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	<title>Horacio Minotti &#187; Mariano Moreno</title>
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		<title>Con impunidad no hay cambio</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Aug 2013 12:17:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Horacio Minotti</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Como muchas elecciones de medio término en períodos anteriores, esta parece ser el preanuncio de tiempos de cambio en la Argentina, de mantenerse los resultados que arrojaron las primarias. Así como las legislativas de 1987 desencadenaron el fin del alfonsinismo, las de 1997 marcaron la conclusión del menemismo, estas de 2013 pueden ser la última pendiente de la montaña... <a href="http://opinion.infobae.com/horacio-minotti/2013/08/26/con-impunidad-no-hay-cambio/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Como muchas <strong>elecciones de medio término</strong> en períodos anteriores, esta parece ser el <strong>preanuncio de tiempos de cambio en la Argentina</strong>, de mantenerse los resultados que arrojaron las primarias. Así como las legislativas de 1987 desencadenaron el fin del <strong>alfonsinismo</strong>, las de 1997 marcaron la conclusión del <strong>menemismo</strong>, estas de 2013 pueden ser la última pendiente de la montaña rusa kirchnerista.</p>
<p>Y como bien dijo el gobernador bonaerense <strong>Daniel Scioli</strong>, primer K en reconocer esta realidad, <strong>“este gobierno debe terminar lo mejor posible”</strong>. Finalizar como en los dos casos mencionados en el párrafo anterior sería dramático para muchos argentinos e implicaría, una vez más, empezar de cero.</p>
<p><span id="more-332"></span>Así las cosas, todo indica que vamos hacia un cambio político en la conducción de la Argentina, que seguramente implicaría una modificación de estilo, una rotación de paradigmas y ejes centrales de gobierno y lógicamente de funcionarios. El problema es si se generará un cambio de matriz o no. La pregunta es específicamente en términos de calidad dirigencial y control de la <strong>corrupción</strong>, posiblemente, <strong>la madre de todas nuestras desgracias.</strong></p>
<p>Sucesivamente, los gobiernos han ido cambiando, rotando entre partidos políticos o variantes con presunta distancia ideológica dentro del mismo espacio. Por caso, el menemismo tuvo una impronta privatizadora y de autorregulación del mercado, mientras que el kirchnerismo produjo un proceso estatizador con fuerte intervención pública en la regulación y <strong>control de la actividad económica</strong>, aun proviniendo ambos del mismo partido.</p>
<p>Pero en lo que no se han diferenciado estos procesos es en los <strong>niveles altísimos y gravísimos de corrupción administrativa</strong>. Esto es lo que ha generado, por ejemplo, que pese a los siderales ingresos recibidos por el Estado en estos diez últimos años, el país permanezca con idéntica<strong> pobreza estructural</strong>, idéntica infraestructura de comunicaciones, tendido eléctrico y provisión de servicios públicos. <strong>Parece ser que “alguien” se ha quedado en su bolsillo los altos dineros que todos, debimos disfrutar este decenio.</strong></p>
<p>De tal modo, saltar de un gobierno a otro, aunque tengan diferentes estilos, aunque la administración que venga decida no agraviarnos por cadena nacional, mentirnos un poco menos o reconocer los niveles de inflación; la sombra de la corruptela probable aparece siempre en nuestro horizonte; y esa corruptela es la que mata, la que genera dolor, angustia, miseria y marginalidad. No sirve crear policías municipales si uno genera brutales desigualdades sociales porque se roba los ingresos del Estado.</p>
<p><strong>Los dos pilares de combate la corrupción</strong> son los dos mismos que sirven para terminar con cualquier otro delito: la <strong>prevención</strong> o los controles, y la sombra de la <strong>sanción</strong>, que juega el rol preventivo, en tanto y en cuanto el posible autor de actos de corrupción, sabe que sus conductas pueden acarrearle graves consecuencias. Por lo tanto, <strong>será fundamental que alguna vez en la Argentina, el grupo político que deja el poder, en medio de sombras de altos niveles de corrupción, pague ante la Justicia las consecuencias de ello.</strong></p>
<p>La realidad es que en todos los procesos políticos de peso (del &#8217;83 a estos días) la respuesta judicial a la corrupción ha sido al menos endeble. Y esto se debe a la <strong>red de encubrimiento que la política en general</strong>, sin distinción de partidos,<strong> genera a su propio favor</strong>, implicando también en esa red a buena cantidad de jueces. El verdadero cambio en la Argentina implica necesariamente el castigo a la corrupción y el incremento de los controles para que se haga imposible repetirla de modo masivo. Si esto no ocurre es como dejar de votar a <strong>Al Capone</strong> para empezar a votar a<strong> Alí Babá</strong>.</p>
<p>Simplemente, <strong>con impunidad no hay cambio</strong>. Durante unos meses, tal vez un par de años, las caras menos conocidas producirán un halo esperanzador, y luego empezaremos este tobogán interminable en el que hemos entrado hace algunos años. Porque <strong>cambiar rostros no implica asegurarnos cambiar la matriz de corrupción</strong>, en tanto los que vengan se preocupen por garantizar la impunidad de los que se van. Porque si obran de ese modo, es simplemente porque esperan la devolución del favor para cuando les toque irse a ellos.</p>
<p>El salto de calidad democrática que necesita la Argentina recién se producirá cuando un gobierno nuevo decida impulsar las causas por corrupción del anterior y procure aportar a la Justicia todos los elementos necesarios para el justo castigo de quienes desfalcaron el país. De otro modo, esteremos empezando otro ciclo del que podrá preverse un nuevo final trágico y nuevas frustraciones. Otra década perdida y otra generación frustrada.</p>
<p><strong>Mariano Moreno,</strong> vinculándolo con el desconocimiento del pueblo sobre sus derechos, pronosticaba que “nuevas frustraciones sucederán a las antiguas, y será tal vez nuestro destino, cambiar de tiranos sin destruir la tiranía”. <strong>¿Será nuestro destino cambiar de corruptos sin destruir la corrupción?</strong> El destino lo hacemos nosotros, solamente hay que saber mirar con cierto detenimiento. Venimos acostumbrados a votar pensando en que “este es el único que puede sacar a aquel” y esta mecánica nos compromete con niveles de superficialidad en el análisis que arrojan resultados repetidos.</p>
<p>Está dicho, <strong>con impunidad no hay cambio sino continuidad sistémica</strong>. El mismo entramado mediante el que distintos sectores políticos dominantes se protegen unos a otros seguirá plenamente vigente si la impunidad se impone otra vez. El cambio real empieza por el tratamiento serio de la problemática de la corrupción, disparadora de todos los otros males argentinos. <strong>Primero Justicia, lo demás es sanata.</strong></p>
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		<title>¿Se agotó el peronismo?</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Jul 2013 06:39:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Horacio Minotti</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La década kirchnerista<strong> </strong>y el reacomodamiento de los actores políticos en este proceso electoral, marcan una ausencia interesante en la simbología política que traducen aquellas escenografías desde las que los candidatos tratan de captar el voto. No es un secreto que el kirchnerismo no se muestra “<strong>peronista de Perón”.</strong></p>
<p>Especialmente desde el advenimiento de<strong> Cristina Fernández de Kirchner, la figura del General Perón no ha jugado un papel relevante</strong>, ni es mencionada como antecedente en “el relato”. Sí, es cierto, se rescata con cierta asiduidad la figura de <strong>Eva Perón</strong>, y algunos iconos setentistas, pero no la del propio Perón. La presidente, de hecho, casi no lo ha mencionado públicamente.</p>
<p><span id="more-292"></span>Incluso en las boletas para la próxima elección, a las tradicionales caras de Perón y Evita juntos que suelen incluir las papeletas del <strong>Justicialismo</strong>, se le ha agregado, del otro lado, un símbolo similar, pero con la cara de <strong>Néstor Kirchner</strong>. A la misma altura y con el mismo tamaño, como una nueva simbología.</p>
<p>Tampoco puede extraerse del análisis que pese a contar con el control completo y total del Partido Justicialista en todo el país, el kirchnerismo nunca ha ido a elecciones con él. Siempre ha sido el “<strong>Frente para la Victoria</strong>”, dándole a su instrumento electoral el nombre de uno de los pequeños partidos que integran esa alianza, el Partido de la Victoria. Cuando bien pudo usar el nombre, por ejemplo, de <strong>Frente Justicialista</strong>.</p>
<p>Desde los sectores de la oposición que la prensa, a fin de simplificar el mensaje, designa como “peronistas”, puede observarse una todavía más profunda lejanía del peronismo. <strong>Francisco De Narváez se llama a sí mismo “peronista”, pero lo cierto es que no existen ni en sus publicidades, ni en sus símbolos, ni tampoco en su discurso, referencias al peronismo.</strong></p>
<p>Quien intenta jugar el papel de opositor moderado y unificador del “peronismo”, <strong>Sergio Massa</strong>, no usa ninguna simbología vinculada a Perón o Evita, o a sus logros o bondades. En su primer acto de campaña, se observaba una estética bastante moderna y aséptica, similar a la adoptada habitualmente por el <strong>PRO</strong>, clara y cuidadosamente estudiada por algún gurú del marketing, con un logo de campaña nada peronista (se veía por todos lados ­­<strong>+a por Massa)</strong>. Nada de marcha alusiva, ni “que grande sos”.</p>
<p>Eso en <strong>Provincia de Buenos Aires</strong>. En <strong>Capital Federal</strong> no se observan vestigios de peronismo. Salvo en algún local de <strong>Propuesta Peronista</strong> del vicepresidente primero de la Legislatura <strong>Cristian Ritondo</strong>, a los que los militantes llaman “básicas” (por unidades básicas el nombre histórico de los locales justicialistas) y en los que se ve (no en todos) alguna fotografía de Perón rodeada del color amarillo que distingue al PRO, no hay otras identificaciones peronistas, más allá de las boletas de votación de <strong>Daniel Filmus </strong>que tienen la misma lógica ya descripta de todo el Frente para la Victoria.</p>
<p>Solamente aquellos sectores con fuerte impronta sindical mantienen un alto grado de simbología peronista y prometen rescatar los valores del justicialismo tradicional. Usan en sus actos grandes fotografías de los viejos líderes, y vuelcan en sus discursos algunos conceptos a la usanza tradicional, sin profundizarlos demasiado.</p>
<p><strong>¿Qué pasa con el peronismo? ¿Se agotó?</strong> <strong>Incluso los que se llaman a sí mismos peronistas, ¿creen que serlo es “piantavotos?</strong> Una de las cosas que debe reconocerse es que el paso del tiempo es inexorable, y que las figuras políticas relevantes se desdibujan con él. Incluso cuando sus participaciones en la vida pública hayan sido superlativas, sus medidas, propuestas o improntas son acomodadas a su época, tal vez con una visión de futuro, pero nunca eternas. Posiblemente si Perón, <strong>Yrigoyen</strong> o incluso <strong>Mariano Moreno</strong> viviesen hoy, sus ideas base serían las mismas que en sus tiempos, pero su aplicación, instrumentación e incluso su “puesta en escena” serían muy diferentes.</p>
<p>También es cierto que cuando los procesos políticos son muy personalistas, el mero paso del tiempo diluye el liderazgo. <strong>El Perón profundamente transformador de 1950 sólo es conocido por gente que hoy tenga más de 73 años.</strong> Porque para saber medianamente de qué se trataba, sentir con cierta lucidez el imán del líder, debía tenerse al menos 10 años a 1950. Si a eso se suma que las estadísticas electorales indican que en 2015 la mitad de los electores tendrán menos de 40 años, la dilución del peronismo es lógica y casi obvia.</p>
<p>El Perón posterior, el que algunos podemos recordar con cierta nitidez, fue el que volvió en los &#8217;70, con un país diferente, con problemáticas distintas y un grado de conflictividad que el General no pudo resolver. No es un peronismo “para recordar” como la base de un diseño político futuro.</p>
<p><strong>¿Esto quiere decir que murieron las ideas del peronismo?</strong> Por cierto que no. Al menos no muchas de ellas que resultaron fundacionales, como el concepto de <strong>justicia social</strong>, por ejemplo. Sin embargo, hoy forman parte de un “diseño” de plexo de derechos mucho más ampliado, al que llamamos con mayor precisión &#8221;<strong>derechos humanos</strong>&#8220;<strong>.</strong> Y ese esquema se ha desarrollado con tanta velocidad en los últimos 50 años que ha subsumido, por ejemplo, a los derechos de los trabajadores dentro de ellos. Nadie puede negar hoy la necesidad de respetar y profundizar los derechos humanos. Pero toda la ideología peronista gira alrededor de una porción de tales derechos. En ese sentido<strong>, la frase de Perón, “peronistas somos todos”, fue una lectura del futuro.</strong></p>
<p>Más allá de que se haga en mayor o menor medida, con un matiz o con otro, ninguna expresión política de estos tiempos, con alguna aspiración de alcanzar el mandato popular, puede negar la necesidad de la existencia del derecho del trabajo por ejemplo, que expresa mecanismos de equidad jurídica entre el más débil, el trabajador, y el más fuerte, el empleador. Ni tampoco la necesidad de que existan mecanismos de generación de empleo en condiciones dignas, o de proteger las fuentes de trabajo nacionales, o el derecho de huelga o las potestades de los trabajadores de agremiarse y defender todos juntos sus reclamos.</p>
<p>Pero eso será, en todo caso, el aporte histórico que el peronismo hizo a los argentinos. No forma parte de una batalla actual, ya es una conquista inalienable, pero pasada. Por eso no integra los discursos de campaña, así como tampoco están en la escenografía de campaña los iconos de aquellos logros.</p>
<p>Antes del advenimiento del kirchnerismo, hubo otra expresión política que dio el primer paso en este proceso de “disolución” del peronismo. Fue el <strong>menemismo</strong>, que entremezcló en sus filas sectores devenidos de fuerzas políticas que en nada coincidían con la doctrina peronista, como la por entonces pujante <strong>UCeDe</strong>. Y esa mixtura al menos extraña generó secuelas, no fue un hecho momentáneo. Tanto es así que muchas figuras “peronistas” de hoy provienen de aquella UCeDe. <strong>El propio Massa fue un militante juvenil del partido de Álvaro Alsogaray</strong>. Y si vamos al riñón kirchnerista, <strong>Amado Boudou</strong>, nada menos que el vicepresidente K, o <strong>Ricardo Echegaray</strong>, titular de la <strong>AFIP</strong>, provienen de la misma cuna.</p>
<p>Esto explica, por ejemplo, la estética massista del acto de lanzamiento. O la guitarra de Boudou en sus presentaciones. Algunos pueden decir que son pragmáticos. Yo creo que la mejor definición es que son híbridos, su origen es confuso, mestizo; salvo dentro de las organizaciones del movimiento obrero, no hay ya puros.</p>
<p><strong>Todavía hay muchos dirigentes que ciertamente se reputan a sí mismos peronistas. Pero cuando uno los escucha hablar, queda claro que no son “de aquellos peronistas”</strong>. No tienen nada que ver. Uno sospecha, en realidad, que se hacen eco del mito popular de que “en este país sólo pueden gobernar los peronistas”, y que para sentir que tienen la posibilidad de acceder a espacios de poder, o crecer a partir de los que ya tienen, deben autodenominarse peronistas.</p>
<p>Desde tal idea, <strong>parece que ser peronista, por estos días, tiene más relación con el preconcepto social del supuesto modo que el peronismo tiene de ejercer el poder, que lo hace el único viable</strong>. “Me hago llamar peronista para que la gente sepa que yo puedo gobernar” o porque “me otorga un halo de persona decidida”. Pero el peronismo no es un “carácter”. Es una forma de pensar la política, una ideología. En todos los sectores políticos hay personas con carácter para ejercer el gobierno y tomar las decisiones y otras que no. Solamente por citar ejemplos: ¿que <strong>Daniel Scioli</strong> nunca termine de decidir qué hacer lo hace un estratega porque es supuestamente peronista, y a cualquier otro lo transformaría en un pelafustán porque no se autoproclame peronista? Lo mismo hubiese cabido en su momento a <strong>Carlos Reutemann</strong>.</p>
<p>De hecho, la sociedad se niega a recordarlo por algún mecanismo de psicología social intrincado, pero la<strong> Asamblea Legislativa</strong> de enero de 2002 nominó a <strong>Eduardo Duhalde </strong>para terminar el mandato de <strong>Fernando De la Rúa</strong>, hasta el 10 de diciembre de 2003. <strong>Y el poderoso cacique bonaerense fue incapaz de terminar ese mandato</strong>. Por un evento que costó la vida de dos personas en la Estación de tren de <strong>Avellaneda</strong>, adelantó 6 meses las elecciones y 8 la entrega del poder a <strong>Néstor Kirchner</strong>. Ese solo hecho debió dar por tierra con el mito de que solo los peronistas terminan sus mandatos. Duhalde, a quien nadie puede negarle su peronismo casi en estado puro, recibió manda constitucional por 23 meses y sintió la necesidad de abandonar ese mandato luego de sólo 15. La realidad es que entregó el poder tres meses antes que, por ejemplo, <strong>Raúl Alfonsín</strong>. En términos porcentuales, Alfonsín gobernó el 93% del mandato otorgado, mientras que Duhalde, peronista, solo llegó a cumplir el 65% del suyo, poco más que Fernando De la Rúa que aneas superó el 50% en un gobierno de coalición como era la Alianza, que también incluía peronistas disidentes, como el llamado <strong>Frepaso</strong>, del cual buena parte de sus cuadros eran de origen peronista.</p>
<p>Por ende, no es disparatado evaluar que buena parte de los dirigentes políticos que hoy se autopostulan como peronistas en realidad lo hacen para continuar el poco consistente mito popular que prescribe que solamente siendo peronista se puede ejercer el poder. Pero cuando se trata de la captación de voto, de buscar la identificación del elector con su idea o sus candidatos, se recurre a estéticas despojadas de peronismo, o diluidas, como el caso de la boleta del Frente para la Victoria, con el rostro de Kirchner.</p>
<p>¿<strong>Esto implica que murió el peronismo, que ya no existe?</strong> Depende de cómo se lo vea. El peronismo dejó su huella indeleble en la historia, grandiosa o nefasta, depende quién sea el observador, y no es tema de estas líneas esa evaluación, aunque el suscripto se inclina por valorar los extraordinarios logros que obtuvo a mediados del siglo pasado. Lo que sí parece quedar claro es que <strong>los protagonistas de la política de hoy no consideran al peronismo una matriz idónea para la captación del voto</strong>, y eso lo conduce inequívocamente a ocupar su destacadísimo lugar en la historia, y un espacio cada vez menos definitorio en el presente y futuro.</p>
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