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	<title>Marcelo Montes &#187; Unión Europea</title>
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		<title>Rusia en la crisis siria</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Oct 2015 09:54:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Los acontecimientos en este mundo en transición, donde no alcanza a vislumbrarse lo enteramente nuevo y tampoco se aleja lo viejo, es decir, donde lo actual es, en realidad, efecto —y no retorno— de aquella Guerra Fría que nos dejó hace 24 años, son vertiginosos. Pocas horas después de una histórica 70.ª Asamblea de la ONU, por su inusual desfile de primeros mandatarios de las potencias y el regreso de otros que hacía tiempo no aparecían por Nueva York, con un trasfondo de gestos y acuerdos mutuos, el ruido de las bombas y los misiles volvió a estallar en Medio Oriente. Los modernos Sukhoi rusos volvieron a bombardear como no lo hacían desde la invasión soviética a Afganistán o, más recientemente, en Georgia 2008. Para muchos, es el retorno del viejo enfrentamiento, pero, una vez más, se equivocan. El contexto, los actores, pero también los intereses, son absolutamente diferentes.</p>
<p>Desde la crisis ucraniana, tras la hora y media que demandó la reunión Vladimir Putin-Barack Obama, por fin, Estados Unidos admitió que no puede ser un llanero solitario en el mundo actual y que Rusia, al igual que antes y después de los atentados del 2001, puede brindar una decisiva ayuda con el fin de reordenar lo desordenado por Washington mismo, tanto con sus “neocons” y “unipolaristas” en la gestión Bush (hijo) como por los “neoidealistas” del propio Obama, tras la Primavera Árabe de 2011. De todos modos, tal reconocimiento no implica unanimidad de criterios en relación con la crisis siria, sus causales y su desenlace, sino, por el contrario, un mero <i>impasse</i>.<span id="more-74"></span></p>
<p>Varias razones justifican el involucramiento ruso. Putin interpreta hace tiempo que su eternamente incomprendido país, tanto o más custodio histórico de la cristiandad que el Viejo Mundo, tiene el cáncer del fanatismo musulmán tanto wahabista como sunita en su propio territorio, desde la primera guerra chechena en los noventa, mucho antes que Occidente. Por ello, miles de voluntarios de origen eslavo pelean en territorios sirio e iraquí, financiados insólitamente por Washington, desde hace más de dos años, con la excusa —irreal— de la lucha contra el despotismo de Bashar al-Assad. Rusia puede exportar su “know-how” en la materia, brindar su ayuda militar y, al mismo tiempo, proteger, al igual que en Crimea, tras el estallido de la crisis ucraniana, sus intereses geopolíticos, es decir, su base naval de Tartus, instalada en Siria desde 1971, con 1.700 hombres, ese acceso tan deseado, desde Pedro El Grande, a los mares cálidos, en este caso, el Mediterráneo. <b>Al ingresar en la guerra civil siria, Moscú tampoco oculta su propósito de romper con el semiaislamiento internacional que le propinaron la Unión Europea y Estados Unidos</b>, con sus sanciones comerciales a raíz del “Euromaidan” ucraniano, forjadas a la luz de la enorme ignorancia histórica, cultural y geopolítica del lugar que ocupa aún una Ucrania independiente para Rusia.</p>
<p>Sin embargo, el involucramiento ruso no es ni será como en los viejos tiempos, amplio, extenso, duradero e imperialista militar. Ya hace dos años, y aunque nadie se lo reconociera, Rusia intervino con “soft power” para mediar en la eliminación de armas químicas de Bashar al-Assad, lo que lo puso a salvo del ataque masivo occidental y logró lo que Obama, con su Premio Nobel, no había alcanzado: la paz transitoria. Ahora, tras el pedido oficial del propio Bashar al-Assad, Putin ha recibido del Consejo de la Federación la autorización legal correspondiente para ingresar militarmente a Siria, pero ha expresado de modo oficial que sólo usa aviones para realizar raids contra posiciones de Al Qaeda e ISIS, es decir, grupos terroristas. Aunque, conociendo la picardía putinista, es obvio que también destruirá objetivos de la escasa oposición armada “racional” o prooccidental —si es que la hubiere. De esta manera, resguarda al Gobierno de Al-Assad, ya que el realista líder del Kremlin, al estilo de un Kissinger o un Bush (padre) en ocasión de la primera guerra del Golfo con Saddam Hussein, considera en términos prácticos que la decisión escogida es la única forma de terminar con la amenaza yihadista, salvando la integridad territorial siria, hoy a merced de las ambiciones no sólo de las bandas terroristas citadas sino de Turquía, Irán y las monarquías árabes.</p>
<p>Precisamente, <strong>está en juego de modo adicional, aunque no de menor jerarquía, en la crisis siria, la dominación del mundo musulmán</strong> y la disputa feroz entre un 30 % de shiítas (la Irak posinvasión norteamericana, Irán ahora cooperativo con Washington, Siria y El Líbano-Hezbollah) y un 70 % de sunitas (monarquías árabes, Pakistán, ISIS, Al Qaeda, Hermandad Musulmana), con la paradoja de que entre estos últimos conviven aliados circunstanciales y enemigos acérrimos de Estados Unidos.</p>
<p>En su fuero íntimo, Vladimir Putin sabe, pero no puede expresarlo públicamente, que la actual Rusia no está en condiciones militares de competir con Estados Unidos, por muchas razones. Pero sí lo puede hacer en el tablero político, aprovechando las dudas del jefe de Washington y sus colegas europeos. En tal sentido, en una nueva muestra de audacia o cierta extorsión, <b>Putin no apoyará coaliciones prooccidentalistas junto con árabes, pakistaníes y turcos, sino que planteará su propio eje junto con sirios, iraníes e iraquíes</b>, sobre todo hasta no asegurarse de que Occidente le levante las sanciones por Ucrania. Será Obama, ahora, quien exhiba una enorme incomodidad al acabar de consensuar con Irán su desarme nuclear. Las críticas de los “neocons” y “neoidealistas” sobre este acuerdo recrudecerán en los próximos meses, lo acusarán de debilidad ante el “zar Vlad”. Este reposicionamiento internacional le otorga a Putin aún mayor aprobación doméstica que la que ostenta hasta aquí, en un país orgulloso de su pasado y en un momento de dificultades macroeconómicas, producto de la baja del precio del crudo, promovido por los propios árabes sauditas, entre otros.</p>
<p>En términos humanistas, podría criticarse el accionar de Putin, quien antepone objetivos geopolíticos o electoralistas al drama gestado desde —y a pesar— Damasco, pero si su estrategia de detener al yihadismo resulta exitosa, su credibilidad mundial crecerá todavía más, incluso a expensas de la pobre imagen de su propio país. A diferencia de Obama, abrumado por sus contradicciones y las de su propia sociedad, a medio camino entre las preocupaciones humanistas, las ínfulas imperiales moralistas y el cambio demográfico, el ajedrecista Putin, nostálgico del orden internacional posnapoleónico de 1815, concertado y multipolar, no trepida en aprovechar las oportunidades para salvar al Estado ruso y volver a un <i>statu quo</i> mucho más previsible y beneficioso para sus intereses que el actual tembladeral, al cual condujo la primacía excluyente norteamericana, con terribles efectos humanitarios que asolan a media Europa.</p>
<p>Como se acaba de percibir, no hay soluciones fáciles en este mundo en transición. Puede lamentarse la ausencia de ideologías como otrora pero, al menos, tampoco hay ilusiones utopistas ni expectativas desmesuradas como en 1992. Los líderes que sepan anticipar crisis como la siria o la ucraniana, resolubles previamente con una inteligencia que finalmente faltó, escasean, a pesar de que muchos altos dirigentes sentados en los estrados de la ONU esta semana tienen el título de tales, excepto, tal vez, el papa Francisco. <b>Sobran los decisores lentos de reflejos, que actúan a posteriori, con los hechos consumados</b>, como el presidente francés François Hollande o la canciller germánica Ángela Merkel, que no deja de apagar los incendios que le provoca Washington por doquier, sin provocar jamás su rebeldía. Ellos mismos fueron cómplices de los dictadores asiáticos o africanos que hoy vituperan o desprecian. Como expresó con singular crudeza un niño refugiado sirio frente a las cámaras de televisión hace unas semanas: “Estamos aquí porque nuestro país está en guerra. Ahora ayuden a parar la guerra”. Es, ni más ni menos, lo que intenta Putin con sus propios métodos (fríos y descarnados), tal vez similares a los empleados hace años en la escuela de Beslan o en el teatro Dubrovka de Moscú. Ante la ineficacia y la hipocresía occidental sobre el mundo árabe en esta última década, bien cabe darle una chance a la emergente Rusia, aunque no esperemos moralidad ni clemencia, porque puede que ya resulte tarde para ello.</p>
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		<title>Crimea sin claroscuros</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Mar 2014 09:30:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La conversación telefónica de Putin con Cristina, agradeciendo el apoyo argentino a la posición rusa sobre Crimea, marca un nuevo capítulo de las relaciones especiales entre nuestros dos países en los últimos 150 años. La alusión presidencial a la analogía de Malvinas y el referéndum de 2013, más cierta coincidencia, básica, por cierto, respecto a la multipolaridad mundial, parecen convertirse en signos inequívocos de un vínculo que debiera consolidarse, a pesar de las distancias culturales entre la Federación Rusa y la República Argentina. Sin embargo, <strong>la relevancia de las cuestiones merece una lectura más detallada y menos ingenua, para evitar errores del pasado, cuando se tejieron expectativas desmedidas y pobres resultados de política exterior.</strong></p>
<p>En los últimos días, los argentinos recordamos que existe la Península de Crimea en el mapa mundial, pero llamativamente ese lugar con nombres históricamente ricos como Sebastópol y Yalta que suponíamos formaban parte de la inmensa tierra rusa no lo era. Era ucraniana. El proceso de disgregación soviética de 1991-1992, que aquí se vivió como un “triunfo occidental”, nos hizo perder de vista que la Península había pasado a formar parte de la República ucraniana, ya mucho antes, en tiempos del desestalinizador Khruschov, quien en una sesión secreta del Presidium soviético, con varios miembros del cuerpo colegiado, ausentes, virtualmente les donó a los ucranianos, entonces integrantes de la URSS, aquella tierra de sentimientos especiales para tártaros y rusos.</p>
<p>Pero Crimea, en una magnitud algo mayor a Ucrania, de la que se puede dudar -y mucho- acerca de su estatalidad, porque prácticamente toda su historia vivió bajo dominio de otros (lituanos, polacos, rusos, turcos otomanos), tiene un enorme significado para los rusos, habituados a ser Imperio -y no Estado-, que viven intensamente su territorialidad (la más grande del mundo) y perciben con dramatismo, como pocos pueblos, su expansión o pérdida.</p>
<p>Durante siglos, sobre todo, en los tiempos antiguos, Crimea fue escenario de intensas pujas por su dominación, por parte del Gran Ducado de Lituania, la Confederación polaca-lituana, el khanato tártaro y Moscovia. Durante la modernidad, los Imperios Turco-Otomano, los Habsburgo y los Romanov, se disputaron su control. Finalmente, conquistada por los ejércitos rusos de Catalina La Grande a los turcos en el tramo final del siglo XVIII, estuvo bajo dominio imperial ruso, en los últimos dos siglos, aunque ni la historiografía zarista ni la bolchevique jamás presentaron a Crimea, como una unidad nacional homogénea.</p>
<p>Los tártaros reivindicaron el nombre de “Crimea” aunque con autonomía, tras la Revolución de Octubre, pero esto no fue bien recibido por el Comité Central del Partido Comunista de Moscú y ya en los años treinta, un 20 % de tártaros sobre una población de 200.000, fueron deportados a Siberia. El resto tampoco pudo evitar la nueva deportación de 1944, esta vez a las repúblicas centroasiáticas. Como se dijo anteriormente, Khruschov, revirtió estas políticas, transfirió Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania en 1954 y favoreció el regreso de los tártaros, pero esta vez, éstos tuvieron que convivir con los nuevos habitantes, ruso-parlantes y ucranianos. En ocasión del fin de la URSS, Crimea siguió siendo parte de Ucrania, no obstante el status especial negociado de la Flota rusa del Mar Negro, estacionada con más de 20.000 marinos rusos, en el legendario -para los sentimientos de Moscú- puerto de Sebastopol.</p>
<p>Los mencionados y la obsesión por el acceso a los mares cálidos; la Guerra de Crimea en el siglo XIX y el mito de Sebastópol, fueron marcando uno tras otro, hitos en la historia rusa, que se repiten por generaciones. Si bien, Yeltsin reconoció la independencia ucraniana, y con ella, la de la propia península, tanto Bielorrusia, Ucrania como Crimea,  para gran franja de la elite imperialista y civilizacionista rusa (parlamentarios, líderes opositores, algunos oficialistas, intelectuales, militares), integran el corazón o núcleo cultural ruso-eslavo, al estilo de Hawaii o Puerto Rico -y por qué no, Canadá-, para Estados Unidos de América.</p>
<p>Esto explica por qué uno de los efectos (no deseados) de la caída del ex presidente ucraniano  Yanukovich, fue la reacción adversa del Parlamento crimeo, el posterior referéndum y el triunfo separatista, pidiendo el regreso a la dependencia rusa. En términos objetivos, habiendo allí, más de la mitad de habitantes ruso-parlantes, cabe recordar que desde los años noventa, habían fracasado políticamente, los movimientos separatistas en la región. Pero la extrema radicalización del Euromaidan, en términos nacionalistas ucranianos antirrusos, superando la inacción europea, más el “laissez-faire” alentado desde Rusia, que pudo ver así, plasmada su revancha por la disgregación de la ex hermana eslava, Yugoslavia, favorecida por la OTAN en los noventa, condujeron a la dinámica separatista.</p>
<p>Lo descrito, no hace más que “poner en blanco sobre negro”, entonces, las semejanzas (pocas o ninguna) y diferencias (muchísimas) con el caso malvinense, territorio, donde, debido a la Guerra de Malvinas, de ningún modo,  los isleños, quieren volver a la soberanía argentina, sino que les seducen a futuro, dos opciones: en el corto plazo, la soberanía británica y en el largo, por qué no, la independencia total.</p>
<p>En cambio, si, la cuestión pasa por juzgar el comportamiento de las grandes potencias respecto a sus dobles estándares, es decir, por qué en ciertos casos, los movimientos separatistas son bien apreciados y por qué, en otros, no lo son, habría que repasar mucho la historia mundial, para verificar que ésa ha sido la conducta de casi todos los Estados modernos, en el orden internacional.</p>
<p>Rusia, quien se ha comportado como un Imperio realista durante buena parte de su historia, excepto el brevísimo interregno de 1992-1993 (período Yeltsin-Kozyrev), lo sabe mejor que nadie y supo actuar así durante la propia Guerra de Crimea en el siglo XIX, cuando a través del Canciller Gorchakov, aceptó la derrota militar frente a las grandes potencias y luego, recuperó esa tierra, por vía diplomática. Tal vez, ése debiera ser el capítulo de la historia que nuestro gobernantes y políticos en general, ojalá leyeran y estudiasen con mayor enjundia, en lugar de dejarse atrapar por la coyuntura vertiginosa pero tantas veces, productora de mayor confusión.</p>
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		<title>Herencias de la Guerra Fría</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Mar 2014 09:35:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace más de dos décadas, <strong>Ucrania fue uno de los tres estados firmantes del acta de defunción de la Unión Soviética</strong>, demostrando así, por un lado, su lealtad histórica al viejo imperio comunista pero también su firme decisión de enterrarlo. Tras un período de cierto “<em>impasse</em>” en su relación especial con Rusia, en cierto modo, la continuadora jurídica de la antigua unión, esa aparente dualidad volvió a hacerse elocuente en el año 2004. En dicha ocasión, protestas civiles y presiones internacionales, bajo el “paraguas” de “<strong>Revolución Naranja</strong>” urgieron por nuevas elecciones al presidente Yanukovich (aliado del Kremlin ruso) y meses más tarde, ya en 2005, catapultaron a la dupla <strong>Yushenko-Timoshenko</strong> al poder, bajo un régimen político semipresidencialista. Facciosidad, corrupción, populismo, sobreactuación de Timoshenko y otros factores, favorecieron el fin de dicha coalición liberal-demócrata y con ella, el fin de las ilusiones “prooccidentalistas”.</p>
<p>En el 2010, insólitamente, con el apoyo de su viejo archirrival Yushenko, volvió al poder Yanukovich, quien reformó la Constitución para convertir a Ucrania en presidencialista, y tras su categórico triunfo electoral, bajo la nueva institucionalidad dos años más tarde, envió a prisión a la líder opositora Yulia Timoshenko, bajo cargos de corrupción. Así, <strong>Yanukovich demostraba ser nada original: al igual que la gran mayoría de los países detrás de la ex “Cortina de Hierro”, lideraba un régimen político con fachada democrática, pero nada liberal, con cooptación de los medios de comunicación, clientelismo empresario</strong> (los oligarcas de Donetsk y Dnieperpetrovsk), <strong>más corrupción y desigualdad social.</strong> Sin embargo, cuando en noviembre del año pasado, Yanukovich, en la soledad del poder y con un contexto económico bastante adverso, decidió no adherir a la posibilidad de ingreso a la UE en Vilna (capital de Lituania), estallaron manifestaciones civiles, aunque inicialmente, de menor tenor a las de 2004. La posterior represión y la palpable demostración de un gobierno debilitado, estimularon las protestas sin liderazgo claro pero cuando el Presidente acordó primero con Rusia, la aceptación de un préstamo multimillonario y gas a precio subsidiado, y trascartón, sancionó leyes que prácticamente prohibían las protestas. Todo el clima confrontativo empeoró. El ex campeón mundial de boxeo Vitali Klitschko, incorporado hace un par de años a la actividad política, al frente del partido UDAR y otros sectores de cuño ideológico liberal o nacionalista, extremistas, como “<em>Patria</em>” y “<em>Swoboda</em>” (Libertad), se vieron motivados a actuar, incluso en términos cuasi paramilitaristas, esta vez, <strong>bajo la expresión “<em>Euromaidan</em>”.</strong></p>
<p><span id="more-57"></span>La naturaleza de estas protestas que terminaron con el mandato de Yanukovich, fue muy diferente de las de hace una década. Aquellas poseían visos de cierta legalidad, tenían su origen en el reclamo contra elecciones fraudulentas y tenían la clara intención de promover el triunfo de Yushenko a través de su coalición política. El <em>Euromaidan</em>, en cambio, presentó visos de violencia cuasi anárquica, preocupante; nunca estuvo clara la intencionalidad de grupos tan heterogéneos a quienes los unía, desalojar a Yanukovich pero no ungir a nadie en especial y finalmente, <strong>tampoco resultó tan evidente que siquiera tuvieran un contenido proeuropeísta u occidentalista</strong>, ya que entre los manifestantes, hubo grupos tradicionalistas radicalizados, en cualquier caso, anti Bruselas. No faltaron aquellos que pretendieron encabezar raídes antisemitas o antirrusas.</p>
<p>Claramente, la dinámica política interna es la que decisivamente influye en el comportamiento de los actores. Ucrania no fue noticia alguna en los diarios internacionales entre 1992 y 2004, gracias al liderazgo de Kravchuk y Kuchma, en el marco de un régimen político semipresidencialista pero oligárquico y corrupto, lejos de los modelos transicionales poliárquicos, checo y polaco. La evolución política ucraniana, populista, clánica y con cierto grado de polarización entre una mitad social propeuropea y otra mitad prorrusa, es un simple reflejo de la geografía económica y étnica ucraniana, atravesada por tales clivajes. Incluso, en términos industriales, el sudeste ucraniano, de auge en la era comunista y de decadencia “protegida” en la postcomunista, es un reservorio de <em>statu quo</em> que retroalimenta al sistema político.</p>
<p>No obstante ello, Rusia siempre ejerció gravitación, ya sea, negociando la continuidad de la flota del Mar Negro, el control del armamento nuclear, la moneda común, etcétera. <strong>Tanto en el 2004 como en el 2006, Moscú ejerció una insoportable presión sobre el suministro y precio del gas a Kiev</strong>. La historia común (el Rus de Kiev y su competencia con Moscú, el papel de Catalina La Grande, las amenazas polacas y alemanas, el pasado estalinista, las decisiones de Khruschev) y cierto paternalismo cultural que ejerce Rusia sobre Ucrania aunque también, una actitud especial y oportunista de ésta en relación a aquélla, hacen que el Kremlin, sobre todo, bajo el liderazgo de Putin, no renuncie a tal influencia. La reciente defensa de los rusos parlantes y étnicos de <strong>Crimea</strong>, un lugar caro a los sentimientos históricos de Moscú, así lo atestigua. <strong>Putin presionará y pondrá máxima tensión en dicho espacio, pero no apoyará secesiones, porque hacerlo, implicaría aceptar el mismo estándar para el caso checheno,</strong> lo cual, sería irracional en términos geopolíticos.</p>
<p><strong>En el caso de la Unión Europea y Estados Unidos, sus intereses pueden ser convergentes, en torno a respaldar una Ucrania más autónoma de Moscú, pero al mismo tiempo, las diferencias de énfasis y roles, son notorias</strong>. Mientras para la primera, la variable económico-comercial y en segundo lugar, la de los valores democráticos, pueden llegar a ser prioritarias en la relación con Kiev, para Washington, sólo la seguridad, en términos de la OTAN, en un espacio postsoviético de relevancia, merecería algún tipo de involucramiento, aún con cautela. La posición de Ucrania, en una esfera tan cercana a Moscú, lejos de estimular a Washington a decisiones audaces y de incierto costo, en realidad, la neutraliza. También resulta claro, tras una década de la “Revolución Naranja”, que la UE podría haber contribuido eficazmente al fortalecimiento institucional democrático de Ucrania y lamentablemente, no lo hizo. Hoy, pueden comprobarse las consecuencias internas de tal déficit cooperativo.</p>
<p>Pe<strong>ro Ucrania también ha jugado su propia carta y ha intentado manipular tanto a Moscú como a Bruselas.</strong> Alternativamente, Yanukovich como Timoshenko negociaron precios, transporte y suministro efectivo del gas a Europa, en condiciones cuanto menos opacas;<strong> usaron demagógicamente la adhesión a la OTAN y a la UE</strong> -en este caso, mera “vecindad”-, dado su carácter de <em>status</em> simbólico y no de solución real a los problemas domésticos. También ilusionaron a Moscú, con la incorporación a su bloque comercial regional con países euroasiáticos, más Georgia y Bielorrusia: la élite ucraniana, en su intimidad, observa que dichos “socios” han sido sobrevalorados en comparación con los mayores avances que ha logrado Kiev en torno a su modernización para entrar por ejemplo, al “club europeo”. Así,<strong> la nada confiable élite ucraniana “juega a dos puntas” pero no se ve compensada suficientemente por ninguno de los dos actores externos nombrados que, por otra parte, también son interdependientes</strong>, dados sus negocios energéticos conjuntos, demanda de turismo, etcétera.</p>
<p>Finalmente, <strong>habrá que seguir observando a Kiev.</strong> Sólo allí, la élite post Yanukovich, aislando a los radicalizados del <em>Euromaidan</em>, tendrá que acordar, bajo la tutela de la UE, Washington y obviamente de Moscú, un camino pacífico a las elecciones de mayo próximo, evitando herir las sensibilidades cuasidisgregacionistas del este, el sur y de la propia Crimea.</p>
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