el terrorismo de Estado</strong>. Si quiere recuperar la iniciativa a nivel regional, el gobierno tiene que denunciar las irregularidades del caso Payá, la ilegalidad del trato a Carromero y la represión dictatorial que estrangula a la oposición cubana día a día. El que guarda silencio ante la muerte de Payá es un cadáver, un cuerpo inerte para la democracia.<strong> Porque Oswaldo, el socialcristiano, encarnó siempre lo mejor de Cuba: la síntesis por encima de las divisiones, la denuncia valiente ante el foro internacional y la esperanza de un cambio real.</strong> Los otros, los que han construido a fuerza de ideología una dictadura feroz y los que callan movidos por falsos cálculos políticos, convergen en un mismo y execrable resultado: la prolongación material de un Leviatán tropical que exige en holocausto, cada cierto tiempo, la cuota de sangre de los mejores hijos de la libertad.</p>
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