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	<title>Gonzalo Sarasqueta &#187; Redes sociales</title>
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		<title>Inquisición 2.0</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Nov 2015 03:30:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[“Gorila”, “fusiladores en el 55 y en el 2001”, “séquitos de Videla”, “cipayos en oferta”, “lacras venenosas”, “neofascistas”, “resaca nazi”, “militonto”, “cleptómanos profesionales”, “otro cibertibio”, son algunos de los descalificativos —más originales— que estuvieron rebotando la última semana en las redes sociales. Hay de y para todas las fuerzas políticas. Lejos de ser propiedad exclusiva... <a href="http://opinion.infobae.com/gonzalo-sarasqueta/2015/11/03/inquisicion-2-0/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>“Gorila”, “fusiladores en el 55 y en el 2001”, “séquitos de Videla”, “cipayos en oferta”, “lacras venenosas”, “neofascistas”, “resaca nazi”, “militonto”, “cleptómanos profesionales”, “otro cibertibio”, son algunos de los descalificativos —más originales— que estuvieron rebotando la última semana en las redes sociales. Hay de y para todas las fuerzas políticas. Lejos de ser propiedad exclusiva de uno, el fenómeno es transversal. Contamina a toda la góndola.</p>
<p>Se sabe que en el barrio 2.0 abunda el lenguaje cloacal. La virtualidad es una arena propicia para despedir todas aquellas escatologías verbales que, en persona, en el mundo tangible, pocos se animan a decirle en la cara al vecino, amigo o compañero de trabajo. La red es un atajo para la cobardía. Siempre lo fue, pero nunca como en estas horas.<b> El nivel de agresividad que se desató después de conocerse la voluntad de las urnas es inédito</b>. ¿Por qué? ¿A qué se debe? ¿Estamos listos para afrontar un ballotage de estas características?</p>
<p>Para empezar, recalcar la sorpresa de quien escribe. Supuestamente estábamos ante una campaña electoral de baja crispación. Los tres principales candidatos —Daniel Scioli, Sergio Massa y Mauricio Macri— se manejaron dentro del margen crítico que permite cualquier sistema democrático. Hubo contados golpes bajos. La negatividad brilló por su ausencia. Sus discursos se articularon en torno a abstracciones tales como “esperanza”, “victoria”, “cambio”, “fe”, “diálogo”, “consenso”. A tal punto que, a principio de año, desde los medios de comunicación se les pidió precisión, contundencia y hasta inclusive mayor diferenciación entre ellos. Deducción al vuelo: ellos no fueron los artesanos de este fanatismo <i>in crescendo</i>. A bucear en otras aguas.<span id="more-135"></span></p>
<p>Quizás sea el momento de sumergirse en la cultura política, ese cúmulo de prácticas, valores, creencias, opiniones, preferencias y costumbres que compartimos como sociedad. Con este lente analítico, se podría hallar una explicación tentativa. Un primer paso puede ser el mesianismo. Ninguna novedad. A lo largo de estos 200 años y monedas, nos hemos acostumbrado a tercerizar nuestras responsabilidades, obligaciones y expectativas en un líder redentor. Un individuo ubicuo, todopoderoso y mítico que nos llevaría —sin mucho esfuerzo ni sacrificio— a los portones del paraíso: primer mundo o liberación, según la cantinela ideológica. Empresas que, espiando por el espejo retrovisor de la historia, han terminado en auténticos escombros.</p>
<p>Y mesianismo no rima con tolerancia. <strong>Cuando la emotividad desplaza por completo al intercambio racional, elimina el equilibrio entre razón y sensibilidad que debería albergar cualquier acción política, los matices se vuelven una especie en extinción. La ideología muta en catecismo</strong>. El derecho al disenso pasa a ser la excepción, no la norma. Y el repertorio lingüístico circulante cambia drásticamente: el adversario ahora es un enemigo, el aliado se convierte en un servidor condescendiente y los seguidores se transforman en soldados o apóstoles al servicio de la causa. En otras palabras: el imaginario político le cede el paso al bélico.</p>
<p>Pero el cortocircuito continúa. Al moverse solamente en un monoambiente de ideas, la capacidad dialógica se atrofia. Se consolida un pensamiento autista, cerrado e impermeable a cualquier reflexión exterior. Sólo se consumen opiniones afines. El perímetro del sentido común del ciudadano finaliza en el mismo punto donde concluye su catecismo. Todo aquel que provenga del otro lado de la frontera y pretenda desarmar la estructura de creencias mediante un análisis distinto es apedreado simbólicamente. Los anticuerpos de la necedad se activan. Cuanto más se extienda en el tiempo este círculo vicioso, más vehemente será el ataque hacia la materia gris foránea.</p>
<p>Cuando urge salir de la zona intelectual de confort, en este caso porque se debe convencer a un 30% de indecisos para ganar un ballotage, queda en evidencia la falta de entrenamiento para persuadir, explicar o fundamentar. Y, ante esta impotencia, aparece la <i>falacia ad hominem</i>: atacar a la persona y no al argumento. Un recurso que, sin duda, genera el efecto contrario: en vez de embelesar voluntades, se las expulsa del espacio. Y ahí se redobla la apuesta combativa. Aumentan la persecución, el interrogatorio y el linchamiento. Pero, salvo que se esté ante un caso de síndrome de Estocolmo político, la inquisición 2.0 termina ahuyentando el voto.<i> </i>Pocos parecen entender esta ecuación sencilla.</p>
<p>El universo 2.0 ha subrayado esta falencia que tenemos como sociedad. O, mejor dicho, la ha sacado a la luz, porque la intolerancia siempre estuvo ahí, latente, entre nosotros. Solamente que, ahora, la exposición, el <i>feedback</i> y la instantaneidad de estos dispositivos, más la instancia de un escenario polarizado, como una segunda vuelta, la han puesto sobre el tapete. Restan diecinueve días para el cuarto oscuro, tiempo escaso para dar un salto importante en materia deliberativa. Pero, para comenzar a sembrar, la primavera es una estación ideal.</p>
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		<title>Las lecciones comunicacionales de Martín Lousteau</title>
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		<pubDate>Tue, 21 Jul 2015 03:00:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Diversas lecturas políticas proliferaron sobre el balotaje porteño. La mayoría en jerga nacional: hay vida por fuera de la polarización entre el Frente para la Victoria (FPV) y Cambiemos, Macri llegará debilitado a las PASO y el purismo amarillo tiene límites electorales, inclusive, dentro de la Capital Federal. Pero pocos pusieron la lupa sobre la campaña de Martín Lousteau. ¿Qué hizo este joven economista para ponerle suspenso a una película con final cantado? La respuesta habita en el plano comunicacional.</p>
<p>Para empezar, <b>@GugaLusto -así es la cuenta del líder de ECO en Twitter- propuso un discurso de alto riesgo para los tiempos que corren</b>. Con una opinión pública formateada en clave dicotómica, el chico de rulos apostó a una narrativa de superación, no de confrontación. Tomó los aspectos positivos de la gestión PRO y le añadió las demandas latentes en la periferia de la ciudad: desnutrición infantil, problemas de vivienda, deterioro de la salud pública, inseguridad y cuidado del medioambiente. A cada una de estas críticas la acompañó con una propuesta técnica concreta para resolverla y punto. Diagnóstico, análisis y solución, ecuación sintética. Nada de grandes batallas semióticas ni modelos épicos en pugna.</p>
<p>El volumen lo puso con las denuncias. Lousteau acusó tanto al FPV como al Gobierno de la ciudad de utilizar recursos públicos para fines proselitistas. Con esa increpación se distinguió en la arena de los valores y se posicionó como un estandarte de la transparencia. Y, además, alumbró una problemática de larga data en el país: los oficialismos, sean del color que sea, manipulan el andamiaje propagandístico estatal para estaquearse al poder, lo que anula el principio rector de la democracia, la alternancia en los centros de comando.<span id="more-47"></span></p>
<p>Y sobre esta carencia de aparato, Lousteau forjó su virtud<b>. A sabiendas de que no contaba con los resortes de los medios de comunicación privados ni estatales, enfrascados en el maniqueísmo Daniel Scioli-Mauricio Macri, y consciente de que CABA dispone de una tasa de conectividad alta, se sumergió en las redes sociales</b>. Con creatividad, ingenio y sencillez, implementó una campaña basada en los principales dispositivos del ciberespacio.</p>
<p>Facebook, Twitter, Youtube, Instagram, por mencionar algunas, fueron las plataformas comunicacionales desde donde el diputado nacional interpeló a la ciudadanía. Allí estampó su valencia: evolución. Con producciones audiovisuales de calidad -fotografías simbólicamente poderosas, guiones ocurrentes y participación ciudadana en las filmaciones-, diseños descontracturados e información interactiva, entre otros juguetes cibernéticos, rompió el cerco mediático-estatal y se instaló como un estadio superior del PRO y del FPV.</p>
<p>Para llevar adelante este tipo de campaña, el adalid de ECO contó con un ejército de ciberactivistas que viralizaron sus actividades, sus mensajes y sus <i>spots</i>. Un entramado de adolescentes, jóvenes y adultos que combinaron principios con TICS (tecnologías de la información y la comunicación informáticas), fórmula que empieza a ganar terreno en la política y que, de a poco, va desplazando al militante raso de unidad. Por lo visto, el manejo de los lenguajes y los códigos del mundo 2.0 se está convirtiendo en una condición sine qua non<i> </i>para todo aquel que desee comprometerse con alguna fuerza.</p>
<p>A pesar de esta contundencia en la Red,<b> Lousteau no renunció al cara a cara con los vecinos</b>. Las redes sociales estuvieron escoltadas por la tradicional recorrida por los barrios, los timbrazos, las actividades en los clubes, los actos en instituciones de la sociedad civil y los panfletos esquineros. En otras palabras: conjugó la campaña <i>offline</i> con la <i>online</i>. Armó una simbiosis perfecta entre ambas: reprodujo por internet las actividades en el asfalto y viceversa. Un ejemplo preciso de cómo enlazar el espacio virtual con la realidad para potenciar a un candidato.</p>
<p>Y, como enseñanza adyacente del autor de <i>Economía en 3D</i>, queda su postura frente a las encuestas. Mientras la mayoría de los candidatos cada vez se ata más al humor de los sondeos para determinar su futuro, Lousteau los ignoró y confió en su tacto político para elegir el rumbo. Ante la insistencia de ciertos periodistas del círculo rojo para que se bajara de la contienda porque los guarismos no cuajaban, ratificó -una y otra vez- que su derrotero jamás estaría signado por un informe demoscópico. Y el domingo, en cierta medida, le dio la razón: perdió, pero el horizonte se viste de oportunidad para él.</p>
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