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	<title>Luis Rosales &#187; Elecciones 2015</title>
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		<title>Massa y el equilibrio democrático</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Oct 2015 03:00:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Rosales</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Ballotage]]></category>
		<category><![CDATA[Daniel Scioli]]></category>
		<category><![CDATA[Elecciones 2015]]></category>
		<category><![CDATA[Kirchnerismo]]></category>
		<category><![CDATA[Mauricio Macri]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”, como bien nos dice Rubén Blades con su marcado acento caribeño. Hace unos días nadie en su sano juicio podía prever un escenario poselectoral como el que la ciudadanía decidió este domingo. Ni los unos ni los otros imaginaban tener que estar en una situación en que cualquier resultado de ballotage es posible, aunque por esos avatares propios de la política el <i>momentum</i> claramente favorece a Mauricio Macri.</p>
<p>Ambos contrincantes tienen que salir a seducir a amplios segmentos de votantes que decidieron por otras opciones tanto en las PASO como en la primera vuelta. Obviamente, la parte del león se la lleva el más del 21% que obtuviera la coalición de Sergio Massa con José Manuel de la Sota.</p>
<p>Más allá del hecho cierto de que nadie es dueño de sus propios votos, la existencia de un caudal tan grande a conquistar necesariamente obliga a los dos competidores del ballotage a tener que hacer una serie de ajustes y cambios no sólo de maquillaje y marketing.</p>
<p>Massa consiguió mantenerse vivo y fuerte contra viento y marea por haber protagonizado una campaña muy atípica y singular, llena de propuestas, equipos y contenidos. Sus votantes lo eligieron principalmente por esa razón. Esto provocará, sin dudas, que en la caza de voluntades massistas tanto Daniel Scioli como Mauricio Macri se esmeren mucho. Algo muy bueno per se para la claridad del mandato que se está gestando para los próximos años, pero que además puede contribuir a la superación de dilemas existenciales, de los frenos y los techos que ambas candidaturas principales atacan a la hora de tener que sumar la mitad más uno de los votos el 22 de noviembre.<span id="more-218"></span></p>
<p>Los mendocinos, que venimos de una sociedad marcada por la sana existencia de tres fuerzas políticas, sabemos de las enormes contribuciones que esto ha tenido al excepcional clima de respeto y moderación que impregna el estilo de aquella provincia cuyana, algo que muchas veces nos emparenta más a la realidad transandina que a las prácticas dictadas desde el Río de la Plata. El gobernador de Mendoza siempre tiene que negociar con las otras dos fuerzas, nunca detenta el poder suficiente para tomar decisión alguna sin el consenso de alguien más.</p>
<p><b>Scioli sufre el dilema de la </b><b></b><b>frazada corta</b><b></b><b>. Los argentinos ya le se</b><b>ñ</b><b>alaron en dos oportunidades que con el discurso oficialista de continuidad casi sin cambios, m</b><b>á</b><b>s que algunos epid</b><b>é</b><b>rmicos y de nombres, no alcanza</b>. Su candidatura se mueve peligrosamente en los techos electorales del kirchnerismo, valores que, aunque nada despreciables, no son suficientes para ganar una segunda vuelta. Para perforarlos necesariamente tiene que apelar a los sectores independientes, dispuestos a aceptar la continuidad de varias políticas y programas, pero que quieren dejar atrás estilos confrontativos y prácticas no muy transparentes. Para eso se lo eligió. Alguien con la habilidad demostrada de haber sido por años el mejor oficialista y opositor al mismo tiempo. Talento que parecería haber perdido en los últimos tiempos de marcada alineación y disciplina ideológica. Lo que le sirvió para conseguir la candidatura oficial ahora no le alcanza para llegar a la Presidencia. El riesgo mayor que corre es tentarse por los cantos de sirena, que seguramente le recomendarán redoblar la apuesta K, apelando al éxito de la señora en el 2011, pero sin tener en cuenta que en aquel mítico 54% se incluía, además del núcleo duro, un enorme porcentaje de argentinos conmovidos por el sufrimiento de su repentina viudez.</p>
<p>Para Scioli la tarea de seducir a los filoperonistas del massismo le puede venir como anillo al dedo. Algo que únicamente él puede hacer dentro del oficialismo, pero sólo si los más duros lo dejan actuar y Cristina finalmente entiende que tiene que correrse del lugar de protagonismo.</p>
<p>Macri, por su parte, tiene que demostrarles a los argentinos que un hijo de Franco puede ser su presidente. Seguramente, en las últimas horas a la amplia mayoría le ha caído la ficha de la decisión tomada el domingo y empieza a ver por primera vez como factible esta posibilidad. Algo que nunca le fue fácil al ingeniero y que le demandara varios años de intentos para lograrlo en la ciudad de Buenos Aires. El recuerdo fresco del ballotage de hace apenas unas semanas alimenta esta aseveración. Cuando se unieron todos contra él, hasta los propios porteños casi le dan la espalda.</p>
<p>Además, la conquista de los votos del tercero en discordia puede servirle al líder y fundador del PRO para dejar en claro que esta vez está dispuesto a compartir y abrir el juego. Para demostrar que finalmente valora la política y a los políticos, que ante la posibilidad del premio mayor supera la cultura empresarial y corporativa que lo ha conducido bien hasta este punto, pero que no alcanza para gobernar un país complejo como el nuestro. Algo que muchos hemos experimentado en carne propia, en mi caso cuando fui candidato en coalición con el PRO durante mis aventuras políticas mendocinas de los últimos años.</p>
<p><b>Seducir a Massa, de la Sota y sus seguidores no s</b><b>ó</b><b>lo exigir</b><b>á</b><b> </b><b>de Macri compartir realmente algo del poder, cosa que nunca le resultar</b><b>á</b><b> f</b><b>á</b><b>cil, sino que tambi</b><b>é</b><b>n le permitir</b><b>á</b><b> </b><b>vestirse un poco m</b><b>á</b><b>s con ropajes peronistas, movida imprescindible para la gobernabilidad futura de su alianza</b>. Así, aventará los temores generados por su antecedente previo que llevara al gobierno a Fernando de la Rúa allá por 1999.</p>
<p>Contribuciones enormes del tigrense que obligarán a ambos bandos a superar obstáculos, remover maquillajes electorales e ir más a los temas de fondo para transparentar mensajes y propuestas específicas. Mantener una tercera fuerza es una responsabilidad muy grande que, más allá de la decisión concreta que se tome en las próximas horas en relación con el ballotage, puede darle a la Argentina el equilibrio necesario para construir un sistema de consensos y descartar en el futuro las habituales tentaciones hegemónicas. Por todo esto, nuevamente gracias, Massa.</p>
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		<title>Se busca alquimista</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Oct 2015 10:07:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luis Rosales</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Cambio]]></category>
		<category><![CDATA[Continuidad]]></category>
		<category><![CDATA[Cristina Kirchner]]></category>
		<category><![CDATA[Elecciones 2015]]></category>

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		<description><![CDATA[Nota escrita en colaboración con Raúl Aragón En sistemas presidencialistas tan fuertes como el argentino, para entender una elección crucial como la que estamos viviendo no alcanzan los categorías normales del marketing y el análisis político. En momentos claves como estos, los electorados van analizando, decidiendo y construyendo algo mucho más profundo que elegir a... <a href="http://opinion.infobae.com/luis-rosales/2015/10/24/se-busca-alquimista/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><b><em>Nota</em><i> escrita en colaboración con Raúl Aragón</i></b></p>
<p>En sistemas presidencialistas tan fuertes como el argentino, para entender una elección crucial como la que estamos viviendo no alcanzan los categorías normales del marketing y el análisis político. En momentos claves como estos, los electorados van analizando, decidiendo y construyendo algo mucho más profundo que elegir a un hombre o una mujer para que los gobierne por los próximos cuatro años.</p>
<p>El mandato consiste en un número limitado de factores, si no uno, muy generales y referidos normalmente al mediano plazo, que justifican las razones por las que las mayorías optan por algunas de las opciones que compiten por el poder. Los votantes, cada vez más escépticos, entienden que las cosas son mucho más sencillas de lo que parecen. Saben que es muy poco probable que los candidatos puedan cumplir acabadamente con sus enormes listas de promesas. Vislumbran que en cada elección es bastante limitado lo que está en juego y que cada uno de los contrincantes cumple un rol claro, que surge como consecuencia de una mezcla de su personalidad, sus programas, sus ideas, sus antecedentes y su construcción política.<span id="more-211"></span></p>
<p>El mandato es una especie de contrato que la ciudadanía celebra con cada gobernante para que cumpla una serie de objetivos de alto nivel y satisfaga algunas necesidades muy concretas. En general, se va gestando desde la propia campaña electoral y se efectiviza el día de los comicios, cuando se consagran las mayorías y las minorías. Una vez en el poder, rápidamente se verifica si se va cumpliendo en la realidad y, en caso contrario, se gestan grandes frustraciones. La enorme paradoja de este tema es que este cheque en blanco también puede desvanecerse por satisfacción total. Si el objetivo principal que justificaba a alguien en el gobierno se alcanza en forma definitiva, “gracias y que pase el que sigue”.</p>
<p>En 1983 los argentinos elegían a Raúl Alfonsín para recomponer el tejido moral básico de la sociedad, para recuperar los derechos humanos fundamentales. Una vez que la democracia estuvo consolidada, sintieron que necesitaban algo más que lo que él les podía ofrecer. Sus desmanejos económicos, hiperinflación mediante, permitieron que llegara al poder Carlos Menem, con la sola promesa de que no los iba a defraudar al poner en práctica su “revolución productiva”. Algo que el riojano cumplió, con la convertibilidad. Mandato tan potente que disimuló cualquier otra consideración. Una vez que ese monstruo estuvo abatido, se comenzó a pedir por el saneamiento de las prácticas políticas y apareció Fernando de la Rúa. La frustración que generó su salida anticipada y el derrumbe casi completo de todo el sistema provocaron un gran vacío de poder. Después de la crisis del 2001, la era K se inició casi sin mandato, ya que Eduardo Duhalde fue el arquitecto y el obrero de la llegada de los santacruceños.</p>
<p>Por eso Néstor Kirchner, muy hábilmente, lo construyó en los primeros meses, dotando de poder a la institución presidencial y recomponiendo el tejido social totalmente dañado después de la caída de la Alianza. Ya por el 2007 se empezó a sentir que había que descomprimir las tensiones y las divisiones que se habían generado, por eso se aceptó la idea de Cristina Kirchner, Julio Cobos y vos. Poder compartido y transversal, promesas que al poco tiempo se dejaron de lado. De allí los subibajas permanentes de la gestión de la señora.<b> De sus dos mandatos originales, el de la integración social se mantuvo y acrecentó, pero el otro, el de la tolerancia y el diálogo, se hizo añicos</b>. La muerte de Néstor cambió el panorama por completo y humanizó ad infinitum a su viuda, que fue apoyada masivamente en su reelección.</p>
<p>Llegamos así al fin de la tercera presidencia K. Los argentinos, al igual que aconteciera hace poco con los brasileños, los uruguayos y otros latinoamericanos, se debaten entre dos conceptos antagónicos: la continuidad y el cambio. Hay momentos en que parece imponerse uno sobre el otro. Pero tanto en aquellos casos como en el nuestro, el asunto no es tan en blanco y negro. El mandato es mucho más coherente con la gama de los grises. Por eso van sobreviviendo en las primeras posiciones candidatos que confluyen en la moderación y que se parecen tanto entre sí.</p>
<p>El modelo, se sabe, ha causado agotamiento en la sociedad. No específicamente por sus logros o sus carencias, sino quizás por su duración récord en la historia, tras doce años de estilo K. Entonces se impone la idea de cambio. ¿Pero cambio de qué?</p>
<p>Esto lo preguntamos a lo largo de los últimos tiempos en tres ocasiones para <b>evitar la dicotomía de cambio o continuidad, que consideramos falsa por su extremo rigor. </b>Preguntar si se quiere reemplazar todo o seguir exactamente igual nos impediría detectar matices y en consecuencia registraríamos una imagen equivocada del estado del imaginario colectivo.</p>
<p>Así, la pregunta ofrecía cuatro categorías de respuesta: a) continuar el modelo y no cambiar nada, b) cambiar algunas cosas y mantener la mayoría, c) cambiar la mayoría y continuar con algunas, y d) cambiar todo y cambiar el modelo.</p>
<p>En las tres mediciones, tomadas con varios meses de intervalo entre una y otra, registramos (en promedio) la siguiente frecuencia de adhesión: a) continuar con el modelo y no cambiar nada: 15%, b) cambiar algunas cosas y mantener la mayoría: 35%, c) cambiar la mayoría y mantener algunas: 25% y d) cambiar todo y cambiar el modelo: 21%. A ello debemos sumar un resto de 4% que no puede decidir. Un 60% reclama algún grado de cambio.</p>
<p>Pero también indagamos acerca del modo en que se prefiere que esos cambios, pocos o muchos, sean realizados. En promedio, <b>el 67% de la población prefiere que se realicen gradualmente, mientras que sólo el 25% opta por una solución drástica</b>.</p>
<p>En conclusión, más allá de los reclamos por la inseguridad o la inflación, el consenso mayoritario, el mandato profundo que parecería gestarse es el de un cambio parcial realizado gradualmente. Por ello, podría afirmarse que el próximo presidente será aquel que les asegure a los votantes la alquimia adecuada para poner en práctica este delicado equilibrio.</p>
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