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	<title>Gabriela Cerruti &#187; sociedad</title>
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		<title>Verdadero o falso</title>
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		<pubDate>Fri, 23 May 2014 10:03:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriela Cerruti</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Una sociedad es nada más y nada menos que una trama construida sobre un pacto de confianza</strong>. Cuando ese cimiento básico estalla, la comunidad tiene que replantearse un nuevo acuerdo o corre el riesgo de atomizarse y perder su sentido de identidad.</p>
<p>El incidente alrededor de la carta del Papa, durante las pocas horas que duró ese vodevil, dejó en claro que nada está claro. <strong>Ninguna de las instituciones era más autorizada que la otra. Ninguna voz más creíble que la otra. Ni el gobierno, ni la iglesia y sus voceros, ni los medios</strong>. El contenido de la carta era nimio y protocolar, y los detalles burocráticos sobre la forma de mandarla o recibirla intrascendentes. Pero la sensación de que todo era “trucho” fue desconcertante.</p>
<p>Todo ese desconcierto se reprodujo y multiplicó instantáneamente en las redes sociales, contagiando todo el episodio de su vértigo, su afán por calificar contundentemente y esa enorme liviandad en forma de certeza absoluta que las caracteriza.</p>
<p><strong>Una carta inocente, que no dice nada, con un contenido inocuo e intrascendente ¿puede desatar un conflicto político, religioso, mediático, por su forma y por su verosimilitud?</strong></p>
<p>La pregunta que surge a partir del papel amarillento de esa carta, en esas líneas mal tipeadas pero reproducidas instantáneamente por los medios, y unos minutos después la desmentida, y un poco más tarde la confirmación de nuevo, es quién dice la verdad y quién miente. <strong>¿En quién podemos confiar?</strong></p>
<p>Hay algo de ese desconcierto en la angustia cotidiana, en la insatisfacción profunda que parece atravesar a toda la sociedad.</p>
<p>“Ese momento de la historia en que los dioses habían muerto y Jesucristo todavía no había nacido. El hombre estaba solo”, escribe Margarite Yourcenar para describir la incertidumbre que reinaba en tiempos de Adriano.</p>
<p>En el comunismo, el Estado era el dueño de todas las certezas. Y falló.</p>
<p>En el capitalismo, los políticos, las iglesias y los medios de comunicación concentraron el discurso legitimador del sistema, el que daba respuestas, el que marcaba rumbos, el que anunciaba los cambios. También fallaron. Y <strong>hoy vivimos la crisis tal vez terminal del capitalismo, de los medios de comunicación tal cual los conocimos, de las viejas formas de hacer política y hasta de las estructuras religiosas tal cual eran concebidas.</strong></p>
<p>No se puede creer en nadie. O ¿en quién creemos ahora?</p>
<p>En los tiempos de grandes transformaciones, las sociedades tienen que replantearse nuevamente sus pactos y sus propósitos. Es necesario un nuevo pacto de confianza, y para eso hay que recomponer la credibilidad entre los actores sociales, políticos, culturales, entre el Estado y la sociedad. Hay que legitimar las nuevas formas de comunicación y <strong>re aprender a dialogar a partir ahora de la multiplicidad de voces y la sobreabundancia de información en las redes.</strong></p>
<p>Pero también hay que encontrar <strong>un nuevo propósito colectivo</strong>: la humanidad ha avanzado mucho en muchos sentidos, pero muy poco en su búsqueda de la felicidad y el buen vivir.</p>
<p>Estamos hoy parados en el punto celeste del huracán. Podemos ver todo lo que vuela a nuestro alrededor, y elegir quedarnos quietos aquí, refugiados en nuestro pedacito de tranquilidad. O empezar a pensar <strong>en quién vamos a creer ahora para construir una comunidad donde valga la pena vivir.</strong></p>
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