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	<title>Gonzalo Sarasqueta &#187; Cristina Fernández de Kirchner</title>
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		<title>Los siameses Daniel y Mauricio</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Sep 2015 10:12:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El escenario electoral actual ofrece dos niveles de análisis. Si elegimos el lente sin aumento para decodificar la realidad, observamos que hay una polarización imperante entre dos fuerzas: Cambiemos y Frente para la Victoria. Enfrentamiento que, básicamente, reposa en las diferencias que habitan en la genética de las estructuras (recursos, comunicación, militantes, estética, desarrollo territorial,... <a href="http://opinion.infobae.com/gonzalo-sarasqueta/2015/09/08/los-siameses-daniel-y-mauricio/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El escenario electoral actual ofrece dos niveles de análisis. Si elegimos el lente sin aumento para decodificar la realidad, observamos que hay una polarización imperante entre dos fuerzas: Cambiemos y Frente para la Victoria. Enfrentamiento que, básicamente, reposa en las diferencias que habitan en la genética de las estructuras (recursos, comunicación, militantes, estética, desarrollo territorial, etcétera) que impulsan a los dos candidatos de mayor fuste y en sus respectivas tradiciones (el macrouniverso del peronismo y el club del liberalismo autóctono).</p>
<p><b>Pero si escogemos el microscopio y lo colocamos sobre el tipo de liderazgo que ejercen Daniel Scioli y Mauricio Macri, la dicotomía le deja su asiento a la homogeneización. </b>Ambos aspirantes, por más que le duela al círculo rojo y al kirchnerismo progresista leal a las directrices de CFK, poseen numerosas similitudes. Y no solo en su visión económica (los dos equipos económicos afirmaron que, después del 10 de diciembre, será ineludible sentarse a negociar con los fondos buitres para acceder al crédito internacional), sino también en su muñeca política.</p>
<p>Tanto el cabecilla naranja como el adalid amarillo poseen unos rasgos que el intelectual Joseph Nye (junior) ubicaría en la categoría de liderazgo femenino. Se los percibe dispuestos a colaborar con los demás, intercambian opiniones con adversarios, son integradores (dentro de ciertos márgenes, obviamente) y replican conductas de sus seguidores. Características, por ejemplo, ausentes en CFK, que, siguiendo la estela del teórico norteamericano, paradójicamente, se encuadraría en el liderazgo masculino: firme, competitiva, absorbente y decidida a dirigir la conducta de los demás. Las vueltas del léxico genérico.<span id="more-100"></span></p>
<p><b>Otro atributo que pule el juego de espejos es el escaso </b><b>magnetismo que generan Macri y Scioli. A ninguno de los dos se lo podría etiquetar como carismático</b>. Lo que abre paso a dos perspectivas: una optimista y otra pesimista. La primera, el próximo presidente no contaría con este recurso emocional que, cuando cae en manos equivocadas, puede mutar en autoritarismo, fanatismo o despotismo. ¿El costado negativo? El carisma, bien utilizado, es una herramienta útil para cohesionar voluntades, generar consenso y direccionar los destinos de una nación; o sea, sin él, el futuro primer mandatario deberá respaldarse, exclusivamente, en las instituciones existentes para hilvanar los diferentes acuerdos. Y, como hemos visto en los últimos años, los partidos políticos, la Justicia, el Congreso y las empresas no sobresalen por su fortaleza, su transparencia y su praxis. ¿Será una buena oportunidad para robustecerlos? El interrogante está abierto. La historia muestra que, exceptuando Marcelo Torcuato de Alvear (1922-1928), los presidentes que carecían de “aura” -Arturo Frondizi, Arturo Illia, Fernando de la Rúa, por citar tres- no pudieron concluir sus Gobiernos.</p>
<p>Luego de doce años de discursos con una fuerte impronta ideologizante, los potenciales inquilinos de Balcarce 50 ofrecen una narrativa con la espuma justa. Pocos renglones para la confrontación, ninguna línea para la épica y las batallas culturales. <b>Con el consenso como estandarte, tanto Scioli como Macri prometen un marco dialógico ajeno a la (supuesta) grieta que cavó el matrimonio Kirchner</b>. Esta tesis todavía la tiene que ratificar el gobernador bonaerense con su presencia en los dos debates presidenciales que están programados. Decisión que servirá para detectar si existe -o no- un hiato entre su lengua y los hechos.</p>
<p>Esta obsesión por evitar cualquier pronunciación ideológica introduce a Scioli y Macri en un hiperrealismo que no está exento de tensiones. Aunque lo oculten, tarde o temprano, tendrán que jerarquizar demandas, necesidades y soluciones. Y esa agenda, si no la ofrecen sus discursos, la terminarán materializando sus hechos. De cualquier modo, como en todo juego democrático, brotará el conflicto entre intereses contrapuestos.</p>
<p>La armonía con los grandes medios de comunicación también los une a estos siameses políticos. A la prensa privada -léase <i>Clarín, La Nación, América, Perfil</i>, etcétera- lo único que le preocupa es la influencia que pueda llegar a tener el cristinismo nuclear en una posible gestión de Scioli. Fuera de eso, el periodismo atisba un escenario mucho más amigable, acorde a sus ambiciones y fértil para expandirse, ya que interpretan que la ley de medios, en cualquiera de los dos casos, pasará a ser letra muerta. Incluso, algunos se ilusionan con ser beneficiados con una nueva distribución de la pauta oficial.</p>
<p>Además de un estilo de liderazgo, es vox <i>populi</i> que los dos candidatos comparten una amistad de larga data. Férrea o endeble, esta relación puede llegar a servir de vaso comunicante durante los próximos cuatro años entre el presidente de la nación y el principal jefe de la oposición. Situación inédita por estas latitudes. Y esto es un dato interesante: en un país donde las instituciones -o los contratos formales- no funcionan adecuadamente, este tipo de vínculos informales puede llegar a oficiar de engranaje para que el sistema marche. Lejos de ser lo ideal, claro está. Pero por algo se empieza.</p>
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		<title>Peronismo bajo cero</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Aug 2015 09:36:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A pesar de las denuncias de fraude, la quema de urnas y otros incidentes de envergadura, Juan Manzur será el próximo parquero del jardín de la república. Hecho que le da continuidad a la experiencia Alperovich y, en simultáneo, le agrega otro poroto a Daniel Scioli en su doble carrera: ganar las elecciones nacionales y, consecuentemente,... <a href="http://opinion.infobae.com/gonzalo-sarasqueta/2015/08/25/peronismo-bajo-cero/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>A pesar de las denuncias de fraude, la quema de urnas y otros incidentes de envergadura,<b> </b>Juan Manzur será el próximo parquero del jardín de la república. Hecho que le da continuidad a la experiencia Alperovich y, en simultáneo, le agrega otro poroto a Daniel Scioli en su doble carrera: ganar las elecciones nacionales y, consecuentemente, convertirse en el paladín del peronismo. Dos desafíos intensamente ligados: sin el primero no podrá lograr el segundo y a la inversa.<b></b></p>
<p>Pero, principalmente, el triunfo en Tucumán del antiguo ministro de Salud de la nación pone de relieve que las placas tectónicas del peronismo a escala nacional se están moviendo. En el seno de la colosal maquinaria, la correlación de fuerzas se está alterando: <b>El cristinismo radioactivo está siendo desplazado, lentamente, por el sciolismo zen.</b></p>
<p>Y lo que ofrece esta planta de reciclaje ideológico denominada justicialismo para esta nueva época es otro perfil de políticos: más plásticos, menos tajantes. Distanciados de la lógica polarizante que implantó el kirchnerismo, los cuadros peronistas -Juan Manuel Urtubey, Omar Perotti, Daniel Scioli, Alberto Pérez, Juan Manzur, por citar algunos- que se aprestan a tomar el timón del país destacan por su impasibilidad, su consensualismo y su moderación.<span id="more-84"></span></p>
<p><strong>A nivel discursivo, las figuras ascendentes poseen una narrativa con escasa densidad ideológica</strong>. Si el kirchnerismo se preocupó -por lo menos, en el plano de las palabras- por anclar al peronismo a la izquierda del espectro, esta nueva saga de jefes despunta tanto por su imprecisión conceptual como por su ambigüedad axiológica. Fe, esperanza, desarrollo, inversión, empleo y previsibilidad son parte de un vocabulario circular, superficial y exento de potenciales rispideces. Evitar el conflicto parece ser el objetivo primordial. De esta manera, se pretende evaporar las fronteras que producen las ideas precisas y dejar sentada la intención –en un futuro cercano– de repatriar a todos aquellos excomulgados, como por ejemplo, Juan Manuel de la Sota, Felipe Solá o los hermanos Rodríguez Saá.</p>
<p>Vale aclarar que <b>lo que tiene de tolerancia este peronismo bajo cero con antiguos compañeros de armas, lo tiene de purista</b>. El sciolismo, a diferencia del kirchnerismo, no está dispuesto a ceder rincones de poder a actores ajenos -léase comunistas, socialistas, radicales, neofrepasistas, etcétera- al macrouniverso del general. Como todo partido <i>catch all</i>, la puerta está abierta, pero para ocupar las butacas del fondo. Nada de volante, protagonismo o puestos relevantes. Llevándolo a lo empírico: olvídense de la posibilidad de orquestar, como lo hizo CFK, un Martín Sabatella como vicegobernador de la provincia de Buenos Aires.</p>
<p>Acercando el diván, también se puede hacer un análisis psicológico de esta camada de dirigentes. Scioli y sus copilotos prefieren el frío del silencio antes que el ruido del histrionismo. No dejan entrever su estado emocional. Son introvertidos. Tímidos. El sosiego es su herramienta principal para desandar el día a día. Nada de épica ni sobresaltos. En el gris de la rutina está su capital político. Por eso, uno de los valores añadidos que han escogido para mostrarse como superación del kirchnerismo ha sido la previsibilidad, rasgo que cotiza bajo en un país adicto a los movimientos pendulares. Aunque, luego de la adrenalina de estos doce años, la ciudadanía -decodifican ellos- reclama una buena dosis de clonazepam.</p>
<p>Una duda que flota en el aire sobre este peronismo emergente es su postura frente al pasado. Si el kirchnerismo alumbró el costado romántico de los setenta, resta saber si el ala que conduce Scioli, en caso de llegar a Balcarce 50, equilibrará la balanza revalorizando la otra página del justicialismo -el Perón herbívoro, el abrazo con Ricardo Balbín, la CGT unificada- en esa década. Tabúes como el asesinato de José Rucci o la “experiencia Isabelita”, ¿serán tamizados desde otro ángulo? La respuesta rematará otro interrogante colindante: <b>¿Qué lugar ocuparán los organismos de derechos humanos, sobre todo las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, en el flamante Gobierno? ¿Marginalidad o balcón en la Rosada? </b>Esa es la cuestión. En todo caso, la retórica futurista del gobernador arroja una pista: No mirará demasiado por el espejito retrovisor de la historia.</p>
<p>¿Convergencias entre el peronismo en ebullición (kirchnerismo) y el peronismo bajo cero (sciolismo)? Varias. La primera: el patrimonialismo. <b>La obsesión por ensanchar las arcas personales mediante el uso -directo e indirecto- de bienes públicos es una tendencia </b><strong>que, como se observó la semana pasada con la declaración jurada de Scioli (en los últimos ocho calendarios su fortuna se multiplicó por nueve), atraviesa a los dos bandos</strong>. La encarnadura de la totalidad del poder en una sola persona, el verticalismo como elemento cohesionador y ordenador del movimiento, la vocación permanente de tener la sartén por el mango y la falta de compromiso con las instituciones republicanas, completan el juego de espejos.</p>
<p>La garantía de gobernabilidad podría ser otra similitud, pero esa respuesta solo la tienen el porvenir y el kirchnerismo, porque otra pregunta que queda en el tintero es cómo digerirá el cristinismo su mudanza del núcleo al borde del peronismo. ¿Sabrá ceder la centralidad del movimiento? Si la sentencia es negativa, será momento de ajustarse nuevamente los cinturones: El país es muy sensible a las turbulencias del justicialismo, a tal punto que suele metabolizarlas en accidentes democráticos.</p>
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		<title>La cara de Aníbal</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Jul 2015 08:00:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[7:30 am. Salen los primeros rayos de sol en Plaza de Mayo. Por delante del vallado de Casa Rosada aparece él. Saco, corbata, bigote simétrico y semblante imperturbable. Una docena de periodistas lo acosan con preguntas. Tranquilo, responde a todas: a algunas de forma concisa, a otras, con pirotecnia verbal. El graf del noticiero cambia... <a href="http://opinion.infobae.com/gonzalo-sarasqueta/2015/07/28/la-cara-de-anibal/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>7:30 am. Salen los primeros rayos de sol en Plaza de Mayo. Por delante del vallado de Casa Rosada aparece él. Saco, corbata, bigote simétrico y semblante imperturbable. Una docena de periodistas lo acosan con preguntas. Tranquilo, responde a todas: a algunas de forma concisa, a otras, con pirotecnia verbal. El graf del noticiero cambia constantemente. Son treinta minutos de títulos resonantes. Chicanas, aforismos, rabietas y acusaciones de alto voltaje decoran el <i>acting.</i> Ha dado su rueda de prensa el jefe de gabinete de la nación, Aníbal Fernández.</p>
<p><b>El precandidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires por el Frente para la Victoria es un político sin medias tintas</b>. Según la encuestadora Ibarómetro posee una imagen negativa del 50 % y una apreciación positiva del 42,7 %. Números que ponen a la vista la fisura que provoca su personaje en la opinión pública.</p>
<p>Pero también habría que interrogarse cuántos de esos 50 puntos de rechazo son de su patrona, Cristina Fernández de Kirchner. Porque Aníbal, quizás como pocos jefes de ministros, ha comprendido perfecto su papel como dique mediático de la máxima autoridad del país. Día a día atrapa toda munición periodística dirigida al despacho presidencial. En criollo: es el que pone la cara. Para las inauguraciones, las inversiones, las obras y demás buenas noticias está la jefa. Labor que, evidentemente, no interpretaron muy bien Jorge Capitanich ni Juan Manuel Abal Medina.<span id="more-60"></span></p>
<p>Su carrera comenzó como intendente de Quilmes en 1991. Pero su primer blindaje político-mediático lo hizo como secretario general de Eduardo Duhalde, entre enero de 2002 y mayo de 2003. Ahí, en un contexto de crisis institucional, estrenó la verborragia numérica, el sarcasmo y la elocuencia. Los coletazos del corralito y los asesinatos de Kosteki y Santillán fueron sus primeros retos mayúsculos. Después pasó a estar bajo el ala de Néstor Kirchner. Durante su gestión, terminó de transformar su lengua en látigo. Y, desde el 2007 hasta la actualidad, se vistió de escudero de CFK, ocupó diversos cargos: ministro de Justicia, senador, secretario general de la Presidencia y, en dos ocasiones, jefe de gabinete. Derrotero que pone de relieve su pragmatismo o, siendo más benevolente, su lealtad peronista.</p>
<p>“No te entra una bala”, le confesó alguna vez Alejandro Fantino. Razones hay. Aníbal Fernández tiene cintura mediática. Su retórica gana por conocimiento, ingenio o, la mayoría de las veces, cansancio.<b> Maneja los cuatro soportes comunicacionales: televisión, radio, gráfica y redes sociales. En cada uno impone su impronta: una mezcla de altanería, simpatía y picardía</b>. Y, quizás, lo más importante, nunca pierde los estribos. Sabe alterar los ánimos de su interlocutor sin mostrar una microexpresión de fastidio o una subida de volumen.</p>
<p>El desafío que tiene por delante es bisagra: dejar de ser “el alcahuete de los número uno” -actividad que le encanta, según él- y convertirse en un militante de su propia causa. De súbdito de la nación a patriarca de la provincia más poblada del país. Y en ese salto deberá revisar su libreto. O, mejor dicho, sus modos, si realmente quiere ser el gobernador de todos los bonaerenses y no de una pequeña fracción de admiradores. Exabruptos como “La señora Carrió no tiene los patitos en fila”, “¿Sabe cuál es el problema? Que los porteños pasaron muy rápido de las cacerolas al plasma”, “Macri es un vago, vivió toda su vida de franco” o “Los piqueteros ven una pala y les da fiebre”, no conjugan bien con el sillón de Dardo Rocha.</p>
<p>Claro que Jauretche, Yupanqui, Sócrates, Discépolo, Kant, Cervantes y José Hernández seguirán siendo la materia prima de sus exposiciones. La biblioteca no cambiará. Tampoco el estilo enciclopédico, que incluye desde citar de memoria cualquier ley del <i>Código</i> hasta repetir algún fallo de la Corte Suprema en los últimos 50 años.</p>
<p>Probablemente también continúen los duelos con Magdalena Ruiz Guiñazú, María O&#8217; Donnell y Joaquín Morales Solá, entre otros comunicadores críticos del oficialismo. Porque hay que reconocerlo: Aníbal Fernández -más por ansias de <i>celebrity</i> que por convicciones republicanas- nunca abandonó el ring mediático. Mientras el kirchnerismo se replegaba y hermetizaba, el presidente de la Confederación Argentina de Hockey continuó atendiendo y rindiéndole cuentas -a su manera- al cuarto poder.</p>
<p>Y no solo eso. El kirchnerismo se tomó a sí mismo muy en serio. Su afán por convertir todo acontecimiento -por más nimio que sea- en épica hizo de la política un arte dramático, reacia a toda gracia. El chiste, sin duda, no fue la marca de época. Y Aníbal, en este sentido, fue la excepción. Con sus ocurrencias descomprimió. Bajó la espuma del debate. Mantuvo viva la llama del humor. Y admitámoslo: a más de uno, en medio de la indignación, nos arrebató una sonrisa.</p>
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		<title>Cristina, claves de una especie discursiva en extinción</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Jun 2015 09:29:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Sarasqueta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Caen las arengas finales en la plaza. Una multitud le hace eco a “la Jefa” con un “viva la patria”. Débora Giorgi se seca las lágrimas. Después de una hora de alocución, abajo los bombos recuperan el protagonismo. Los principales medios ya preparan el contrataque. Analistas críticos afilan sus plumas. La embestida contra la prensa... <a href="http://opinion.infobae.com/gonzalo-sarasqueta/2015/06/02/cristina-claves-de-una-especie-discursiva-en-extincion/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Caen las arengas finales en la plaza. Una multitud le hace eco a “la Jefa” con un “viva la patria”. Débora Giorgi se seca las lágrimas. Después de una hora de alocución, abajo los bombos recuperan el protagonismo. Los principales medios ya preparan el contrataque. Analistas críticos afilan sus plumas. La embestida contra la prensa fue fuerte.</p>
<p>La presidente <strong>Cristina Fernández de Kirchner se dio otro baño de masas este 25 de mayo. Quizás el último en el vértice del poder.</strong> Y, como acostumbra, lo hizo con los dedos en el enchufe.  No dejó a nadie indiferente. Fieles y detractores prendidos a sus palabras. <strong>¿Cuál es el secreto de sus discursos para monopolizar la atención?<span id="more-6"></span></strong></p>
<p>El quid está en su <strong>lenguaje emocional</strong>. La máxima mandataria sabe cómo activar las diferentes fibras sensibles de los argentinos: miedo, esperanza, repudio, confianza, autoestima, cólera, valentía, entre otras. Diversos estudios en comunicación política han demostrado que, cuando en una persona chocan la razón y las emociones, priman estas últimas. En otras palabras: es más fuerte lo que sentimos que lo que pensamos. Y CFK parece estar al tanto: emplea numerosas técnicas comunicacionales para cumplir con dicha máxima.</p>
<p>Si hiciéramos una nube de <i>tags</i> con sus discursos<i>, </i>comprobaríamos que palabras con un alto voltaje simbólico, como patria,  pueblo, soberanía, independencia, memoria y derechos humanos, son las más mencionadas. A través de ellas, Cristina elabora un relato ensamblado, con una estructura narrativa (introducción- nudo-desenlace), poblado de próceres, villanos, efemérides y batallas (simbólicas y materiales). Una historia atrapante que mantiene en vilo a la audiencia hasta el final. Esta herramienta,  en los  países anglosajones, es conocida como <i>storytelling</i>. <strong>Persuadir, interpelar y, sobre todo, emocionar,</strong> son sus verbos medulares.</p>
<p>Pero el guión no es su único capital. Sea por dotes naturales, por su estancia de 18 años en bancas legislativas o por el asesoramiento de un <i>coach</i>,<strong> la Presidente tiene un buen manejo del lenguaje corporal.</strong> Su tronco siempre está erguido y derecho, con la cabeza firme y levantada, lo que denota seguridad, autoridad y convicción. Muestra sintonía entre sus microexpresiones (gestos faciales) y sus frases; ejemplo patente, cuando se refiere a los “medios hegemónicos”, cómo eleva una de las esquinas de la boca y la otra no, una especie de media sonrisa, esto significa desprecio. La utilización constante de sus manos para dibujar, argumentar y potenciar lo que dice; como cuando describe un proyecto o una política pública. Y sus giros graduales y pausados de 90 grados, mientras habla, para dirigirse a todo el auditorio.</p>
<p>Completan la radiografía los denominados componentes paralingüísticos. Silencios correctamente colocados para generar clima de suspenso, subrayar una oración o investirse en aplausos. Un menú amplio de tonos –irónico, dramático, épico, esperanzador y despectivo– para pasar, repentinamente, de un estado anímico a otro. Y clímax bien distribuidos a lo largo de toda la exposición,  acompañados de elevaciones de volumen para estimular al público.</p>
<p>¿Algunos <strong>bemoles?</strong> Una fluidez verbal, que, cuando improvisa, como en los anuncios de obras públicas, termina mutando en <strong>una verborragia que dispersa o satura.</strong> La <strong>sobredosis de ironía</strong> que colinda con la altanería. Y algunas <strong>muletillas en inglés</strong>, como <i>sorry </i>o<i> always</i>, que hacen bastante ruido viniendo de una líder <i>nac &amp; pop.</i></p>
<p><strong>La Doctora pertenece a una especie de sujeto discursivo en extinción</strong>. Yendo al linaje kirchnerista: Florencio Randazzo y Daniel Scioli heredaron poco. Si bien en sus actos conservan la garganta al borde de la afonía, técnica presente en todo peronista que quiere transmitir sacrificio, los lenguajes –verbal y corporal– de los presidenciables K son limitados. Ambos carecen de los ingredientes melodramáticos de su jerarca. Y, además,  no tienen ni sello propio ni una figura de referencia palpable, como Evita con CFK. El aguijón de la chicana, en el hombre de los trenes, y el estoicismo, en el capataz bonaerense, son los recursos retóricos escogidos para apaliar el déficit.</p>
<p>Y saliendo del árbol genealógico justicialista, aparece Mauricio Macri. A contracorriente de la Presidenta, <strong>el jefe porteño apuesta por la escuela del <i>coaching </i>empresarial.</strong> Micrófono inalámbrico, <i>speech</i> motivacional –con tintes del “Yes, we can” de Obama–, nada de sudor, volumen bajo, cuerpo en armonía, relax y a otra cosa. <strong>“Estamos hartos de los discursos”, llegó a confesar.</strong> Para el ingeniero, la política se hace lejos de los atriles.</p>
<p><strong>Sea por admiración o rechazo, pocos le hacen zapping a Cristina</strong>. Su magnetismo emocional es potente. Fenómeno parecido al de Elisa Carrió, que, claro, no es la jefa del Ejecutivo ni cuenta con la Cadena Nacional como trampolín, pero tampoco, es cierto, ostenta con la capacidad de reunir a cientos de miles para que la vitoreen en carne y hueso.</p>
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