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	<title>Germán Moldes</title>
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		<title>¿Se acuerdan de la clase media?</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Aug 2015 11:35:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Germán Moldes</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Si no reaccionamos a tiempo pronto, muy pronto, la extrañaremos. Fue la bandera y el buque insignia de la identidad nacional, el ícono de la argentinidad, el lujo y el orgullo de generaciones que despertaban la admiración y, ¿por qué no decirlo?, un poquitín de envidia en los sectores ilustrados de los países vecinos. Hablo... <a href="http://opinion.infobae.com/german-moldes/2015/08/12/se-acuerdan-de-la-clase-media/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Si no reaccionamos a tiempo pronto, muy pronto, la extrañaremos. Fue la bandera y el buque insignia de la identidad nacional, el ícono de la argentinidad, el lujo y el orgullo de generaciones que despertaban la admiración y, ¿por qué no decirlo?, un poquitín de envidia en los sectores ilustrados de los países vecinos. Hablo de la clase media que está a punto de desaparecer fagocitada por un ejército letal de parásitos y depredadores surgidos y protegidos por la indolencia de la sociedad y la avidez crematística de la dirigencia.</p>
<p>A ese Occidente, al que alguna vez adherimos sin reservas ni tapujos, le tomó milenios producir esa masa crítica. Sin ella hubiera resultado impensable el surgimiento de la democracia, una concepción del Gobierno de los hombres que se basa en la acción de gente capaz de proveer a sus necesidades básicas y destinar un excedente a otros fines trascendentes. Lo suficientemente apegada a la vida como para imaginar modelos de convivencia en paz y lo suficientemente solidaria como para crear y desarrollar un esquema de equilibrio social en el que los más pudientes garantizaran los servicios esenciales a los menos afortunados.</p>
<p>Corrieron ríos de sangre y diluviaron masas cuantiosas de angustias y sufrimientos para que el ser humano se diese cuenta de que un mundo dividido entre señores y vasallos estaba abocado al conflicto permanente.<img title="Más..." alt="" src="http://opinion.infobae.com/german-moldes/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif" /><span id="more-22"></span></p>
<p>Y así, poco a poco, <strong>impulsada por pensadores que concibieron un marco de relaciones más justo y propicio para amalgamar el bienestar individual con el progreso colectivo, fue surgiendo ese estamento social que caprichosamente dio en llamarse «clase media»</strong>. En política ella sustituyó prácticamente al proletariado del que se habían nutrido las ideologías totalitarias del siglo pasado. En sus filas revistaban (y aún revistan en lo que de ella queda) agricultores, comerciantes, pequeños y medianos empresarios, profesionales liberales, funcionarios, empleados por cuenta ajena y también obreros con cierto grado de especialización, o sea, la inmensa mayoría de la ciudadanía. Sus aportes tributarios nutrían (aún lo hacen) el grueso del presupuesto que mueve el motor de la nación. El credo que la inspiró e hizo crecer en progresión geométrica era la certeza de poder ascender económica y socialmente a través de la formación y el trabajo, la cultura del esfuerzo que conduce a ir mejorando paulatinamente las condiciones de vida, la voluntad de aprovechar las oportunidades que esta ofrece a quien está atento y su proyecto de vida consiste en algo más que el vivir eternamente de la caridad pública… Hoy por hoy, pura ficción.</p>
<p>El derroche y la corrupción van secando no solo las reservas presentes, sino también agotando las pasadas y las que deberían heredar nuestros hijos y nietos. <b>Las ideologías no son más que fachadas publicitarias que se han vaciado de principios, hasta quedar convertidas en meros anuncios propagandísticos destinados a servir en bandeja el Gobierno a formaciones políticas para las que gobernar no es otra cosa que esquilmar los bolsillos de esas clases fácilmente expoliables. </b>Maquinarias de poder que recurren a cualquier medio en el empeño de perpetuarse.</p>
<p>Y aquí viene la pregunta: ¿Es posible aún salvar a la clase media? Si su situación es tan dramática y acuciante, yo no advierto otra vía para reflotar a esa amplia franja social, devolverle el protagonismo de sus pasados esplendores e incorporar a ella y a su cultura a los desplazados de hoy, que comprometernos en un gigantesco y sostenido esfuerzo en materia educativa. Y, si de preguntas se trata, aquí tengo un par de interrogantes que me parecen un poco más corrosivos: ¿Cuál es hoy la finalidad de la educación? ¿Para qué se invierte en ella el dinero público?</p>
<p>A mi modo de ver, la rentabilidad de esa inversión es la de producir una mercancía vital: profesionales altamente cualificados, de cuya actividad se recupere con ventaja lo invertido. Eso requiere un control de calidad inflexible. Cualquier otra cosa es tirar la plata a la basura.</p>
<p><b>No creo que sea la educación campo para actos de caridad ni de benevolencia. Para eso están otras instituciones. Menos aún el mecanismo de «igualación» con el que sueña tanto falso filántropo</b>: La igualdad, en las sociedades nacidas de las grandes revoluciones burguesas, es igualdad ante la ley, que funda el derecho único frente al derecho estamentario del <i>“</i>Ancien Régime<i>”</i>. En cuanto al ser de cada uno, rige el inamovible principio de individuación platónico: lo igual se dice de lo distinto. El objetivo es seleccionar a los mejores. No igualar, sino distinguir.</p>
<p>Georg Steiner lo formula bellamente: <strong>«Con el rasante igualitario, mediante la falsa democracia de la mediocridad, matamos en los niños la posibilidad de sobrepasar sus limitaciones sociales, domésticas, personales e incluso físicas».</strong></p>
<p>Distinguir, en cambio, es hacer libres. Y potentes. Esa es la grandeza -lo áspero también- de nuestro mundo. Se premia a los mejores -a los que, por capacidad o por esfuerzo o, mejor, por ambos, prueban estar en condiciones de obtener los mejores resultados-, no por bondad filantrópica, sino por el interés colectivo que exige preparar a los más rentables, para que la compleja relojería social no colapse ni derrape. La competencia puede gustarnos o no gustarnos, pero sin ella no hay futuro.</p>
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		<title>Apuntes sobre el populismo</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Aug 2014 10:10:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Germán Moldes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[La actividad intelectual está abocada al fracaso en una sociedad que se ha abrazado a la prédica de los nuevos tribunos de la plebe, esta vez, patéticos, fingidos y sobreactuados. Raciocinio, pensamiento propio y espíritu crítico han sido abolidos por un corrimiento generacional en vías de ejecución en todos los ámbitos de la vida pública.... <a href="http://opinion.infobae.com/german-moldes/2014/08/05/apuntes-sobre-el-populismo/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La actividad intelectual está abocada al fracaso en una sociedad que se ha abrazado a la prédica de los nuevos tribunos de la plebe, esta vez, patéticos, fingidos y sobreactuados. Raciocinio, pensamiento propio y espíritu crítico han sido abolidos por un corrimiento generacional en vías de ejecución en todos los ámbitos de la vida pública. Nos urgen a incorporar cuanto antes a una juventud que escenifique la ruptura con un pasado que estorba por fallido.</p>
<p><strong>Un antiguo hábito argentino: anularlo todo cada cierto tiempo para volver a empezar sin más asidero que el narcisismo de los mesiánicos autores de porvenir</strong>, con sus fórmulas magistrales y las apelaciones facilistas a la ilusión de un inmediato y mágico renacer. La estupidez bovina de ese espejismo del “somos los mejores” y el “Dios es argentino”. Caramelos de palo que evitan al hombre común asomarse siquiera a la ventana para enterarse por sí mismo, sin encender la TV y sin entrar a la red, si hay sol o si está lloviendo, si nada altera la paz de nuestras conciencias o si el futuro ha comenzado a diseñar en el firmamento la trayectoria de un meteorito sobre el que cabalga la crisis como aquel militar-cowboy que montaba la bomba atómica en la película “El doctor Insólito” de Sanley Kubrick.</p>
<p>Pero sigue dando resultado el truco, porque hasta ahora la sociedad no alivia sus broncas sino a través de la seducción cotidiana de estos nuevos Gracos de la pirotecnia mediática y la fotogenia redentora que abjuran de toda forma de inteligencia y de todo lo que no cabe en un tuit. <strong>Y es el aferrarse ciegamente al humo de esas ficciones lo que después invalida los lamentos.</strong> “Sarna con gusto no pica” decían las viejas de mi barrio, aunque mejor le salía a Quevedo en <em>La Hora de todos y la Fortuna con seso</em>: &#8220;No se queje el cadáver de los gusanos que le comen, porque él los cría; cada uno mire que no se corrompa, porque será padre de sus gusanos&#8221;.</p>
<p>En definitiva: la renuncia a pensar por uno mismo, el abandono del sentido crítico y el sometimiento a opciones binarias, primarias y maniqueas. Un mundo en blanco y negro, de buenos y malos, en el que ni el mérito, ni la valía ni el esfuerzo dirimen la pertenencia a uno u otro bando. Esa ha sido la puerta de entrada del populismo. La máxima &#8220;todo lo que pidas te daré&#8221; es la voz propia de ese populismo que usa y abusa de la palabra, que inventa la verdad, que fustiga sistemáticamente al disidente convertido en enemigo, que degrada la política, que aplaza el examen razonado de la realidad, que promete a bajo costo la redención del género humano y no tolera la discrepancia.</p>
<p>No hace falta para ello un gran arsenal de medios. Por el contrario, el mayor mérito del populismo es haber sabido extenderse con unos pocos recursos simples y efectistas. <strong>Para empezar señala culpables –no adversarios, sino culpables– y encuentra para todo soluciones fáciles y rápidas.</strong> Además aumenta y afirma la autoestima, esa fatal arrogancia de quienes están convencidos de formar parte de las fuerzas del bien. Retorna así al costado más ingenuo del ingenuo Rousseau, para quien las normas debilitan al ser humano y sus relaciones con el prójimo. Pero hoy por hoy ese populismo le da al común de la gente lo que la religión ya no es capaz de darle: la esperanza de una existencia más digna, de una misión que realizar, de un ideal que compense las fatalidades de una realidad dolorosa; en suma la ilusión de acceder a oportunidades que le den un sentido a la vida. Y claro que todo eso fascina, seduce, atrae, pero no es más que “bijouterie”, es falso. Al final de cuentas tanto orgullo enfermizo declamando la intención de construir un mundo mejor termina conduciendo a un mundo peor.</p>
<p>Lo realmente alarmante del caso no es que este discurso embaucador y demagógico, que huele a hipócrita y a rancio, cuente con propagandistas más o menos eficaces, <strong>sino que día tras día prenda entre muchísimas personas dispuestas a comprar sin matices una mercancía ideológica superficial y averiada.</strong></p>
<p>Ello ha sucedido por tres causas esenciales. La primera es la corrupción transversal y masiva, una epidemia moral que ha devastado la nobleza de la política y los valores de la sociedad. La segunda, la declinación de los sectores medios que han sido nuestra tradicional referencia socioeconómica durante más de un siglo. Y la tercera, el fracaso educativo de un sistema que no ha sido capaz de transmitir la virtud de sus valores. Sobre las dos primeras hay poco que explicar: son dos fenómenos palmarios e incontestables que constituyen la mayor desgracia sociopolítica contemporánea en casi todo el Occidente. Pero la última es toda nuestra; representa una falla interna, un defecto de fabricación en la arquitectura de la democracia y la libertad, el olvido de la pedagogía cívica.</p>
<p>No se han sabido explicar con éxito a las jóvenes generaciones los fundamentos del régimen constitucional y su pacto de convivencia. Ya no se trata del fracaso en el conocimiento técnico, en las habilidades matemáticas o lingüísticas, en la comprensión de las ciencias y las artes. En la Argentina, la educación ha alcanzado su máximo nivel de incompetencia al mostrarse incapaz de preservar a la sociedad del embate de la demagogia poniendo así en riesgo el mayor patrimonio inmaterial de un pueblo libre.</p>
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