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	<title>Gonzalo Sarasqueta &#187; Jaime Durán Barba</title>
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		<title>Macri, el candidato que no transpira</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Jun 2015 05:52:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>El Jefe de la Ciudad de Buenos Aires, <strong>Mauricio Macri, es un experto en producir <i>shocks visuales</i>.</strong> Su interpelación hacia el ciudadano se produce, principalmente, a través de impactos estéticos. <strong>La imagen es el mensaje</strong>. Acorde a los tiempos que corren, donde lo iconográfico avanza decidido sobre lo discursivo, el presidenciable busca convencer especialmente desde lo óptico. Léase: bailes originales – y envidiados por gran parte de la góndola política criolla– en un búnker electoral, que se viralizarán hasta el cansancio por las redes; o gigantografías, carteles y otros juguetes del marketing político que, con tan solo diez minutos de bicisenda, terminan por convencerlo a uno de que su color preferido siempre fue el amarillo.<span id="more-11"></span></p>
<p><strong>Es un elemento que lo distingue del kirchnerismo puro, más confiado en la fuerza de los grandes relatos, y de Sergio Massa, al que acaba de negarle un acuerdo electoral, más inclinado a cazar el sentido común del electorado con un lenguaje sencillo, directo y tradicional.</strong> Esta apuesta al ingeniero le sirve para ratificar, al menos, en el plano simbólico, su vocación por ser la cara <i>fresh</i> del sistema político argentino. Jugada comunicacional que, si hubiera pactado esta semana con el tigrense, habría quedado empañada. O, al menos, sensible de ser revisada porque claro está que, de <i>outsiders,</i> personajes como Graciela Camaño, Roberto Lavagna o Joaquín de la Torre, tienen poco.</p>
<p>Pero a lo importante: ¿cuál es el perfil comunicacional  que escogió Mauricio Macri para intentar llegar al sillón de Rivadavia? Veamos.</p>
<p><strong>“Una buena estrategia trata de que nuestro candidato actúe con la racionalidad del torero y su adversario con la furia del toro”, recomienda Jaime Durán Barba,</strong> gurú intelectual de Macri, en el libro “El arte  de ganar”. Dicho principio explica el sosiego con el que el adalid del PRO se dirige a sus huestes. En contraposición a  Sergio Massa (en el acto de Vélez) o Cristina Kirchner (en el último 25 de mayo), por citar dos ejemplos contundentes, <strong>las alocuciones del tandilense son de baja intensidad. Monótonas. Sin histrionismo</strong>. No presentan relieves de volumen ni clímax. Su voz es pausada, medida y tranquila. <strong>Un estilo que le permite diferenciarse del discurso estándar en nuestro país,</strong> sustentado en la  épica, el drama y los sentimientos. Y<strong>, en simultáneo, le calza justo para mantener la figura. Nada de afonía, transpiración y agitación: rastros emocionales que pueden atentar contra la estética y la racionalidad.       </strong></p>
<p>El <i>scanner</i> continúa con unos hombros relajados, que denotan seguridad, serenidad y certeza. <strong>Los ojos entrecerrados, táctica que incrementa en entrevistas televisivas</strong> (ver “Conversaciones”, con Joaquín Morales Solá, en La Nación, 21 de mayo), para transmitir firmeza, concentración y aplomo. Los gestos con las manos acompañan, lentamente, cada palabra y <strong>nunca superan la altura del mentón (como lo hacen, generalmente, líderes populistas o autoritarios</strong>; casos históricos, Hitler, Mussolini y Tito). Y un rictus estetizante, siempre a mano, para distender o generar buen clima. Todas herramientas básicas para maniobrar en cualquier mesa de negociaciones. Todos secretos kinésicos provenientes del ambiente empresarial. De ahí, el CEO amarillo saca sus recursos comunicacionales.</p>
<p>Acompañan la anatomía: <strong>micrófono inalámbrico (nada de atriles); camisa arremangada y,  prolijamente, desabrochada; colores llamativos;  y el gabinete (“un equipazo de buena gente”, según él) parado y disperso atrás.</strong> A diferencia de un escenario peronista –donde las butacas no son al azar, sino que reflejan jerarquía: cuanto más cerca del orador, más poder–, el PRO intenta generar la sensación de espontaneidad.</p>
<p>Como satélite de lo estético, aparece el <i>speech </i>motivacional<i>.</i> Factor de segunda categoría en la comunicación PRO. Los discursos de Macri no son ambiciosos ni pretenden dejar huella en la historia de la oratoria nacional. <strong>Carecen de un arco narrativo o una trama; son eslóganes encadenados, extraídos de la misma publicidad que vemos en las calles: “Seguimos haciendo”</strong>, “Nuestro compromiso es con el hacer”, “Lo vamos a hacer juntos”, por citar algunos. Frases idóneas para las redes sociales: sencillas de absorber, retener y divulgar. Twitter agradece; el pensamiento agudo, no tanto.</p>
<p><strong>Claro que, en el barro de la gestión, este <i>speech</i> sale de su fase cosmética, se sincera y muestra sus colmillos</strong>. Dos ejemplos precisos: los desalojos en el Parque Indoamericano y la represión en el Hospital Borda. Allí la máxima autoridad de la Capital Federal cambió, drásticamente, su vocabulario. Atrás quedaron el optimismo, el diálogo, el futuro y los desafíos del siglo XXI; en su lugar, indicios de xenofobia, defensa de la mano dura y reclamo  de penas más fuertes. En síntesis: populismo penal.</p>
<p>Justamente, este contraste en el repertorio lingüístico es lo que hace tambalear el lema cardinal de Macri: “Otra forma de hacer política”. Pone en evidencia sus semejanzas con la centroderecha clásica criolla, desarticulando así la polarización –a través de la dicotomía nuevo/viejo– que pretende instalar con Daniel Scioli. <strong>Y, además, deja sentado que una imagen, en comunicación política, todavía, vale lo mismo que una palabra.  </strong></p>
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