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	<title>Marcelo Montes</title>
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		<title>Rusia en la crisis siria</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Oct 2015 09:54:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Los acontecimientos en este mundo en transición, donde no alcanza a vislumbrarse lo enteramente nuevo y tampoco se aleja lo viejo, es decir, donde lo actual es, en realidad, efecto —y no retorno— de aquella Guerra Fría que nos dejó hace 24 años, son vertiginosos. Pocas horas después de una histórica 70.ª Asamblea de la ONU, por su inusual desfile de primeros mandatarios de las potencias y el regreso de otros que hacía tiempo no aparecían por Nueva York, con un trasfondo de gestos y acuerdos mutuos, el ruido de las bombas y los misiles volvió a estallar en Medio Oriente. Los modernos Sukhoi rusos volvieron a bombardear como no lo hacían desde la invasión soviética a Afganistán o, más recientemente, en Georgia 2008. Para muchos, es el retorno del viejo enfrentamiento, pero, una vez más, se equivocan. El contexto, los actores, pero también los intereses, son absolutamente diferentes.</p>
<p>Desde la crisis ucraniana, tras la hora y media que demandó la reunión Vladimir Putin-Barack Obama, por fin, Estados Unidos admitió que no puede ser un llanero solitario en el mundo actual y que Rusia, al igual que antes y después de los atentados del 2001, puede brindar una decisiva ayuda con el fin de reordenar lo desordenado por Washington mismo, tanto con sus “neocons” y “unipolaristas” en la gestión Bush (hijo) como por los “neoidealistas” del propio Obama, tras la Primavera Árabe de 2011. De todos modos, tal reconocimiento no implica unanimidad de criterios en relación con la crisis siria, sus causales y su desenlace, sino, por el contrario, un mero <i>impasse</i>.<span id="more-74"></span></p>
<p>Varias razones justifican el involucramiento ruso. Putin interpreta hace tiempo que su eternamente incomprendido país, tanto o más custodio histórico de la cristiandad que el Viejo Mundo, tiene el cáncer del fanatismo musulmán tanto wahabista como sunita en su propio territorio, desde la primera guerra chechena en los noventa, mucho antes que Occidente. Por ello, miles de voluntarios de origen eslavo pelean en territorios sirio e iraquí, financiados insólitamente por Washington, desde hace más de dos años, con la excusa —irreal— de la lucha contra el despotismo de Bashar al-Assad. Rusia puede exportar su “know-how” en la materia, brindar su ayuda militar y, al mismo tiempo, proteger, al igual que en Crimea, tras el estallido de la crisis ucraniana, sus intereses geopolíticos, es decir, su base naval de Tartus, instalada en Siria desde 1971, con 1.700 hombres, ese acceso tan deseado, desde Pedro El Grande, a los mares cálidos, en este caso, el Mediterráneo. <b>Al ingresar en la guerra civil siria, Moscú tampoco oculta su propósito de romper con el semiaislamiento internacional que le propinaron la Unión Europea y Estados Unidos</b>, con sus sanciones comerciales a raíz del “Euromaidan” ucraniano, forjadas a la luz de la enorme ignorancia histórica, cultural y geopolítica del lugar que ocupa aún una Ucrania independiente para Rusia.</p>
<p>Sin embargo, el involucramiento ruso no es ni será como en los viejos tiempos, amplio, extenso, duradero e imperialista militar. Ya hace dos años, y aunque nadie se lo reconociera, Rusia intervino con “soft power” para mediar en la eliminación de armas químicas de Bashar al-Assad, lo que lo puso a salvo del ataque masivo occidental y logró lo que Obama, con su Premio Nobel, no había alcanzado: la paz transitoria. Ahora, tras el pedido oficial del propio Bashar al-Assad, Putin ha recibido del Consejo de la Federación la autorización legal correspondiente para ingresar militarmente a Siria, pero ha expresado de modo oficial que sólo usa aviones para realizar raids contra posiciones de Al Qaeda e ISIS, es decir, grupos terroristas. Aunque, conociendo la picardía putinista, es obvio que también destruirá objetivos de la escasa oposición armada “racional” o prooccidental —si es que la hubiere. De esta manera, resguarda al Gobierno de Al-Assad, ya que el realista líder del Kremlin, al estilo de un Kissinger o un Bush (padre) en ocasión de la primera guerra del Golfo con Saddam Hussein, considera en términos prácticos que la decisión escogida es la única forma de terminar con la amenaza yihadista, salvando la integridad territorial siria, hoy a merced de las ambiciones no sólo de las bandas terroristas citadas sino de Turquía, Irán y las monarquías árabes.</p>
<p>Precisamente, <strong>está en juego de modo adicional, aunque no de menor jerarquía, en la crisis siria, la dominación del mundo musulmán</strong> y la disputa feroz entre un 30 % de shiítas (la Irak posinvasión norteamericana, Irán ahora cooperativo con Washington, Siria y El Líbano-Hezbollah) y un 70 % de sunitas (monarquías árabes, Pakistán, ISIS, Al Qaeda, Hermandad Musulmana), con la paradoja de que entre estos últimos conviven aliados circunstanciales y enemigos acérrimos de Estados Unidos.</p>
<p>En su fuero íntimo, Vladimir Putin sabe, pero no puede expresarlo públicamente, que la actual Rusia no está en condiciones militares de competir con Estados Unidos, por muchas razones. Pero sí lo puede hacer en el tablero político, aprovechando las dudas del jefe de Washington y sus colegas europeos. En tal sentido, en una nueva muestra de audacia o cierta extorsión, <b>Putin no apoyará coaliciones prooccidentalistas junto con árabes, pakistaníes y turcos, sino que planteará su propio eje junto con sirios, iraníes e iraquíes</b>, sobre todo hasta no asegurarse de que Occidente le levante las sanciones por Ucrania. Será Obama, ahora, quien exhiba una enorme incomodidad al acabar de consensuar con Irán su desarme nuclear. Las críticas de los “neocons” y “neoidealistas” sobre este acuerdo recrudecerán en los próximos meses, lo acusarán de debilidad ante el “zar Vlad”. Este reposicionamiento internacional le otorga a Putin aún mayor aprobación doméstica que la que ostenta hasta aquí, en un país orgulloso de su pasado y en un momento de dificultades macroeconómicas, producto de la baja del precio del crudo, promovido por los propios árabes sauditas, entre otros.</p>
<p>En términos humanistas, podría criticarse el accionar de Putin, quien antepone objetivos geopolíticos o electoralistas al drama gestado desde —y a pesar— Damasco, pero si su estrategia de detener al yihadismo resulta exitosa, su credibilidad mundial crecerá todavía más, incluso a expensas de la pobre imagen de su propio país. A diferencia de Obama, abrumado por sus contradicciones y las de su propia sociedad, a medio camino entre las preocupaciones humanistas, las ínfulas imperiales moralistas y el cambio demográfico, el ajedrecista Putin, nostálgico del orden internacional posnapoleónico de 1815, concertado y multipolar, no trepida en aprovechar las oportunidades para salvar al Estado ruso y volver a un <i>statu quo</i> mucho más previsible y beneficioso para sus intereses que el actual tembladeral, al cual condujo la primacía excluyente norteamericana, con terribles efectos humanitarios que asolan a media Europa.</p>
<p>Como se acaba de percibir, no hay soluciones fáciles en este mundo en transición. Puede lamentarse la ausencia de ideologías como otrora pero, al menos, tampoco hay ilusiones utopistas ni expectativas desmesuradas como en 1992. Los líderes que sepan anticipar crisis como la siria o la ucraniana, resolubles previamente con una inteligencia que finalmente faltó, escasean, a pesar de que muchos altos dirigentes sentados en los estrados de la ONU esta semana tienen el título de tales, excepto, tal vez, el papa Francisco. <b>Sobran los decisores lentos de reflejos, que actúan a posteriori, con los hechos consumados</b>, como el presidente francés François Hollande o la canciller germánica Ángela Merkel, que no deja de apagar los incendios que le provoca Washington por doquier, sin provocar jamás su rebeldía. Ellos mismos fueron cómplices de los dictadores asiáticos o africanos que hoy vituperan o desprecian. Como expresó con singular crudeza un niño refugiado sirio frente a las cámaras de televisión hace unas semanas: “Estamos aquí porque nuestro país está en guerra. Ahora ayuden a parar la guerra”. Es, ni más ni menos, lo que intenta Putin con sus propios métodos (fríos y descarnados), tal vez similares a los empleados hace años en la escuela de Beslan o en el teatro Dubrovka de Moscú. Ante la ineficacia y la hipocresía occidental sobre el mundo árabe en esta última década, bien cabe darle una chance a la emergente Rusia, aunque no esperemos moralidad ni clemencia, porque puede que ya resulte tarde para ello.</p>
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		<title>Crimea sin claroscuros</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Mar 2014 09:30:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La conversación telefónica de Putin con Cristina, agradeciendo el apoyo argentino a la posición rusa sobre Crimea, marca un nuevo capítulo de las relaciones especiales entre nuestros dos países en los últimos 150 años. La alusión presidencial a la analogía de Malvinas y el referéndum de 2013, más cierta coincidencia, básica, por cierto, respecto a la multipolaridad mundial, parecen convertirse en signos inequívocos de un vínculo que debiera consolidarse, a pesar de las distancias culturales entre la Federación Rusa y la República Argentina. Sin embargo, <strong>la relevancia de las cuestiones merece una lectura más detallada y menos ingenua, para evitar errores del pasado, cuando se tejieron expectativas desmedidas y pobres resultados de política exterior.</strong></p>
<p>En los últimos días, los argentinos recordamos que existe la Península de Crimea en el mapa mundial, pero llamativamente ese lugar con nombres históricamente ricos como Sebastópol y Yalta que suponíamos formaban parte de la inmensa tierra rusa no lo era. Era ucraniana. El proceso de disgregación soviética de 1991-1992, que aquí se vivió como un “triunfo occidental”, nos hizo perder de vista que la Península había pasado a formar parte de la República ucraniana, ya mucho antes, en tiempos del desestalinizador Khruschov, quien en una sesión secreta del Presidium soviético, con varios miembros del cuerpo colegiado, ausentes, virtualmente les donó a los ucranianos, entonces integrantes de la URSS, aquella tierra de sentimientos especiales para tártaros y rusos.</p>
<p>Pero Crimea, en una magnitud algo mayor a Ucrania, de la que se puede dudar -y mucho- acerca de su estatalidad, porque prácticamente toda su historia vivió bajo dominio de otros (lituanos, polacos, rusos, turcos otomanos), tiene un enorme significado para los rusos, habituados a ser Imperio -y no Estado-, que viven intensamente su territorialidad (la más grande del mundo) y perciben con dramatismo, como pocos pueblos, su expansión o pérdida.</p>
<p>Durante siglos, sobre todo, en los tiempos antiguos, Crimea fue escenario de intensas pujas por su dominación, por parte del Gran Ducado de Lituania, la Confederación polaca-lituana, el khanato tártaro y Moscovia. Durante la modernidad, los Imperios Turco-Otomano, los Habsburgo y los Romanov, se disputaron su control. Finalmente, conquistada por los ejércitos rusos de Catalina La Grande a los turcos en el tramo final del siglo XVIII, estuvo bajo dominio imperial ruso, en los últimos dos siglos, aunque ni la historiografía zarista ni la bolchevique jamás presentaron a Crimea, como una unidad nacional homogénea.</p>
<p>Los tártaros reivindicaron el nombre de “Crimea” aunque con autonomía, tras la Revolución de Octubre, pero esto no fue bien recibido por el Comité Central del Partido Comunista de Moscú y ya en los años treinta, un 20 % de tártaros sobre una población de 200.000, fueron deportados a Siberia. El resto tampoco pudo evitar la nueva deportación de 1944, esta vez a las repúblicas centroasiáticas. Como se dijo anteriormente, Khruschov, revirtió estas políticas, transfirió Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania en 1954 y favoreció el regreso de los tártaros, pero esta vez, éstos tuvieron que convivir con los nuevos habitantes, ruso-parlantes y ucranianos. En ocasión del fin de la URSS, Crimea siguió siendo parte de Ucrania, no obstante el status especial negociado de la Flota rusa del Mar Negro, estacionada con más de 20.000 marinos rusos, en el legendario -para los sentimientos de Moscú- puerto de Sebastopol.</p>
<p>Los mencionados y la obsesión por el acceso a los mares cálidos; la Guerra de Crimea en el siglo XIX y el mito de Sebastópol, fueron marcando uno tras otro, hitos en la historia rusa, que se repiten por generaciones. Si bien, Yeltsin reconoció la independencia ucraniana, y con ella, la de la propia península, tanto Bielorrusia, Ucrania como Crimea,  para gran franja de la elite imperialista y civilizacionista rusa (parlamentarios, líderes opositores, algunos oficialistas, intelectuales, militares), integran el corazón o núcleo cultural ruso-eslavo, al estilo de Hawaii o Puerto Rico -y por qué no, Canadá-, para Estados Unidos de América.</p>
<p>Esto explica por qué uno de los efectos (no deseados) de la caída del ex presidente ucraniano  Yanukovich, fue la reacción adversa del Parlamento crimeo, el posterior referéndum y el triunfo separatista, pidiendo el regreso a la dependencia rusa. En términos objetivos, habiendo allí, más de la mitad de habitantes ruso-parlantes, cabe recordar que desde los años noventa, habían fracasado políticamente, los movimientos separatistas en la región. Pero la extrema radicalización del Euromaidan, en términos nacionalistas ucranianos antirrusos, superando la inacción europea, más el “laissez-faire” alentado desde Rusia, que pudo ver así, plasmada su revancha por la disgregación de la ex hermana eslava, Yugoslavia, favorecida por la OTAN en los noventa, condujeron a la dinámica separatista.</p>
<p>Lo descrito, no hace más que “poner en blanco sobre negro”, entonces, las semejanzas (pocas o ninguna) y diferencias (muchísimas) con el caso malvinense, territorio, donde, debido a la Guerra de Malvinas, de ningún modo,  los isleños, quieren volver a la soberanía argentina, sino que les seducen a futuro, dos opciones: en el corto plazo, la soberanía británica y en el largo, por qué no, la independencia total.</p>
<p>En cambio, si, la cuestión pasa por juzgar el comportamiento de las grandes potencias respecto a sus dobles estándares, es decir, por qué en ciertos casos, los movimientos separatistas son bien apreciados y por qué, en otros, no lo son, habría que repasar mucho la historia mundial, para verificar que ésa ha sido la conducta de casi todos los Estados modernos, en el orden internacional.</p>
<p>Rusia, quien se ha comportado como un Imperio realista durante buena parte de su historia, excepto el brevísimo interregno de 1992-1993 (período Yeltsin-Kozyrev), lo sabe mejor que nadie y supo actuar así durante la propia Guerra de Crimea en el siglo XIX, cuando a través del Canciller Gorchakov, aceptó la derrota militar frente a las grandes potencias y luego, recuperó esa tierra, por vía diplomática. Tal vez, ése debiera ser el capítulo de la historia que nuestro gobernantes y políticos en general, ojalá leyeran y estudiasen con mayor enjundia, en lugar de dejarse atrapar por la coyuntura vertiginosa pero tantas veces, productora de mayor confusión.</p>
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		<title>Herencias de la Guerra Fría</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Mar 2014 09:35:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace más de dos décadas, <strong>Ucrania fue uno de los tres estados firmantes del acta de defunción de la Unión Soviética</strong>, demostrando así, por un lado, su lealtad histórica al viejo imperio comunista pero también su firme decisión de enterrarlo. Tras un período de cierto “<em>impasse</em>” en su relación especial con Rusia, en cierto modo, la continuadora jurídica de la antigua unión, esa aparente dualidad volvió a hacerse elocuente en el año 2004. En dicha ocasión, protestas civiles y presiones internacionales, bajo el “paraguas” de “<strong>Revolución Naranja</strong>” urgieron por nuevas elecciones al presidente Yanukovich (aliado del Kremlin ruso) y meses más tarde, ya en 2005, catapultaron a la dupla <strong>Yushenko-Timoshenko</strong> al poder, bajo un régimen político semipresidencialista. Facciosidad, corrupción, populismo, sobreactuación de Timoshenko y otros factores, favorecieron el fin de dicha coalición liberal-demócrata y con ella, el fin de las ilusiones “prooccidentalistas”.</p>
<p>En el 2010, insólitamente, con el apoyo de su viejo archirrival Yushenko, volvió al poder Yanukovich, quien reformó la Constitución para convertir a Ucrania en presidencialista, y tras su categórico triunfo electoral, bajo la nueva institucionalidad dos años más tarde, envió a prisión a la líder opositora Yulia Timoshenko, bajo cargos de corrupción. Así, <strong>Yanukovich demostraba ser nada original: al igual que la gran mayoría de los países detrás de la ex “Cortina de Hierro”, lideraba un régimen político con fachada democrática, pero nada liberal, con cooptación de los medios de comunicación, clientelismo empresario</strong> (los oligarcas de Donetsk y Dnieperpetrovsk), <strong>más corrupción y desigualdad social.</strong> Sin embargo, cuando en noviembre del año pasado, Yanukovich, en la soledad del poder y con un contexto económico bastante adverso, decidió no adherir a la posibilidad de ingreso a la UE en Vilna (capital de Lituania), estallaron manifestaciones civiles, aunque inicialmente, de menor tenor a las de 2004. La posterior represión y la palpable demostración de un gobierno debilitado, estimularon las protestas sin liderazgo claro pero cuando el Presidente acordó primero con Rusia, la aceptación de un préstamo multimillonario y gas a precio subsidiado, y trascartón, sancionó leyes que prácticamente prohibían las protestas. Todo el clima confrontativo empeoró. El ex campeón mundial de boxeo Vitali Klitschko, incorporado hace un par de años a la actividad política, al frente del partido UDAR y otros sectores de cuño ideológico liberal o nacionalista, extremistas, como “<em>Patria</em>” y “<em>Swoboda</em>” (Libertad), se vieron motivados a actuar, incluso en términos cuasi paramilitaristas, esta vez, <strong>bajo la expresión “<em>Euromaidan</em>”.</strong></p>
<p><span id="more-57"></span>La naturaleza de estas protestas que terminaron con el mandato de Yanukovich, fue muy diferente de las de hace una década. Aquellas poseían visos de cierta legalidad, tenían su origen en el reclamo contra elecciones fraudulentas y tenían la clara intención de promover el triunfo de Yushenko a través de su coalición política. El <em>Euromaidan</em>, en cambio, presentó visos de violencia cuasi anárquica, preocupante; nunca estuvo clara la intencionalidad de grupos tan heterogéneos a quienes los unía, desalojar a Yanukovich pero no ungir a nadie en especial y finalmente, <strong>tampoco resultó tan evidente que siquiera tuvieran un contenido proeuropeísta u occidentalista</strong>, ya que entre los manifestantes, hubo grupos tradicionalistas radicalizados, en cualquier caso, anti Bruselas. No faltaron aquellos que pretendieron encabezar raídes antisemitas o antirrusas.</p>
<p>Claramente, la dinámica política interna es la que decisivamente influye en el comportamiento de los actores. Ucrania no fue noticia alguna en los diarios internacionales entre 1992 y 2004, gracias al liderazgo de Kravchuk y Kuchma, en el marco de un régimen político semipresidencialista pero oligárquico y corrupto, lejos de los modelos transicionales poliárquicos, checo y polaco. La evolución política ucraniana, populista, clánica y con cierto grado de polarización entre una mitad social propeuropea y otra mitad prorrusa, es un simple reflejo de la geografía económica y étnica ucraniana, atravesada por tales clivajes. Incluso, en términos industriales, el sudeste ucraniano, de auge en la era comunista y de decadencia “protegida” en la postcomunista, es un reservorio de <em>statu quo</em> que retroalimenta al sistema político.</p>
<p>No obstante ello, Rusia siempre ejerció gravitación, ya sea, negociando la continuidad de la flota del Mar Negro, el control del armamento nuclear, la moneda común, etcétera. <strong>Tanto en el 2004 como en el 2006, Moscú ejerció una insoportable presión sobre el suministro y precio del gas a Kiev</strong>. La historia común (el Rus de Kiev y su competencia con Moscú, el papel de Catalina La Grande, las amenazas polacas y alemanas, el pasado estalinista, las decisiones de Khruschev) y cierto paternalismo cultural que ejerce Rusia sobre Ucrania aunque también, una actitud especial y oportunista de ésta en relación a aquélla, hacen que el Kremlin, sobre todo, bajo el liderazgo de Putin, no renuncie a tal influencia. La reciente defensa de los rusos parlantes y étnicos de <strong>Crimea</strong>, un lugar caro a los sentimientos históricos de Moscú, así lo atestigua. <strong>Putin presionará y pondrá máxima tensión en dicho espacio, pero no apoyará secesiones, porque hacerlo, implicaría aceptar el mismo estándar para el caso checheno,</strong> lo cual, sería irracional en términos geopolíticos.</p>
<p><strong>En el caso de la Unión Europea y Estados Unidos, sus intereses pueden ser convergentes, en torno a respaldar una Ucrania más autónoma de Moscú, pero al mismo tiempo, las diferencias de énfasis y roles, son notorias</strong>. Mientras para la primera, la variable económico-comercial y en segundo lugar, la de los valores democráticos, pueden llegar a ser prioritarias en la relación con Kiev, para Washington, sólo la seguridad, en términos de la OTAN, en un espacio postsoviético de relevancia, merecería algún tipo de involucramiento, aún con cautela. La posición de Ucrania, en una esfera tan cercana a Moscú, lejos de estimular a Washington a decisiones audaces y de incierto costo, en realidad, la neutraliza. También resulta claro, tras una década de la “Revolución Naranja”, que la UE podría haber contribuido eficazmente al fortalecimiento institucional democrático de Ucrania y lamentablemente, no lo hizo. Hoy, pueden comprobarse las consecuencias internas de tal déficit cooperativo.</p>
<p>Pe<strong>ro Ucrania también ha jugado su propia carta y ha intentado manipular tanto a Moscú como a Bruselas.</strong> Alternativamente, Yanukovich como Timoshenko negociaron precios, transporte y suministro efectivo del gas a Europa, en condiciones cuanto menos opacas;<strong> usaron demagógicamente la adhesión a la OTAN y a la UE</strong> -en este caso, mera “vecindad”-, dado su carácter de <em>status</em> simbólico y no de solución real a los problemas domésticos. También ilusionaron a Moscú, con la incorporación a su bloque comercial regional con países euroasiáticos, más Georgia y Bielorrusia: la élite ucraniana, en su intimidad, observa que dichos “socios” han sido sobrevalorados en comparación con los mayores avances que ha logrado Kiev en torno a su modernización para entrar por ejemplo, al “club europeo”. Así,<strong> la nada confiable élite ucraniana “juega a dos puntas” pero no se ve compensada suficientemente por ninguno de los dos actores externos nombrados que, por otra parte, también son interdependientes</strong>, dados sus negocios energéticos conjuntos, demanda de turismo, etcétera.</p>
<p>Finalmente, <strong>habrá que seguir observando a Kiev.</strong> Sólo allí, la élite post Yanukovich, aislando a los radicalizados del <em>Euromaidan</em>, tendrá que acordar, bajo la tutela de la UE, Washington y obviamente de Moscú, un camino pacífico a las elecciones de mayo próximo, evitando herir las sensibilidades cuasidisgregacionistas del este, el sur y de la propia Crimea.</p>
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		<title>La misma institucionalidad y diferentes actitudes: el caso del cierre del gobierno norteamericano</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Oct 2013 11:45:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Argentina y Estados Unidos comparten mucho más de lo que se suele imaginar. Salvando la distancia o brecha en la trayectoria final de un país (cuasi imperial) y otro (casi irrelevante), ambos poseen territorios extensos, climas diversos, tierras benignas, historias paralelas, líderes importantes, autoestimas nacionales a veces exageradamente altas, pero sobre todo, una institucionalidad política muy similar a partir... <a href="http://opinion.infobae.com/marcelo-montes/2013/10/14/la-misma-institucionalidad-y-diferentes-actitudes-el-caso-del-cierre-del-gobierno-norteamericano/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Argentina y Estados Unidos comparten mucho más de lo que se suele imaginar.</strong> Salvando la distancia o brecha en la trayectoria final de un país (cuasi imperial) y otro (casi irrelevante), ambos poseen territorios extensos, climas diversos, tierras benignas, historias paralelas, líderes importantes, autoestimas nacionales a veces exageradamente altas, pero sobre todo, <strong>una institucionalidad política muy similar a partir de la cuasi imitación alberdiana del diseño de los Padres Fundadores</strong>. Sin embargo, a pesar de tales coincidencias, sobre este último punto, las reacciones simultáneas de las sociedades civiles ante cuestiones similares como la discusión de la ley presupuestaria (ley de leyes), la sucesión presidencial o el rol del Congreso son bastante diferentes, cuando no, diametralmente distintas.</p>
<p>En efecto, un ejemplo cabal de ello, es el reciente “<strong><em>shutdown</em></strong>” o cierre temporario de todas las instituciones gubernamentales, fenómeno que <strong>se produjo 16 veces a lo largo de todo la historia en el territorio norteamericano.</strong> Para tal sociedad civil, tan admirada por su vitalidad y ejercicio responsable de la libertad, por el francés <strong>Tocqueville</strong> en el siglo XIX, lo ocurrido es asumido sin dramatismo alguno y hasta puede ser justificado racionalmente, como ejemplo de control legítimo opositor de las cuentas públicas de un gobierno que ha devenido fiscalmente irresponsable.</p>
<p><span id="more-50"></span>Así como una empresa privada que se ha excedido en gastos debe quebrar y convocar a sus acreedores a través de una proceso de sindicatura, <strong>todo gobierno debe ser castigado por su conducta dispendiosa y el detonante es el tratamiento de su presupuesto anual.</strong> En cambio, en <strong>Argentina</strong>, un hecho como el ocurrido en <strong>Washington</strong>, es interpretado de manera dramática, aún asumiendo varias alternativas: ya sea como un fin de ciclo gubernamental, el entorpecimiento deliberado y faccioso de la oposición sobre el oficialismo o la conspiración de intereses ocultos sobre un gobierno benévolo y genuinamente preocupado por la gente. Esa visión tan distinta que tienen los argentinos respecto a los norteamericanos, nos torna más flexibles y tolerantes con gobiernos corruptos y desbordantes, pero “generosos” (con el bolsillo público).</p>
<p>Ello explica también cómo en la misma semana del <em>shutdown</em> norteamericano, los legisladores argentinos le daban a la presidencia <strong>Kirchner</strong> un nuevo “cheque en blanco”, votando a favor de un<strong> presupuesto con renovación automática de emergencia económica,</strong> libertad para mover destino de partidas, ejecutuivización de las decisiones, etcétera. Mientras en un país (el del norte) funcionaban los controles presupuestarios y la sociedad frenaba y castigaba de modo ejemplar a un gobierno despilfarrador, en el otro (el del sur), aun a sabiendas de la delicadísima -y peor que la norteamericana- situación fiscal, se liberaba aún más al gobierno de sus responsabilidades.</p>
<p>Cabe recordar que hace apenas doce años atrás a un <strong>ministro de Economía</strong> que planteaba a la población que si quería mantener la <strong>convertibilidad</strong> debía ajustar gastos a la baja, se lo echó del poder por su mensaje no agradable a los oídos de las<strong> clases medias argentinas, habituadas a subsidios históricos al consumo</strong>. Apenas unos meses más tarde, paradójicamente, esos mismos sectores toleraron en completo silencio una fenomenal devaluación que les pulverizó el 33 % de sus ingresos pero que benefició a sectores concentrados.</p>
<p>Resulta claro entonces que <strong>los comportamientos colectivos nocivos pueden alterarse sólo si cambian nuestras visiones o concepciones del poder político y sus efectos o límites reales</strong> (sociales). Como aprendieron los norteamericanos mucho antes, no basta con diseños institucionales o recitados ideológicos. La praxis social conlleva resultados en un sentido u otro. Empecemos a obrar.</p>
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		<title>La compleja telaraña siria</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Sep 2013 15:03:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mientras se debate a nivel mundial, tanto en cumbres como el G-20, instituciones como la ONU y en cada Estado involucrado, la decisión de intervenir en Siria, ya sea en términos humanitarios como agresivo-militares, pocos hacen hincapié en el denso entramado social y político que dicho país ahora desnuda. Ese entramado parece insertarse en la lógica del choque... <a href="http://opinion.infobae.com/marcelo-montes/2013/09/08/la-compleja-telarana-siria/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Mientras se debate a nivel mundial, tanto en cumbres como el <strong>G-20</strong>, instituciones como la <strong>ONU </strong>y en cada Estado involucrado, la decisión de <strong>intervenir en Siria</strong>, ya sea en términos humanitarios como agresivo-militares, <strong>pocos hacen hincapié en el denso entramado social y político que dicho país ahora desnuda</strong>. Ese entramado parece insertarse en la lógica del choque civilizatorio de <strong>Huntington </strong>del cual se cumplen dos décadas, sobre todo, por las raíces culturales e intrarreligiosas que posee el conflicto sirio, así como antes el egipcio y el libio.</p>
<p><strong> No son los intereses los que están moviendo al mundo post 1991</strong>: ni el norteamericano por los reservas petroleras ni el ruso preocupado por la defensa de un antiguo aliado de la <strong>Guerra Fría</strong> o un futuro de nuevos <strong>Al Qaeda</strong>. <strong>Son las identidades</strong>. Ex colonia francesa hasta 1946, e históricamente dominada por egipcios, hebreos, asirios, persas, griegos, romanos, árabes, mongoles y otomanos, <strong>Siria se independizó pero experimentó una enorme inestabilidad institucional: en una década, tuvo cuatro Constituciones y 20 gabinetes</strong>.</p>
<p><span id="more-43"></span>Entre 1956 y 1958, el ejército sirio, fortalecido por la ayuda soviética, ante el temor de una guerra con <strong>Israel </strong>y <strong>Turquía</strong> y el conflicto del <strong>Canal de Suez</strong> con las potencias europeas, ganó mayor protagonismo doméstico, siguiendo una trayectoria similar a la de su par egipcio. Tal confluencia terminó en la fusión de ambos países en la <strong>RAU</strong> (<strong>República Árabe Unida</strong>), apenas hasta 1961. Entre 1963 y 1970, el partido <strong>Baaz Arabe Socialista</strong>, aliado a <strong>Irak</strong> y <strong>Egipto</strong>, se hizo cargo del poder, no sin facciosidad interna y una derrota militar ante Israel, que le quitó a Siria las <strong>Alturas del Golán</strong>. En noviembre de 1970, vía un nuevo golpe militar, el ministro de Defensa<strong> Hafez Al Asad</strong>, el “León de Damasco”,<strong> tomó el poder y gobernó con mano dura durante 30 años</strong>.</p>
<p>En 1976, ocupó militarmente el <strong>Líbano</strong>, donde ordenó la <strong>masacre de Hama</strong> (febrero-junio de 1982).<strong> El ejército sirio mató entre 150.000 y 200.000 civiles con el pretexto de sofocar una revuelta sunita.</strong> Al Assad sobrevivió al<strong> final de la Guerra Fría</strong>, lamentando la <strong>pérdida del apoyo soviético</strong>, sin siquiera pagarles a los rusos su abultada deuda, <strong>lo cual condujo a Siria a imitar el aislamiento norcoreano</strong>, contando sólo con la amistad de los <strong>ayatollahs iraníes</strong> y un breve interregno de complicidad con <strong>Estados Unidos</strong>, durante la primera<strong> Guerra del Golfo</strong> en 1990, emprendida contra el enemigo iraquí (sunita), <strong>Saddam Hussein</strong>.</p>
<p>En junio de 2000, tras la muerte natural de <strong>Hafez</strong>, le sucedió su hijo <strong>Bashar</strong>, oftalmólogo formado en <strong>Londres</strong>, sobre quien Occidente tenía ingenuas expectativas de cambio. Según el profesor español <strong>Gema Martín Muñoz</strong>, Bashar pudo transformar el viejo baazismo en un nacionalismo pansirio, la otrora sensibilidad laica en una dominación confesional alauita y el socialismo moderado en un capitalismo autocráticamente dirigido.</p>
<p>Sin embargo, mantuvo tanto el despotismo de su padre como su tutela militar y política, vía la <strong>milicia antijudía Hezbollah</strong>, desangrando a el <strong>Líbano</strong>, donde sólo se retiró por la presión internacional tras 29 años, no sin antes planear los asesinatos del ex premier libanés antisirio, <strong>Rafik Hariri</strong> en 2005 y del ex ministro<strong> Pierre Amin Gemayel</strong>, un año más tarde. Pero apenas iniciada la <strong>Primavera Árabe</strong>, hace más de un bienio, mostró una enorme incapacidad para controlar la expansión de los viejos odios latentes durante décadas entre <strong>sunitas </strong>y <strong>alawitas</strong> (o nusairíes) -ramificación de los shiítas-.</p>
<p>En este <strong>entramado fratricida</strong>, Occidente no debiera intervenir sino sólo a través de los árabes sauditas, los turcos y los israelíes: éstos conocen y podrían dominar esa telaraña. <strong>La excusa humanitarista podría conducirnos a infiernos como los de Bagdad y Kabul,</strong> que sólo acarrearán nuevas cohortes terroristas, mayor desprestigio norteamericano y pérdidas de mayores libertades civiles en el mundo civilizado, en nombre de la seguridad.</p>
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		<title>Chile: ¿dos mujeres enfrentadas o una sociedad que cambia?</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Aug 2013 05:13:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Desde las elecciones presidenciales de diciembre de 1989, en las que participé como observador de la <strong>Fundación Libertad </strong>de<strong> Rosario</strong>, <strong>viajo a Chile con frecuencia</strong>: como turista en los veranos de 1991, 1992 y 1993; como residente y alumno postuniversitario en todo 1995; como becario en 2003 y 2009, nuevamente como turista en 2012. <strong>El cambio visual en 24 años es notorio.</strong> Infraestructura, con modernas autopistas y túneles construidos en plena montaña, <strong>puertos y trenes que funcionan</strong>, metro santiaguino modernísimo y puntual; edificios inteligentes, torres de primer mundo como el <strong>Costanera Center</strong>; ciudades descentralizadas con barrios antiguos reciclados y comunas ricas y prósperas; <em>malls</em> y centros de consumo gigantescos; parques, plazas y playas bien cuidadas en las que se invierte permanentemente.</p>
<p><strong>Al lado de ese incesante progreso físico, se advierte la mejora en la calidad de vida de los chilenos.</strong> Desde su vestimenta, pasando por la mejora de su vocabulario, el nivel educativo o la calidad de la vivienda y hasta su propia alimentación, más diversa y hasta sofisticada, ni hablar del parque automotor importado, todo ello refleja el retroceso de una sociedad otrora pueblerina, conservadora y dividida en dos clases sociales muy enfrentadas a ésta, moderna, genuinamente capitalista, con una clase media en expansión y hasta más alta -en efecto, la talla de los chilenos aumentó en promedio respecto a las generaciones anteriores-. Así, e<strong>l gobierno del empresario Piñera deja a Chile en el umbral del desarrollo</strong>, tras una larga continuidad política y económica, que incluye a los <strong>gobiernos de la Concertación.</strong></p>
<p><strong><span id="more-34"></span>Todo ello ha sido posible en un entorno sumamente desfavorable:</strong> un país austral, con 500 temblores por año, sin antecedentes siquiera de una “democracia social” al estilo argentino o uruguayo, con una experiencia comunista (en democracia, como la de <strong>Allende</strong>), con un entorno geográfico muy diferente al europeo, con un Estado-Nación que se conformó militarmente, con una élite mestiza. Los chilenos no son coreanos, ni japoneses ni alemanes. <strong>Aún hay déficits en esta sociedad, que está lejos de ser perfecta: una ciudadanía “<em>credit-card</em>”</strong>, con mucho individualismo laboral, donde se sacraliza al empleado o asalariado obediente, no hay innovación ni emprendedorismo. Tal vez el mismo progreso genera cierta envidia y resentimiento entre los más rezagados. Pero allí, hoy el desarrollo es posible: hay paz social, cierto malestar con la política, incluyendo un mayor nivel de protesta callejera, pero las instituciones son bastante sólidas.<strong> Existe mucha competencia e inversión extranjera, con grupos nacionales poderosos. Ser académico o intelectual goza de prestigio.</strong></p>
<p>En este contexto, el regreso al país y a la política de <strong>Michelle Bachelet</strong> (<strong>PS</strong>), quien se retiró hace algunos años, con una gran popularidad, y la “resurrección” política de <strong>Evelyn Matthei</strong> (<strong>UDI</strong>) son dos hitos. Tras vicisitudes ya anecdóticas que rodean ambos liderazgos femeninos, <strong>el destino pone en dos mujeres el futuro político de este Chile en transformación</strong>, lo cual es un emergente de ese viejo Chile machista y conservador. Estas dos mujeres son ejemplos de coraje, vitalidad, energía, carácter, voluntad, control y autocontrol, propiedades que todos podríamos exigir de los hombres. Con un pasado común, <strong>las dos son hijas de generales de la FACH (Fuerza Aérea Chilena)</strong>, uno torturado y asesinado (Bachelet) y el otro (Matthei), quien obligó a <strong>Pinochet</strong> que reconozca la derrota del “Sí” en el plebiscito de octubre de 1988. <strong>Ambas tuvieron educación acomodada y muchos privilegios</strong>, tanto en el exterior como en la Chile de los setenta y los ochenta. Las dos son hijas del sistema político chileno, con regla binominal, que beneficia a una dupla de grandes coaliciones y excluye a terceros. <strong>Ambas son producto de un pasado que se está yendo pero quieren depositar a Chile en un sendero histórico diferente, que prácticamente Latinoamérica desconoce. </strong>Este cuatrimestre futuro requerirá de un seguimiento especial de la campaña de ambas mujeres unidas por la vida y ahora rivales, que puede ser pacífica pero también promete ser apasionante.</p>
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		<title>Verano convulsivo a orillas del Nilo</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Jul 2013 06:21:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La inestabilidad egipcia se resiste a desaparecer. Febrero de 2014, la fecha estipulada para el test electoral refundacional, asoma muy lejana. A dos años y medio de la caída del dictador <strong>Hosni Mubarak</strong>, el “oasis democrático” de la <strong>Hermandad Musulmana</strong> (HM) en el poder, a cargo del electo -con el 51 % de votos pero el 48 % de ausentismo- <strong>Mohamed Morsi,</strong> se vio interrumpido por nuevas y masivas revueltas, la “intervención” del Ejército -el más poderoso de <strong>África</strong>- y recientemente, las fracturas tanto en el nuevo gobierno provisional como en su flamante oposición, que se debate en el dilema de la institucionalidad o la guerra civil. Mientras tanto, Occidente, atrás de los acontecimientos, discute tecnicismos del carácter de si es o no un “golpe” el perpetrado contra Morsi -éste, paradójicamente apoyado en su momento, por un culposo <strong>Obama</strong>-.</p>
<p>Ciertamente, la coalición del <strong>Frente de Salvación Nacional (FSN)</strong> y el “<strong>Tamarod</strong>” (“Rebélate”) -engendrado del <strong>Kefaya</strong> (“Suficiente”) anti-Mubarak en 2004, se inserta en la lógica de las “revoluciones blancas”, postelectorales, pacíficas, convocadas a través de las redes sociales, donde las clases medias urbanas y educadas, exigen, demandan, reclaman de manera muy diversa ante regímenes semiautoritarios, corruptos y fundamentalistas, que no logran mutar su legitimidad de origen en una similar de ejercicio. El sueño de <strong>Kant</strong> y <strong>Tocqueville</strong> de más <strong>democracia universal</strong> está presente allí, a pesar de las enormes diferencias culturales entre <strong>Kiev, Estambul, Brasilia, Tbilisi, Buenos Aires, Moscú</strong> y demás ciudades que vieron a lo largo de las dos últimas décadas semejantes espectáculos callejeros.</p>
<p><span id="more-28"></span>Las nuevas tecnologías son el instrumento de aquellas clases medias en ascenso, de los jóvenes y las mujeres que hoy saben al instante el contraste de vida con esas otras regiones del globo, tan diferentes a <strong>Egipto</strong>, uno de los 15 países más poblados del mundo, con 83 millones de habitantes, entre los 30 más grandes en superficie y PBI, pero número 127 en desarrollo humano. El mismo Estado donde hace un bienio se gritaba por “pan, libertad y justicia”, se enfrenta hoy a la herencia de la HM de Morsi: el doble de déficit fiscal, una deuda pública del 85 % del PBI, reservas en cero, importación de pan saudita, desempleo, cortes permanentes de luz y agua, <strong>un 25% de egipcios que viven con menos de un dólar por día</strong> y un turismo que languidece.</p>
<p>A esta evidente ineptitud en la gestión, de esta banda de “socorros mutuos” que es la HM, devenida en poder gobernante, aliada internamente a los <strong>fanáticos salafistas de Al-Nur</strong> y externamente a <strong>Jamat Al-Islamiya</strong> y <strong>Hamas</strong>, deben agregarse su listado de atrocidades culturales y religiosas, el retroceso en las libertades públicas, las persecuciones a ONG, periodistas, sindicatos, coptos (19% de la población), shiitas, etc. <strong>La nueva Constitución sancionada durante su período presidencial no mencionaba a la mujer</strong> (excepto en el marco de la familia) <strong>y quitó el cupo femenino</strong> (64 a 8 bancas) <strong>en el Parlamento, sin prohibir expresamente la discriminación de género.</strong></p>
<p>Así, la Egipto del trío <strong>Mansur</strong>, <strong>El Baradei y Beblaui</strong> vive una secuencia con final incierto, de dictadura, gobierno electoral ineficiente, intervencionismo militar y protesta callejera, pero con la necesidad de reencauzarse institucionalmente, evitar la guerra civil al estilo <strong>Libia o Siria</strong> y dar respuesta urgente a quienes estuvieron en las calles. Mientras tanto, la crisis egipcia fronteras hacia afuera, es observado con regocijo en <strong>Israel</strong>; mayor tranquilidad en <strong>Bahrein, Arabia Saudita, Irán, la Siria de Al Assad, China y Rusia</strong> -antipática con la HM-; inquietud en <strong>Europa</strong> y <strong>Estados</strong> <strong>Unidos </strong>-quien apoya a los militares egipcios con 1.300 millones de dólares anuales-y desánimo en la oposición siria, la <strong>Turquía</strong> de <strong>Erdogan</strong> y los <strong>jeques de Qatar</strong>, el gran sostén de la HM.</p>
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		<title>Tres revoluciones y un resultado</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Jun 2013 04:38:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Parecen lejanos los tiempos en que a pesar de contextos de Guerra Fría altamente desfavorables, las revoluciones, por ejemplo, las democráticas, suscitadas en las postrimerías de los años ochenta en Europa del Este, derribaban regímenes totalitarios y promovían, vía la sociedad civil, sistemas pluralistas y de alternancia en el poder. A pesar de que ahora, el entorno ideológico y técnico es propicio para... <a href="http://opinion.infobae.com/marcelo-montes/2013/06/13/tres-revoluciones-y-un-resultado/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Parecen lejanos los tiempos en que a pesar de contextos de <strong>Guerra</strong> <strong>Fría</strong> altamente desfavorables, las revoluciones, por ejemplo, las democráticas, suscitadas en las postrimerías de los años ochenta en <strong>Europa del Este</strong>, derribaban regímenes totalitarios y promovían, vía la sociedad civil, sistemas pluralistas y de alternancia en el poder. A pesar de que ahora, el entorno ideológico y técnico es propicio para fomentar la autonomía individual y la elección colectiva, con <strong>124 democracias sobre un total de 200 países</strong>, el fenómeno de <strong>la presencia de muchedumbres en las calles no garantiza <em>per se</em> el mismo resultado de otrora.</strong></p>
<p><span id="more-21"></span>Salvando las distancias geográficas, culturales y políticas, con el antecedente de las revoluciones pacíficas -pero decepcionantes- de <strong>Ucrania</strong> y <strong>Georgia</strong> en la mitad de la primera década de este siglo, primero fue <strong>Irán</strong>, a punto de desarrollar nuevas elecciones presidenciales en estos días, la que a propósito de las últimas realizadas en 2009, que catapultaron al poder al proclerical y populista <strong>Ahmadinejad</strong>, impulsó a la gente educada y de clase media urbana a protestar por un <strong>supuesto fraude</strong>. Un escenario parecido se desarrolló en <strong>Rusia</strong>, antes y después de los comicios presidenciales y parlamentarios de fines de 2011 y principios de 2012, también motivando a franjas sociales semejantes, reclamando con el mismo propósito. Finalmente, en las últimas semanas, hemos vivido protestas de importante magnitud en <strong>Turquía</strong>, donde <strong>masas urbanas se lanzaron a rechazar cierto tinte conservador islamista de las políticas del gobierno del premier Erdogan.</strong></p>
<p>Si bien los regímenes objeto de queja son diferentes (república teocrática, república hiperpresidencialista disfrazada de “semi” y república laica y secular), ¿<strong>qué tienen en común la “Revolución Verde” iraní, las protestas rusas y turcas, respectivamente?</strong> En los tres casos, <strong>son las clases medias, grandes beneficiarias del “boom” petrolero y la bonanza reciente, las que en aras de mejorar su estatus político, aspiran a sistemas políticos más abiertos</strong>, menos pro-establishment (cualquiera sea) y con alternancia en el poder. Pero sobre todo, las protestas convocadas a través de las redes sociales como Facebook y Vkontakte (ruso), entre otras, están imbuidas del sueño tocquevilleano, por el cual es posible y deseable la vida democrática en libertad y no semimutilada, como en la actualidad, en no pocos países, incluido el nuestro.</p>
<p>Hasta aquí y ahora, los regímenes políticos vigentes imbuidos de un nacionalismo o conservadurismo, a veces exagerados, han mostrado su vigor y se han mantenido en pie a fuerza de represión, cooptación, ahogo de las ONG, so pretexto de su financiamiento externo y mayores controles sutiles. Sin embargo, saben en su interior que más tarde o más temprano <strong>su futuro está más cerca de Kant que de Hobbes,</strong> esto significa que si no abren ventanas de pluralismo y diversidad, su destino puede ser tan sombrío como lo fue para otros sistemas que se negaron a abrirse a lo largo de la historia.</p>
<p>Asimismo,<strong> </strong><strong>para que las protestas se erijan en alternativas ciertas de poder deberán canalizarse a través de las estructuras partidarias existentes o nuevas que permitan institucionalizar la voz popular.</strong> Para ello, serán necesarios líderes que no jueguen cartas de protagonismo o “vedettismo” individual, apuesten al consenso, generen coaliciones amplias, organicen estructuras y estén dispuestos a sacrificios personales en aras del bienestar colectivo intergeneracional.</p>
<p>Señor lector, cualquier semejanza que advierta usted, con el caso argentino, es pura coincidencia.</p>
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		<title>Una década de política exterior kirchnerista</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Jun 2013 04:45:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Montes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[La política pública “menos pública” de todas, la política exterior, particularmente la de un país emergente como Argentina, tiene algunos objetivos (a veces explícitos, otras veces no) que dependen de cada gobierno. Inserción internacional, con cierta dosis de autonomía, mayor seguridad fronteriza, cierta previsibilidad, reputación e imagen respetable por parte del resto de los estados. Puede adquirir un carácter más pro... <a href="http://opinion.infobae.com/marcelo-montes/2013/06/05/una-decada-de-politica-exterior-kirchnerista/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La política pública “menos pública” de todas, la <strong>política</strong> <strong>exterior</strong>, particularmente la de un país emergente como <strong>Argentina</strong>, tiene algunos objetivos (a veces explícitos, otras veces no) que dependen de cada gobierno. Inserción internacional, con cierta dosis de autonomía, mayor seguridad fronteriza, cierta previsibilidad, reputación e imagen respetable por parte del resto de los estados.</p>
<p>Puede adquirir un carácter más pro comercial o, incluso, menos. A menudo, la política exterior está centralizada en un órgano del Ejecutivo, que suele ser la <strong>Cancillería</strong> o el <strong>Ministerio de Relaciones Exteriores</strong>, con recursos, normativas, personal profesional a cargo como también embajadores y funcionarios políticos de alto nivel.</p>
<p><span id="more-7"></span>En el caso argentino, hitos de la era democrática como la paz con <strong>Chile</strong> o el <strong>Mercosur</strong> pudieron enterrar las décadas de aislamiento que se “coronaron” con el fiasco de <strong>Malvinas</strong>. Sin embargo, la incoherencia entre las “<strong>relaciones carnales</strong>” con Estados Unidos y el default de la deuda externa y los alineamientos tan especiales con el <strong>ALBA</strong>, opacaron aquellas iniciativas de los años ochenta y parte de los noventa. <strong>Estos desvíos permanentes no pudieron haber resultado peor. </strong>Argentina carece de una reputación creíble a nivel internacional, no accede a crédito y sólo está globalizada en términos del comercio exterior de la <strong>soja</strong> y algunos <strong>cereales</strong>, con <strong>China</strong>. <strong>Ha retrocedido en todas sus relaciones exteriores.</strong> Atraviesa una mala relación con <strong>Brasil</strong>, coopera en algunos planos con <strong>Estados Unidos</strong> pero éste ha bajado notoriamente su perfil en el país, hemos perdido mercados en <strong>Europa</strong> y ni siquiera con <strong>América Latina</strong> hemos podido construir una relación sólida y homogénea. En términos de seguridad, el país posee fronteras permeables a flagelos como el <strong>narcotráfico</strong> y en materia de defensa, desde hace mucho tiempo, sus tres <strong>fuerzas armadas están desmanteladas</strong>, en todo sentido.</p>
<p>Esta realidad de <strong>neoaislacionismo</strong>, que se agrava al tratarse de un país distanciado físicamente del mundo en 10.000 o más kilómetros, es el producto de una <strong>improvisación </strong>rayana con la ausencia de una política pública exterior. Un discurso vanamente nacionalista con la causa Malvinas o acuerdos extemporáneos con países como <strong>Irán</strong>, un verdadero “paria” en el tablero internacional, <strong>confundiendo en ambos casos lo doméstico con lo externo</strong>, no alcanzan a ocultar esta falencia.</p>
<p>Acciones externas que ni siquiera están concentradas en la figura del <strong>canciller Héctor Timermann</strong> sino en la figura de la presidenta y repartidas entre diferentes ministerios, incluso en agencias dependientes de aquéllos, como el <strong>INTA</strong>.</p>
<p>Si bien en el plano opositor poco se habla de esta política exterior, porque <strong>en un país aislado sólo lo doméstico es tema de discusión</strong>, habrá que tomar conciencia de que si Argentina quiere volver al mundo de alguna forma, tendrá que revertir dramáticamente estos resultados y para ello deberán prepararse los dirigentes rodeados de equipos técnicos y con vocación global que aspiran a ocupar el poder en el post kirchnerismo.</p>
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