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	<title>Mariano Fazio &#187; Benedicto XVI</title>
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		<title>El papa Francisco: redescubrir nuestra identidad latinoamericana</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Jul 2015 03:00:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano Fazio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El 13 de marzo de 2013 cambió, en cierto sentido, la historia de América Latina. Con la elección de un hijo de este continente como sucesor de San Pedro, nuestra región pasó de la periferia -un término muy querido por Francisco- al centro de la escena mundial. Región en la que vive el 42 % de... <a href="http://opinion.infobae.com/mariano-fazio/2015/07/08/el-papa-francisco-redescubrir-nuestra-identidad-latinoamericana/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El 13 de marzo de 2013 cambió, en cierto sentido, la historia de América Latina. Con la elección de un hijo de este continente como sucesor de San Pedro, nuestra región pasó de la periferia -un término muy querido por Francisco- al centro de la escena mundial. Región en la que vive el 42 % de los católicos del mundo y que posee unas raíces cristianas de más de cinco siglos de historia.</p>
<p>Un tema recurrente en el pensamiento del cardenal Jorge Mario Bergoglio antes de su elección a la sede de Pedro es la necesidad de hacer memoria para comprender el presente y proyectar el futuro. Esto tiene en primer lugar una lectura teológica. En el <i>Antiguo Testamento</i> son numerosas las citas donde se anima a los israelitas a recordar las misericordias que Dios tuvo para con su pueblo. Misericordias que llegan a un culmen con la pasión, la muerte y la resurrección de Jesucristo, que no solo recordamos, sino que revivimos en la eucaristía y en nuestra vida. A la luz de estos misterios -nos animaba el cardenal- debemos recorrer nuestras vidas para descubrir la presencia de Dios en ellas, y proyectar el futuro de acuerdo con los planes de Dios para cada uno de nosotros.<span id="more-20"></span></p>
<p>Habiendo sido profesor de literatura y un lector infatigable, al cardenal Bergoglio le gustaba emplear imágenes de los clásicos para ejemplificar ideas quizá más abstractas. Su imagen preferida para poner de relieve la unión entre memoria del pasado que influye en el presente y se proyecta hacia el futuro es la de Eneas, que sale de Troya llevando en sus espaldas a su anciano padre, Anquises, y de la mano de su hijo Ascanio. Hace suyo el pasado, la tradición, el bagaje de la sabiduría de los ancestros, y la transmite de forma creativa a su hijo que continuará fiel a la tradición, pero sin obstinaciones estáticas cerradas a la innovación.<strong> Y lo que sucede en la historia personal también acaece en la vida de los pueblos.</strong></p>
<p>Hay un texto del entonces arzobispo de Buenos Aires que me gustaría traer a colación, porque se refiere a esa identidad latinoamericana, mestiza y cristiana, que compartimos desde México hasta Tierra del Fuego: “Los pueblos tienen memoria, como las personas. La humanidad también tiene su memoria común. En la cara del mataco [indio del Chaco] está la memoria viva de una raza sufrida. En la voz del riojano está san Nicolás. Monseñor Tavella [obispo de Salta] contaba que en un pueblo de su diócesis encontró a un indio rezando tremendamente concentrado. Estuvo mucho tiempo así, al obispo le llamó la atención y le preguntó qué rezaba. ‘El catecismo’, contestó el indio. Era el catecismo de Santo Toribio de Mogrovejo. La memoria de los pueblos no es una computadora, sino un corazón. Los pueblos, como María, guardan las cosas en su corazón. La alianza del pueblo de Salta con el Señor del Milagro, el Tincunaco (fiesta cívico-religiosa de La Rioja), en fin, todas las manifestaciones religiosas del pueblo fiel son una eclosión espontánea de su memoria colectiva. Allí está todo: el español y el indio, el misionero y el conquistador, el poblamiento español y el mestizaje. Lo mismo pasa aquí en Buenos Aires. A Luján va la gente del interior que vino a buscar trabajo, va el inmigrante que vino a hacer la América… pero el punto de unión es siempre el mismo: la Virgencita, símbolo de la unidad espiritual de nuestra nación, anclada en la memoria de nuestro pueblo”.<a title="" href="file:///C:/Users/Erika/Downloads/2015%20Francisco%20y%20America%20Latina,%20Mariano%20Fazio.docx#_ftn1"><br />
</a></p>
<p><strong>La religiosidad popular de nuestras naciones, que tan viva está en Ecuador, Bolivia y Paraguay, nos habla de esa identidad continental, de la Patria Grande</strong>. Benedicto XVI consideraba que dicha religiosidad es “el gran tesoro de la iglesia en Latinoamérica”. Y para Bergoglio la valoración de la religiosidad popular tiene que partir de una antropología que identifique al hombre como “el ser de lo trascendente, de lo sagrado”. Es la única creatura capaz de adorar. A lo largo de la historia del subcontinente, la religiosidad popular es “depósito efectivo de la síntesis cultural fundante de América Latina, producida en los siglos XVI y XVII, que guarda celosamente la variedad e interconexión de los sustratos indios, negros y europeos”.</p>
<p>La religiosidad popular, que está en el corazón del papa y que constituye un rasgo de nuestra identidad, no puede quedarse en un mero ritualismo o sentimentalismo. Ha de llevar a la conversión de vida. El papa Francisco ha insistido muy frecuentemente en que debemos derribar muros y construir puentes. En su mirada hacia América Latina siempre ha procurado unir, superar visiones dialécticas que tanta sangre han causado en nuestra historia. Si tuviéramos que hacer una selección de los términos más empleados por el romano pontífice, necesariamente pondríamos: misericordia, encuentro, diálogo, perdón, por favor, gracias. El papa Francisco volverá feliz de su periplo por la “periferia” si comprueba que además de haber renovado y revitalizado las tradiciones religiosas populares identitarias, <b>entró en el corazón de los pueblos que ha visitado la necesidad de la conversión, para ser arropados por la misericordia de Dios y dar la vida por los demás, superando la cultura del descarte</b>. Hacer vida de nuestras vidas esas palabras claves de su magisterio.</p>
<p>Benedicto XVI alguna vez expresó su deseo de que América Latina fuera no solo el continente de la esperanza, sino también el continente del amor. El viaje de Francisco ayudará sin duda a que este deseo poco a poco -con la conversión diaria- se vaya convirtiendo en realidad.</p>
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		<title>El Papa bueno llega a los altares</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Apr 2014 08:20:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano Fazio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El 9 de octubre de 1958 moría en Castelgandolfo –residencia veraniega de los Papas- Pío XII, que había regido la Iglesia desde 1939. Casi veinte años de un pontificado intenso, condicionado por la Segunda Guerra Mundial, la posterior Guerra Fría y el aceleramiento de los cambios culturales, sociales y económicos del mundo de la post-guerra.... <a href="http://opinion.infobae.com/mariano-fazio/2014/04/26/el-papa-bueno-llega-a-los-altares/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El 9 de octubre de 1958 moría en Castelgandolfo –residencia veraniega de los Papas- Pío XII, que había regido la Iglesia desde 1939. Casi veinte años de un pontificado intenso, condicionado por la Segunda Guerra Mundial, la posterior Guerra Fría y el aceleramiento de los cambios culturales, sociales y económicos del mundo de la post-guerra. El Papa Pío XII gobernó con autoridad, en el sentido clásico de auctoritas, autoridad moral. Sus capacidades humanas excepcionales –una inteligencia preclara y una memoria fuera de lo común-, unidas a una profunda vida espiritual y a un estilo de comunicación solemne y a veces dramático, lo colocaron en un puesto central en la escena mundial mientras ocupó la sede de Pedro.</p>
<p>A su muerte, que causó conmoción en todo el orbe cristiano y en el mundo en general, el pueblo se preguntaba <strong>quién sería capaz de sustituir a una figura de una personalidad tan sobresaliente como la de Eugenio Pacelli</strong>. Menos de tres semanas después del fallecimiento de Pío XII, el Espíritu Santo, a través del voto de los cardenales, daba la respuesta: <strong>su sucesor era el Patriarca de Venecia, Angelo Roncalli, que en ese momento tenía 77 años.</strong></p>
<p><a href="http://opinion.infobae.com/mariano-fazio/files/2014/04/san-juan-xxiii-obediencia-y-paz-9788432143670.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-8" alt="san-juan-xxiii-obediencia-y-paz-9788432143670" src="http://opinion.infobae.com/mariano-fazio/files/2014/04/san-juan-xxiii-obediencia-y-paz-9788432143670.jpg" width="455" height="718" /></a></p>
<p>Pío XII apreciaba sinceramente a Roncalli: lo había promovido nada menos que a la nunciatura en París, y después de ocho años en la capital de Francia, a una de las sedes más tradicionales de Europa: Venecia. Las entrevistas que mantuvieron fueron signadas por la confianza y el agradecimiento por parte del Papa. Y sin embargo, <strong>las personalidades de Pacelli y de Roncalli eran muy diferentes</strong>. El primero, perteneciente a una familia noble romana; el segundo, a una familia campesina modestísima de provincia; Pacelli, alto, delgado, fibroso; Roncalli, entrado en carnes. Unidos en el afecto mutuo, en la fe y en la doctrina, sus estilos humanos estaban en las antípodas.</p>
<p>La Iglesia Católica y el mundo han vivido algo parecido en los últimos meses. <strong>Es emocionante y edificante el cariño y la admiración mutua entre Benedicto XVI y Francisco. A su vez, los estilos humanos son tan diferentes como los de Pío XII y Juan XXIII</strong>. Las diferencias de carácter y personalidad, y la continuidad en el mismo amor a Cristo y a su Iglesia son una riqueza para esta barca de Pedro, que lleva más de dos mil años navegando por los mares del mundo.</p>
<p><strong>San Juan XXIII es uno de los Papas más queridos del siglo XX</strong>. En mi libro <em>San Juan XXIII: Obediencia y Paz</em>, he tratado de presentar algunas características de su espíritu. Sobresale como uno de los hilos conductores de su vida su abandono a la voluntad del Señor, emblematizado en su lema episcopal: Obediencia y paz. Desde que siente la llamada de Dios al sacerdocio hasta que muere como Romano Pontífice, Angelo Giuseppe Roncalli ha ido ascendiendo en dignidades eclesiásticas: seminarista escogido para proseguir sus estudios en Roma, secretario del obispo de Bérgamo, director de las misiones pontificias en Italia, obispo con encargos pastorales y diplomáticos en Bulgaria primero, en Turquía y Grecia después, para culminar su carrera en el servicio exterior de la Santa Sede nada menos que en París. Tras el cardenalato y el patriarcado de Venecia, es elegido Romano Pontífice en el cónclave de 1958. <strong>Lo sorprendente es que nunca buscó para sí semejantes honores. Aborrecía de esa enfermedad clerical, que en italiano se denomina carrierismo, es decir, manejarse astutamente para hacer carrera e ir subiendo en el escalafón eclesiástico. Su actitud fue la de una confianza total en la Providencia</strong>, manifestada en ir siguiendo las indicaciones de sus superiores, poniendo, esos sí, toda su capacidad humana al servicio de las tareas de la misión evangelizadora que en cada momento se le encomendaran. <strong>No vivió para sí, no fue “autorreferencial”, sino que se entregó con alma y cuerpo a su vocación apostólica.</strong></p>
<p>La paz que transmitía a su alrededor, fruto de la obediencia a la voluntad de Dios, se apoyaba en una lucha interior que le llevó desde las escaramuzas espirituales de su época de seminarista a una continua unión con el Señor en su madurez y vejez. Su recurso confiado a la Virgen y a numerosos santos de su devoción le acompañaron durante toda la vida.</p>
<p>El rico bagaje de su vida espiritual, unido a la afabilidad, sencillez y amabilidad que tenía por naturaleza, se desplegó con generosidad en los casi cinco años que ocupó la Sede de Pedro. A su vez, <strong>la confianza en el Señor lo impulsó a convocar el Concilio Vaticano II, hecho central de la vida de la Iglesia en los tiempos contemporáneos</strong>. Este suceso cambió radicalmente el carácter de su pontificado: de ser un período de transición, pasó a ser –siempre en la continuidad del pontificado romano- un hito que señala un antes y un después.</p>
<p>Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, y ahora el Papa Francisco consideraron prioritario poner en práctica el Concilio. Han sido innumerables los frutos de la aplicación de los documentos conciliares. No faltaron tampoco interpretaciones erróneas, confusionismo y desviaciones. La Iglesia, que como dice el mismo Concilio, citando a San Agustín, peregrina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios (cfr. Lumen gentium, 8), cuenta con la <strong>intercesión de un nuevo santo, para que se sigan sacando luces del Concilio Vaticano II</strong>, y se cumplan los objetivos de una renovación de la vida del mundo, en obediencia al Príncipe de la Paz, que hace nuevas todas las cosas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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