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	<title>Gonzalo Sarasqueta &#187; Fanatismo</title>
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		<title>Clima enrarecido</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Mar 2016 09:30:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Corre el mes de febrero<b>. </b>Neonazis le dan una brutal paliza en Mar del Plata a un activista del colectivo LGTB. De yapa, destrozan el local de la organización. Nos mudamos a marzo. También en la ciudad balnearia, una itaca (por ahora, la única culpable) talla con cinco balazos la fachada de un local de La Cámpora. Más plomo, esta vez en tierras porteñas. Balacera contra un local de Nuevo Encuentro en Villa Crespo. El saldo son dos mujeres heridas. Ambas están fuera de peligro. El odio, esta vez, no tuvo puntería.</p>
<p><b>Una extraña espiral de violencia cobra relieve en la política dómestica. Ciertos gérmenes de intolerancia se materializan en un malevaje visceral.</b> ¿Nostálgicos de la Liga Patriótica? Puede ser: nacionalismo, catolicismo y homofobia es el cóctel de la primera agresión. En los otros dos atentados prevalecen el anonimato, la inorganicidad y el silencio. No hay patrones ni indicios que endilguen la autoría a algún espacio político en particular. Sólo queda clara una cosa: el kirchnerismo es el blanco.</p>
<p>Pero, más allá de la autoría, el método y los fines de estos agravios, vale la pena reposar el lente reflexivo sobre las condiciones sociales, mediáticas y políticas que permiten su irrupción. Repasar el momento que estamos atravesando. Escarbar en la realidad para intentar encontrar algunas razones, explicaciones o al menos hipótesis. Alguna línea que invite a pensar por qué el presente le abre la puerta a este tipo de anomalías.<span id="more-173"></span></p>
<p>Empecemos por casa. Salvo contadas excepciones, desde hace tres meses, los medios de comunicación están empecinados en replicar, amplificar y fogonear la díada Gobierno nacional-kirchnerismo. Cada noticia está enmarcada con esa lógica binaria. Pocos periodistas se animan a afinar el sentido crítico, buscar argumentos alternativos y escapar del facilismo dicotómico. La mayoría continúa encerrada en ese dúplex analítico. El desafío consiste en encontrar el contraste más filoso, la perspectiva más cortante, la contradicción que mejor sintetice la (supuesta) fractura social que corta en dos porciones simétricas al país. Sin caer en el reduccionismo de la teoría de la aguja hipodérmica (el ciudadano es un recipiente vacío al que se le inyecta información), los <i>mass media</i> ayudan a la instalación de un clima cerrado, hostil e inflamado.</p>
<p>La dirigencia política, siendo benevolente, tampoco colabora mucho. Ejemplo tangible fue la apertura de sesiones ordinarias en el Congreso. Allí quedó en evidencia la falta de voluntad para sellar rispideces e inaugurar una nueva etapa —obviamente, sensible tanto a consensos como a disensos— que permita tonificar los aciertos de años anteriores y rectificar sus bemoles. Cada uno desde su cosmovisión, claro está. Nadie pide abandonar las tonalidades ideológicas. Sería un craso error, además de un espejismo, típico del argumentario neoliberal, que postergaría debates sustanciales para el país. Pero sí es imperioso cumplir con reglas mínimas de respeto, debate y tolerancia. Dejar atrás la jerga patotera y adentrarnos en la esgrima retórica, el razonamiento de calado y el verbo elocuente.</p>
<p><strong>Las instituciones políticas tienen la responsabilidad de ser una muestra cabal de civismo</strong>. Ellas son las encargadas de colocar la vara de la discusión a una altura elevada, lejos de las simplificaciones, las mediocridades y las banalidades que permiten el ingreso de la violencia (verbal o física) como mecanismo resolutivo. En otras palabras: deben ser un arquetipo para la ciudadanía de cómo, pacíficamente, se confrontan, confluyen y enriquecen opiniones de distinta naturaleza.</p>
<p>¿Y la sociedad? No se queda atrás. El barrio virtual es prueba de ello. Las redes sociales destilan resentimiento, bronca y agravios por doquier. Ninguna fuerza política ostenta el patrimonio exclusivo de estos atropellos. En cualquier rincón del espectro ideológico se percibe un desprecio visceral hacia el pensamiento ajeno. Los muros de Facebook sirven como paredones de fusilamiento simbólico. La falacia <i>ad hominem </i>es la moneda de cambio en Twitter. Bastante lejos queda la proyección de estas herramientas 2.0 como espacios deliberativos que agregarían estímulos participativos a nuestra cultura política y ensancharían los márgenes de la democracia. No. Hasta ahora ha predominado la vertiente cloacal: el canal por donde fluye todo nuestro lenguaje escatológico.</p>
<p>Podríamos echar mano a la excusa de “siempre hay una minoría de violentos energúmenos”. Seguro. Pero sería patear la pelota al tejado. No tomar dimensión de la gravedad de estos hechos. Porque el problema de estos incidentes, delicados para cualquier sociedad que aspira a vivir bajo la égida del Estado de derecho, es que si no se atienden a tiempo, con la voluntad y los instrumentos apropiados, la metástasis en el tejido social es inmediata. La exaltación se propaga con facilidad, y más cuando los engranajes institucionales no están aceitados, como en el caso argentino. “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”, advertía Voltaire. Estamos a tiempo.</p>
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		<title>Los siameses Daniel y Mauricio</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Sep 2015 10:12:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>El escenario electoral actual ofrece dos niveles de análisis. Si elegimos el lente sin aumento para decodificar la realidad, observamos que hay una polarización imperante entre dos fuerzas: Cambiemos y Frente para la Victoria. Enfrentamiento que, básicamente, reposa en las diferencias que habitan en la genética de las estructuras (recursos, comunicación, militantes, estética, desarrollo territorial, etcétera) que impulsan a los dos candidatos de mayor fuste y en sus respectivas tradiciones (el macrouniverso del peronismo y el club del liberalismo autóctono).</p>
<p><b>Pero si escogemos el microscopio y lo colocamos sobre el tipo de liderazgo que ejercen Daniel Scioli y Mauricio Macri, la dicotomía le deja su asiento a la homogeneización. </b>Ambos aspirantes, por más que le duela al círculo rojo y al kirchnerismo progresista leal a las directrices de CFK, poseen numerosas similitudes. Y no solo en su visión económica (los dos equipos económicos afirmaron que, después del 10 de diciembre, será ineludible sentarse a negociar con los fondos buitres para acceder al crédito internacional), sino también en su muñeca política.</p>
<p>Tanto el cabecilla naranja como el adalid amarillo poseen unos rasgos que el intelectual Joseph Nye (junior) ubicaría en la categoría de liderazgo femenino. Se los percibe dispuestos a colaborar con los demás, intercambian opiniones con adversarios, son integradores (dentro de ciertos márgenes, obviamente) y replican conductas de sus seguidores. Características, por ejemplo, ausentes en CFK, que, siguiendo la estela del teórico norteamericano, paradójicamente, se encuadraría en el liderazgo masculino: firme, competitiva, absorbente y decidida a dirigir la conducta de los demás. Las vueltas del léxico genérico.<span id="more-100"></span></p>
<p><b>Otro atributo que pule el juego de espejos es el escaso </b><b>magnetismo que generan Macri y Scioli. A ninguno de los dos se lo podría etiquetar como carismático</b>. Lo que abre paso a dos perspectivas: una optimista y otra pesimista. La primera, el próximo presidente no contaría con este recurso emocional que, cuando cae en manos equivocadas, puede mutar en autoritarismo, fanatismo o despotismo. ¿El costado negativo? El carisma, bien utilizado, es una herramienta útil para cohesionar voluntades, generar consenso y direccionar los destinos de una nación; o sea, sin él, el futuro primer mandatario deberá respaldarse, exclusivamente, en las instituciones existentes para hilvanar los diferentes acuerdos. Y, como hemos visto en los últimos años, los partidos políticos, la Justicia, el Congreso y las empresas no sobresalen por su fortaleza, su transparencia y su praxis. ¿Será una buena oportunidad para robustecerlos? El interrogante está abierto. La historia muestra que, exceptuando Marcelo Torcuato de Alvear (1922-1928), los presidentes que carecían de “aura” -Arturo Frondizi, Arturo Illia, Fernando de la Rúa, por citar tres- no pudieron concluir sus Gobiernos.</p>
<p>Luego de doce años de discursos con una fuerte impronta ideologizante, los potenciales inquilinos de Balcarce 50 ofrecen una narrativa con la espuma justa. Pocos renglones para la confrontación, ninguna línea para la épica y las batallas culturales. <b>Con el consenso como estandarte, tanto Scioli como Macri prometen un marco dialógico ajeno a la (supuesta) grieta que cavó el matrimonio Kirchner</b>. Esta tesis todavía la tiene que ratificar el gobernador bonaerense con su presencia en los dos debates presidenciales que están programados. Decisión que servirá para detectar si existe -o no- un hiato entre su lengua y los hechos.</p>
<p>Esta obsesión por evitar cualquier pronunciación ideológica introduce a Scioli y Macri en un hiperrealismo que no está exento de tensiones. Aunque lo oculten, tarde o temprano, tendrán que jerarquizar demandas, necesidades y soluciones. Y esa agenda, si no la ofrecen sus discursos, la terminarán materializando sus hechos. De cualquier modo, como en todo juego democrático, brotará el conflicto entre intereses contrapuestos.</p>
<p>La armonía con los grandes medios de comunicación también los une a estos siameses políticos. A la prensa privada -léase <i>Clarín, La Nación, América, Perfil</i>, etcétera- lo único que le preocupa es la influencia que pueda llegar a tener el cristinismo nuclear en una posible gestión de Scioli. Fuera de eso, el periodismo atisba un escenario mucho más amigable, acorde a sus ambiciones y fértil para expandirse, ya que interpretan que la ley de medios, en cualquiera de los dos casos, pasará a ser letra muerta. Incluso, algunos se ilusionan con ser beneficiados con una nueva distribución de la pauta oficial.</p>
<p>Además de un estilo de liderazgo, es vox <i>populi</i> que los dos candidatos comparten una amistad de larga data. Férrea o endeble, esta relación puede llegar a servir de vaso comunicante durante los próximos cuatro años entre el presidente de la nación y el principal jefe de la oposición. Situación inédita por estas latitudes. Y esto es un dato interesante: en un país donde las instituciones -o los contratos formales- no funcionan adecuadamente, este tipo de vínculos informales puede llegar a oficiar de engranaje para que el sistema marche. Lejos de ser lo ideal, claro está. Pero por algo se empieza.</p>
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