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	<title>Fernando Rosso &#187; kirchnerismo</title>
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		<title>Pablo Iglesias y su Gramsci a la carta</title>
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		<pubDate>Wed, 06 May 2015 09:01:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Rosso</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Artículo escrito con Juan Dal Maso En su reciente artículo publicado en publico.es y reproducido en el blog amigo gramscimanía, Pablo Iglesias realiza una interpretación de la teoría de Antonio Gramsci tendiente a justificar su política electoral, después del cimbronazo sufrido por la dirección de Podemos ante la dimisión su &#8220;número tres&#8221;, Juan Carlos Monedero.... <a href="http://opinion.infobae.com/fernando-rosso/2015/05/06/pablo-iglesias-y-su-gramsci-a-la-carta/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em><strong>Artículo escrito con Juan Dal Maso</strong></em></p>
<p>En <a href="http://blogs.publico.es/pablo-iglesias/1025/guerra-de-trincheras-y-estrategia-electoral/" target="_blank">su reciente artículo publicado en publico.es</a> y reproducido en <a href="http://www.gramscimania.info.ve/" target="_blank">el blog amigo gramscimanía, </a><strong>Pablo Iglesias realiza una interpretación de la teoría de Antonio Gramsci tendiente a justificar su política electoral,</strong> después del cimbronazo sufrido por la dirección de Podemos ante la dimisión su &#8220;número tres&#8221;, Juan Carlos Monedero.</p>
<p>El artículo tiene cierta coherencia interna pero está, sin embargo, plagado de operaciones ideológicas que de conjunto expresan una degradación del pensamiento gramsciano. Veamos por qué.</p>
<p>En primer lugar, <strong>Iglesias asimila los conceptos de hegemonía y guerra de trincheras con el de &#8220;lucha cultural&#8221; y esencialmente “superestructural”.</strong> Si bien es una interpretación posible de algunas formulaciones de los Cuadernos de la Cárcel (la de Iglesias sería como una versión &#8220;posmoderna&#8221; de la apropiación realizada por Palmiro Togliatti) trabajos como The Gramscian Moment (Brill, Leiden-Boston, 2009) de Peter D. Thomas, del cual hemos realizado distintas críticas o el de Alvaro Bianchi, O Laboratório de Gramsci (Campinas, Alameda Editorial, 2008) demuestran que solamente forzando en un sentido &#8220;culturalista&#8221; la lectura de la cuestión de la hegemonía puede realizarse esa asimilación sin establecer matiz alguno.</p>
<p>Dice Iglesias: “Gramsci fue el primero en entender la hegemonía no como la necesidad de las organizaciones socialistas de liderar a sectores subalternos distintos a la clase obrera o de aliarse con sectores de la burguesía, sino como el conjunto de mecanismos supraestructurales, sobretodo en un sentido cultural (…)”</p>
<p>Sin embargo en un “pasaje legendario” (Iglesias dixit) Gramsci afirma que la hegemonía “si es ético-política no puede no ser también económica, no puede no tener su fundamento en la función decisiva que el grupo dirigente ejercita en el núcleo decisivo de la actividad económica” (C13 §17).</p>
<p>En segundo lugar, de esta primera asimilación de lucha por la hegemonía con &#8220;batalla cultural&#8221;, <strong>Iglesias da un paso más y degrada a aquella a la &#8220;lucha electoral por imponer un relato&#8221;</strong> (en la Argentina esto significó un largo camino desde el kirchnerismo hacia el peronismo moderado).</p>
<p>“Y es que el poder en las sociedades avanzadas no sólo se expresa a través de mecanismos coercitivos, sino predominantemente a través del <strong>consentimiento y el consenso”</strong>, dice Iglesias.</p>
<p>Sin embargo, en otro pasaje tradicional (citado hace algunos años acá en polémica con el kirchnerismo) Gramsci explica que “la técnica política moderna ha cambiado por completo luego de 1848, luego de la expansión del parlamentarismo, del régimen de asociación sindical o de partido de la formación de vastas burocracias estatales y &#8220;privadas&#8221; (político-privadas, de partido y sindicales) y las transformaciones producidas en la organización de la policía en sentido amplio, o sea, no sólo del servicio estatal destinado a la represión de la delincuencia, sino también del conjunto de las fuerzan organizadas del Estado y de los particulares para tutelar el dominio político y económico de las clases dirigentes. <strong>En este sentido, partidos &#8220;políticos&#8221; enteros y otras organizaciones económicas o de otro tipo deben ser considerados organismos de policía política, de carácter preventivo y de investigación” (C13 § 27). </strong></p>
<p>De esta definición no se desprende que estas “vastas burocracias” estatales y privadas (que en el siglo XX llegaron a transfigurarse en un &#8220;sistema&#8221; aberrante de estados nacionales, bajo la dirección de los estalinismos varios), <strong>tengan el “consenso” como práctica predominante.</strong> O en todo caso es un consenso tutelado con métodos de policía política, un consenso que se parece mucho a la coerción o a la coacción. <strong>Si Iglesias observara la burocracia sindical “consensual” sobre la que se apoya su admirado kirchnerismo laclausiano o la propia burocracia sindical de su país, debería revisar estas conclusiones simplistas</strong> con las que intenta teorizar su oportunismo electoral. Aquí se ubica nuevamente por detrás de la teoría gramsciana del Estado integral que Gramsci resumía como &#8220;dictadura + hegemonía&#8221; (C6 §155).</p>
<p>Y ya que Iglesias habla de &#8220;legendarios pasajes&#8221; sin mencionar cuáles, podemos citar el célebre fragmento &#8220;Análisis de situaciones y relaciones de fuerzas&#8221; (que se puede leer en el C13 §17 y ya citamos más arriba) en el cual se plantean <strong>tres niveles de las relaciones de fuerzas: sociales, políticas y político-militares,</strong> de forma tal que la conquista de hegemonía, que para nosotros implica la constitución de un partido proletario que luche por ella, es inseparable del desarrollo del movimiento social de la clase obrera y a su vez no puede detenerse en una influencia &#8220;cultural&#8221; sino que abre paso al &#8220;momento político-militar&#8221; que Gramsci ejemplifica con el arquetipo de una guerra de liberación nacional, pero cuyo equivalente de clase es la guerra civil.</p>
<p>Es decir,<strong> la lucha por la hegemonía no se reduce ni a la &#8220;lucha cultural&#8221; ni a la &#8220;electoral&#8221;,</strong> mucho menos si, como en el caso de Iglesias, el mundo se descompone entre &#8220;políticos que crean un relato&#8221; y &#8220;electores que optan por uno u otro relato&#8221;, división que curiosamente se parece mucho a la distancia entre &#8220;dirigentes y dirigidos&#8221; contra la que Gramsci consideraba que debía luchar el marxismo como teoría y movimiento histórico.</p>
<p>En última instancia, <strong>el pensamiento de Iglesias es que ser hegemónico significa conquistar una mayoría</strong>. Por eso, todos los gestos que viene haciendo para ubicarse en el &#8220;centro&#8221;, que provocaron múltiples cuestionamientos hasta la dimisión de Monedero. En el mismo sentido <strong>dice que Podemos nació para ganar las elecciones generales,</strong> <strong>a tono con su idea de que &#8220;el Estado es la última esperanza de los pueblos&#8221;</strong> (según afirmó en una entrevista con Chantal Mouffe). Se guía por una idea similar a la de Stathis Kouvelakis que sostiene que <strong>&#8220;hay que tomar el Estado sin dejarse tomar por él&#8221;</strong>. Esta especie de <strong>utopía pos-poulantziana</strong> vuelve a reproducir el mismo problema al que hacíamos referencia más arriba: ¿a partir de qué cambios reales en las relaciones de fuerzas sociales y políticas se proponen estas &#8220;izquierdas&#8221; como Syriza y Podemos llegar al &#8220;poder&#8221; y de qué &#8220;poder&#8221; estamos hablando?</p>
<p>Puesto que la única forma de &#8220;tomar el Estado sin dejarse tomar por él&#8221; es con una estrategia de movilización revolucionaria de las masas obreras y populares (lo que implica destruir el Estado), <strong>la política de &#8220;utilizar el apoyo popular para ganar las elecciones con un discurso de centro&#8221; no sólo es lo contrario de &#8220;NO dejarse tomar por el Estado&#8221; sino que es directamente funcional a la recomposición de la autoridad estatal (capitalista) en crisis.</strong></p>
<p>En otro lugar, hemos criticado el “posicionalismo sin guerra de posición” de Podemos o Syriza. El posicionalismo absoluto es impotente porque niega la maniobra o la deja para eventuales momentos que nunca llegan (y por lo tanto no se prepara para ella). Pero el “posicionalismo vacío” que reivindica Iglesias es <strong>una degradación grotesca</strong> que algo explica la crisis actual de Podemos: antes de “llegar al poder” ya tienen crisis por sus capitulaciones.</p>
<p><strong>Sucede con Iglesias lo que contradictoriamente ha sucedido con muchos &#8220;gramscianos&#8221;: del análisis de las revoluciones pasivas como procesos, pasaron a la reivindicación de la revolución pasiva como &#8220;proyecto&#8221;</strong> (para utilizar una expresión de Massimo Modonesi). La &#8220;antítesis vigorosa&#8221; de la que hablaba Gramsci no es del agrado de esta izquierda electoral sin fuerzas sociales.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>(Publicado originalmente en el Blog <a href="http://elviolentooficio.blogspot.com.ar/2015/05/pablo-iglesias-y-su-gramsci-la-carta.html" target="_blank">El violento oficio de la crítica</a>)</em></p>
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		<title>Julián Domínguez: ¿el kirchnerismo puro?</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Mar 2015 09:13:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Rosso</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>En la provincia de Mendoza existe un dicho popular en los ámbitos politizados que sentencia que <strong>“si se rasca mucho a un radical, te sale un ganso”</strong>. Esto quiere decir que todo referente o dirigente radical esconde, en su esencia, los valores y las ideas políticas del conservador y jurásico Partido Demócrata (“los gansos”). El resto, la imagen de la superficie, es pura simulación para las campañas electorales.</p>
<p><strong>El mismo aforismo podría aplicarse al kirchnerismo</strong> (y a gran parte de la casta política argentina); hay que tener cuidado con rascar mucho a un kirchnerista, porque lo más probable es que emerja un duhaldista o un menemista y hasta un “ruckaufista”.</p>
<p>En la tarde del miércoles se informó que <strong>Julián Domínguez</strong> bajaba su precandidatura presidencial dentro del Frente para la Victoria (lo confirmó luego el mismo Domínguez en el programa “6,7,8”) y se proponía como <strong>posible candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires</strong> en una lista para las PASO que encabezaría <strong>Florencio Randazzo</strong>, enfrentando a <strong>Daniel Scioli.</strong></p>
<p>En ese marco, el Ministro de Interior y Transporte y el Presidente de la Cámara de diputados <strong>conformarían la fórmula del “kirchnerismo puro”,</strong> para desafiar a la presunta heterodoxia moderada del gobernador bonaerense.<span id="more-18"></span></p>
<p>Rasquemos un poco (no tanto) en la trayectoria de Julián Domínguez, la nueva esperanza blanca de cierto progresismo para competir con la “derecha” de Scioli. Algo así como un mal menor, dentro de otro mal menor.</p>
<p>En octubre de 1999, la Alianza ganaba las elecciones a nivel nacional y encumbraba al inefable Fernando De la Rua en la Presidencia. La provincia de Buenos Aires, sin embargo, quedaba en manos del peronismo: Carlos Ruckauf y Felipe Solá eran elegidos gobernador y vice. Poco antes de asumir y en el mismo acto en el que confirmaba que Aldo Rico sería su ministro de Seguridad y Raúl Othacehé ocuparía el Ministerio de la Gobernación, <strong>Ruckauf anunciaba que Julián Domínguez, su “hombre de confianza”, se haría cargo de la cartera de Obras Públicas</strong> (<i>La Nación, 5/11/99</i>). La relación entre ambos venía de mediados de los años 90, cuando trabajaron juntos en el Ministerio del Interior, bajo el gobierno de Carlos Menem.</p>
<p>En la campaña electoral para la gobernación, Ruckauf se había hecho famoso y <strong>pasó a la historia por sus propuestas para la llamada inseguridad</strong> que dejarían a Sergio Massa y sus cámaras callejeras casi como un inofensivo garantista. “A los delincuentes hay que meterles bala (…), no hay que tener piedad (…), al policía que mata a un delincuente hay que condecorarlo, no procesarlo (…), al que delinque hay que darle por la cabeza (…), la bala que mata a un ladrón es la bala de la sociedad”, había afirmado “el hombre que ríe”, como lo calificó en su libro sobre la biografía de Ruckauf, el periodista Hernán López Echagüe.</p>
<p>Un poco más atrás en la historia de Ruckauf, la periodista alemana Gaby Weber, quien investigó la desaparición de obreros y delegados en la planta de Mercedes Benz de Cañuelas (Buenos Aires) y la complicidad de la conducción del gremio SMATA, la dirección de la empresa y el entonces Ministro de Trabajo, Carlos Ruckauf, confirmó que éste había solicitado “la eliminación de los subversivos de la fábrica”, cuando ocupaba esa cartera en 1975 bajo el gobierno de Isabel Perón.</p>
<p>Paréntesis: hay que reconocer que Domínguez mantiene fidelidad a la tradición y a los aliados de sus mentores políticos. El pasado 10 de septiembre, como Presidente de la Cámara de Diputados, <strong>permitió el ingreso de una patota de SMATA al recinto para hostigar al diputado del Frente de Izquierda, Nicolás del Caño,</strong> que defendía a los despedidos de la autopartista Lear Corporation, frente a la complicidad del gremio con la empresa. Casi la totalidad de la Cámara, con excepción del bloque oficial, se solidarizó con Del Caño.</p>
<p>El martes 5 de septiembre del 2000, el diario <em>Hoy</em> de La Plata, publicó en su página 8 <a href="http://bit.ly/RRwsVn" target="_blank">un artículo titulado</a><strong><a href="http://bit.ly/RRwsVn" target="_blank"> “Domínguez salió en defensa de Ruckauf</a> por las críticas vertidas desde la Nación”</strong>. El matutino bonaerense informaba que este funcionario, que siempre estaba en la primera fila en la defensa de Ruckauf, protestaba porque se pretendía minar la confianza entre el presidente (De la Rúa) y el gobernador, que eran… “hombres de confianza”.</p>
<p>A comienzos de enero del 2002, Ruckauf renunciaba a la gobernación de Buenos Aires, en medio de crisis, protestas, atrasos en los pagos a los trabajadores estatales y patacones. Asumía Felipe Solá y el diario <i>Clarín</i> informaba que “Julián Domínguez, estrecho colaborador de Ruckauf, permanecería en Obras Públicas” (<i>Clarín 2/01/02</i>).</p>
<p>Su ascenso siguió ese mismo año <strong>cuando asumió Eduardo Duhalde como presidente (Ruckauf fue canciller) y él obtuvo el cargo de vicejefe de Gabinete.</strong> En 2003, trabajó junto a José Pampuro en el Ministerio de Defensa.</p>
<p>Luego fue uno de los jefes de campaña de “Chiche” Duhalde, cuando en 2005 enfrentó a Cristina Kichner en Buenos Aires en las elecciones legislativas. Y en 2009, luego de la derrota y la capitulación del gobierno frente a nada más y nada menos que la mismísima oligarquía, asumió la dirección del flamante Ministerio de Agricultura, con la presencia en pleno de la Mesa de Enlace de las patronales agrarias. No oculta su simpatía con “el campo”, especialmente y sobre todo, con sus dueños.</p>
<p>En síntesis, menemista, duhaldista, ruckaufista, íntimo del patoterismo sindical y como frutilla del postre, “sojero”. La verdad es que<strong> tiene todas las credenciales del “kirchnerismo puro”.</strong></p>
<p>Hay un refrán que dice que “los peronistas son como los gatos, parece que se pelean pero se están reproduciendo&#8221;. Frente a éste hay otro que contesta, “los radicales son como los perros, parece que se mueven pero se están rascando”.</p>
<p><strong>El “kirchnerismo puro” tiene problemas cuando se mueve, pero el verdadero desastre lo produce cuando se rasca.</strong></p>
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