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	<title>Gabriel Zanotti &#187; Ludwig von Mises</title>
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		<title>Kirchnerismo contra liberalismo</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Dec 2015 09:04:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Zanotti</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Kirchnerismo]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Se ha difundido mucho últimamente la idea de que el diálogo, la colaboración con el otro, el respeto al que piensa diferente es lo que tiene que marcar el tono de la política argentina. Y me parece excelente. Pero, sin embargo, a veces se dice como si el kirchnerismo hubiera hecho todo lo contrario desde la nada, como si hubiera nacido de un repollo político que ahora, por fin, nos lo hemos sacado de encima y volvemos a la normalidad.</p>
<p>Pero tengo otro diagnóstico.</p>
<p>A pesar de que seguiré recibiendo burlas de quienes dicen que veo marxistas en todos lados, lo que evidencio es al marxismo como fenómeno cultural global, como horizonte de precomprensión. Y no me refiero al marxismo leninismo. Me refiero a la plusvalía, a la idea de que la riqueza de unos es la causa de la pobreza de los otros, de que la escasez es sólo un resultado del capitalismo, de que hay un partido de los trabajadores y otro del capital, garrafales errores que Ludwig von Mises dedicó toda su vida a refutar.<span id="more-16"></span></p>
<p>En nuestro país, el peronismo histórico asume, como movimiento mussoliniano, esas ideas con toda perfección. Ahora los peronistas no kirchneristas parecen haberse actualizado. Es más, parece que el mismo kirchnerismo les sirvió para dejar, en el fondo, de ser peronistas, aunque sigan participando en su liturgia. Pero el peronismo que termina en el marxismo leninismo de los montoneros de los setenta es coherente: el conflicto entre los trabajadores y el capital no se puede solucionar de manera pacífica luego de que los intereses del capital realizan la revolución libertadora. Incluso ya el primer peronismo, combatiendo al capital necesitaba de la violencia de una dictadura del proletariado a lo criollo, ese Juan Perón que se perpetúa en el poder con las formas fascistas más ortodoxas, que despotrica contra la democracia “burguesa”, de todo lo cual el kirchnerismo, La Cámpora, Carta Abierta, Hebe de Bonafini, etcétera no han sido más que coherentes expositores y seguidores históricos.</p>
<p><b>Por eso no tiene que sorprender que el discurso kirchnerista sea violento. Hay contenidos filosóficos, doctrinarios, ideológicos, que en sí mismos predican la violencia y, por ende, en ellos el medio violento es el mensaje violento</b>. La incoherencia sería Mahatma Gandhi hablando como Cristina Kirchner o Cristina hablando como Gandhi. Hay contenidos e ideas que pueden tener un mal día; puedo ponerme nervioso y proclamar violentamente la no violencia, pero es una obvia incoherencia. El discurso kirchnerista, en cambio, manifestaba la esencia misma de sus ideas. El modo de expresarse de Cristina y de sus más coherentes soldados (Luis D’Elía, Hebe de Bonafini, Guillermo Moreno, etcétera) era la más lógica expresión de sus ideas. O sea, que el peronismo es la nación, que el peronismo es el partido de los trabajadores contra el capital, que el peronismo es el bueno que va a repartir contra los malos que van a explotar, que el peronismo es la inclusión contra la perversidad de la exclusión.</p>
<p><b>Es obvio que desde esa mirada el otro es el enemigo, el que se opone a la revolución, el que se opone a los intereses de “la nación y del pueblo”. Por ende, es muy malo o está muy confundido, pero en ambos casos no puede ser integrado como parte del juego democrático</b>. Es más, no hay democracia sino aquella que le permite llegar al poder y quedarse. Si ello se acaba, son golpes: mediáticos, de mercado, etcétera. Todo coherente. Por eso, el kichnerismo, además, destruye familias y amistades, porque enseña a mirar al otro como enemigo o como confundido, muy difícilmente tolerable.</p>
<p>Que haya una sola república y diversas ideas para administrar la cosa pública, que haya una sola <i>Constitución</i> que protege los derechos individuales de todos los ciudadanos, que, por ende, veamos en el debate y en la alternancia en el poder algo normal de una misma república, son ideas liberales clásicas totalmente incompatibles con el marxismo cultural que hoy forma parte, sin embargo, del horizonte cultural mundial, pero sobre todo latinoamericano y sobre todo argentino.</p>
<p>En ese sentido, si el kirchnerismo ha tenido algo bueno, es que en su total caricatura de sí mismo (que creo que es lo único que nos salvó) ha convertido a todos los antikirchneristas en liberales que, por ende, adquieren un discurso liberal, esto es, republicano, incluidos los peronistas no kirchneristas. Pero en una Argentina donde la palabra “liberal” es pecado mortal, no intentemos convencer de ello a nadie. Dejemos que todos se llamen republicanos. <b>Claro que hay peronistas que son republicanos: han dejado, por ende, de ser peronistas, pero no se dan cuenta</b>. Que sigan —y lo digo en serio— con su liturgia y sus símbolos, lo importante es su honestidad y su comportamiento.</p>
<p>Y todos los demás también se han vuelto liberales. Apenas se dialoga, se comprende, se respeta, se convive, hay liberalismo. Pero dejemos que esta Argentina enloquecida, que Dios sabrá si alguna vez hará su doloroso aprendizaje de república, no llame a eso liberalismo. <i>Too much</i>. Que se hable de república ya es un milagro. Daniel Scioli y María Eugenia Vidal hablando civilizadamente sobre la transición: eso es república. Cristina sudando, espirando y excretando odio y resentimiento: eso es… Y no crean que ha terminado. Ahí estará por tiempo indefinido, esperando para dar el manotazo para volver. No hablo de ella, hablo de eso. Hay niños que ya han sido formados en eso y su diferencia con los terroristas islámicos es sólo de grado. La tarea es vacunar contra eso. El diálogo no es sólo una manera de hablar. El diálogo es ya una concepción del mundo, una vacuna contra el totalitarismo, el autoritarismo y la alienación. El diálogo es la esperanza de la Argentina y el mundo.</p>
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		<title>La terminal, la sencillez de la vida y el estado</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Aug 2013 11:36:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Zanotti</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Canadá]]></category>
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		<description><![CDATA[La Terminal es una conmovedora película, cuya historia imaginaria (pero simbólica) es la de Viktor Navorski, un ciudadano de un ficticio país de la Europa del Este, que simplemente quiere regalar a su padre algo firmado por un famoso músico de jazz de New York, para lo cual sencillamente intenta ir a esa ciudad, obtener... <a href="http://opinion.infobae.com/gabriel-zanotti/2013/08/10/la-terminal-la-sencillez-de-la-vida-y-el-estado/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>La Terminal</em></strong> es una conmovedora película, cuya historia imaginaria (pero simbólica) es la de <strong>Viktor Navorski</strong>, un ciudadano de un ficticio país de la<strong> Europa del Este</strong>, que simplemente quiere regalar a su padre algo firmado por un famoso músico de<strong> jazz de New York</strong>, para lo cual sencillamente intenta ir a esa ciudad, obtener la preciada firma y volver. Pero Víctor se encuentra con que su visa ha sido cancelada por un golpe de estado en su país y que por ende no puede ni entrar a los EEUU ni tampoco está ahora claro de qué país es ciudadano.</p>
<p>Víctor se encuentra así con lo que todos nos encontramos habitualmente: los gobiernos y sus regulaciones, creadas por personas que creen que son necesarias y con ellas controlan las vidas de los demás. El encargado de hacer cumplir esas reglamentaciones, esa pobre existencia in-auténtica que se toma en serio su papel de carcelero, es <strong>Frank Dixon</strong>, jefe del aeropuerto. Se toma muy en serio lo suyo y no sabe qué hacer con un Víctor que, al igual que un Sócrates moderno, va a beber la cicuta del estado nación moderno sin desobedecerlo.</p>
<p><span id="more-10"></span>Víctor traba amistad con gente sencilla que trabaja en ese aeropuerto, cumpliendo diversos roles dentro de esa maraña de reglamentos, pero cuya vida pasa por otro lado. Enrique trabaja en aduanas pero su vida pasa por su amor por la agente Torres, que es la que pone los sellos de visado. Es muy amigo de Joe, un afroamericano que trabaja con él, y de Gupta, un hindú cuya vida ha sido difícil, no molesta a nadie y vive de la tolerancia que &#8220;el régimen&#8221; tiene para con él, porque podría deportarlo.</p>
<p>Todos ellos viven sus vidas, que no pasan por los reglamentos estatales. Pasan por la amistad, el amor, el trabajo. En el fondo no creen en absoluto en las reglas que Frank cree absolutas, pero no lo saben. No hacen teoría contra ellas, como yo, sino que viven sus vidas &#8220;a pesar&#8221; de ellas.</p>
<p>El caso más conmovedor es el de Cliff, otro habitante de un país imaginario que pretende pasar por Nueva York en un vuelo en tránsito hacia <strong>Canadá</strong> para ayudar a su padre, que está enfermo, llevándole remedios. Qué pretensión. Qué insulto a la racionalidad instrumental y al gran rey estado-nación. Cliff no sabe que para llevar remedios hasta Canadá hay que completar una serie de papeles que él, obviamente, no tiene. Pero Cliff, el supuestamente ignorante ante el sabio Estado, insiste, porque pretende -qué horror- ayudar a su padre. <strong>Cliff representa a la verdadera víctima contemporánea, el verdadero explotado que Marx no vio</strong>. <strong>Al ser humano honesto y sencillo, pisoteado por las pretensiones de otros seres humanos que se arrogan el derecho de decirle qué hacer con su vida, con sus viajes, con su dinero, con sus remedios, con su ir, venir, pasear y trabajar</strong>. Cliff se arrodilla, implora, ruega y llora ante Frank y ante la vista de todos, que esperan ver lo que ahora el nuevo déspota hará con su dedo, si hacia arriba o hacia abajo, cual romano emperador del nuevo circo racional del iluminismo.</p>
<p>El dedo se inclina para abajo pero allí Víctor interviene: hace decir a Cliff que en realidad esas drogas no eran para su padre, sino para vacas, en cuya caso pueden pasar. El emperador Frank deja a Cliff con sus ahora drogas para vacas, pero repentinamente toda su furia se dirige hacia Víctor, al cual grita y empuja ante una fotocopiadora sacando copias de su mano pecadora contra el estado. Pero -oh casualidad- delante de un supervisor, un superior de la burocracia estatal que ha venido a ver la eficiencia del aeropuerto. El supervisor reta a Frank, diciéndole que a las reglas hay que agregar la compasión. Pero, en realidad, Frank es coherente, el supervisor es un bondadoso incoherente. <strong>Esas reglas no tienen compasión. La compasión es abolirlas.</strong></p>
<p><strong>Víctor se convirtió en un héroe por ello, y todos los empleados del aeropuerto, desde el personal de limpieza hasta gente que trabajaba en los negocios de comidas, pusieron la mano fotocopiada por el implacable Frank en todos lados, como un símbolo de libertad</strong>. Gente sencilla, que no sólo no había leído a <strong>Hayek</strong>, sino que tampoco lo entenderían. Pero intuyeron algo: que Cliff había podido salvar a su padre gracias a Víctor. Claro, seguramente Víctor quedó muy antipático para las empresas farmacéuticas norteamericanas que lograron esa reglamentación por parte del nuevo Al Capone, esto es, el gobierno. Esas empresas sí que no habían leído a Hayek.</p>
<p>Mientras tanto la vida sigue. Enrique se casa con Torres, Gupta y Joe ayudan a Víctor para que conquiste el corazón de Amalia, una bella azafata. Eso no sale pero el que sale, finalmente, es Víctor, que por la ayuda de los mismos policías -protagonistas sin saberlo del derecho a la resistencia a la opresión- logra entrar a la ciudad de Nueva York, obtener su firma y volver. Algo simple y bello, un amor hacia su padre, como la sencillez de los primeros cristianos que sólo pedían honrar a Dios. Pero los gobiernos no entienden esas cosas. Ellos están para controlar, porque lo contrario sería el des-control. No, es al revés, son esos millones de Franks los que están sueltos, des-ordenando el orden humilde y sencillo de las vidas de los demás.</p>
<p><strong><em>La Terminal</em>, sin que se haya advertido mucho, desnuda la ridiculez de las legislaciones gubernamentales a las cuales nos vemos sometidos a diario.</strong> Denuncia su ridiculez, su crueldad, sus nuevas y más refinadas formas de <strong>Gestapo</strong> y de <strong>SS</strong>.<br />
La próxima vez que pase por un aeropuerto voy a llevar un libro de <strong>Ludwig von Mises</strong> conmigo. Ningún aparatito va a sonar, ninguna lucecita se va a prender, no se acercarán policías, perros, ni la <strong>CIA</strong> ni el <strong>FBI</strong>, ni tampoco <strong>Guillermo Moreno</strong> ni la guardia pretoriana de <strong>Cristina Kirchner</strong>. Qué bien. Hasta ahora, hasta ahora&#8230; No se han dado cuenta.</p>
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