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	<title>George Chaya &#187; Mundo árabe</title>
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		<title>El infortunio árabe</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Oct 2015 09:01:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>George Chaya</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Es tiempo de proponer, aportar elementos de juicio que ayuden a responder interrogantes sobre Medio Oriente y, al mismo tiempo, sugerir posibilidades y herramientas que puedan ayudar a superar la crisis para el bien de los pueblos árabes, sin pretender que esta nota sea un esquema programático en lo político o social. Ante todo es un punto de vista intelectual en búsqueda de herramientas superadoras a un presente sombrío y no buscado por millones de seres humanos.</p>
<p>Sin desconocer la realidad, pero también sin excluir responsabilidades dirigenciales y ciudadanas y, en toda instancia, este escrito es mi pensamiento y mi percepción como estudioso de la región, junto a una reflexión sobre el escenario como conocedor del terreno. En definitiva, es una voz e ideas sobre comportamiento humano y sociológico como las que se podrían escuchar en cualquier lugar del mundo, se trate de Buenos Aires, Nueva York, Damasco, Londres, Beirut, El Cairo, Casablanca o Bagdad.</p>
<p>Sin embargo, no por ello el lector y la crítica deben creer que busco cobijo en un pretendido consenso cuya uniformidad acuerde con mis ideas en la materia. Tal cosa no existe en lo relativo al pensamiento humano y no está en la órbita de las reflexiones e ideas que me han movido a escribir esta nota, aunque la identidad política de cada intelectual ciertamente influye en su propuesta y quien no reconoce este punto falta a la verdad o es un militante. Por lo que considero lo más justo y honesto dar a conocer la mía.<span id="more-583"></span></p>
<p>Me presento entonces con el lector. El autor de estas consideraciones es un argentino de origen libanés, cristiano maronita de familia. Laico por elección. Para algunos, árabe-cristiano, para otros, fenicio-católico. Occidentalizado, ¡claro! Pero que no se considera a sí mismo alienado por ninguna cultura, ni la occidental ni la árabe y nada deseoso de desacreditar a quienes no piensan como él.</p>
<p>No es mi trabajo —ni mi interés— acusar a ningún árabe ante un tribunal de terceros países. En consecuencia, y sin incurrir en deslealtades imaginarias o fantasías descalificadoras de la crítica, me despojo de cualquier alarde de universalismo incluyente o sectarismo excluyente, por lo que me agradaría que la lectura se considerara como una manifestación posible de ideas a desarrollar en pos de soluciones sobre y para los árabes.</p>
<p>En el presente, a pesar del nacionalismo sectario de segundas o terceras generaciones, no es cómodo ser árabe. El sentimiento de persecución, el malestar existencial es hoy lo que más se comparte en el mundo árabe. Incluso los que durante largo tiempo se creyeron a salvo, los poderosos saudíes o los prósperos kuwaitíes no pueden librarse ya de esta percepción desde lo acaecido un cierto día 11 de septiembre de 2001 o desde el reintento de la creación del Califato que propugna el <i>Daesh</i> (ISIS).</p>
<p>Desde cualquier ángulo que se lo mire, el panorama es sombrío y desolador, sobre todo si se lo contrasta con otras partes del mundo. Sin embargo, con todo lo que supone la diferencia que nace de la colisión entre lo que se cree ser y lo que realmente se es; entre las expectativas y los hechos reales; las ansias y las frustraciones; el pasado y el presente, el mundo árabe es la región del planeta donde el hombre tiene hoy menores posibilidades de realizarse. Basta con focalizarse en la palabra “árabe”<i>,</i> desvirtuada hasta quedar reducida a un carácter étnico marcado por el oprobio o, en el mejor de los casos, asociado a una cultura victimizada y negacionista.</p>
<p>No obstante, el infortunio y las dificultades no siempre han existido. Al margen de la supuesta edad de oro de la cultura árabe-musulmana, hubo un tiempo no muy lejano en que los árabes podían observar su futuro con optimismo.</p>
<p>En el renacimiento cultural del siglo XIX, la famosa <i>Nahda</i> abrió puertas a la modernidad en muchas sociedades árabes cuyo dinamismo sobrepasó a menudo a las élites occidentalizadas. En el siglo XX, una de ellas, la egipcia, dio vida a la tercera industria cinematográfica del mundo; al mismo tiempo, desde Bagdad a Casablanca, pasando por Beirut y El Cairo, pintores, poetas, músicos, dramaturgos y novelistas contribuían a la reformulación de una nueva cultura árabe.</p>
<p>De forma paralela, se emprendían cambios sociales de gran relevancia. El más espectacular fue la revolución que supuso la supresión del velo en la mujer, aunque hoy, con el reverdecer de movimientos religiosos radicalizados, se ha forzado el retorno del velo en las niñas desde temprana edad.</p>
<p>En la esfera política, las reformas sociales convertían a los árabes en protagonistas de las relaciones internacionales. El Egipto de Gamal Abdel Nasser se convirtió en el eje del afro-asiatismo y posteriormente, con el Movimiento de Países no Alineados, la Argelia independiente se consideró un modelo para todo el continente africano. Hasta la resistencia árabe-palestina creada entre 1964-1966 pretendió reivindicar el derecho de los pueblos incursionando en políticas equivocadas desde la resistencia armada, pero sin caer por ello en el victimismo que hoy agobia hasta el cansancio en la reiteración de su difusión y su victimización en todo el mundo.</p>
<p>¿Cómo pudo cerrarse aquella secuencia en que, pese a no cosechar demasiados éxitos, permitía vislumbrar un futuro mejor y cercano? ¿Cómo se llegó al marasmo actual de las post primaveras árabes? ¿Dónde ha quedado la intelectualidad árabe que demostró haber naufragado en la vulgaridad ideológica? ¿Qué llevó a que los árabes creyeran que no tienen más porvenir que el signado por el milenarismo enfermizo? ¿Cómo se llegó a despreciar una cultura viva para profesar el culto a la desgracia, la envidia, el odio y la muerte?</p>
<p><b>Unos cuantos datos bastarían para explicar las dimensiones del caos en el que se encuentran las sociedades árabes: enormes índices de analfabetismo, distancia abismal entre los más ricos —inmensamente ricos—<i> </i>y los más pobres —desesperadamente pobres<i>. </i>Superpoblación de las ciudades, migraciones internas y externas, dictaduras —laicas y teocráticas— y un sinfín de etcéteras.</b></p>
<p>También es cierto y en tal sentido se podría argumentar que estos procesos son comunes a gran parte de países que hasta la caída del régimen soviético eran conocidos como Tercer Mundo, que favoreció la pobreza y el retraso. Es más, no cabe duda que la pobreza y la desigualdad son mayores en las calles de Calcuta,<b> </b>pero la frustración y el infortunio en el mundo árabe no es sólo un obstáculo para el desarrollo ni un conflicto entre clases, ni siquiera es un problema de deficiencia educativa. La particularidad del infortunio árabe y su dificultad consiste en que lo perciben quienes están a salvo de él y no se trata sólo de una cuestión de cifras, sino más bien de percepciones y sentimientos.</p>
<p>Tal infortunio empieza por una sensación extendida y enraizada de que no hay futuro ante el mal incurable que corroe este mundo, por lo que se piensa que la única forma de salvación es la huida individual. No es preciso recurrir a analogías con un Occidente —frecuentemente visto como dominador en el mundo árabe— en el que, sin embargo, el habeas corpus y los derechos humanos han dado pie a una ciudadanía lo suficientemente abierta como para hacer fracasar tentativas recurrentes por controlarla. Tampoco es necesario profundizar en los resultados que arrojaría la comparación entre una cultura que no cesa de alumbrar revoluciones tecnológicas y un mundo que, en más de un aspecto, permanece en la era preindustrial, mientras se contenta con consumir los logros llegados de afuera.</p>
<p>La analogía con contendientes más modestos no sería menos turbadora. Solamente hay que mirar a Asia, donde el crecimiento económico ha multiplicado el número de tigres y dragones o a Latinoamérica, donde la transición democrática parece irreversible dado el marco de cierta confusión ideológica. <b>Estas regiones del planeta que hasta hace poco parecían compartir con los árabes la cruz del subdesarrollo y de la arbitrariedad política, lejos aún de alcanzar la paridad con el Occidente industrial y democrático, al menos gozan de compensaciones que dan motivos para no caer en la desesperanza</b>. En algunos casos se perciben avances democráticos contundentes; en otros, un crecimiento económico y tecnológico destacable que hasta provoca la envidia de Europa; en otros más, una capacidad de iniciativa en las relaciones internacionales; y en ocasiones incluso se aprecia todo a la vez. Mientras tanto, el mundo árabe padece una carencia cruel en todas estas esferas.</p>
<p>Es cierto que el inmenso sentimiento de impotencia del que nace parece alimentarse del duelo frustrado ante la grandeza pasada, acrecentado en la medida en que se la compara con un referente histórico que poco tiene que ver con el problema, pero que lo hace mucho más doloroso al mostrar que no siempre ha existido. Dicho de otro modo, <b>el infortunio y la dificultad de los árabes radica en la impotencia de ser después de haber sido</b>.</p>
<p>Sin embargo, desgraciadamente, ni siquiera eso es cierto. El duelo por la grandeza pasada, si bien fue determinante en la formulación del nacionalismo moderno y de los pseudoprocesos de liberación nacionales en el mundo árabe, ahora ha perdido sustento y se probó que su eficacia era y es nula en la era post primaveras árabes. Estas no han sido más que revueltas violentas capitalizadas por grupos radicalizados en lo religioso.</p>
<p>El efecto debilitador del infortunio árabe ha alcanzado un punto en el que se prescinde de la historia para abandonarse a una sensación de impotencia perenne que anula toda posibilidad de un nuevo despertar.</p>
<p>La sensación de impotencia se ha convertido, sin duda alguna, en el emblema de la gran frustración y la dificultad mayor para el mundo árabe actual. Impotencia para ser lo que uno cree que debería ser. Impotencia para afirmar su voluntad de ser, aunque sólo fuera como una posibilidad frente al otro que lo niega, lo desprecia y, ahora, de nuevo lo domina. Impotencia y frustración para amordazar el sentimiento de que uno no es más que una pieza insignificante sobre el tablero mundial, más aun cuando la partida se juega en su propio campo. Se trata, es cierto, de un sentimiento irreprimible desde que la guerra de Irak ha llevado la peor imagen posible: ejércitos árabes en una coalición occidental combatiendo contra otro ejército árabe. Por eso, luego de la primera guerra iraquí ya nada fue igual.</p>
<p>No obstante y pese a la “resistencia”, hay que decir también que el discurso árabe de la resistencia no ha logrado incorporar la noción de heroísmo cotidiano. Ello, más allá de la propaganda en la que se ha focalizado su propia dirigencia, tan terminante como taxativa, pero poco exitosa, en la cual la percepción de Palestina permanece determinada por lo categórico, más por parte de los árabes que de los propios palestinos. Y si bien los palestinos fueron responsables de su orientación exclusivamente guerrillera desde los años sesenta, han sido los medios árabes los que han impuesto la consigna “Intifada” a partir del levantamiento de 1987-1989, hasta el punto que los palestinos sean considerados un pueblo de revolucionarios profesionales cuya valentía consuela y, a modo de catarsis, tranquiliza la conciencia de quienes los observan de lejos y aplauden ante su televisor.</p>
<p>Se trate de palestinos o libaneses, la resistencia armada no hace más que poner de relieve un sentimiento de impotencia generalizada en la falta de un elemento de consenso que posibilite progreso real en materia de superación del conflicto.</p>
<p>La segunda intifada, de septiembre de 2000, lo confirma a diario. El movimiento fue tan fuerte que la sola idea de someterla a la sana crítica se considera de inmediato como una traición. Es más, la sacralización de la resistencia a partir de una extrapolación exagerada del ejemplo libanés impide cualquier debate sobre los medios empleados e incita a adoptar los más espectaculares, por muy contraproducentes que sean, tal es el caso de ataques y utilización de suicidas (<i>shahids</i>)<i>.</i></p>
<p>Al mismo tiempo, la islamización de la lucha palestina, a pesar de ciertos hechos que halagan el orgullo perdido en la opinión pública árabe, está lejos de disipar la impotencia y la imagen del fracaso y el infortunio. Por el contrario, las amalgamas entre Palestina, Siria e Irak, que no benefician a ninguna de las partes, sólo consiguen ahogar en un inmenso río de sangre la imagen que los árabes de Oriente Medio tienen de sí mismos, así como la que el mundo está adquiriendo de ellos.</p>
<p>Tal vez no haya fácilmente una receta que permita acabar con la era del infortunio, pero al menos nos permitiría reinterpretarla como un momento. Sin la reconquista de esta parte de esa historia, la relación del mundo árabe en el siglo XXI con la modernidad seguirá siendo, a la vista de los árabes, tergiversada y, a consideración del presente de sus pueblos, una entelequia que generará mayores dolores y frustraciones.</p>
<p>En otras palabras, aquellos que dan la bienvenida a la tercera intifada que está germinando por estos días y aplauden el levantamiento palestino solamente están viendo el árbol, pero no el bosque. Lo que están aplaudiendo es más infortunio, más destrucción, frustración y muerte.</p>
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		<title>El islam político está venciendo al islam tradicional</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Oct 2015 00:20:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>George Chaya</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Si bien la ausencia de democracia no es un mal inherente al mundo árabe, todos los países que lo integran la sufren por igual. La dictadura propiamente dicha —aunque limitada a dos o tres de ellos: Irak ayer, Siria hoy y Libia ayer y hoy— afecta al resto y reduce al mínimo el ámbito de las libertades, lo cual pone a las falsas democracias aún más en evidencia, en la medida en que la ciudadanía no ha adquirido en ninguna de ellas la inmunidad suficiente para impulsar una transformación democrática.</p>
<p>Sin embargo,<b> sería engañoso atribuir la crisis de la ciudadanía a una predisposición cultural</b> <b>cuando en realidad es un problema que afecta a la organización del Estado</b>.</p>
<p>El mundo árabe posee el dudoso honor de ser la única región del mundo donde el déficit democrático que padecen todos sus miembros se conjuga con la excusa de hegemonía extranjera —la mayoría de las veces indirecta, otras únicamente económica—, que, en los casos más extremos, como Siria e Irak, se asemeja a una nueva forma de colonialismo. Y si no, que lo digan Vladimir Putin y sus pilotos de la Fuerza Aérea rusa.<span id="more-576"></span></p>
<p>Los poderes establecidos no solo son incapaces de dar o devolver a sus Estados alguna posibilidad de iniciativa en las relaciones internacionales, sino que además prohíben a sus ciudadanos cualquier acción susceptible de cambiar los poderes —o al menos de inyectarles, por la vía de la participación popular, un vigor renovado, ni siquiera una inmunidad interna capaz de desactivar la amenaza exterior. Cuando se manifiesta tal amenaza, se llame Estados Unidos u otra, es el pretexto para mantener un estado de excepción permanente, que, librado de las leyes existentes, vacía de contenido la vida política y destierra sus instrumentos de regulación, empezando por los partidos y las asociaciones. Si le agregamos a esto la crisis de las ideologías, sólo queda entonces el recurso de la religión para canalizar la frustración y articular la demanda de cambio.</p>
<p>Por mucho que el islam militante parezca hoy dirigido contra Occidente, su consolidación se debe ante todo a una consecuencia de la parálisis interna de los Estados árabes. Dejemos de lado el caso saudí, donde el poder político y la institución religiosa no han cesado de confundirse desde la fundación del reino. En cualquier otro lugar el avance del islam político implica una reislamización de la sociedad, más como una respuesta a poderes que se consideran ineficaces, inocuos e incluso impíos que como reacción a la modernidad.</p>
<p>Probablemente habría que tener en cuenta el aporte de la revolución iraní, que acompañó el regreso a la religión con un discurso antiocciodental que no tardó en difundir el islam árabe a través de los chiítas del Líbano. Sin embargo, el islam político en su variante sunita ha permanecido insensible a esta tendencia, por lo menos hasta el final de la yihad afgana, que permitió a los antiguos muyahidines<i>, </i>con Bin Laden a la cabeza, elegir a un nuevo enemigo.</p>
<p>Mientras tanto, la reislamización de Argelia y Libia se ha orientado hacia la recuperación del espacio político nacional.</p>
<p><b>Pese a tratarse del resultado de un déficit democrático, el auge del islam político no puede ser una respuesta al callejón sin salida en que se encuentran los Estados musulmanes </b>y las sociedades árabes. Vale mencionar el ascenso y la caída de los Hermanos Musulmanes en Egipto, su ascenso al poder fue tan vertiginoso con la caída de Hosni Mubarak como lo fue su descenso un año después de que Mohamed Morsi ganara las elecciones y ejerciera un poder tan despótico y omnipotente como su antecesor para finalizar repudiado por el pueblo egipcio.</p>
<p>Además de ser una manifestación de la resistencia a la opresión, la salida al islam político es el fruto del fracaso de las dictaduras árabes de los últimos 50 años. En definitiva, el fraude de la salida del igualitarismo propugnado por las ideologías progresistas en este sentido se asemeja al auge de los fascismos en Europa. Esto es claramente visible en las sublevaciones árabes conceptualizadas como primaveras democráticas.</p>
<p>Lo cierto es que nunca hubo algo a lo que llamar o conceptualizar de esa manera. <b>Nunca han existido tales primaveras.</b> Aun así, el respaldo a la pretensión del islam político de representar una fuerza de cambio equivale a aceptar que el déficit democrático será perenne y que la cita con la modernidad, para los árabes, seguirá siendo un fracaso.</p>
<p>Salta a la vista cuán falsa es la ilusión de que el islam político ofrezca la posibilidad de salir del infortunio árabe y la frustración de sus pueblos, cuando lo real es que es uno de sus elementos constitutivos. No se puede olvidar que, más allá del yihadismo del Daesh o Estado Islámico, el papel cada vez más extendido del pensamiento religioso supone una regresión en el sentido estricto del término, es decir, con respecto a la historia árabe misma; una historia que el islamismo contemporáneo pretende anular, no sólo por lo que respecta a sus etapas más recientes, sino incluso a la época clásica para regresar al principio de islam puro.</p>
<p>Sólo volviendo a esa historia y contemplándola en toda su complejidad se podría concebir el final del infortunio y la dificultad de los pueblos árabes a manos del islam político<b>.</b></p>
<p>En lo relativo al islam clásico, la unanimidad es inmediata. Salvo algunos racistas, que se dicen árabes y adoran el imperialismo teocrático persa, que no han sabido digerir a Voltaire, ya nadie razonablemente cultivado cuestiona que el islam, su grandeza inicial —retomando la expresión de Maurice Lombard—, representó uno de los capítulos más fecundos de la historia de las civilizaciones. Tanto así como que el islam actual no quiere, no sabe o no puede librarse de lo que lo daña y lastima tan profundamente: el islam político<b>. </b>Si así no fuera, no se entiende el silencio del primero ante los hechos actuales y los crímenes que el segundo ejecuta en su nombre.</p>
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		<title>ISIS es el resultado de la negligencia occidental</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Sep 2014 10:39:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>George Chaya</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Al evaluar el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) se pone de manifiesto que, de todos los grupos armados en la región, es por mucho el más importante, el mejor financiado, armado y organizado. Posee más miembros que cualquier otra. Ningún otro grupo lleva a cabo tantos actos de violencia y terror, no sólo... <a href="http://opinion.infobae.com/george-chaya/2014/09/10/isis-es-el-resultado-de-la-negligencia-occidental/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Al evaluar el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) se pone de manifiesto que, de todos los grupos armados en la región, es por mucho el más importante, el mejor financiado, armado y organizado. Posee más miembros que cualquier otra. Ningún otro grupo lleva a cabo tantos actos de violencia y terror, no sólo contra el pueblo sirio e iraquí, sino también contra la región e incluso más allá. En resumen, <strong>el ISIS actualmente es el grupo terrorista más prominente y peligroso del mundo.</strong></p>
<p>Esta evaluación no deja de resultar deprimente, pero plantea una realidad que es absoluta ante la amenaza que significa. Sin embargo, merece una atención especial, no sólo por su importancia, sino también porque el ISIS es increíblemente letal como grupo armado. A la luz de este hecho, es que pueden observarse los muchos errores cometidos en el tratamiento del problema del ISIS en la crisis de Siria e Irak, y también sobre su avance en el Líbano, sin descartar sus intentos de infiltrar Jordania y su presencia naciente en Gaza.</p>
<p><strong>La información más importante que la comunidad internacional dispone respecto del ISIS, es que este grupo creció y desarrolló su presencia en Irak y a través de la expansión de sus acciones militares y políticas en Siria.</strong> Estos datos son más que fundados: fue sólo hace dos años, después de la escalada violenta del conflicto sirio y luego del inicio de la campaña represiva y brutal del régimen de Bachar Al-Assad contra su propio pueblo, que el grupo entró en el país y comenzó sus actividades criminales a gran escala.</p>
<p>Otro punto de reflexión es el papel desempeñado por el saliente primer ministro iraquí, Nuri Al-Maliki, que ayudó al grupo a poner un pie en Irak cuando en 2013, el ISIS llevo a cabo más de dos docenas de operaciones para liberar a cientos de ex yihadistas de Al-Qaeda de las prisiones iraquíes. Luego de lo cual, se le facilitó masivamente su paso a Siria durante julio y agosto de ese año junto con fondos, armas y municiones. Esta ayuda fortaleció al grupo y su presencia en la región. Hubo también una intensa actividad de inteligencia realizada por la seguridad iraquí y también por jugadores internacionales como Irán, Rusia y el propio Al-Qaeda, todo ello ayudó a miles de extremistas a operar en Siria y, junto a sus hermanos de Irak, les resultó en gran soporte para formar el núcleo duro del ISIS y su liderazgo.</p>
<p><strong>Un informe dado a conocer en junio pasado por agencias de seguridad de países árabes sugiere que no menos de 12.000 combatientes extranjeros de 81 países llegaron a Siria e Irak para unirse al conflicto desde 2011.</strong> La mayoría de ellos se unió al ISIS. Un gran número de estos combatientes son de países árabes e islámicos. Sin embargo, se informó que unos 4.000 son ciudadanos europeos y 500 estadounidenses.</p>
<p>Esta evidencia contradice las afirmaciones brindadas el último año por la comunidad internacional, a la vez que fortalece la idea de que la violencia sobre el terreno claramente es responsabilidad de la presencia del ISIS en Siria e Irak, y de su satélite en Líbano, Al-Nusra.</p>
<p>En realidad, el factor principal de esta crisis es de naturaleza política, y se fundió con los objetivos erróneos de una comunidad internacional que también apoyó a ISIS en la caída de Khadaffi en Libia, desde donde intensificó su violencia luego de asesinar al Coronel con apoyo de las fuerzas aéreas estadounidense, francesa y británica. Esto explica la facilidad con la que el liderazgo del grupo y sus miembros se extendieron de país en país y su capacidad para configurar rápidamente una organización fuerte sin ser atacados por fuerzas occidentales durante su expansión.</p>
<p>La comunidad internacional fue negligente: no solo erró en su política de favorecer el derrocamiento de los dictadores laicos en el mundo árabe sino que fortaleció y armó al ISIS sin entender que estaba amamantando al bebe de Rosemary. Y así, lo convirtió en el monstruo que es hoy.</p>
<p>Esto explica el apuro actual del presidente Obama y de su colega Cameron por lanzar ataques aéreos sobre bases y combatientes del ISIS. <strong>Pero sería bueno que ellos sepan que las guerras no se ganan desde el aire en el mundo árabe, y que hay que poner pie en tierra para ello. Habrá que ver hasta dónde Obama y Cameron entiendan esto si quieren ir por el ISIS.</strong></p>
<p>Un dato no menor es que el carácter extranjero del grupo no fue obstáculo en su ampliación territorial tanto en Siria como en Irak, infiltrándose en otros grupos islamistas armados como el Ahrar Al-Sham en zonas rurales pobres y descontentas entre Deir Ezzor, Alepo y hasta Raqqa, en Siria. El ISIS explotó la escasez de armamento y financiación que elementos del Ejército Libre de Siria estaban sufriendo y rompió estos grupos en una lucha de unos contra otros, al tiempo que creó una atmósfera de opresión y terror dondequiera que iba asesinando residentes y soldados con el fin de mantener todo bajo control. De esta manera, un nuevo y más sanguinario Al-Qaeda se creó en Siria e Irak.</p>
<p>Para concluir, podemos decir que el ISIS es claramente una organización &#8220;funcional&#8221;, no para llevar a cabo una agenda exterior compatible con la democracia en Siria e Irak. El papel del grupo en Siria es similar a Hezbollah en el Líbano o a las milicias armadas en Irak y sólo difieren en la naturaleza de sus lealtades y consignas. Occidente deberá comprender que esto significa que la lucha contra el ISIS corre paralelamente con la guerra contra Assad, contra Hezbollah y también contra las milicias radicales iraquíes. Es una guerra, una confrontación que en modo alguno puede ser dividida ni tomada como aislada o diferente. Es una guerra contra el terrorismo y el extremismo radical.</p>
<p>Si las políticas que pretende aplicar la comunidad internacional, la ONU y la OTAN no lo interpretan de tal forma, habrá malas noticias para lo que -todavía- conocemos como “mundo libre”.</p>
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