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	<title>Gonzalo Sarasqueta &#187; Felipe Solá</title>
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		<title>Peronismo bajo cero</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Aug 2015 09:36:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>A pesar de las denuncias de fraude, la quema de urnas y otros incidentes de envergadura,<b> </b>Juan Manzur será el próximo parquero del jardín de la república. Hecho que le da continuidad a la experiencia Alperovich y, en simultáneo, le agrega otro poroto a Daniel Scioli en su doble carrera: ganar las elecciones nacionales y, consecuentemente, convertirse en el paladín del peronismo. Dos desafíos intensamente ligados: sin el primero no podrá lograr el segundo y a la inversa.<b></b></p>
<p>Pero, principalmente, el triunfo en Tucumán del antiguo ministro de Salud de la nación pone de relieve que las placas tectónicas del peronismo a escala nacional se están moviendo. En el seno de la colosal maquinaria, la correlación de fuerzas se está alterando: <b>El cristinismo radioactivo está siendo desplazado, lentamente, por el sciolismo zen.</b></p>
<p>Y lo que ofrece esta planta de reciclaje ideológico denominada justicialismo para esta nueva época es otro perfil de políticos: más plásticos, menos tajantes. Distanciados de la lógica polarizante que implantó el kirchnerismo, los cuadros peronistas -Juan Manuel Urtubey, Omar Perotti, Daniel Scioli, Alberto Pérez, Juan Manzur, por citar algunos- que se aprestan a tomar el timón del país destacan por su impasibilidad, su consensualismo y su moderación.<span id="more-84"></span></p>
<p><strong>A nivel discursivo, las figuras ascendentes poseen una narrativa con escasa densidad ideológica</strong>. Si el kirchnerismo se preocupó -por lo menos, en el plano de las palabras- por anclar al peronismo a la izquierda del espectro, esta nueva saga de jefes despunta tanto por su imprecisión conceptual como por su ambigüedad axiológica. Fe, esperanza, desarrollo, inversión, empleo y previsibilidad son parte de un vocabulario circular, superficial y exento de potenciales rispideces. Evitar el conflicto parece ser el objetivo primordial. De esta manera, se pretende evaporar las fronteras que producen las ideas precisas y dejar sentada la intención –en un futuro cercano– de repatriar a todos aquellos excomulgados, como por ejemplo, Juan Manuel de la Sota, Felipe Solá o los hermanos Rodríguez Saá.</p>
<p>Vale aclarar que <b>lo que tiene de tolerancia este peronismo bajo cero con antiguos compañeros de armas, lo tiene de purista</b>. El sciolismo, a diferencia del kirchnerismo, no está dispuesto a ceder rincones de poder a actores ajenos -léase comunistas, socialistas, radicales, neofrepasistas, etcétera- al macrouniverso del general. Como todo partido <i>catch all</i>, la puerta está abierta, pero para ocupar las butacas del fondo. Nada de volante, protagonismo o puestos relevantes. Llevándolo a lo empírico: olvídense de la posibilidad de orquestar, como lo hizo CFK, un Martín Sabatella como vicegobernador de la provincia de Buenos Aires.</p>
<p>Acercando el diván, también se puede hacer un análisis psicológico de esta camada de dirigentes. Scioli y sus copilotos prefieren el frío del silencio antes que el ruido del histrionismo. No dejan entrever su estado emocional. Son introvertidos. Tímidos. El sosiego es su herramienta principal para desandar el día a día. Nada de épica ni sobresaltos. En el gris de la rutina está su capital político. Por eso, uno de los valores añadidos que han escogido para mostrarse como superación del kirchnerismo ha sido la previsibilidad, rasgo que cotiza bajo en un país adicto a los movimientos pendulares. Aunque, luego de la adrenalina de estos doce años, la ciudadanía -decodifican ellos- reclama una buena dosis de clonazepam.</p>
<p>Una duda que flota en el aire sobre este peronismo emergente es su postura frente al pasado. Si el kirchnerismo alumbró el costado romántico de los setenta, resta saber si el ala que conduce Scioli, en caso de llegar a Balcarce 50, equilibrará la balanza revalorizando la otra página del justicialismo -el Perón herbívoro, el abrazo con Ricardo Balbín, la CGT unificada- en esa década. Tabúes como el asesinato de José Rucci o la “experiencia Isabelita”, ¿serán tamizados desde otro ángulo? La respuesta rematará otro interrogante colindante: <b>¿Qué lugar ocuparán los organismos de derechos humanos, sobre todo las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, en el flamante Gobierno? ¿Marginalidad o balcón en la Rosada? </b>Esa es la cuestión. En todo caso, la retórica futurista del gobernador arroja una pista: No mirará demasiado por el espejito retrovisor de la historia.</p>
<p>¿Convergencias entre el peronismo en ebullición (kirchnerismo) y el peronismo bajo cero (sciolismo)? Varias. La primera: el patrimonialismo. <b>La obsesión por ensanchar las arcas personales mediante el uso -directo e indirecto- de bienes públicos es una tendencia </b><strong>que, como se observó la semana pasada con la declaración jurada de Scioli (en los últimos ocho calendarios su fortuna se multiplicó por nueve), atraviesa a los dos bandos</strong>. La encarnadura de la totalidad del poder en una sola persona, el verticalismo como elemento cohesionador y ordenador del movimiento, la vocación permanente de tener la sartén por el mango y la falta de compromiso con las instituciones republicanas, completan el juego de espejos.</p>
<p>La garantía de gobernabilidad podría ser otra similitud, pero esa respuesta solo la tienen el porvenir y el kirchnerismo, porque otra pregunta que queda en el tintero es cómo digerirá el cristinismo su mudanza del núcleo al borde del peronismo. ¿Sabrá ceder la centralidad del movimiento? Si la sentencia es negativa, será momento de ajustarse nuevamente los cinturones: El país es muy sensible a las turbulencias del justicialismo, a tal punto que suele metabolizarlas en accidentes democráticos.</p>
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		<title>Bullying mediático: el caso Massa</title>
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		<pubDate>Wed, 15 Jul 2015 10:00:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Se lo ve agotado. Molido. Las frases le pesan. Sus reflejos mediáticos han decaído. Ya no es el mismo de meses atrás. Ale -así lo llama a Fantino- le hace de terapeuta en Animales Sueltos. La entrevista se torna circular. Redundante. Ambos intentan -en vano- entender qué pasó: hace un puñado de meses atrás, era... <a href="http://opinion.infobae.com/gonzalo-sarasqueta/2015/07/15/bullying-mediatico-el-caso-massa/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Se lo ve agotado. Molido. Las frases le pesan. Sus reflejos mediáticos han decaído. Ya no es el mismo de meses atrás. Ale -así lo llama a Fantino- le hace de terapeuta en <i>Animales Sueltos</i>. La entrevista se torna circular. Redundante. Ambos intentan -en vano- entender qué pasó: hace un puñado de meses atrás, era el retador estrella para tumbar al kirchnerismo; hoy, en cambio, empieza a rozar la cifra de un dígito en las encuestas. El análisis termina en indignación: “Hace un año que el deporte político en la Argentina es pegarme”.</p>
<p>Sergio Massa es el reflejo nítido de la Argentina pendular. De kryptonita de Cristina Fernández a opositor de cabotaje. De sensación televisiva a <i>piantarating</i>. <strong>De imán del peronismo bonaerense a político desairado por sus socios del conurbano</strong>. De una oratoria consensual a una diatriba que no deja títere con cabeza. Todo ha cambiado para este joven abogado de 43 años. Todo en tan solo medio almanaque.</p>
<p>El adjetivo <i>testimonial</i> acecha al candidato tigrense. Y lo sabe. Por eso, el cambio de estrategia discursiva. Poco queda de aquella narrativa sustentada en el diálogo, la armonía y los mensajes papales. A medida que su figura se fue apagando, el líder del Frente Renovador fue afilando sus exposiciones, subiendo el volumen. Menos propuestas e iniciativas, más ataques directos a Daniel Scioli y Mauricio Macri y más dardos contra el “círculo rojo”. A tal punto que la semana pasada se solidarizó con Martín Lousteau, otra “víctima” del antikirchnerismo rabioso que desea pulir la grieta de cara a las PASO nacionales.<span id="more-40"></span></p>
<p>Si quisiéramos traducir este giro discursivo dentro del -amplio- credo justicialista, Massa estaría pasando del tercer Perón (1973-1974, hoy rescatado por Julio Bárbaro, Eduardo Duhalde y José Manuel de la Sota), que ponía la reconciliación, la democracia y la unidad nacional por encima de las diferencias ideológicas, al kirchnerismo vertiginoso (2007-actualidad) que conjuga rabietas, intensidad y declaraciones inflamadas. Por ahí intenta regresar a las tapas de los diarios y frenar la sangría de dirigentes que huelen poder en otros espacios.</p>
<p>Otra coincidencia con el cristinismo es la confrontación -más moderada, obviamente- con sectores gravitantes de la economía. El antiguo militante de la Unión del Centro Democrático comenzó a precisar qué intereses afectaría para cumplir con sus promesas más tentadoras: 82 % móvil para los jubilados, eliminación del impuesto a las ganancias para el sector asalariado y eliminación del cepo cambiario en los primeros 100 días de gestión. Los grupos dedicados al juego y a la renta financiera serían los que, mediante una reforma impositiva, otorgarían los fondos necesarios.</p>
<p>Eso sí, el <i>ethos</i> punitivo no lo menguó; al contrario, lo acentuó. El eje estructurante de su publicidad, sin duda, continúa siendo la seguridad. <b>Cámaras, unidades monitoreadas por GPS, drones y patrulleros por doquier conforman el sistema orwelliano que propone para reducir el delito</b>. Fórmula que en Tigre le dio resultado: redujo el crimen en un 80 %. Cierran el panfleto: recrudecimiento de las penas, terminar con los “jueces garantistas” y “meter presos a los ñoquis de La Cámpora”.</p>
<p>Tampoco perdió la levedad en las entrevistas. Ahí Massa anda suelto, con el protocolo mínimo. Y si bien ya no se lo percibe tan <i>friendly </i>como hace un par de meses atrás, el trato canchero permanece. Proximidad, tuteo, analogías entre el fútbol y la política, llamar por su apodo a los periodistas y anécdotas de barrio, son algunos de los artilugios que utiliza para transformar una conversación entre profesionales en una charla distendida entre amigos.</p>
<p>Aunque, vale aclarar, su presencia en los plató televisivos es cada vez menor.<i> Clarín</i>, que optó por Mauricio Macri como contrincante del kirchnerismo, le quitó el blindaje mediático. Y con eso, el exjefe de gabinete perdió visibilidad, marketing y cobertura positiva. Sus referencias en el multimedio se acotaron al alejamiento de algún intendente o a las disputas internas que se libran en el seno del Frente Renovador. Todas noticias negativas que tuvieron como propósito erosionar su autoestima para bajarlo de la carrera presidencial. Objetivo que el conglomerado cumplió parcialmente: <b>lo desinfló en intención de voto, pero no logró derribarlo</b>.</p>
<p>Como daño colateral, el exdirector del ANSES tuvo que modificar la morfología de su campaña. Sin el Estado (Macri y Scioli cuentan con las estructuras de los gobiernos provincial y porteño) ni el armazón mediático de Magnetto como plataformas<b>, el diputado nacional ahora se apoya en megacaravanas, grandes caminatas, mensajes telefónicos, redes sociales y gráfica callejera. Todo digitado por el publicista Ramiro Agulla, otrora promotor de Fernando de la Rúa (1999) y Carlos Menem (2003)</b>.</p>
<p>Pero Massa no es el único caso de <i>bullying</i> mediático en el país. Juan Carlos Blumberg, Felipe Solá y Francisco de Narváez, por citar casos recientes, son otros ejemplos palmarios de lo que puede hacer el poder económico-mediático cuando está ansioso por ganar una batalla política-cultural. Un entramado capaz de crear, potenciar y destruir a un candidato en la misma jugada electoral. Falta saber si el tigrense es la regla o la excepción. “Yo tengo espíritu de equipo chico. Me encanta arruinarle la fiesta a los grandes”, advierte. Y hay que prestarle atención: nada más impredecible que un peronista despechado.<b></b></p>
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