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	<title>Horacio Minotti &#187; Daniel Reposo</title>
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		<title>La fecha olvidada de los derechos humanos</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Feb 2014 12:21:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Horacio Minotti</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En estos tiempos, parece que la frase derechos humanos se ha reducido a algo así como la acumulación de gestos improductivos y palabras grandilocuentes sin efecto práctico. Pero hubo un tiempo en que se realizaron acciones concretas y reales en pos de garantizar los derechos humanos en nuestro país, épocas en que, además, la cosa... <a href="http://opinion.infobae.com/horacio-minotti/2014/02/15/la-fecha-olvidada-de-los-derechos-humanos/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En estos tiempos, parece que la frase derechos humanos se ha reducido a algo así como la acumulación de gestos improductivos y palabras grandilocuentes sin efecto práctico. Pero hubo un tiempo en que se realizaron acciones concretas y reales en pos de garantizar los derechos humanos en nuestro país, épocas en que, además, la cosa no era tan sencilla.</p>
<p>La fecha olvidada es el <strong>13 de febrero de 1984</strong>, hace exactamente 30 años, en la que el Congreso de la Nación, por iniciativa e impulso del presidente <strong>Raúl Alfonsín</strong>, sancionó la ley 23.049 que reformaba el <strong>Código de Justicia Militar</strong>, para evitar que las juntas responsables del genocidio de fines de los 70 y principios de los 80 sean juzgadas por tribunales militares.</p>
<p>Dicha norma estableció que la <strong>Justicia Militar</strong> solo atendería los delitos que afectasen su propia actividad, mientras que todo otro delito cometido por un militar debería ser juzgado por la Justicia ordinaria, la de todos. Asimismo, se estableció que los fallos de los tribunales militares podían ser objeto de apelación ante la Cámara Federal, y que además, en caso de que la Justicia Militar demorase excesivamente una sentencia, dicha Cámara podía tomar el expediente en sus manos y tramitarlo por su cuenta.</p>
<p><span id="more-514"></span>Es esencial hacer notar que en febrero de 1984, Alfonsín <strong>llevaba dos meses a cargo de la presidencia, el poder militar y su vocación de gobierno eran todavía un problema serio.</strong> Los uniformados habían abandonado el control del Estado por el error estratégico de la guerra de <strong>Malvinas</strong>, pero sus referentes en términos de violencia eran todavía hombres jóvenes con peso dentro de las Fuerzas, como<strong> Jorge Videla y Emilio Massera</strong>. Desde 1955, es decir a lo largo de 30 años, los gobiernos constitucionales duraban un promedio de tres años, en un uso muy relativo del poder, y ninguno de ellos, como sí lo hizo el de Alfonsín, sometió a la Justicia el accionar de los dictadores de turno que los precedieron. No lo hizo <strong>Arturo Frondizi</strong> respecto a los dictadores de la llamada <strong>Revolución “Libertadora”</strong> que derrocó al general <strong>Juan Perón</strong>, ni tampoco lo hizo<strong> Héctor Cámpora</strong> ni el mismo <strong>Perón</strong>, respecto a los golpistas de la<strong> Revolución “Argentina”</strong> que los precedieron. Sea porque acordaron con los dictadores o tal vez porque ninguna de ellas tuvo la violencia y desmesura del <strong>“Proceso de Reorganización Nacional”</strong> que antecedió al Alfonsín.</p>
<p>Esta ley olvidada jugó un rol fundamental en el juzgamiento de los genocidas, porque tal como estaba previsto, la Justicia Militar se negaba a proceder al juzgamiento y el 4 de octubre de 1984, la <strong>Cámara Federal</strong> hizo uso de la norma y tomó directamente en sus manos la administración de justicia en esas causas, que concluyeron en las históricas condenas del 9 de diciembre de 1985.</p>
<p>Históricas desde todo punto de vista. Por un lado porque después de más de 50 años de sucesivas interrupciones democráticas, los golpistas enfrentaban sanciones judiciales. Pero principalmente, porque la Argentina fue ejemplo en el mundo de vigencia plena del sistema institucional. No se trató de una venganza ni de una lapidación pública. Se sometió a los delincuentes a sus jueces naturales, se emitió una condena conforme a las previsiones legales. La respuesta política y social a tan aberrante genocidio no fue un linchamiento público, no se aplicó la<strong> ley del Talión</strong>, sino la ley de todos. No hubo juicios sumarísimos y se respetó el derecho de defensa en juicio. Por un momento,<strong> la Argentina escapaba de la impunidad como método e imponía la legalidad como sistema de vida.</strong></p>
<p>No ha pasado tanto tiempo, pero empieza a perfilarse cierta distancia histórica que permite apreciar los hechos, incluso a aquellos que hace un tiempo preferían omitirlos. También la continuidad democrática permite ciertas comparaciones, odiosas dicen, indispensables creo. Cultivar y fomentar los derechos humanos en los tiempos que corren (aún cuando fuese cierto que es ocurre) es equivalente a repartir planes sociales en Recoleta, si se lo compara con el coraje necesario para dictar y aplicar la ley 23.049, recordada en estos párrafos.</p>
<p>Por plantear una de esas comparaciones odiosas, podemos decir que entre diciembre de 2011, cuando obtuvo media sanción de la Cámara de Diputados y noviembre de 2012, la <strong>Ley Antitortura</strong> (que diseña en sistema preventivo para evitar torturas en las unidades carcelarias) estuvo parada en el <strong>Senado</strong> de la Nación, mientras el mismo cuerpo se ocupaba de cosas sustanciales para nuestra democracia y Estado de Derecho, como intentar designar procurador a <strong>Daniel Reposo</strong> o estatizar <strong>Ciccone</strong>. No puedo imaginar de quién provendría el “lobby pro tortura” que impedía la sanción, pero si en dichos 11 meses hubo alguien que fuese torturado en una cárcel, y esa tortura pudo evitarse con el sistema que diseñaba esa ley, debe responsabilizar a un Senado inerte, ocupado en cuestiones irrelevantes.</p>
<p><strong> La sanción y aplicación de aquella ley 23.049, junto a otra serie de medidas gubernamentales de la más diversa índole, implicaron el cenit democrático de la historia argentina</strong>. Y si bien, para los que apoyamos ese proceso resulta un orgullo, esto es en realidad un enorme problema. Porque el gobierno de Alfonsín debió ser un punto de partida para el desarrollo democrático e institucional de la Argentina, se sembraron las bases para ello, y sin embargo social y políticamente iniciamos luego un profundo retroceso y declive, basado en una cultura autoritaria que no llegó a disolverse y que, aun sin militares y sin violencia física, volvió poco a poco a imponerse en la política y la sociedad.</p>
<p>Es tiempo de un nuevo punto de partida. De volver a buscar entre nosotros mismos a quienes respeten y hagan respetar los fundamentos de nuestra convivencia y subsistencia. Todavía escuchó algunas burlas a una frase de campaña utilizada por Alfonsín: “con la democracia, se come, se cura y se educa”. No me permitiría postularme como un exégeta del viejo líder, pero creo entender que no se refería a votar cada dos años cuando decía democracia. Eso es un punto de partida básico, pero apenas eso.<strong> Democracia es también promover y sustentar la educación pública, el derecho a trabajar y a una vivienda digna, no obsequiadas por quien luego pretende manipularnos en base a ese obsequio,</strong> ganadas, porque es nuestro solamente aquello que nos hemos ganado. Democracia es igualdad ante la ley, que los niños a 50 kilómetros de <strong>Buenos Aires</strong> no sigan muriendo de enfermedades fácilmente curables, que el 25% de los miembros de pueblos originarios de noroeste argentino, no sigan usando como sanitario un pozo en el suelo. Democracia es en síntesis, verdadera igualdad de oportunidades, y en tal sentido, aquella frase también es inobjetable. Lo que resulta objetable, por el contrario, es postular que el estado actual de cosas constituya una democracia, aunque nos dediquemos a votar día por medio.</p>
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		<title>El líder rabioso</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Jul 2013 09:22:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Horacio Minotti</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es cierto que las comparaciones son odiosas. Y que el ejercicio de ningún cargo es idéntico a otro. Pero el modo en que el Papa Francisco ejerce su pontificado muestra un estilo de liderazgo inclusivo, abierto, participativo y hasta alegre, que los argentinos hemos olvidado hace años. Para liderar, para conducir un proceso político, no es necesario enfrentarse violentamente,... <a href="http://opinion.infobae.com/horacio-minotti/2013/07/28/el-lider-rabioso/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Es cierto que las comparaciones son odiosas. Y que el ejercicio de ningún cargo es idéntico a otro. Pero el modo en que el <strong>Papa Francisco</strong> ejerce su pontificado muestra un <strong>estilo de liderazgo inclusivo, abierto, participativo y hasta alegre</strong>, que los argentinos hemos olvidado hace años. Para liderar, para conducir un proceso político, no es necesario enfrentarse violentamente, ni obcecarse, ni tampoco agraviar.</p>
<p>Más allá de la cuestión religiosa, <strong>el Papa es un líder político, un jefe de Estado</strong>. Y fue puesto allí por un grupo importante de los referentes más encumbrados de la Iglesia, con el fin de promover una profunda reforma. Por ende Francisco no la tiene fácil. Debe cambiar la vieja y ya insostenible costumbre de los sectores que hasta su advenimiento controlaron la Iglesia, de ocultar sus propias miserias y apañar a los sacerdotes que no hacen honor a su investidura. Debe cambiar la imagen de una Iglesia cerrada y oscurantista y debe ordenar los números del <strong>Banco Vaticano</strong>, lo que le granjea poderosos y numerosos enemigos.</p>
<p><span id="more-312"></span>Y el nuevo Papa decidió hacerlo con transparencia, con humildad, con el ejemplo y hasta con esa pícara alegría de nuestras tierras. Su misión, insisto, es profundamente compleja, porque <strong>Francisco es un reformador, no un revolucionario</strong>. Y el papel del reformador es extremadamente más complejo que el del conservador y que el del revolucionario. Porque a diferencia del primero debe modificar el <em>status quo</em> vigente, algo siempre más difícil que mantenerlo como está; pero a diferencia del segundo no puede hacerlo destruyendo todo, tiene que <strong>mantener</strong> <strong>equilibrios</strong> porque <strong>debe hacer que sobrevivan las estructuras para purificarlas y modificar su funcionamiento.</strong></p>
<p>El contraste puede resultar amañado lo confieso, pero uno es amañado así que vía libre. En la Argentina asistimos a una concepción del liderazgo totalmente diferente. Especialmente desde que <strong>Cristina Fernández</strong> es la líder del Estado. Su antecesor y difunto marido, si bien confrontativo, utilizaba más la simpatía y la picardía chicanera que nos es propia, para disputar con sus rivales. <strong>La actual presidenta se coloca en un lugar de furioso enojo constante</strong>, de ira incontrolada, de desprecio al que piensa diferente, de castigo brutal incluso al propio que manifiesta alguna disidencia.</p>
<p><strong>El líder enojado, feroz, se identifica más con los Estados autoritarios que con los democráticos</strong>. Es el líder temible, no el que busca votos, sino el que pretende que la disidencias no se vean expuestas porque la comparación lo perjudica. Por eso persigue, con la <strong>AFIP</strong>, con la <strong>SIDE</strong> o con lo que tenga a mano, para acallar y evitar el debate.</p>
<p>Los autoritarios sojuzgan, anulan a la prensa libre, agravian y maltratan. El que piensa distinto debe ser perseguido, castigado y fundamentalmente acallado y ridiculizado si es posible.</p>
<p>Quien ejerce el liderazgo de ceño fruncido, jamás retrocede ni admite errores. Lo ocurrido con el <strong>General César Milani</strong> es un claro ejemplo. Cristina puso otra vez en juego el prestigio de su gobierno con él. Cuando el discurso de derechos humanos es uno de los pilares fundamentales de su política, lo dejó de lado al nominarlo jefe del Ejército. Expuso a muchos organismos otrora prestigios en el área, como <strong>Abuelas de Plaza de Mayo</strong>, a acompañarla en el impulso a un colaboracionista del genocidio, y cuando uno de estos organismos (el <strong>CELS</strong>) planteó su rechazo, de todos modos lo sostuvo y lo defendió por cadena nacional.</p>
<p>No nos engañemos, <strong>el pliego de Milani no se retiró del Senado por el informe del CELS, se retiró porque ese informe sirvió de excusa a varios senadores K para comunicar que iban a votar en contra</strong>. La sesión se cayó porque el kirchnerismo perdía, no porque el CELS estuviese en contra y “Cristina escuchó”. Lo demostró en la encendida defensa del general que hizo por cadena nacional. Ocurrió lo mismo que con el fallido candidato a procurador <strong>Daniel Reposo</strong>. A sabiendas de que era impresentable, la presidente lo impulsó igual, y decidió retirarlo cuando varios senadores “de su palo” comunicaron que no le darían el aval.</p>
<p><strong>¿No hubiese sido mucho más sencillo para Cristina reconocer el error?</strong> “Ciudadanos, habida cuenta de los informes que nos acercan organismos de derechos humanos sobre el general Milani y dado que la política de derechos humanos de este gobierno es su base fundacional, existiendo un estado de sospecha razonable sobre su actuación en tiempos de represión ilegal, vamos a preservar las instituciones. Acepté la dimisión de Milani como jefe del Ejército para que no existan dudas sobre la vocación humanista de esta administración”. Ese simple párrafo hubiese sido un acto de liderazgo democrático por parte de la presidente.</p>
<p><strong>La sociedad hubiese leído “me equivoqué, me avisaron y corrijo” ¿Dónde está el deshonor o la pérdida de poder en esto?</strong> Al contrario hubiese implicado un grado de racionalidad más que deseable. Escuchar a otros nos hace fuertes no débiles. El que piensa distinto, o puede ver la realidad con mejor información o desde otro ángulo, nos enriquece. <strong>¿Cómo mejoramos si todos siempre nos dan la razón?</strong> Pero la presidente respondió con más enojo. Repitió su frase sobre rulos y algún otro mohín de los clásicos.</p>
<p>Se puede liderar como <strong>Francisco</strong>. De hecho, en una democracia tiene más lógica, porque uno testea su aprobación de modo bianual, mientras que el Papa reina hasta su muerte.<strong> El liderazgo furioso es para los Kadafi o los Dos Santos (Angola) que Cristina tanto admira pero que son dictadores.</strong> <strong>Maquiavelo</strong> escribió “<strong>El Príncipe</strong>” en otro contexto, justamente para un monarca, no para el jefe de Estado de una república democrática.</p>
<p>Pero no estaba loco, también escribió los “<strong>Discursos para la primera década de Tito Livio”</strong>, donde aconseja a un gobernante republicano que debe someterse al voto. Ese era el libro que había que leer.</p>
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