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	<title>Julián Schvindlerman &#187; Vladimir Putin</title>
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		<title>El triángulo Rusia, Siria, Estados Unidos</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Oct 2015 03:23:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Julián Schvindlerman</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p lang="es-AR">¿Pueden los hacedores de política de esta Casa Blanca estar tan desoladoramente despistados en su evaluación sobre las intenciones de Rusia en Siria? Dejemos que respondan con su propio eslogan de campaña: “Yes, we can”. Vea las reacciones de Ashton Carter, el secretario de Defensa del país militar, política y económicamente más poderoso de la Tierra, ante las agresiones bélicas inconsultas de Moscú en Siria: “Quiero ser muy cauto en esto. Pero pienso que, con sus acciones, Rusia está echando más leña al fuego”, “Quiero ser cuidadoso, pero parece que [el ataque] sucedió en áreas donde no había fuerzas del Estado Islámico (EI)”.</p>
<p lang="es-AR">Esta es una administración que quiere ser cauta y cuidadosa frente a un rival asertivo, ambicioso y violento como Vladimir Putin. Así le va. Incluso un híper obamista como Thomas Friedman del <i>New York Times,</i> en una nota que empieza con un alegato: “Su señoría, salgo nuevamente en defensa de la política del presidente Barack Obama hacia Siria”, debe reconocer que el presidente estadounidense padece ambivalencia. Ante los pronunciamientos adolescentes de Obama en el recinto de la ONU, dichos antaño y la semana pasada —“Ninguna nación puede o debería intentar dominar a otra nación” y “Las naciones del mundo no pueden retornar a los viejos hábitos del conflicto y la coerción”—, el jefe del Kremlin ha de destornillarse de risa. Entre carcajadas, invade Ucrania e interviene en Siria. Ay, sin aprobación de la ONU.</p>
<p>¿Qué busca Putin en Siria? Fundamentalmente, mantener a Bashar al Assad en el poder. Rusia tiene muchos intereses en aquel país: estratégicos, culturales y económicos. El régimen de Assad ha sido el aliado más cercano de Moscú en el mundo árabe por más de 40 años. Durante la Guerra Fría, decenas de miles de rusos se trasladaron a Siria, mientras que las élites sirias estudiaban en las mejores escuelas rusas. Los matrimonios mixtos eran comunes y, al momento del levantamiento sirio, se estima que cien mil ciudadanos rusos vivían allí. Moscú también es un proveedor de armas de Damasco y compañías rusas han invertido aproximadamente 20 mil millones de dólares en esas tierras. Abandonar a Assad supondría renunciar a estas inversiones. Es difícil imaginar un nuevo Gobierno tan amigable a Moscú en una era pos-Assad.</p>
<p lang="es-AR"><span id="more-180"></span></p>
<p lang="es-AR">La experta Anna Borshchevskaya indicó en una lúcida nota en <i>Forei</i><i>gn</i><i> Policy </i>que <b>Siria es el punto de apoyo más importante de Rusia en la región</b>, bordeando el Mediterráneo, Israel, Líbano, Turquía, Jordania e Irak. “Putin ha hecho de la expansión del poderío naval ruso un pilar de su tercer mandato presidencial, y la caída de Assad significaría perder la única base militar de Rusia fuera del espacio postsoviético; un centro de reabastecimiento naval en el puerto de Tartus”, observa. El apoyo a Assad figura además dentro de los planes de Putin de desafiar a Occidente. De hecho, <b>Moscú ha sido un firme partidario de Assad desde el comienzo de la insurrección siria en marzo de 2011. </b>Ha<b> </b>apuntalado al régimen de Damasco con armas, asesores, préstamos económicos y cobertura política en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ahora Putin decidió involucrar a su patria en la guerra civil con su aparato militar.</p>
<p lang="es-AR">“Debemos reconocer que no puede haber, después de semejante derramamiento de sangre, de semejante carnicería, una vuelta al <i>statu quo</i> previo a la guerra”, dice Obama. “Creemos que es un enorme error rehusarse a cooperar con el Gobierno sirio y sus fuerzas armadas”, asegura Putin. Mientras que el estadounidense vacila y cuando actúa, lo hace sin convicción, el ruso envía aviones de combate, misiles aire-aire y baterías antiaéreas. “¿Contra un Estado Islámico que no tiene fuerza aérea, aviones o helicópteros?”, se preguntaba el analista Charles Krauthammer en el <i>Washington Post</i>. No, Putin no está en Siria para luchar contra estos yihadistas. Él anhela destruir a la oposición moderada a Assad, de modo que sólo permanezca el EI como alternativa al régimen damasceno, para forzar de ese modo a Occidente a una elección clara. Tal es así que durante las primeras 48 horas de bombardeos solamente ha atacado campamentos de rebeldes entrenados por la CIA. Y lo ha hecho inmediatamente después de haberse reunido con Obama, en el primer encuentro formal tras la marginación mundial que siguió a la aventura bélica rusa en Ucrania.</p>
<p lang="es-AR">Putin sabe que Obama es un líder fláccido. Un estadista que advierte: “Assad debe irse” y que indica que el uso de armas químicas es una “línea roja”, pero hace muy poco por una u otra cosa. <b>Putin sabe que Obama es un hombre fácil de embaucar, de hacerle creer que recompensar el mal comportamiento de Irán, por ejemplo, hará, contra todo pronóstico</b>, <b>que Teherán mejore su inconducta</b>. Putin sabe que Obama quiere irse de Medio Oriente y pretende aprovechar cada centímetro de espacio cedido gratuitamente por Washington en la región más estratégica del globo. Putin sabe que cuenta aun hasta entrado el 2017 para pasar por arriba a los Estados Unidos hasta que este presidente parta. La anexión de Ucrania, la intervención en Siria y la negociación con Irán pueden haber sido sólo las entradas de la cena que Vladimir está preparando. Mientras, Obama ni siquiera es un comensal invitado.</p>
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		<title>De Siria mejor no hablar</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Sep 2013 09:07:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Julián Schvindlerman</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Con este título no quiero significar que el asunto no sea importante; lo es. Tampoco pretendo sugerir que en vez de hablar se debe actuar; aunque creo ello. El título refiere puramente a las penosas implicancias recientes de la retórica del gobierno estadounidense sobre la crisis en este país árabe. Un año atrás Barack Obama proclamó que el... <a href="http://opinion.infobae.com/julian-schvindlerman/2013/09/13/de-siria-mejor-no-hablar/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Con este título no quiero significar que el asunto no sea importante; lo es. Tampoco pretendo sugerir que en vez de hablar se debe actuar; aunque creo ello. El título refiere puramente a las<strong> penosas implicancias recientes de la retórica del gobierno estadounidense sobre la crisis en este país árabe.</strong></p>
<p>Un año atrás <strong>Barack Obama</strong> proclamó que el uso de<strong> armas químicas</strong> sería una línea roja. Esa frase espontánea y no coordinada con sus redactores de discursos lo puso en aprietos doce meses después cuando alrededor de mil cuatrocientas personas, cientos de niños entre ellas, fueron gaseadas en las afueras de <strong>Damasco</strong>. Forzado a abordar el asunto con seriedad, el presidente de los <strong>Estados Unidos</strong> advirtió que <strong>la credibilidad presidencial y la imagen de la nación estaban en juego</strong> y sumadas las consideraciones humanitarias, morales y estratégicas, concluyó que <strong>la acción bélica era el único curso de acción viable para castigar al gobierno sirio por su conducta inadmisible</strong> y a la vez disuadir a futuros regímenes malhechores de replicar esas acciones. La<strong> Casa Blanca</strong> comprendió que permitir a <strong>Bashar al-Assad</strong> permanecer en el poder daría el mensaje equivocado respecto de la proliferación de armas de destrucción masiva, el fortalecimiento de <strong>Irán </strong>como mandamás regional y la seguridad mundial.</p>
<p><span id="more-58"></span>El caso a favor de la guerra contra Siria fue montado. <strong>Se explicó que el desastre humanitario es tan descomunal que la familia de las naciones no podía seguir indiferente.</strong> Se alegó que debía contenerse el advenimiento de un<strong> eje chiíta</strong> que recorre el arco de los <strong>ayatollahs</strong> en <strong>Irán</strong>, los <strong>alauitas</strong> en <strong>Siria</strong>, <strong>Hezbollah</strong> en el <strong>Líbano</strong> y los adherentes en <strong>Irak</strong>. Se advirtió contra las consecuencias que la inacción en Siria tendría sobre la lectura en <strong>Teherán</strong>, que consolidaría su esfuerzo nuclear. Y así, un presidente pacifista, premiado con el <strong>Nobel de la Paz</strong>, famoso por su oposición a los emprendimientos militares de su antecesor, deseoso de abandonar <strong>Irak</strong> y <strong>Afganistán</strong> y reticente a involucrarse en <b>Libia</b>, se vio obligado a bregar por la acción militar en Siria.</p>
<p>Cuando <strong>Gran Bretaña</strong> no pudo acompañarlo, la <strong>Liga Árabe</strong> lo abandonó, la <strong>ONU</strong> se paralizó, el <strong>G- 20</strong> titubeó, el <strong>Vaticano</strong> protestó y la opinión pública local dudó, el presidente recurrió al <strong>Congreso </strong>para validar su curso de acción. Su único consuelo lo encontró, al igual que <strong>Humphrey Bogart </strong>décadas atrás, en <strong>Francia</strong>: <strong><em>&#8220;siempre tendremos París&#8221;.</em></strong></p>
<p>Y entonces algo increíble ocurrió: su secretario de Estado habló de más. Inicialmente, <strong>John Kerry</strong> había realizado unas declaraciones correctas acerca de<strong> la responsabilidad de proteger y del papel de Estados Unidos como garante del orden global.</strong> Transmitió efectivamente la noción de que si <strong>Washington</strong> actuase, otros lo seguirían, pero si Washington no lo hiciera nadie más lo haría. Pero luego, al igual que Obama un año atrás, se dejó llevar por la espontaneidad y la embarró. Primero dijo que la acción militar contemplada era “increíblemente pequeña”, frase que -con el trasfondo de una Casa Blanca insólitamente publicitando los alcances, objetivos, medios y duración de la guerra anticipadamente- desarmó el andamiaje retórico a favor de la intervención. Luego, disertando en <strong>Londres</strong>, la misma ciudad que ató las manos del premier <strong>Cameron</strong> previamente, <strong>Kerry anunció que si Assad entregase su arsenal químico en el plazo de una semana, entonces su país no atacaría a Siria.</strong></p>
<p><strong>Rápidamente, Rusia respaldó la idea y seguidamente Siria le dio la bienvenida</strong>. La diplomacia se reactivó. El caso pro-ataque se desintegró. En su discurso a la nación, Obama supeditó un eventual ataque al resultado de las gestiones de la iniciativa de<strong> Vladimir Putin</strong>, el máximo aliado de <strong>Damasco</strong>.</p>
<p>Que yo sepa nunca antes una <em>gaffe</em> generó política exterior. Y desconozco si algún otro pronunciamiento presidencial instantáneo puso a una nación en el sendero de la guerra. Pero lo que debemos entender es que lo que está sucediendo en Siria tiene implicancias geopolíticas, estratégicas y humanitarias que trascienden un par de citas casuales. Los políticos se pueden desdecir y de hecho lo hacen regularmente. <strong>Las consecuencias de la acción o la inacción en Siria, en cambio, no tendrán marcha atrás.</strong> El caso a favor o en contra de una contienda bélica no debe depender de unas pocas palabras indeseadas.</p>
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