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	<title>Iván Petrella &#187; Democracia</title>
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		<title>Democracia sin miedo</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Nov 2015 03:00:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván Petrella</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Campaña electoral]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Las campañas políticas basadas en el miedo no son una novedad. Sin embargo, no siempre se reconoce una verdad incómoda: la campaña del miedo no es en realidad una campaña contra un candidato particular, sino una campaña contra la democracia misma. Puede servir para que gane un candidato, pero es la democracia la que siempre pierde.<b></b></p>
<p>En <i>Creative Democracy</i>, el gran filósofo norteamericano John Dewey advertía que la democracia no es algo que se preserve por sí misma. Dicho de otra manera, hay que dejar de lado la idea de que una vez puesto en marcha un régimen democrático el trabajo ya está terminado. Una idea muy característica de Dewey es que la democracia es un modo de vida e, incluso, un modo personal e íntimo de vida. En este sentido, la democracia implica que cada uno tenga y practique un conjunto de actitudes y conductas acordes.</p>
<p>Esto lleva a una conclusión fundamental: no es que las personas se ajusten a las instituciones democráticas, sino que esas instituciones son expresiones de las actitudes y las disposiciones de las personas. Sin incorporar esta dimensión personal corremos el riesgo de que nuestra democracia quede como un simple mecanismo formal: una cáscara que, en realidad, no protege nada.<span id="more-69"></span></p>
<p>Adoptar una perspectiva como esta lleva a entender que el régimen democrático no se encuentra amenazado solamente desde los extremos de los golpes de Estado, sino que se erosiona con el deterioro de las actitudes y las conductas personales de los ciudadanos y los gobernantes. Por ejemplo, si somos intolerantes con las opiniones con las que no coincidimos, el resultado es la limitación de la comunicación entre nosotros, que conduce a una sociedad dividida en facciones y con barreras entre las personas cada vez más difíciles de cruzar.</p>
<p><b>Una democracia más fuerte requiere confiar en la cooperación para resolver las disputas, basándonos más en la conciliación de los puntos de vista que en la victoria de uno y la derrota del otro</b>. Requiere también dejar de lado las actitudes vengativas, la ridiculización y la intimidación. Implica aceptar las diferencias y no querer aplastarlas, viendo que lo que no es como nosotros no nos amenaza, sino que nos enriquece. Por sobre todas las cosas, hay que aceptar que la democracia, que es el Gobierno de todos, funciona mejor cuando suponemos que el otro es una persona decente y falla cuando sospechamos que sólo quiere dañarnos.</p>
<p><b>La campaña del miedo es la antítesis de esto</b><b> y por eso atenta contra la democracia. </b><b>Es la suposición de que un frente electoral quiere el poder para dañar a los argentinos.</b> Es la agresividad ante sus votantes, a los que se trata como si fueran malas personas y se agrede constantemente. Es la idea de que no importa insultar o mentir si se trata de imponer el punto de vista propio. Llevadas al extremo, estas actitudes conducen a escenas como la de una nena llorando en un video por el resultado de las elecciones y su madre que le dice, a modo de consuelo, que si Mauricio Macri es presidente van a ir a Plaza de Mayo a sacarlo. El miedo afianza divisiones y culmina en una triste paradoja: se cree que se defiende la democracia, pero en realidad no se hace más que perjudicarla.</p>
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		<title>Intelectuales por el cambio</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Sep 2015 03:00:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iván Petrella</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unas semanas, en una reunión del Grupo Manifiesto, un reconocido filósofo argentino criticaba con dureza al kirchnerismo y a Daniel Scioli en particular. Respecto de Mauricio Macri, pese a expresar diferencias personales hacia él y algunas críticas al PRO, señalaba que la gestión en la ciudad de Buenos Aires había sido muy buena. Por eso sorprendió cuando cerró su exposición diciendo que, en un eventual ballotage, lamentaba inclinarse por Scioli y no por Macri.</p>
<p>Para justificar su postura ejerció un pesimismo resignado. En su intento por desterrar prácticas políticas como el clientelismo, el nepotismo y la corrupción, un Gobierno de Cambiemos tendría problemas de gobernabilidad. <b>Temía que eso, sumado al legado institucional y económico que deja el kirchnerismo, pudiera conducir a una crisis similar a la de diciembre de 2001.</b> El kirchnerismo en el poder, en cambio, significaría la continuación de la degradación actual, pero eso sería mejor que arriesgar otro estallido. Se trata de una postura frecuente en el ambiente intelectual opositor: creer que nada realmente puede cambiar y que lo máximo a lo que podemos aspirar es a hacer más lento el proceso de deterioro que sufrimos.<span id="more-49"></span></p>
<p>Esa falta de esperanza de cambio también asume otras formas en el mundo intelectual. <b>Están los que, como Beatriz Sarlo, opinan que Macri y Scioli son “hermanitos gemelos”: Dos candidatos que serían expresión de lo mismo</b>. Ante una alternativa que ven como falsa, suelen llamar a votar por candidatos minoritarios, que no tienen opción real de hacer frente al caudal de votos que acompaña al Frente para la Victoria. Acá también hay resignación: cerrarse en proyectos políticos que no terminan de encontrar el camino para convertirse en mayoría. Es una postura que favorece el <i>status quo</i> y en ese sentido <b>todo lo contrario a lo que el director de la Escuela de Frankfurt, Axel Honneth, recientemente definió como la tarea del intelectual: aumentar la confianza de la ciudadanía en su capacidad de mejorar su democracia</b>.</p>
<p>Ya estamos en camino. En las PASO, el Frente para la Victoria obtuvo 38 % de los votos, un claro retroceso respecto del 50 % de Cristina Kirchner en las primarias de 2011. También hubo un crecimiento de la oposición. En las elecciones de 2007, la opción opositora mejor posicionada fue la Coalición Cívica, que obtuvo 23 % y quedó a más de veintidós puntos del oficialismo. En 2011 el opositor más votado fue Hermes Binner, pero el 17 % de su Frente Amplio Progresista aparecía a 37 puntos de la fórmula ganadora. Mirando esto, los ocho puntos que separaron a Cambiemos del Frente para la Victoria son auspiciosos para una visión de cambio.</p>
<p>Ernesto Sanz entendió perfectamente lo que está en juego. Su planteo en la Convención de Gualeguaychú de formar un frente con la Coalición Cívica y el PRO fue el puntapié inicial para el surgimiento de Cambiemos. Para eso, tuvo que poner la necesidad del país antes que todo lo demás: Tuvo que pedirle a la Unión Cívica Radical y a los radicales que se atrevieran a hacer algo distinto para llegar a un futuro diferente. El PRO y la Coalición Cívica también tuvieron que cambiar. Nadie se ató a identidades fijas o prejuicios, todos vieron la relevancia histórica del momento e hicieron una apuesta por un nuevo experimento político de esos que hacen a la democracia. En ese experimento también hay lugar para los progresistas, los socialistas, los peronistas y todos aquellos que quieren un país mejor y a quienes hoy les cuesta encontrar opciones electorales competitivas que los representen. Cambiemos es un futuro donde hace falta de todos y donde se habla, se escucha, se discute, se vuelve a escuchar. Mientras que en la continuidad del kirchnerismo no parece haber mucho lugar para la palabra distinta.</p>
<p>En contra de posturas intelectuales como las anteriores, es fundamental mantener la esperanza de que nuestro país pueda cambiar. <b>No sirve entronizar a la gobernabilidad, un fetiche conveniente para Gobiernos que violan preceptos básicos de la democracia y nunca logran resultados aceptables ni en lo social ni en lo económico</b>. Tampoco es razonable cerrarse en decir que Scioli y Macri son indistinguibles, cuando tenemos en la memoria a la provincia de Buenos Aires bajo el agua, la muerte de Jorge Ariel Velásquez o las escandalosas elecciones en Tucumán.</p>
<p>Podemos hacer que los doce años de kirchnerismo no se conviertan en dieciséis. Pero para eso hay que dejar atrás la resignación de decir que todos los candidatos competitivos dan igual o que lo mejor es perseverar en la conocida decadencia controlada.</p>
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