La Presidente de la Nación ha pedido a los encargados de analizar las posibles reformas al Código Penal que la cuestión del aborto "no se toque". En una reunión en la que primó la apertura al diálogo y que permitió sentar en la Casa Rosada a representantes de las fuerzas políticas de la oposición con más votos (ojalá este sea el denominador común para todas las iniciativas que vengan del Poder Ejecutivo), Cristina Kirchner solicitó tratar de manera separada uno de los tópicos más polémicos de la legislación de nuestro país. Si bien esta actitud puede leerse como una razonable intención de no mezclar la no menor tarea de reformular el viejo y desactualizado código sancionatorio argentino con este polémico punto particular, postergar sin fecha ni proyecto de ley concreto a la vista el tema de la interrupción voluntaria del embarazo huele a rehuir el debate. ¿Por qué los argentinos no debemos debatir hoy la despenalización del aborto? ¿Quién presiona para que en una república no se escuchen en las instituciones de deliberación voces autorizadas que fundamenten una y otra posición y terminen con el dogmatismo de efecto usado también por los que están a favor o en contra? ¿Es más fuerte y mejor la democracia que omite abordar un tema que genera como consecuencia quinientas mil muertes al año y una incontrovertible diferencia entre quienes poseen dinero o son pobres a la hora de un aborto? Hay muchos que quieren saber Hablar de aborto significa debatir sobre el origen de la vida. Pero en serio. Sin caer en golpes de efecto tan manidos y "prerracionales" como mostrar alegremente ecografías de músicos o científicos célebres que podrían no haber nacido si se hubiera interrumpido la gestación. Tampoco debatir implica correr a los huevazos a los que reclamen con pancartas que defienden el derecho absoluto de una mujer a su cuerpo equiparando la disposición libre del cabello con la de un feto en gestación. En el medio hay otra cosa. Hay una legión de ciudadanos que discute con buena fe sentada en principios que condenan la pena de muerte, defienden los derechos humanos y también, sí, también, se pregunta si entre tanto maniqueísmo militante no hay una respuesta científica que permita tomar en libertad informada una decisión tan personal como intransferible. Los que condenan el aborto dicen que la vida comienza desde la concepción en el seno materno. ¿Esto es con unanimidad aceptado por los que estudian el tema? La respuesta es no. Hay muchos criterios que extienden ese inicio desde el óvulo fecundado hasta la semana dos o trece de gestación. ¿Por qué? ¿Por qué quienes lo hacen son una secta de perversos que responde a un plan maestro de exterminio selectivo de la raza humana o por qué nos enfrentamos a un tema controvertido que debe admitir la chance de escuchar otro argumento distinto a nuestros prejuicios? Quizá sirva para entender esta divergencia comparar el inicio de la vida con su fin. ¿Existe un solo concepto de muerte humana? Aquí la respuesta es otra vez negativa. Seamos gráficos: en nuestro país se muere al menos dos veces. Primero, con muerte encefálica que consiste en el cese irreversible de la actividad vital de todo el encéfalo incluido el tallo cerebral (estructura más baja del encéfalo encargada de la gran mayoría de las funciones vitales), comprobada mediante protocolos clínicos neurológicos bien definidos y apoyada por pruebas especializadas. Allí es posible ablacionar los órganos que van a ser donados. Un ser humano, para la ley, ha muerto. Sin embargo, para sepultar a ese mismo hombre o mujer muertos se exige, por otra ley, una segunda muerte. La ausencia de toda actividad respiratoria y del corazón. ¿Hay debates acalorados y masivos para declarar inconstitucional la muerte encefálica de un ser humano que dona sus órganos para salvar vidas aún cuando su corazón late? ¿Se persigue como anatema al que se niega a donar sus órganos por convicciones religiosas o de moral individual ya que no cree en el electroencefalograma chato y despide a su ser querido cuando su sangre ya no circula más por el cuerpo? Entonces: si la muerte no es un hecho único y "fotográfico" sino un devenir propio de la existencia humana, el inicio de la vida, ¿no puede ser analizado de la misma manera? La vida y la muerte, son conceptos culturales. Dicho en términos de una autoridad mundial en bioética, el médico y filósofo Diego Gracia, "no hay muerte natural. Toda muerte es cultural. Y los criterios de muerte también lo son. Es el hombre el que dice qué es la vida y qué es la muerte. Y puede ir cambiando su definición de estos términos con el transcurso del tiempo. Los criterios de muerte pueden, deben y tienen que ser racionales y prudentes, pero no pueden aspirar nunca a ser ciertos". Que los ingleses –y tantos otros- consideren que un ser humano no es tal sino hasta la semana trece de gestación en donde los científicos dan por probado que el sistema nervioso, eso que nos diferencia del resto de la escala animal, está completo, no los transforma en asesinos sino en congéneres que piensan distinto aquella convención cultural. Lo admiten para los que así piensan y, por las dudas, no se lo imponen a nadie que no lo comparta. En el otro extremo, los países musulmanes (en su totalidad hasta 1983 y parcialmente hoy) prohíben la donación de órganos porque no coinciden en la teoría de las dos muertes. Frente a esto ¿merece, "por ahora" no tratarse el tema? Sin dudas, no. Hay que abrir el debate. Ya mismo. Sabiendo que debatir es permitir, de movida, la posibilidad de que quien piensa distinto tenga algo o toda la razón. Y de ser así, aceptar cambiar de opinión. No alcanza con una ley especial o una discusión que se restrinja a los casos de violación de la mujer o inviabilidad del feto que, obviamente, hasta con las normas de la más férrea moral religiosa son justificados por la teoría del mal menor. Hay que ser adultos, democráticos y someternos a la dinámica institucional de una democracia. Sostener la pelea de adjetivos descalificatorios que hemos visto hasta hoy en nuestro país no sólo es un signo de retraso sino una buena excusa para que nada cambie, para que cientos de miles de mujeres pobres mueran en una no elegida clandestinidad y esencialmente, para que todos perdamos el derecho de saber más acerca de lo que verdaderamente se trata.