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	<title>Gabriel Zanotti</title>
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		<title>Dos países que podrían ser uno</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Feb 2016 10:39:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Zanotti</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Si miramos con atención una foto del equipo de kirchneristas que rodeó a Cristina Kirchner, por un lado, y una foto de mi padre, por el otro, podríamos preguntarnos cómo es posible que integraran el mismo país. Sus valores más profundos, sus horizontes intelectuales e ideológicos, su conducta personal, son tan abismalmente diferentes que diríamos,... <a href="http://opinion.infobae.com/gabriel-zanotti/2016/02/13/dos-paises-podrian-ser-uno/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Si miramos con atención una foto del equipo de kirchneristas que rodeó a Cristina Kirchner, por un lado, y una foto de mi padre, por el otro, podríamos preguntarnos cómo es posible que integraran el mismo país. Sus valores más profundos, sus horizontes intelectuales e ideológicos, su conducta personal, son tan abismalmente diferentes que diríamos, tal vez con un poco de desaliento, que son dos países, dos maneras irreconciliables de entender el mundo. Como una unidad no tiene futuro. Los anarcocapitalistas dirían: “Mejor”, pero yo les diré, como siempre: “La secesión es dura y violenta. No es como ustedes la imaginan”.</p>
<p>Pero la cuestión viene de mucho antes. Dos tendencias integraron siempre las llamadas Provincias Unidas del Río de la Plata. Una, monárquica española y otra, iluminista afrancesada. Ninguna de las dos era el ogro que una dice de la otra y ninguna de las dos era el liberalismo clásico anglosajón que tanto defendemos y promovemos. Pero eran dos países. Finalmente, el único liberal clásico de aquellos tiempos, Juan Bautista Alberdi, inspiró una Constitución, tal vez liberal clásica, que intentó ser un magro empate ante los dos países. Fray Mamerto Esquiú oró para que los monárquicos católicos la aceptaran. Allí comenzó la Argentina, ese siempre fallido intento de nación.<span id="more-24"></span></p>
<p>Pero, claro, no podía durar. Sí, sólo ese tímido ordenamiento institucional produjo la Suiza de América Latina, pero había problemas en el paraíso. El golpe de 1930 los pasó de la potencia —que, recuerden, no es una mera nada— al acto. Los halcones eran sencillamente nazis y los moderados, franquistas. Tal vez la Corte hizo bien en ratificarlos a los seis meses porque si no, creo, la tomaban por asalto y la convertían en un museo.</p>
<p>Así estuvimos hasta que un perfecto antiliberal y gran manipulador de masas siguió todos los manuales mussolinianos y, mientras Europa se encarrilaba por primera vez al liberalismo, habiendo aprendido el fracaso de las experiencias fascistas, ese supuesto país llamado Argentina comenzó su largo camino de fascismo marxista, que no es una contradicción. Era uno de los dos países. Muchos le dieron apoyo intelectual, viendo en él la encarnación de la crítica a las democracias burguesas. Podría haber durado tanto o más que Francisco Franco, de no haber sido por su única reprobación de Maquiavelo 101: enfrentarse con la Iglesia Católica en los 1954-1955, iglesia que, en términos humanos, le había dado su apoyo, pero, claro, hasta los límites que él mismo traspasó.</p>
<p>Los sesenta y los setenta, claro, fueron distintos. El marxismo no fascista, sino sencillamente estalinista, avanzó intelectualmente como reguero de pólvora y produjo una perplejidad entre los nacionalistas peronistas. Unos se moderaron y se hicieron —tal vez como mal menor— casi conservadores que preferían la Constitución del 1953 a la unión con Cuba. <strong>Otros, los tal vez más coherentes, se hicieron castristas y comenzaron el proyecto de revolución armada que concluye en montoneros, más los comunistas no peronistas, el Ejército Revolucionario del Pueblo. El otro país. El país que quiso, por la fuerza, ser Cuba.</strong></p>
<p>El otro país, que había vuelto a la Constitución de 1853 por mano de la Revolución Libertadora, no entiende bien lo que pasa, no sabe cómo reaccionar. Los militares de las tres fuerzas aparecen como los no Cuba y dan golpe tras golpe, sin liderazgo ni visión suficiente como para integrarse a esa Constitución que pisotean cada dos por tres, dando casi razón a una dialéctica hegeliana de la historia. Pero esas dos fuerzas en pugna tienen un enfrentamiento militar final y dramático: la guerrilla marxista montonera de los años setenta en adelante contra los militares de 1976. Ya sabemos cómo terminó todo.</p>
<p>La Argentina que queda, ese maltrecho proyecto de nación, resurge en 1983 con una sola característica distintiva, que señalé una vez en el Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina (CEMA), en una conferencia, ante reacciones escépticas:<b> no cuenta ya con el factor militar y, por ende, tendrá que aprender, o no, el camino de la república</b>.</p>
<p>Pero, claro, el estatismo era incompatible con ello. <b>Estatismo económico y político, porque Raúl Alfonsín, Carlos Menem —excepto Fernando de la Rúa— violaron las instituciones republicanas cada vez que lo necesitaron y el estatismo de los tres fue sencillamente delirante.</b> En todo este período, sin embargo, cabe destacar que los peronistas, al menos de palabra, querían vivir en la Constitución republicana y no reivindicaban Cuba como modelo.</p>
<p>Pero no. Los peronistas castristas, estalinistas, allí quedaron. Definitivamente, el otro país. Tenían a Cuba para irse a vivir, pero no, querían Cuba con tango y Callao y Santa Fe. Pero esta vez fueron más inteligentes. Aplicaron la doctrina Hitler: al poder por la democracia y luego la pateamos. Los Kirchner y los que inmediatamente los rodearon no fueron sólo un fenómeno de corrupción, como creen algunos. Fue un fuerte proyecto ideológico pro Cuba, pro Venezuela, que un 54% de los argentinos apoya, de los cuales un 35% tal vez lo hizo por indolencia, ignorancia, idolatría del Estado, o lo que fuere, ya no importa. El asunto es que no terminamos siendo un Estado satélite de Venezuela, con el ejército venezolano en la Casa Rosada, no sé aún por qué milagro difícil de explicar.</p>
<p>Mauricio Macri no es Ludwig von Mises ni Friedrich Hayek, obviamente. Pero es alguien que, nada más, ni nada menos, logró formar un partido que les ganó a los castristas, con la ayuda de Elisa Carrió. Nos salvamos además de un fraude que ya estaba a punto de ser ejecutado. En fin, creo que durante mucho tiempo gran parte de los argentinos no tendrán conciencia de la que se salvaron. Por supuesto, hay muchos que están muy tristes, la verdad no sé por qué, se puede emigrar perfectamente a Cuba y Venezuela, pero, cuidado, dentro de veinte años dependerán tal vez de Vladimir Putin, Donald Trump y los chinos.</p>
<p>Lo que ahora sucede es que, <b>tal vez por primera vez en nuestra historia, tenemos la posibilidad de ser un único país, identificado sencillamente con una sola cosa: la república</b>. O sea el liberalismo político, pero, shhh, no lo digamos, a ver si por esa mala palabra todo se arruina. ¿Y el peronismo? Pues bien, allí está la clave: el peronismo no kirchnerista es la clave, como ya dije, en el proyecto de una Argentina que logre alguna vez ser un único país. En su capacidad de ejercer una oposición republicana, y no la resistencia pro Venezuela, radica la esperanza de nación (como si yo fuera un defensor de la idea de nación, pero estoy escribiendo en la cancha de juego que me toca jugar).</p>
<p>En la curva gaussiana de la política, siempre quedarán, en sus extremos, como antisistema, todos los que odiarán <i>for ever</i> (lo digan o no) a la Constitución del 1853, barra 1994 y etcétera. Pero en el medio, tenemos una nación. Los kirchneristas han quedado definitivamente afuera, pero, cuidado, pueden volver y la Argentina como proyecto de país se hundirá definitivamente en el agujero negro de la historia.</p>
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		<title>Kirchnerismo contra liberalismo</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Dec 2015 09:04:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Zanotti</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Kirchnerismo]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Se ha difundido mucho últimamente la idea de que el diálogo, la colaboración con el otro, el respeto al que piensa diferente es lo que tiene que marcar el tono de la política argentina. Y me parece excelente. Pero, sin embargo, a veces se dice como si el kirchnerismo hubiera hecho todo lo contrario desde la nada, como si hubiera nacido de un repollo político que ahora, por fin, nos lo hemos sacado de encima y volvemos a la normalidad.</p>
<p>Pero tengo otro diagnóstico.</p>
<p>A pesar de que seguiré recibiendo burlas de quienes dicen que veo marxistas en todos lados, lo que evidencio es al marxismo como fenómeno cultural global, como horizonte de precomprensión. Y no me refiero al marxismo leninismo. Me refiero a la plusvalía, a la idea de que la riqueza de unos es la causa de la pobreza de los otros, de que la escasez es sólo un resultado del capitalismo, de que hay un partido de los trabajadores y otro del capital, garrafales errores que Ludwig von Mises dedicó toda su vida a refutar.<span id="more-16"></span></p>
<p>En nuestro país, el peronismo histórico asume, como movimiento mussoliniano, esas ideas con toda perfección. Ahora los peronistas no kirchneristas parecen haberse actualizado. Es más, parece que el mismo kirchnerismo les sirvió para dejar, en el fondo, de ser peronistas, aunque sigan participando en su liturgia. Pero el peronismo que termina en el marxismo leninismo de los montoneros de los setenta es coherente: el conflicto entre los trabajadores y el capital no se puede solucionar de manera pacífica luego de que los intereses del capital realizan la revolución libertadora. Incluso ya el primer peronismo, combatiendo al capital necesitaba de la violencia de una dictadura del proletariado a lo criollo, ese Juan Perón que se perpetúa en el poder con las formas fascistas más ortodoxas, que despotrica contra la democracia “burguesa”, de todo lo cual el kirchnerismo, La Cámpora, Carta Abierta, Hebe de Bonafini, etcétera no han sido más que coherentes expositores y seguidores históricos.</p>
<p><b>Por eso no tiene que sorprender que el discurso kirchnerista sea violento. Hay contenidos filosóficos, doctrinarios, ideológicos, que en sí mismos predican la violencia y, por ende, en ellos el medio violento es el mensaje violento</b>. La incoherencia sería Mahatma Gandhi hablando como Cristina Kirchner o Cristina hablando como Gandhi. Hay contenidos e ideas que pueden tener un mal día; puedo ponerme nervioso y proclamar violentamente la no violencia, pero es una obvia incoherencia. El discurso kirchnerista, en cambio, manifestaba la esencia misma de sus ideas. El modo de expresarse de Cristina y de sus más coherentes soldados (Luis D’Elía, Hebe de Bonafini, Guillermo Moreno, etcétera) era la más lógica expresión de sus ideas. O sea, que el peronismo es la nación, que el peronismo es el partido de los trabajadores contra el capital, que el peronismo es el bueno que va a repartir contra los malos que van a explotar, que el peronismo es la inclusión contra la perversidad de la exclusión.</p>
<p><b>Es obvio que desde esa mirada el otro es el enemigo, el que se opone a la revolución, el que se opone a los intereses de “la nación y del pueblo”. Por ende, es muy malo o está muy confundido, pero en ambos casos no puede ser integrado como parte del juego democrático</b>. Es más, no hay democracia sino aquella que le permite llegar al poder y quedarse. Si ello se acaba, son golpes: mediáticos, de mercado, etcétera. Todo coherente. Por eso, el kichnerismo, además, destruye familias y amistades, porque enseña a mirar al otro como enemigo o como confundido, muy difícilmente tolerable.</p>
<p>Que haya una sola república y diversas ideas para administrar la cosa pública, que haya una sola <i>Constitución</i> que protege los derechos individuales de todos los ciudadanos, que, por ende, veamos en el debate y en la alternancia en el poder algo normal de una misma república, son ideas liberales clásicas totalmente incompatibles con el marxismo cultural que hoy forma parte, sin embargo, del horizonte cultural mundial, pero sobre todo latinoamericano y sobre todo argentino.</p>
<p>En ese sentido, si el kirchnerismo ha tenido algo bueno, es que en su total caricatura de sí mismo (que creo que es lo único que nos salvó) ha convertido a todos los antikirchneristas en liberales que, por ende, adquieren un discurso liberal, esto es, republicano, incluidos los peronistas no kirchneristas. Pero en una Argentina donde la palabra “liberal” es pecado mortal, no intentemos convencer de ello a nadie. Dejemos que todos se llamen republicanos. <b>Claro que hay peronistas que son republicanos: han dejado, por ende, de ser peronistas, pero no se dan cuenta</b>. Que sigan —y lo digo en serio— con su liturgia y sus símbolos, lo importante es su honestidad y su comportamiento.</p>
<p>Y todos los demás también se han vuelto liberales. Apenas se dialoga, se comprende, se respeta, se convive, hay liberalismo. Pero dejemos que esta Argentina enloquecida, que Dios sabrá si alguna vez hará su doloroso aprendizaje de república, no llame a eso liberalismo. <i>Too much</i>. Que se hable de república ya es un milagro. Daniel Scioli y María Eugenia Vidal hablando civilizadamente sobre la transición: eso es república. Cristina sudando, espirando y excretando odio y resentimiento: eso es… Y no crean que ha terminado. Ahí estará por tiempo indefinido, esperando para dar el manotazo para volver. No hablo de ella, hablo de eso. Hay niños que ya han sido formados en eso y su diferencia con los terroristas islámicos es sólo de grado. La tarea es vacunar contra eso. El diálogo no es sólo una manera de hablar. El diálogo es ya una concepción del mundo, una vacuna contra el totalitarismo, el autoritarismo y la alienación. El diálogo es la esperanza de la Argentina y el mundo.</p>
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		<title>La terminal, la sencillez de la vida y el estado</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Aug 2013 11:36:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Zanotti</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La Terminal es una conmovedora película, cuya historia imaginaria (pero simbólica) es la de Viktor Navorski, un ciudadano de un ficticio país de la Europa del Este, que simplemente quiere regalar a su padre algo firmado por un famoso músico de jazz de New York, para lo cual sencillamente intenta ir a esa ciudad, obtener... <a href="http://opinion.infobae.com/gabriel-zanotti/2013/08/10/la-terminal-la-sencillez-de-la-vida-y-el-estado/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>La Terminal</em></strong> es una conmovedora película, cuya historia imaginaria (pero simbólica) es la de <strong>Viktor Navorski</strong>, un ciudadano de un ficticio país de la<strong> Europa del Este</strong>, que simplemente quiere regalar a su padre algo firmado por un famoso músico de<strong> jazz de New York</strong>, para lo cual sencillamente intenta ir a esa ciudad, obtener la preciada firma y volver. Pero Víctor se encuentra con que su visa ha sido cancelada por un golpe de estado en su país y que por ende no puede ni entrar a los EEUU ni tampoco está ahora claro de qué país es ciudadano.</p>
<p>Víctor se encuentra así con lo que todos nos encontramos habitualmente: los gobiernos y sus regulaciones, creadas por personas que creen que son necesarias y con ellas controlan las vidas de los demás. El encargado de hacer cumplir esas reglamentaciones, esa pobre existencia in-auténtica que se toma en serio su papel de carcelero, es <strong>Frank Dixon</strong>, jefe del aeropuerto. Se toma muy en serio lo suyo y no sabe qué hacer con un Víctor que, al igual que un Sócrates moderno, va a beber la cicuta del estado nación moderno sin desobedecerlo.</p>
<p><span id="more-10"></span>Víctor traba amistad con gente sencilla que trabaja en ese aeropuerto, cumpliendo diversos roles dentro de esa maraña de reglamentos, pero cuya vida pasa por otro lado. Enrique trabaja en aduanas pero su vida pasa por su amor por la agente Torres, que es la que pone los sellos de visado. Es muy amigo de Joe, un afroamericano que trabaja con él, y de Gupta, un hindú cuya vida ha sido difícil, no molesta a nadie y vive de la tolerancia que &#8220;el régimen&#8221; tiene para con él, porque podría deportarlo.</p>
<p>Todos ellos viven sus vidas, que no pasan por los reglamentos estatales. Pasan por la amistad, el amor, el trabajo. En el fondo no creen en absoluto en las reglas que Frank cree absolutas, pero no lo saben. No hacen teoría contra ellas, como yo, sino que viven sus vidas &#8220;a pesar&#8221; de ellas.</p>
<p>El caso más conmovedor es el de Cliff, otro habitante de un país imaginario que pretende pasar por Nueva York en un vuelo en tránsito hacia <strong>Canadá</strong> para ayudar a su padre, que está enfermo, llevándole remedios. Qué pretensión. Qué insulto a la racionalidad instrumental y al gran rey estado-nación. Cliff no sabe que para llevar remedios hasta Canadá hay que completar una serie de papeles que él, obviamente, no tiene. Pero Cliff, el supuestamente ignorante ante el sabio Estado, insiste, porque pretende -qué horror- ayudar a su padre. <strong>Cliff representa a la verdadera víctima contemporánea, el verdadero explotado que Marx no vio</strong>. <strong>Al ser humano honesto y sencillo, pisoteado por las pretensiones de otros seres humanos que se arrogan el derecho de decirle qué hacer con su vida, con sus viajes, con su dinero, con sus remedios, con su ir, venir, pasear y trabajar</strong>. Cliff se arrodilla, implora, ruega y llora ante Frank y ante la vista de todos, que esperan ver lo que ahora el nuevo déspota hará con su dedo, si hacia arriba o hacia abajo, cual romano emperador del nuevo circo racional del iluminismo.</p>
<p>El dedo se inclina para abajo pero allí Víctor interviene: hace decir a Cliff que en realidad esas drogas no eran para su padre, sino para vacas, en cuya caso pueden pasar. El emperador Frank deja a Cliff con sus ahora drogas para vacas, pero repentinamente toda su furia se dirige hacia Víctor, al cual grita y empuja ante una fotocopiadora sacando copias de su mano pecadora contra el estado. Pero -oh casualidad- delante de un supervisor, un superior de la burocracia estatal que ha venido a ver la eficiencia del aeropuerto. El supervisor reta a Frank, diciéndole que a las reglas hay que agregar la compasión. Pero, en realidad, Frank es coherente, el supervisor es un bondadoso incoherente. <strong>Esas reglas no tienen compasión. La compasión es abolirlas.</strong></p>
<p><strong>Víctor se convirtió en un héroe por ello, y todos los empleados del aeropuerto, desde el personal de limpieza hasta gente que trabajaba en los negocios de comidas, pusieron la mano fotocopiada por el implacable Frank en todos lados, como un símbolo de libertad</strong>. Gente sencilla, que no sólo no había leído a <strong>Hayek</strong>, sino que tampoco lo entenderían. Pero intuyeron algo: que Cliff había podido salvar a su padre gracias a Víctor. Claro, seguramente Víctor quedó muy antipático para las empresas farmacéuticas norteamericanas que lograron esa reglamentación por parte del nuevo Al Capone, esto es, el gobierno. Esas empresas sí que no habían leído a Hayek.</p>
<p>Mientras tanto la vida sigue. Enrique se casa con Torres, Gupta y Joe ayudan a Víctor para que conquiste el corazón de Amalia, una bella azafata. Eso no sale pero el que sale, finalmente, es Víctor, que por la ayuda de los mismos policías -protagonistas sin saberlo del derecho a la resistencia a la opresión- logra entrar a la ciudad de Nueva York, obtener su firma y volver. Algo simple y bello, un amor hacia su padre, como la sencillez de los primeros cristianos que sólo pedían honrar a Dios. Pero los gobiernos no entienden esas cosas. Ellos están para controlar, porque lo contrario sería el des-control. No, es al revés, son esos millones de Franks los que están sueltos, des-ordenando el orden humilde y sencillo de las vidas de los demás.</p>
<p><strong><em>La Terminal</em>, sin que se haya advertido mucho, desnuda la ridiculez de las legislaciones gubernamentales a las cuales nos vemos sometidos a diario.</strong> Denuncia su ridiculez, su crueldad, sus nuevas y más refinadas formas de <strong>Gestapo</strong> y de <strong>SS</strong>.<br />
La próxima vez que pase por un aeropuerto voy a llevar un libro de <strong>Ludwig von Mises</strong> conmigo. Ningún aparatito va a sonar, ninguna lucecita se va a prender, no se acercarán policías, perros, ni la <strong>CIA</strong> ni el <strong>FBI</strong>, ni tampoco <strong>Guillermo Moreno</strong> ni la guardia pretoriana de <strong>Cristina Kirchner</strong>. Qué bien. Hasta ahora, hasta ahora&#8230; No se han dado cuenta.</p>
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		<title>El encerramiento cultural</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Jul 2013 12:00:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Zanotti</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Muchas veces, al enseñar a Thomas Kuhn, hay que advertir un detalle importante, ya que de lo contrario todo queda muy oscuro. Es el tema del aferramiento al paradigma y el cambio (crisis) de paradigma. Kuhn explica muy bien que los científicos tienden a aferrarse al paradigma, a encerrarse en él. Muchos se preguntan: si... <a href="http://opinion.infobae.com/gabriel-zanotti/2013/07/27/el-encerramiento-cultural/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Muchas veces, al enseñar a <strong>Thomas Kuhn</strong>, hay que advertir un detalle importante, ya que de lo contrario todo queda muy oscuro. Es el tema del aferramiento al paradigma y el cambio (crisis) de paradigma.</p>
<p>Kuhn explica muy bien que los científicos tienden a aferrarse al paradigma, a encerrarse en él. Muchos se preguntan: si eso es así, ¿por qué ocurre la crisis? <i>Debido a</i> ese aferramiento o <i>a pesar de</i> esa cerrazón intraparadigmática? Justamente, dice Kuhn, debido a eso. Debido a eso es que los “modos habituales de resolución de problemas” (<i>puzzle solvings</i>) van pasando de problemas habituales a anomalías graves que preparan el terreno para la crisis y el cambio del paradigma.</p>
<p>A su vez, los paradigmas dominantes tienen mucha riqueza interna. Eso es precisamente lo que permite “sentarse en ellos cómodamente”. Tienen gran riqueza teorética. Si un adolescente entusiasmado con la Física te habla de los viajes en el tiempo y alguien intenta disuadirlo, y él te contesta con toda la física einsteniana más la física cuántica actual, ¿qué le contestamos? Y si no podemos contestarle nada ni mostrarle otros horizontes, ¿por qué nos vamos a extrañar si queda “aferrado a su paradigma”?</p>
<p><strong>Con las cuestiones culturales pasa algo similar. Los argentinos nacionalistas, por ejemplo, de izquierda, derecha, religiosos o no, tienen con qué</strong>. Conozco muy bien a un tipo ideal weberiano que es el siguiente. Es el típico ultranacionalista que se refugia en el interior, lejos de las grandes urbes cosmopolitas. No lee ni sabe inglés ni le interesa (si necesita algo, contrata, habitualmente tienen recursos) pero lee bien francés, alemán, italiano e incluso latín y griego. Lee a Lugones, tiene su Martín Fierro, su guitarra donde toca música folclórica, su mate, su poncho, su caballo y una biblioteca llena de revisionistas históricos argentinos, ultratradicionalistas ingleses traducidos y autores religiosos clásicos. Y allí se queda. De vez en cuando denuncia apocalípticamente el desastre cultural en el que vivimos y luego se vuelve a su refugio. ¿Saben qué? Puede quedarse en su paraíso para siempre. Una vida no le alcanza. Tiene con qué. O sea, nos guste o no, es un encerramiento con gran riqueza cultural. Una autocárcel de oro cultural. No tienen ningún incentivo para visitar, sobre todo, las fuentes anglosajonas de nuestra decadencia.</p>
<p>Por supuesto, con el tiempo, están llamados a desaparecer, igual que los paradigmas otrora dominantes. Muchos de ellos, sí, vivirán en el nuevo paradigma, como la noción de círculo de Ptolomeo vive hoy en Einstein. Muchos de ellos desarrollarán adaptaciones, muchos de ellos crecerán, y la misma riqueza cultural de la que partieron no desaparecerá sino que será parte de su nueva riqueza. Pero los demás, como paradigmas antiguos, en tanto tales están en crisis y con el tiempo, en un tiempo impredecible, morirán.</p>
<p>Pero, <i>entre tanto</i>, hay que tener cuidado. <strong>Psicológicamente, alguien puede estar tranquilo en su delirio, vivir dentro de él relativamente adaptado, pero cuidado porque en cualquier momento la violencia surge como el camino</strong>. <i>La tentación revolucionaria es típica de paradigmas que no presentan alternativas de transición entre lo que ellos proponen y el mundo como es hoy</i>, al cual no van ni para cambiarlo (lo mismo sucede con muchos anarco-capitalistas norteamericanos). Así, mientras mantienen su “pureza” su única alternativa es la denuncia del apocalipsis, siempre inminente o, coherentemente, <i>tomar la espada</i> para destruir al mundo. No estoy hablando sólo figuradamente. Esto pasó. El tipo ideal weberiano argentino al que me he referido tiene una profunda responsabilidad intelectual en el eje central de <strong>Montoneros</strong> en la década del 70.</p>
<p><strong>Pero a veces un golpe de suerte los lleva al poder por medio de las urnas</strong>. Allí, con la sagacidad hitleriana del 33, introducen en su discurso la legitimidad de origen democrático (que les importa absolutamente nada excepto para usarla dialécticamente) y callan al adversario que les impugna su violencia. Pero la violencia sale en cada una de las medidas que su poder “legítimo” sanciona.</p>
<p>De este modo, el <strong>doblaje obligatorio de las películas “extranjeras” al español tiene una lamentable coherencia ideológica</strong>. Por supuesto hay otras cosas. Kirchneristas y no kirchneristas ignoran habitualmente el giro lingüístico, no han leído a Wittgenstein y creen ingenuamente, como los positivistas, en la posibilidad de una traducción literal “sin pérdida” (como bien explicó Kuhn) de sentido; ignoran que un lenguaje (como Mises afirmó antes que Wittgenstein) conlleva cultura, mundo de vida, formas de vida, que no hay expresión, por más “informativa” que <i>parezca</i>, que no esté plena de símbolos culturales presupuestos; ignoran que el mundo hace lenguaje y que el lenguaje hace mundo; ignoran, por ende, que al doblar una película la están cercenando por la mitad, porque el lenguaje fílmico no es como cualquier otro tipo de texto, al cual la traducción ya lo afecta. Al lenguaje fílmico lo afecta aún más, porque su mensaje es también la voz, el tono, las inflexiones y los juegos de lenguaje del actor. Hay que ser conscientes de eso. Si, puedo ver <em>Los siete samuráis</em> de Kurosawa con subtitulado, no me queda otra, pero tengo que ser consciente de que me estoy perdiendo gran parte del <i>sentido</i>. Si para colmo el samurai aparece hablando en argentino, por más neutro que <i>parezca</i>, cuánto más voy a perder….. (Sería más honesto “traducir”<i> shomen-uchi </i>como “mirá que te corto la cabeza, b…” J).</p>
<p>Pero, me van a decir, me fui de tema. Estábamos en el tema político. Ok. Si, claro, por supuesto que el horror del doblaje seguirá sucediendo, pero en una sociedad libre cada uno asume sus riesgos y sus límites. Pero volvamos a nuestros nacionalistas violentos que mezclaron Marx con Jauretche. Ah no, de nada valen nuestras protestas, nuestros reclamos de nuestros “derechos individuales” a ver el cine que queramos. No, para ellos, esos son lamentos –agradables a sus oídos- de las clases explotadoras y sus inmundos privilegios de hablar inglés, escuchar inglés y luego viajar al mal de todos los males anglosajón. No, desde ahora, y por supuesto que por la fuerza, por la violencia justificada de la clase explotada, todo se escuchará en el idioma “obligatorio” (por supuesto, te queda libertad para el matrimonio gay: ¿no te parece extraordinario?). Todo es coherente: encerramiento. Viajar, cada vez menos; viajar con la mente, tampoco; todo será “cultura” local, subsidiada por el kircherismo. Pero ¿de qué te quejas? Podrás ver una película de Woody Allen pero con la voz de Tinelli, ¿no te parece fascinante?</p>
<p>Pero cuidado, en realidad estos revolucionarios no están siendo del todo coherentes. El español, finalmente, si son coherentes, es un idioma explotador europeo; fue el idioma de los explotadores que aniquilaron a los pueblos originarios. Así que, desde ahora, quechua y guaraní como idiomas obligatorios en todos los niveles de enseñanza; fuera el inglés, el francés y el español, y si los explotadores aún tienen recursos para aprender idiomas en instituciones extranjerizantes, que lo hagan hasta que las estaticemos y cambiemos a la profesora de inglés, Miss. Carthwrith, por Rigoberta Menchú. Y que todas las películas y series sean dobladas a los idiomas de los pueblos originarios. Y el que no lo entienda, <i>maqanakuy</i>.</p>
<p>Pero ¿y si algún pueblo originario era explotador de otro? Ok, trabajaremos en ello. Ya encontraremos la lengua “neutra” de dominio colonial explotador. Mientras tanto, si no te gusta, Ezeiza, hasta que lo cerremos.</p>
<p>Yo, si pudiera, tomaría el amable consejo.</p>
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