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	<title>Horacio Minotti &#187; Carlos Zannini</title>
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		<title>La falacia del vicepresidente decorativo</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Jul 2015 03:00:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Horacio Minotti</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Desde que el oficialismo postuló a Carlos Zannini como candidato a vicepresidente de Daniel Scioli, se multiplicaron las voces opinando sobre el rol político de ese cargo. Los que quieren mostrar al gobernador bonaerense como continuador del modelo K resaltan que lo acompaña un hombre muy fuerte del entorno íntimo de la actual presidenta. Los que buscan que Scioli mantenga cierto caudal de voto independiente refutan que Zannini no tendrá rol alguno, porque el vicepresidente es meramente decorativo.</p>
<p>La historia de los vicepresidentes desde la recuperación democrática puede darnos algún indicio sobre la veracidad de alguna de esas afirmaciones. Si nos remontamos al primer vicepresidente de la nación de la era posdictadura, podría afianzarse la postura de quienes dicen que este no tiene rol político. El cordobés Víctor Martínez, que secundó a Raúl Alfonsín en la fórmula, tuvo una escueta y gris participación en aquel Gobierno radical.<span id="more-685"></span></p>
<p>Sin embargo, avanzando a la presidencia posterior, el bonaerense Eduardo Duhalde, vicepresidente de Carlos Menem, tuvo una actividad política bastante más intensa, contrapuesta en muchos casos a su presidente. El gabinete del riojano se dividió a principios de su gestión en dos grupos que la prensa llamó “Celestes” y “Rojo Punzó”. Duhalde integró el grupo Celeste. Menem asumió en medio de una crisis económica hiperinflacionaria y tardó dos años en controlarla, en 1991, cuando se impuso la convertibilidad.</p>
<p>Esos dos años fueron tremendos para Menem y las internas se multiplicaron. Escribía el recordado Hugo Gambini en la revista <i>Redacción</i>: “lo terrible es que se ha deteriorado la credibilidad presidencial, a tal extremo que no son pocos los que le prueban la banda a Duhalde, hasta se habla de una nueva ley de acefalía”.</p>
<p>En sintonía, un artículo de la revista<i> Somos</i>, del 25 de marzo de 1991, firmado por Jorge Grecco, se titulaba “Operación Chaleco”, y describía cómo la mitad del gabinete de Menem consideraba que no estaba en condiciones psiquiátricas de seguir con el gobierno y pretendía su destitución por tales motivos para promover la instalación de Duhalde en el gobierno.</p>
<p>Pensar que el vicepresidente era ajeno a tales múltiples conspiraciones es subestimar a un Duhalde que llegó al poder tras la caída de un gobierno constitucional. Menem lo resolvió: se deshizo de la sombra del hombre de Lomas de Zamora y lo envío como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Pero cuando Menem intentó volver a la competir por la presidencia en 2003, su mayor enemigo fue Duhalde. Le impidió usar el sello del Partido Justicialista (PJ), inventó un candidato hasta entonces inexistente: Néstor Kirchner y dividió al PJ para neutralizar al riojano. Y cumplió su objetivo. Si todo esto es un vicepresidente decorativo, no quiero imaginar lo que es uno con el aparato kirchnerista detrás.</p>
<p>Para su segundo período, Menem eligió un vicepresidente con escaso peso territorial y sin estructura política. Le resultó bien, Carlos Ruckauf nunca fue una amenaza.</p>
<p>Si Carlos “Chacho” Álvarez se considera decorativo en el Gobierno de Fernando De la Rúa, tenemos problemas de lectura. Desde el principio, el vicepresidente de la Alianza fundó un engendro que llamó “oficialismo crítico” y que fue una oposición interna.</p>
<p>Chacho jaqueó y desmoronó al gobierno. Propició una investigación por supuestos sobornos en el Senado para la sanción de una ley laboral. La Alianza tuvo su principal base electoral en el discurso de la transparencia. Cuando Álvarez puso en tela de juicio ese capital político, el gobierno cayó en picada. Para colmo de males, Chacho renunció justamente por dichos sobornos, dejó al gobierno rengo y herido de muerte. Poco tiempo después, De la Rúa, vacío de poder, debió abandonar la Casa Rosada. Álvarez, de decorativo, nada.</p>
<p>La Presidencia interna de Duhalde no tuvo vicepresidente, de modo que debemos pasar directamente a Néstor Kirchner. Su primer vicepresidente fue el propio Scioli. En principio, uno tiende a decir que el exmotonauta no causó problemas, pero esto no es tan cierto. En diciembre de 2005, en plena sesión del Senado, la senadora Cristina Kirchner, apostrofó durante por más de una hora a Scioli, acusándolo de montar una operación mediática en su contra. Al otro día, el presidente Kirchner despidió a todos los sciolistas que trabajaban en la Secretaría de Deportes de la Nación, reducto que detentó para “contener” a los suyos.</p>
<p>En el año 2010, con Scioli ya como gobernador y Cristina como presidente, se registró una nueva escaramuza. Al gobernador se le ocurrió declarar que tenía “las manos atadas” para solucionar el problema de la inseguridad, en elíptica referencia al gobierno nacional. En un acto público compartido con Kirchner, el expresidente lo apuró: “Gobernador, diga quién le ata las manos, con nombre y apellido. ¡No tenga miedo!”. Scioli se mantuvo en silencio y se olvidó del tema.</p>
<p>Como se dijo, Cristina ya era presidente y su vicepresidente, el radical Julio Cobos, inventor del radicalismo K. Algunos dicen que Cobos fue un presidente anodino, y tal vez así haya sido, pero le generó al Gobierno una crisis de proporciones inimaginables, con su voto “no positivo” en el Senado para desempatar la votación por “la 125” y lo puso al borde del colapso de gobernabilidad. Es cierto, luego Cobos fue segregado y se mantuvo en el ostracismo, pero esto se debió a que el radicalismo lo rechazaba por haberse ido con el Gobierno, y los radicales K lo abandonaron cuando “traicionó” al gobierno, por lo cual quedó sin sustento político.</p>
<p>Pero al margen de si la 125 era una medida apropiada, o no lo era, el vicepresidente Cobos generó un daño político catastrófico al Gobierno, que lo llevó a perder las legislativas de 2009. No es poco para una persona sin poder territorial y sin soporte de una estructura política.</p>
<p>El último y actual vicepresidente es Amado Boudou. La selección fue cuidadosa: un hombre absolutamente “del palo” y elegido por la presidenta y nadie más, sin posibilidad alguna de una construcción política propia. Boudou también hizo daño, pero no por disputar política, sino porque se destaparon múltiples hechos de corrupción que lo involucraron.</p>
<p>En conclusión: <b>solamente dos vicepresidentes cumplieron el precepto de ser decorativos, Martínez y Ruckauf</b>. <b>Duhalde, Álvarez y Cobos disputaron políticamente con sus presidentes, buscaron dañarlos y en buena parte lo consiguieron</b>. Respecto a Scioli, debe decirse que planteó algunas disputas, pero por cuestiones de carácter o de estrategia retrocedió cada vez que lo corrieron. Pero lo intentó.</p>
<p>Ahora bien, <b>Zannini es, después de Cristina, el dirigente de mayor peso de kirchnerismo que viene de gobernar 12 años y ha contado con el aparato y la caja del Estado</b>. Ha demostrado vocación de poder y cuenta con el respaldo de La Cámpora. Su grupo político, que no es el de Scioli, ha poblado las listas de candidatos a legisladores nacionales, para dominar el Congreso y varios ítems más que podrían considerarse.</p>
<p>Si Scioli gana las próximas presidenciales, El Chino es, por lejos, el vicepresidente que llega con más poder propio a su cargo desde la recuperación democrática. Ni Duhalde, ni Álvarez, ni Cobos controlaban el Congreso, ni los precedían 12 años de acumulación de poder y dinero desde el Estado nacional. Quien lo considere decorativo vive en Dinamarca o le está mintiendo a la gente.</p>
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		<title>El Mesías</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Jan 2014 10:47:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Horacio Minotti</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Si prestamos atención a ciertas conversaciones sobre la realidad de nuestro país, los problemas y las fallas de los gobiernos, detectaremos que muchos de nuestros interlocutores usan la siguiente frase: “<strong>acá tiene que venir alguien que…</strong>”. En ese formato o similar, el concepto se repite. Quienes ya tienen mentalmente definido quién es ese “alguien”, se aventuran un poco más y dicen: <strong>“si estuviera Fulano, tal cosa sería distinta”.</strong></p>
<p>Buscar a “alguien”, o adjudicarle propiedades mágicas a un Fulano, sin analizar qué piensa sobre los más variados aspectos de la realidad que nos envuelve o condiciona, es <strong>un pensamiento mesiánico y a la vez mágico, que nunca o casi nunca, tienen ninguna relación con la realidad.</strong> Es más, en el primero de los casos, el “tiene que venir”, la quita todo carácter decisivo a la voluntad popular, y a la vez nos refugia psicológicamente del eventual fracaso, porque ese alguien “vino”, no es que seamos responsables de que haya venido.</p>
<p><strong>La espera “del salvador” no es saludable</strong>, revela características impropias de una sociedad evolucionada y madura. Es sustancial comprender que nadie “viene” a rescatarnos, que quienes circunstancialmente ocupen el gobierno han sido puestos por nosotros mismos en uso de nuestra soberanía, y su éxito o fracaso nos involucra directamente. Y tan importante como ello es entender que no hay quien pueda gobernar solo o sin proyecto. Votar a una persona por tal es entender que se trata de un mesías, un ser superior al resto que tiene características sobrenaturales para resolver nuestros problemas, es otorgarle condimentos religiosos a la política.</p>
<p><span id="more-507"></span>De tal modo, entregarle nuestro voto a alguien, sin analizar su entorno, o su proyecto de país, conlleva sistemáticamente al fracaso. Quienes votaron por <strong>Néstor</strong> en 2003, ¿se molestaron en saber quiénes eran <strong>Julio De Vido o Carlos Zannini</strong>, por ejemplo? Me atrevo a suponer que muy pocos.</p>
<p><strong> La Argentina no tiene un futuro si los electores no apoyamos y empujamos todos a la vez un proyecto de país.</strong> Por cierto, los ciudadanos de a pie difícilmente tengan el tiempo y los elementos para elaborar ese proyecto, pero lo que sí pueden hacer es exigírselos a los dirigentes antes de darles su voto. Qué país nos proponen y qué caminos sugieren para llegar a él, con qué equipo piensa sustentar ese trabajo, son exigencias mínimas que un ciudadano debe tener para con un dirigente que aspira a gobernarnos.</p>
<p>Por sólo tomar un ejemplo que le cabe a muchos dirigentes. En un periódico de gran circulación del domingo pasado, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, <strong>Daniel Scioli</strong>, dijo: “Sé que la gente me dará una oportunidad y podré hacer un muy buen trabajo”. Muy bien, tal vez sea así, pero ¿oportunidad de hacer qué tipo de “buen” trabajo? ¿Qué quiere hacer Scioli con la Argentina? ¿Lo mismo que hizo en la Provincia? ¿Con qué equipo de trabajo va a resolver el problema de la inseguridad y en base a qué plan? ¿Cómo va a plantear la resolución de los problemas económicos, sociales, el acceso a la Justicia y su eficiencia, la salud y la educación? ¿Por qué se le daría a Scioli una oportunidad si no nos dice para qué la quiere? ¿Por qué habría que creer en él si no sabemos qué quiere hacer y quién lo rodea? El gobernador bonaerense es mencionado solamente a modo de ejemplo, porque muchísimos dirigentes funcionan igual.<strong> Cuando uno los observa y escucha, no termina de saber si están subestimando a los ciudadanos o simplemente no tienen otros recursos.</strong> En cualquiera de ambos casos, la Argentina estará, de seguir en este camino, envuelta en fracasos cíclicos determinados por el azar, la economía internacional, o el precio desmesurado o bajísimo de algún producto surgido de la tierra (como la soja), pero no habrá una gestión estatal con un norte claro y definido, una meta acordada por la mayoría de los ciudadanos, con un conductor convencido de esa meta y de los caminos para alcanzarla.</p>
<p><strong> ¿Cuál es la diferencia entre “la gente me dará una oportunidad” y el “síganme” utilizado por Carlos Menem en su primer campaña presidencial?</strong> ¿Por qué habría que darle la oportunidad o seguirlo sin saber qué quiere hacer o adónde lo estoy siguiendo? Elegir proyectos y equipos de trabajo es el secreto de todo éxito. Y entender que se los elige y no “vienen”. Que es nuestra responsabilidad, tanto que estén como que no estén gobernando. Por supuesto que el líder del proyecto es importante, pero si resulta ser lo único que consideramos, estamos apostando siempre al realismo mágico y multiplicando los fracasos.</p>
<p>Tenemos dos años por delante para definir hacia dónde queremos llevar la Argentina del futuro. Dos años para pensar, analizar a las personas y también sus equipos, su historia, y especialmente su proyecto de país. Si empezamos ahora, es tiempo suficiente. Y <strong>si perdemos el tiempo, si votamos un <em>slogan</em> o una sonrisa o un “anti algo”, seguiremos presos de un espiral interminable que lleva a fracasos periódicos, cada vez más dolorosos y cada vez más irreversibles.</strong></p>
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