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	<title>Gabriel Zanotti &#187; Kirchnerismo</title>
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		<title>Dos países que podrían ser uno</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Feb 2016 10:39:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Zanotti</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Estatismo]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Si miramos con atención una foto del equipo de kirchneristas que rodeó a Cristina Kirchner, por un lado, y una foto de mi padre, por el otro, podríamos preguntarnos cómo es posible que integraran el mismo país. Sus valores más profundos, sus horizontes intelectuales e ideológicos, su conducta personal, son tan abismalmente diferentes que diríamos, tal vez con un poco de desaliento, que son dos países, dos maneras irreconciliables de entender el mundo. Como una unidad no tiene futuro. Los anarcocapitalistas dirían: “Mejor”, pero yo les diré, como siempre: “La secesión es dura y violenta. No es como ustedes la imaginan”.</p>
<p>Pero la cuestión viene de mucho antes. Dos tendencias integraron siempre las llamadas Provincias Unidas del Río de la Plata. Una, monárquica española y otra, iluminista afrancesada. Ninguna de las dos era el ogro que una dice de la otra y ninguna de las dos era el liberalismo clásico anglosajón que tanto defendemos y promovemos. Pero eran dos países. Finalmente, el único liberal clásico de aquellos tiempos, Juan Bautista Alberdi, inspiró una Constitución, tal vez liberal clásica, que intentó ser un magro empate ante los dos países. Fray Mamerto Esquiú oró para que los monárquicos católicos la aceptaran. Allí comenzó la Argentina, ese siempre fallido intento de nación.<span id="more-24"></span></p>
<p>Pero, claro, no podía durar. Sí, sólo ese tímido ordenamiento institucional produjo la Suiza de América Latina, pero había problemas en el paraíso. El golpe de 1930 los pasó de la potencia —que, recuerden, no es una mera nada— al acto. Los halcones eran sencillamente nazis y los moderados, franquistas. Tal vez la Corte hizo bien en ratificarlos a los seis meses porque si no, creo, la tomaban por asalto y la convertían en un museo.</p>
<p>Así estuvimos hasta que un perfecto antiliberal y gran manipulador de masas siguió todos los manuales mussolinianos y, mientras Europa se encarrilaba por primera vez al liberalismo, habiendo aprendido el fracaso de las experiencias fascistas, ese supuesto país llamado Argentina comenzó su largo camino de fascismo marxista, que no es una contradicción. Era uno de los dos países. Muchos le dieron apoyo intelectual, viendo en él la encarnación de la crítica a las democracias burguesas. Podría haber durado tanto o más que Francisco Franco, de no haber sido por su única reprobación de Maquiavelo 101: enfrentarse con la Iglesia Católica en los 1954-1955, iglesia que, en términos humanos, le había dado su apoyo, pero, claro, hasta los límites que él mismo traspasó.</p>
<p>Los sesenta y los setenta, claro, fueron distintos. El marxismo no fascista, sino sencillamente estalinista, avanzó intelectualmente como reguero de pólvora y produjo una perplejidad entre los nacionalistas peronistas. Unos se moderaron y se hicieron —tal vez como mal menor— casi conservadores que preferían la Constitución del 1953 a la unión con Cuba. <strong>Otros, los tal vez más coherentes, se hicieron castristas y comenzaron el proyecto de revolución armada que concluye en montoneros, más los comunistas no peronistas, el Ejército Revolucionario del Pueblo. El otro país. El país que quiso, por la fuerza, ser Cuba.</strong></p>
<p>El otro país, que había vuelto a la Constitución de 1853 por mano de la Revolución Libertadora, no entiende bien lo que pasa, no sabe cómo reaccionar. Los militares de las tres fuerzas aparecen como los no Cuba y dan golpe tras golpe, sin liderazgo ni visión suficiente como para integrarse a esa Constitución que pisotean cada dos por tres, dando casi razón a una dialéctica hegeliana de la historia. Pero esas dos fuerzas en pugna tienen un enfrentamiento militar final y dramático: la guerrilla marxista montonera de los años setenta en adelante contra los militares de 1976. Ya sabemos cómo terminó todo.</p>
<p>La Argentina que queda, ese maltrecho proyecto de nación, resurge en 1983 con una sola característica distintiva, que señalé una vez en el Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina (CEMA), en una conferencia, ante reacciones escépticas:<b> no cuenta ya con el factor militar y, por ende, tendrá que aprender, o no, el camino de la república</b>.</p>
<p>Pero, claro, el estatismo era incompatible con ello. <b>Estatismo económico y político, porque Raúl Alfonsín, Carlos Menem —excepto Fernando de la Rúa— violaron las instituciones republicanas cada vez que lo necesitaron y el estatismo de los tres fue sencillamente delirante.</b> En todo este período, sin embargo, cabe destacar que los peronistas, al menos de palabra, querían vivir en la Constitución republicana y no reivindicaban Cuba como modelo.</p>
<p>Pero no. Los peronistas castristas, estalinistas, allí quedaron. Definitivamente, el otro país. Tenían a Cuba para irse a vivir, pero no, querían Cuba con tango y Callao y Santa Fe. Pero esta vez fueron más inteligentes. Aplicaron la doctrina Hitler: al poder por la democracia y luego la pateamos. Los Kirchner y los que inmediatamente los rodearon no fueron sólo un fenómeno de corrupción, como creen algunos. Fue un fuerte proyecto ideológico pro Cuba, pro Venezuela, que un 54% de los argentinos apoya, de los cuales un 35% tal vez lo hizo por indolencia, ignorancia, idolatría del Estado, o lo que fuere, ya no importa. El asunto es que no terminamos siendo un Estado satélite de Venezuela, con el ejército venezolano en la Casa Rosada, no sé aún por qué milagro difícil de explicar.</p>
<p>Mauricio Macri no es Ludwig von Mises ni Friedrich Hayek, obviamente. Pero es alguien que, nada más, ni nada menos, logró formar un partido que les ganó a los castristas, con la ayuda de Elisa Carrió. Nos salvamos además de un fraude que ya estaba a punto de ser ejecutado. En fin, creo que durante mucho tiempo gran parte de los argentinos no tendrán conciencia de la que se salvaron. Por supuesto, hay muchos que están muy tristes, la verdad no sé por qué, se puede emigrar perfectamente a Cuba y Venezuela, pero, cuidado, dentro de veinte años dependerán tal vez de Vladimir Putin, Donald Trump y los chinos.</p>
<p>Lo que ahora sucede es que, <b>tal vez por primera vez en nuestra historia, tenemos la posibilidad de ser un único país, identificado sencillamente con una sola cosa: la república</b>. O sea el liberalismo político, pero, shhh, no lo digamos, a ver si por esa mala palabra todo se arruina. ¿Y el peronismo? Pues bien, allí está la clave: el peronismo no kirchnerista es la clave, como ya dije, en el proyecto de una Argentina que logre alguna vez ser un único país. En su capacidad de ejercer una oposición republicana, y no la resistencia pro Venezuela, radica la esperanza de nación (como si yo fuera un defensor de la idea de nación, pero estoy escribiendo en la cancha de juego que me toca jugar).</p>
<p>En la curva gaussiana de la política, siempre quedarán, en sus extremos, como antisistema, todos los que odiarán <i>for ever</i> (lo digan o no) a la Constitución del 1853, barra 1994 y etcétera. Pero en el medio, tenemos una nación. Los kirchneristas han quedado definitivamente afuera, pero, cuidado, pueden volver y la Argentina como proyecto de país se hundirá definitivamente en el agujero negro de la historia.</p>
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		<title>Kirchnerismo contra liberalismo</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Dec 2015 09:04:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Zanotti</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Kirchnerismo]]></category>
		<category><![CDATA[Liberalismo]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Se ha difundido mucho últimamente la idea de que el diálogo, la colaboración con el otro, el respeto al que piensa diferente es lo que tiene que marcar el tono de la política argentina. Y me parece excelente. Pero, sin embargo, a veces se dice como si el kirchnerismo hubiera hecho todo lo contrario desde la nada, como si hubiera nacido de un repollo político que ahora, por fin, nos lo hemos sacado de encima y volvemos a la normalidad.</p>
<p>Pero tengo otro diagnóstico.</p>
<p>A pesar de que seguiré recibiendo burlas de quienes dicen que veo marxistas en todos lados, lo que evidencio es al marxismo como fenómeno cultural global, como horizonte de precomprensión. Y no me refiero al marxismo leninismo. Me refiero a la plusvalía, a la idea de que la riqueza de unos es la causa de la pobreza de los otros, de que la escasez es sólo un resultado del capitalismo, de que hay un partido de los trabajadores y otro del capital, garrafales errores que Ludwig von Mises dedicó toda su vida a refutar.<span id="more-16"></span></p>
<p>En nuestro país, el peronismo histórico asume, como movimiento mussoliniano, esas ideas con toda perfección. Ahora los peronistas no kirchneristas parecen haberse actualizado. Es más, parece que el mismo kirchnerismo les sirvió para dejar, en el fondo, de ser peronistas, aunque sigan participando en su liturgia. Pero el peronismo que termina en el marxismo leninismo de los montoneros de los setenta es coherente: el conflicto entre los trabajadores y el capital no se puede solucionar de manera pacífica luego de que los intereses del capital realizan la revolución libertadora. Incluso ya el primer peronismo, combatiendo al capital necesitaba de la violencia de una dictadura del proletariado a lo criollo, ese Juan Perón que se perpetúa en el poder con las formas fascistas más ortodoxas, que despotrica contra la democracia “burguesa”, de todo lo cual el kirchnerismo, La Cámpora, Carta Abierta, Hebe de Bonafini, etcétera no han sido más que coherentes expositores y seguidores históricos.</p>
<p><b>Por eso no tiene que sorprender que el discurso kirchnerista sea violento. Hay contenidos filosóficos, doctrinarios, ideológicos, que en sí mismos predican la violencia y, por ende, en ellos el medio violento es el mensaje violento</b>. La incoherencia sería Mahatma Gandhi hablando como Cristina Kirchner o Cristina hablando como Gandhi. Hay contenidos e ideas que pueden tener un mal día; puedo ponerme nervioso y proclamar violentamente la no violencia, pero es una obvia incoherencia. El discurso kirchnerista, en cambio, manifestaba la esencia misma de sus ideas. El modo de expresarse de Cristina y de sus más coherentes soldados (Luis D’Elía, Hebe de Bonafini, Guillermo Moreno, etcétera) era la más lógica expresión de sus ideas. O sea, que el peronismo es la nación, que el peronismo es el partido de los trabajadores contra el capital, que el peronismo es el bueno que va a repartir contra los malos que van a explotar, que el peronismo es la inclusión contra la perversidad de la exclusión.</p>
<p><b>Es obvio que desde esa mirada el otro es el enemigo, el que se opone a la revolución, el que se opone a los intereses de “la nación y del pueblo”. Por ende, es muy malo o está muy confundido, pero en ambos casos no puede ser integrado como parte del juego democrático</b>. Es más, no hay democracia sino aquella que le permite llegar al poder y quedarse. Si ello se acaba, son golpes: mediáticos, de mercado, etcétera. Todo coherente. Por eso, el kichnerismo, además, destruye familias y amistades, porque enseña a mirar al otro como enemigo o como confundido, muy difícilmente tolerable.</p>
<p>Que haya una sola república y diversas ideas para administrar la cosa pública, que haya una sola <i>Constitución</i> que protege los derechos individuales de todos los ciudadanos, que, por ende, veamos en el debate y en la alternancia en el poder algo normal de una misma república, son ideas liberales clásicas totalmente incompatibles con el marxismo cultural que hoy forma parte, sin embargo, del horizonte cultural mundial, pero sobre todo latinoamericano y sobre todo argentino.</p>
<p>En ese sentido, si el kirchnerismo ha tenido algo bueno, es que en su total caricatura de sí mismo (que creo que es lo único que nos salvó) ha convertido a todos los antikirchneristas en liberales que, por ende, adquieren un discurso liberal, esto es, republicano, incluidos los peronistas no kirchneristas. Pero en una Argentina donde la palabra “liberal” es pecado mortal, no intentemos convencer de ello a nadie. Dejemos que todos se llamen republicanos. <b>Claro que hay peronistas que son republicanos: han dejado, por ende, de ser peronistas, pero no se dan cuenta</b>. Que sigan —y lo digo en serio— con su liturgia y sus símbolos, lo importante es su honestidad y su comportamiento.</p>
<p>Y todos los demás también se han vuelto liberales. Apenas se dialoga, se comprende, se respeta, se convive, hay liberalismo. Pero dejemos que esta Argentina enloquecida, que Dios sabrá si alguna vez hará su doloroso aprendizaje de república, no llame a eso liberalismo. <i>Too much</i>. Que se hable de república ya es un milagro. Daniel Scioli y María Eugenia Vidal hablando civilizadamente sobre la transición: eso es república. Cristina sudando, espirando y excretando odio y resentimiento: eso es… Y no crean que ha terminado. Ahí estará por tiempo indefinido, esperando para dar el manotazo para volver. No hablo de ella, hablo de eso. Hay niños que ya han sido formados en eso y su diferencia con los terroristas islámicos es sólo de grado. La tarea es vacunar contra eso. El diálogo no es sólo una manera de hablar. El diálogo es ya una concepción del mundo, una vacuna contra el totalitarismo, el autoritarismo y la alienación. El diálogo es la esperanza de la Argentina y el mundo.</p>
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