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	<title>Gonzalo Sarasqueta &#187; Néstor Kirchner</title>
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		<title>¿Quién ganó la batalla entre Clarín y el kirchnerismo?</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Sep 2015 02:46:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>El cambalache comenzó con la firma de Guillermo Moreno, en septiembre del 2007, que convalidó la fusión entre Multicanal y Cablevisión. Dos primaveras después, a contracorriente, el Gobierno de Cristina Fernández promulgó la ley de medios. Al año siguiente, Amado Boudou intentó desarticular la amalgama de las dos corporaciones con una resolución. Y, hace diez días, la Justicia Civil y Comercial porteña corrigió al vicepresidente y ratificó la unificación de ambas empresas. En el medio de este trabalenguas político-jurídico, fuimos testigos de “la 125”, “cruzadas culturales”, fallos de la Corte Suprema, extracciones de ADN, guantes de boxeo en un asamblea de Papel Prensa y dos preguntas retóricas que quedarán en la antología de las chicanas criollas: “¿Qué te pasa, Clarín? ¿Estás nervioso?”.</p>
<p>Todo muy fluctuante. Todo muy apasionante. Pero asoma el crepúsculo del kirchnerismo -al menos, en su versión <i>sui generis-</i><i> </i>y la duda continúa flotando en el aire: ¿Quién ganó la disputa entre el Gobierno nacional y Clarín?</p>
<p>La respuesta posee diferentes ángulos de toma. Uno, por ejemplo, es el económico. En este plano, el colosal conglomerado comunicacional parece haberse impuesto. Y un claro indicio es el fallo reciente de la sala II de la Cámara Civil y Comercial que aprobó la mixtura entre Multicanal y Cablevisión, impulsada en sus inicios por el entonces presidente Néstor Kirchner mediante la resolución 257. Pero no solo eso. <b>En estas semanas, Clarín se quedó también con el 49 % de la operadora móvil Nextel. Dos pájaros de un tiro</b>. Pruebas fehacientes de que la empresa de Héctor Magnetto, lejos de replegarse, está en franca expansión. Su perímetro aumenta día a día.<span id="more-111"></span></p>
<p>Como refutación, algún kirchnerista nuclear podría alegar que, según el último informe del Instituto Verificador de Circulaciones (IVC), la nave nodriza del multimedio,<b> el diario <i>Clarín</i>, viene sufriendo una caída sostenida en su circulación durante los últimos años. </b>Las cifras son contundentes: desde el 2003 hasta la fecha su venta cayó un 32,5 %. Estos guarismos negativos son comparables a los de sus peores años, 1959-1960. Claro que toda esta data hay que enmarcarla en la crisis a escala global que vive la prensa gráfica, la emergencia del mundo 2.0 como canal alternativo de información y los cambios de dispositivos comunicacionales (tabletas, celulares, computadoras, etcétera). Variables que aplacan en cierta medida la tesis K. De todos modos, esos miles de ejemplares perdidos no ponen en jaque, de ninguna manera, las cuentas del clarinete.</p>
<p>Pero el capital material no es todo. <b>También está el capital intangible, que, en el caso de un medio periodístico, es la credibilidad</b>. Y aquí la balanza se inclina para el kirchnerismo, porque, sin duda, una de las esquirlas que deja este combate es la <b>pérdida de confianza de una gran parte de la ciudadanía en el matutino fundado por Roberto Noble </b><strong>y en todos sus tentáculos comunicacionales</strong>. Al entrar en la lógica binaria propuesta por el Gobierno nacional, Clarín abandonó la objetividad como horizonte. Y ese descarrilamiento le produjo, como daño colateral, una palpable pérdida del espíritu profesional, que impactó directamente en la calidad de sus productos. Habrá que ver si el poskirchnerismo le ofrece otro terreno, más fértil, para volver a subir la vara.</p>
<p>Yendo a la arena estrictamente política, se puede dilucidar que, desde el agrietamiento en el 2008, producto del conflicto con el sector agropecuario, <b>Clarín intentó apalancar diferentes candidatos para destronar al kirchnerismo</b>. A veces, con un éxito relativo (Francisco de Narváez, 2009 y Sergio Massa, 2013), otras, en vano (Eduardo Duhalde, 2011 y Mauricio Macri, PASO 2015). Pero, a los hechos me remito, ninguno resultó lo suficientemente gravitante, consistente y sostenido como para alterar el equilibrio de fuerzas entre el Leviatán kirchnerista y el Goliat mediático.</p>
<p>Y quizás el síntoma de este empate sea ni más ni menos que el candidato con más chances de ser el nuevo inquilino de la Casa Rosada es Daniel Scioli. <b>En una época de definiciones tajantes, el gobernador bonaerense optó por la imprecisión discursiva.</b> Se mantuvo equidistante. Reticente a tomar partido por alguna de las dos trincheras. Posición que le valió numerosas acusaciones de compañeros de armas -Florencio Randazzo, Jorge Capitanich, Luis D’Elía, Sergio Uribarri y los intelectuales de Carta Abierta, por citar algunos-, que llegaron a tildarlo de “mal peronista”, “expresión de la derecha fosilizada” o, sin metáfora alguna, “cagador”.</p>
<p><b>Lo peculiar es que esta indecisión, que hace tan solo meses -en enero, cuando visitó el Espacio Clarín en Mar del Plata- fue un lastre para Scioli, hoy en día sea su valor añadido. </b>Un plus para su candidatura. Gracias a este extra, terminó de convencer a Cristina de que era el mejor producto de la góndola kirchnerista para retener Balcarce 50, y, al mismo tiempo, pudo cerrar filas con el CEO de Clarín, que, lentamente, va encariñándose con el color naranja y se ilusiona con recuperar -para diciembre- la línea directa con plaza de Mayo.</p>
<p>Resta saber si Daniel Scioli, en caso de alcanzar la máxima envestidura, atenderá sendos teléfonos, el de Calafate y el de Piedras 1743. Incógnita difícil de resolver por el momento. Y menos con un hombre que convirtió el silencio en una virtud política. Solo una pista (técnica): en la Patagonia, dicen, la señal no es muy buena.</p>
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		<title>La cara de Aníbal</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Jul 2015 08:00:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>7:30 am. Salen los primeros rayos de sol en Plaza de Mayo. Por delante del vallado de Casa Rosada aparece él. Saco, corbata, bigote simétrico y semblante imperturbable. Una docena de periodistas lo acosan con preguntas. Tranquilo, responde a todas: a algunas de forma concisa, a otras, con pirotecnia verbal. El graf del noticiero cambia constantemente. Son treinta minutos de títulos resonantes. Chicanas, aforismos, rabietas y acusaciones de alto voltaje decoran el <i>acting.</i> Ha dado su rueda de prensa el jefe de gabinete de la nación, Aníbal Fernández.</p>
<p><b>El precandidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires por el Frente para la Victoria es un político sin medias tintas</b>. Según la encuestadora Ibarómetro posee una imagen negativa del 50 % y una apreciación positiva del 42,7 %. Números que ponen a la vista la fisura que provoca su personaje en la opinión pública.</p>
<p>Pero también habría que interrogarse cuántos de esos 50 puntos de rechazo son de su patrona, Cristina Fernández de Kirchner. Porque Aníbal, quizás como pocos jefes de ministros, ha comprendido perfecto su papel como dique mediático de la máxima autoridad del país. Día a día atrapa toda munición periodística dirigida al despacho presidencial. En criollo: es el que pone la cara. Para las inauguraciones, las inversiones, las obras y demás buenas noticias está la jefa. Labor que, evidentemente, no interpretaron muy bien Jorge Capitanich ni Juan Manuel Abal Medina.<span id="more-60"></span></p>
<p>Su carrera comenzó como intendente de Quilmes en 1991. Pero su primer blindaje político-mediático lo hizo como secretario general de Eduardo Duhalde, entre enero de 2002 y mayo de 2003. Ahí, en un contexto de crisis institucional, estrenó la verborragia numérica, el sarcasmo y la elocuencia. Los coletazos del corralito y los asesinatos de Kosteki y Santillán fueron sus primeros retos mayúsculos. Después pasó a estar bajo el ala de Néstor Kirchner. Durante su gestión, terminó de transformar su lengua en látigo. Y, desde el 2007 hasta la actualidad, se vistió de escudero de CFK, ocupó diversos cargos: ministro de Justicia, senador, secretario general de la Presidencia y, en dos ocasiones, jefe de gabinete. Derrotero que pone de relieve su pragmatismo o, siendo más benevolente, su lealtad peronista.</p>
<p>“No te entra una bala”, le confesó alguna vez Alejandro Fantino. Razones hay. Aníbal Fernández tiene cintura mediática. Su retórica gana por conocimiento, ingenio o, la mayoría de las veces, cansancio.<b> Maneja los cuatro soportes comunicacionales: televisión, radio, gráfica y redes sociales. En cada uno impone su impronta: una mezcla de altanería, simpatía y picardía</b>. Y, quizás, lo más importante, nunca pierde los estribos. Sabe alterar los ánimos de su interlocutor sin mostrar una microexpresión de fastidio o una subida de volumen.</p>
<p>El desafío que tiene por delante es bisagra: dejar de ser “el alcahuete de los número uno” -actividad que le encanta, según él- y convertirse en un militante de su propia causa. De súbdito de la nación a patriarca de la provincia más poblada del país. Y en ese salto deberá revisar su libreto. O, mejor dicho, sus modos, si realmente quiere ser el gobernador de todos los bonaerenses y no de una pequeña fracción de admiradores. Exabruptos como “La señora Carrió no tiene los patitos en fila”, “¿Sabe cuál es el problema? Que los porteños pasaron muy rápido de las cacerolas al plasma”, “Macri es un vago, vivió toda su vida de franco” o “Los piqueteros ven una pala y les da fiebre”, no conjugan bien con el sillón de Dardo Rocha.</p>
<p>Claro que Jauretche, Yupanqui, Sócrates, Discépolo, Kant, Cervantes y José Hernández seguirán siendo la materia prima de sus exposiciones. La biblioteca no cambiará. Tampoco el estilo enciclopédico, que incluye desde citar de memoria cualquier ley del <i>Código</i> hasta repetir algún fallo de la Corte Suprema en los últimos 50 años.</p>
<p>Probablemente también continúen los duelos con Magdalena Ruiz Guiñazú, María O&#8217; Donnell y Joaquín Morales Solá, entre otros comunicadores críticos del oficialismo. Porque hay que reconocerlo: Aníbal Fernández -más por ansias de <i>celebrity</i> que por convicciones republicanas- nunca abandonó el ring mediático. Mientras el kirchnerismo se replegaba y hermetizaba, el presidente de la Confederación Argentina de Hockey continuó atendiendo y rindiéndole cuentas -a su manera- al cuarto poder.</p>
<p>Y no solo eso. El kirchnerismo se tomó a sí mismo muy en serio. Su afán por convertir todo acontecimiento -por más nimio que sea- en épica hizo de la política un arte dramático, reacia a toda gracia. El chiste, sin duda, no fue la marca de época. Y Aníbal, en este sentido, fue la excepción. Con sus ocurrencias descomprimió. Bajó la espuma del debate. Mantuvo viva la llama del humor. Y admitámoslo: a más de uno, en medio de la indignación, nos arrebató una sonrisa.</p>
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