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	<title>Marcelo Montes &#187; Unión Soviética</title>
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		<title>Crimea sin claroscuros</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Mar 2014 09:30:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La conversación telefónica de Putin con Cristina, agradeciendo el apoyo argentino a la posición rusa sobre Crimea, marca un nuevo capítulo de las relaciones especiales entre nuestros dos países en los últimos 150 años. La alusión presidencial a la analogía de Malvinas y el referéndum de 2013, más cierta coincidencia, básica, por cierto, respecto a la multipolaridad mundial, parecen convertirse en signos inequívocos de un vínculo que debiera consolidarse, a pesar de las distancias culturales entre la Federación Rusa y la República Argentina. Sin embargo, <strong>la relevancia de las cuestiones merece una lectura más detallada y menos ingenua, para evitar errores del pasado, cuando se tejieron expectativas desmedidas y pobres resultados de política exterior.</strong></p>
<p>En los últimos días, los argentinos recordamos que existe la Península de Crimea en el mapa mundial, pero llamativamente ese lugar con nombres históricamente ricos como Sebastópol y Yalta que suponíamos formaban parte de la inmensa tierra rusa no lo era. Era ucraniana. El proceso de disgregación soviética de 1991-1992, que aquí se vivió como un “triunfo occidental”, nos hizo perder de vista que la Península había pasado a formar parte de la República ucraniana, ya mucho antes, en tiempos del desestalinizador Khruschov, quien en una sesión secreta del Presidium soviético, con varios miembros del cuerpo colegiado, ausentes, virtualmente les donó a los ucranianos, entonces integrantes de la URSS, aquella tierra de sentimientos especiales para tártaros y rusos.</p>
<p>Pero Crimea, en una magnitud algo mayor a Ucrania, de la que se puede dudar -y mucho- acerca de su estatalidad, porque prácticamente toda su historia vivió bajo dominio de otros (lituanos, polacos, rusos, turcos otomanos), tiene un enorme significado para los rusos, habituados a ser Imperio -y no Estado-, que viven intensamente su territorialidad (la más grande del mundo) y perciben con dramatismo, como pocos pueblos, su expansión o pérdida.</p>
<p>Durante siglos, sobre todo, en los tiempos antiguos, Crimea fue escenario de intensas pujas por su dominación, por parte del Gran Ducado de Lituania, la Confederación polaca-lituana, el khanato tártaro y Moscovia. Durante la modernidad, los Imperios Turco-Otomano, los Habsburgo y los Romanov, se disputaron su control. Finalmente, conquistada por los ejércitos rusos de Catalina La Grande a los turcos en el tramo final del siglo XVIII, estuvo bajo dominio imperial ruso, en los últimos dos siglos, aunque ni la historiografía zarista ni la bolchevique jamás presentaron a Crimea, como una unidad nacional homogénea.</p>
<p>Los tártaros reivindicaron el nombre de “Crimea” aunque con autonomía, tras la Revolución de Octubre, pero esto no fue bien recibido por el Comité Central del Partido Comunista de Moscú y ya en los años treinta, un 20 % de tártaros sobre una población de 200.000, fueron deportados a Siberia. El resto tampoco pudo evitar la nueva deportación de 1944, esta vez a las repúblicas centroasiáticas. Como se dijo anteriormente, Khruschov, revirtió estas políticas, transfirió Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania en 1954 y favoreció el regreso de los tártaros, pero esta vez, éstos tuvieron que convivir con los nuevos habitantes, ruso-parlantes y ucranianos. En ocasión del fin de la URSS, Crimea siguió siendo parte de Ucrania, no obstante el status especial negociado de la Flota rusa del Mar Negro, estacionada con más de 20.000 marinos rusos, en el legendario -para los sentimientos de Moscú- puerto de Sebastopol.</p>
<p>Los mencionados y la obsesión por el acceso a los mares cálidos; la Guerra de Crimea en el siglo XIX y el mito de Sebastópol, fueron marcando uno tras otro, hitos en la historia rusa, que se repiten por generaciones. Si bien, Yeltsin reconoció la independencia ucraniana, y con ella, la de la propia península, tanto Bielorrusia, Ucrania como Crimea,  para gran franja de la elite imperialista y civilizacionista rusa (parlamentarios, líderes opositores, algunos oficialistas, intelectuales, militares), integran el corazón o núcleo cultural ruso-eslavo, al estilo de Hawaii o Puerto Rico -y por qué no, Canadá-, para Estados Unidos de América.</p>
<p>Esto explica por qué uno de los efectos (no deseados) de la caída del ex presidente ucraniano  Yanukovich, fue la reacción adversa del Parlamento crimeo, el posterior referéndum y el triunfo separatista, pidiendo el regreso a la dependencia rusa. En términos objetivos, habiendo allí, más de la mitad de habitantes ruso-parlantes, cabe recordar que desde los años noventa, habían fracasado políticamente, los movimientos separatistas en la región. Pero la extrema radicalización del Euromaidan, en términos nacionalistas ucranianos antirrusos, superando la inacción europea, más el “laissez-faire” alentado desde Rusia, que pudo ver así, plasmada su revancha por la disgregación de la ex hermana eslava, Yugoslavia, favorecida por la OTAN en los noventa, condujeron a la dinámica separatista.</p>
<p>Lo descrito, no hace más que “poner en blanco sobre negro”, entonces, las semejanzas (pocas o ninguna) y diferencias (muchísimas) con el caso malvinense, territorio, donde, debido a la Guerra de Malvinas, de ningún modo,  los isleños, quieren volver a la soberanía argentina, sino que les seducen a futuro, dos opciones: en el corto plazo, la soberanía británica y en el largo, por qué no, la independencia total.</p>
<p>En cambio, si, la cuestión pasa por juzgar el comportamiento de las grandes potencias respecto a sus dobles estándares, es decir, por qué en ciertos casos, los movimientos separatistas son bien apreciados y por qué, en otros, no lo son, habría que repasar mucho la historia mundial, para verificar que ésa ha sido la conducta de casi todos los Estados modernos, en el orden internacional.</p>
<p>Rusia, quien se ha comportado como un Imperio realista durante buena parte de su historia, excepto el brevísimo interregno de 1992-1993 (período Yeltsin-Kozyrev), lo sabe mejor que nadie y supo actuar así durante la propia Guerra de Crimea en el siglo XIX, cuando a través del Canciller Gorchakov, aceptó la derrota militar frente a las grandes potencias y luego, recuperó esa tierra, por vía diplomática. Tal vez, ése debiera ser el capítulo de la historia que nuestro gobernantes y políticos en general, ojalá leyeran y estudiasen con mayor enjundia, en lugar de dejarse atrapar por la coyuntura vertiginosa pero tantas veces, productora de mayor confusión.</p>
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		<title>Herencias de la Guerra Fría</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Mar 2014 09:35:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace más de dos décadas, <strong>Ucrania fue uno de los tres estados firmantes del acta de defunción de la Unión Soviética</strong>, demostrando así, por un lado, su lealtad histórica al viejo imperio comunista pero también su firme decisión de enterrarlo. Tras un período de cierto “<em>impasse</em>” en su relación especial con Rusia, en cierto modo, la continuadora jurídica de la antigua unión, esa aparente dualidad volvió a hacerse elocuente en el año 2004. En dicha ocasión, protestas civiles y presiones internacionales, bajo el “paraguas” de “<strong>Revolución Naranja</strong>” urgieron por nuevas elecciones al presidente Yanukovich (aliado del Kremlin ruso) y meses más tarde, ya en 2005, catapultaron a la dupla <strong>Yushenko-Timoshenko</strong> al poder, bajo un régimen político semipresidencialista. Facciosidad, corrupción, populismo, sobreactuación de Timoshenko y otros factores, favorecieron el fin de dicha coalición liberal-demócrata y con ella, el fin de las ilusiones “prooccidentalistas”.</p>
<p>En el 2010, insólitamente, con el apoyo de su viejo archirrival Yushenko, volvió al poder Yanukovich, quien reformó la Constitución para convertir a Ucrania en presidencialista, y tras su categórico triunfo electoral, bajo la nueva institucionalidad dos años más tarde, envió a prisión a la líder opositora Yulia Timoshenko, bajo cargos de corrupción. Así, <strong>Yanukovich demostraba ser nada original: al igual que la gran mayoría de los países detrás de la ex “Cortina de Hierro”, lideraba un régimen político con fachada democrática, pero nada liberal, con cooptación de los medios de comunicación, clientelismo empresario</strong> (los oligarcas de Donetsk y Dnieperpetrovsk), <strong>más corrupción y desigualdad social.</strong> Sin embargo, cuando en noviembre del año pasado, Yanukovich, en la soledad del poder y con un contexto económico bastante adverso, decidió no adherir a la posibilidad de ingreso a la UE en Vilna (capital de Lituania), estallaron manifestaciones civiles, aunque inicialmente, de menor tenor a las de 2004. La posterior represión y la palpable demostración de un gobierno debilitado, estimularon las protestas sin liderazgo claro pero cuando el Presidente acordó primero con Rusia, la aceptación de un préstamo multimillonario y gas a precio subsidiado, y trascartón, sancionó leyes que prácticamente prohibían las protestas. Todo el clima confrontativo empeoró. El ex campeón mundial de boxeo Vitali Klitschko, incorporado hace un par de años a la actividad política, al frente del partido UDAR y otros sectores de cuño ideológico liberal o nacionalista, extremistas, como “<em>Patria</em>” y “<em>Swoboda</em>” (Libertad), se vieron motivados a actuar, incluso en términos cuasi paramilitaristas, esta vez, <strong>bajo la expresión “<em>Euromaidan</em>”.</strong></p>
<p><span id="more-57"></span>La naturaleza de estas protestas que terminaron con el mandato de Yanukovich, fue muy diferente de las de hace una década. Aquellas poseían visos de cierta legalidad, tenían su origen en el reclamo contra elecciones fraudulentas y tenían la clara intención de promover el triunfo de Yushenko a través de su coalición política. El <em>Euromaidan</em>, en cambio, presentó visos de violencia cuasi anárquica, preocupante; nunca estuvo clara la intencionalidad de grupos tan heterogéneos a quienes los unía, desalojar a Yanukovich pero no ungir a nadie en especial y finalmente, <strong>tampoco resultó tan evidente que siquiera tuvieran un contenido proeuropeísta u occidentalista</strong>, ya que entre los manifestantes, hubo grupos tradicionalistas radicalizados, en cualquier caso, anti Bruselas. No faltaron aquellos que pretendieron encabezar raídes antisemitas o antirrusas.</p>
<p>Claramente, la dinámica política interna es la que decisivamente influye en el comportamiento de los actores. Ucrania no fue noticia alguna en los diarios internacionales entre 1992 y 2004, gracias al liderazgo de Kravchuk y Kuchma, en el marco de un régimen político semipresidencialista pero oligárquico y corrupto, lejos de los modelos transicionales poliárquicos, checo y polaco. La evolución política ucraniana, populista, clánica y con cierto grado de polarización entre una mitad social propeuropea y otra mitad prorrusa, es un simple reflejo de la geografía económica y étnica ucraniana, atravesada por tales clivajes. Incluso, en términos industriales, el sudeste ucraniano, de auge en la era comunista y de decadencia “protegida” en la postcomunista, es un reservorio de <em>statu quo</em> que retroalimenta al sistema político.</p>
<p>No obstante ello, Rusia siempre ejerció gravitación, ya sea, negociando la continuidad de la flota del Mar Negro, el control del armamento nuclear, la moneda común, etcétera. <strong>Tanto en el 2004 como en el 2006, Moscú ejerció una insoportable presión sobre el suministro y precio del gas a Kiev</strong>. La historia común (el Rus de Kiev y su competencia con Moscú, el papel de Catalina La Grande, las amenazas polacas y alemanas, el pasado estalinista, las decisiones de Khruschev) y cierto paternalismo cultural que ejerce Rusia sobre Ucrania aunque también, una actitud especial y oportunista de ésta en relación a aquélla, hacen que el Kremlin, sobre todo, bajo el liderazgo de Putin, no renuncie a tal influencia. La reciente defensa de los rusos parlantes y étnicos de <strong>Crimea</strong>, un lugar caro a los sentimientos históricos de Moscú, así lo atestigua. <strong>Putin presionará y pondrá máxima tensión en dicho espacio, pero no apoyará secesiones, porque hacerlo, implicaría aceptar el mismo estándar para el caso checheno,</strong> lo cual, sería irracional en términos geopolíticos.</p>
<p><strong>En el caso de la Unión Europea y Estados Unidos, sus intereses pueden ser convergentes, en torno a respaldar una Ucrania más autónoma de Moscú, pero al mismo tiempo, las diferencias de énfasis y roles, son notorias</strong>. Mientras para la primera, la variable económico-comercial y en segundo lugar, la de los valores democráticos, pueden llegar a ser prioritarias en la relación con Kiev, para Washington, sólo la seguridad, en términos de la OTAN, en un espacio postsoviético de relevancia, merecería algún tipo de involucramiento, aún con cautela. La posición de Ucrania, en una esfera tan cercana a Moscú, lejos de estimular a Washington a decisiones audaces y de incierto costo, en realidad, la neutraliza. También resulta claro, tras una década de la “Revolución Naranja”, que la UE podría haber contribuido eficazmente al fortalecimiento institucional democrático de Ucrania y lamentablemente, no lo hizo. Hoy, pueden comprobarse las consecuencias internas de tal déficit cooperativo.</p>
<p>Pe<strong>ro Ucrania también ha jugado su propia carta y ha intentado manipular tanto a Moscú como a Bruselas.</strong> Alternativamente, Yanukovich como Timoshenko negociaron precios, transporte y suministro efectivo del gas a Europa, en condiciones cuanto menos opacas;<strong> usaron demagógicamente la adhesión a la OTAN y a la UE</strong> -en este caso, mera “vecindad”-, dado su carácter de <em>status</em> simbólico y no de solución real a los problemas domésticos. También ilusionaron a Moscú, con la incorporación a su bloque comercial regional con países euroasiáticos, más Georgia y Bielorrusia: la élite ucraniana, en su intimidad, observa que dichos “socios” han sido sobrevalorados en comparación con los mayores avances que ha logrado Kiev en torno a su modernización para entrar por ejemplo, al “club europeo”. Así,<strong> la nada confiable élite ucraniana “juega a dos puntas” pero no se ve compensada suficientemente por ninguno de los dos actores externos nombrados que, por otra parte, también son interdependientes</strong>, dados sus negocios energéticos conjuntos, demanda de turismo, etcétera.</p>
<p>Finalmente, <strong>habrá que seguir observando a Kiev.</strong> Sólo allí, la élite post Yanukovich, aislando a los radicalizados del <em>Euromaidan</em>, tendrá que acordar, bajo la tutela de la UE, Washington y obviamente de Moscú, un camino pacífico a las elecciones de mayo próximo, evitando herir las sensibilidades cuasidisgregacionistas del este, el sur y de la propia Crimea.</p>
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