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	<title>Fernando Petrella &#187; Ucrania</title>
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		<title>Crimea, Malvinas y nosotros</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Mar 2014 10:58:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Petrella</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La crisis de Ucrania sugiere algunas reflexiones útiles para la  política exterior</strong>. La primera es que, <strong>pocas veces como en este  dramático asunto, fueron invocados tantos principios originados en América Latina</strong> o que tuvieron en la región un apoyo firme y consecuente. Así, los distintos actores en el conflicto se refirieron muchas veces al <strong>no uso de la fuerza, a la no intervención, a la integridad territorial, a la solución diplomática de las disputas,  a las sanciones económicas y a la autodeterminación de los pueblos.</strong></p>
<p>Los latinoamericanos y en particular los argentinos, <strong>deberíamos sentirnos orgullosos</strong> del aporte hecho a la política y al derecho internacional ya que todos estos principios fueron adoptados por la Carta de la OEA y la Carta de las Naciones Unidas. Hoy tienen peso constitucional y ordenan la relación entre los países.</p>
<p>La segunda reflexión  es que una crisis tan grave nos recuerda que, además de los principios,  los valores y el comercio, nunca  se debe  soslayar la  definición que cada país hace respecto de sus intereses estratégicos. Esos intereses siempre priman sobre los demás y son básicamente dos: la propia seguridad,  que conlleva también la identidad, y  la percepción acerca de su territorialidad, concepto que también implica rechazo al “encerramiento”.</p>
<p><strong>Pero la “anexión” de Crimea por parte de Rusia parece  injustificable incluso a la luz de dichos intereses superiores</strong>. En el siglo XXI y en plena interdependencia, globalización y ausencia de “bloques”, siempre hay que agotar las medidas que puedan llevar a soluciones que, ajustadas al derecho internacional, conjuguen las legítimas preocupaciones de todos los interesados  evitando el conflicto. Por otro lado, la “anexión” en perjuicio de Ucrania  crea  un foco de dificultades e inseguridad en la frontera con Rusia que es, justamente, lo que quiso evitar  desde un primer momento. La resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptada  en respaldo de Ucrania oficializa esas dificultades.</p>
<p>La tercera reflexión tiene que ver con el hecho que <strong>Argentina es miembro del Consejo de Seguridad y también del G20.</strong> Ha sido y es, aun hoy,  un  importante actor global  y ha sostenido históricamente la solución pacífica y negociada de los conflictos, en particular los de naturaleza territorial por ser los más sensibles y riesgosos. Es decir, este conflicto no le resulta indiferente, sobre todo, por los valores involucrados,  por la amistad que la une a los principales actores y por los factores estratégicos en juego. <strong>De allí que esta crisis debería ser analizada por su sustancia y no por otras consideraciones que le son ajenas</strong>. <strong>Habría entonces que evaluar si conviene a la gobernanza global que Argentina y un sector de América Latina convaliden, con sus actitudes, la anexión  de parte de Ucrania por Rusia y las consecuencias que esto pueda tener mediano plazo.</strong></p>
<p><strong>La cuarta reflexión apunta a los escépticos del multilateralismo y de la utilidad  de las Naciones Unidas.</strong> Esta crisis, por su contenido estratégico, demostró la necesidad de una organización global y democrática, como único instrumento para  acercar posiciones e identificar tendencias entre los países y otros actores del sistema internacional. Demostró una vez más que, para democratizar el Consejo de Seguridad, no hay que incorporar nuevos miembros permanentes, sino reducir los privilegios de los actuales ya que, dichos privilegios y en especial el veto, sirven  la mayor parte de las veces a sus propios intereses. <strong>Por ello es que oportunamente Kofi Annan, la Argentina, Sudáfrica y otros muchos países presentaron  iniciativas para democratizar genuinamente al Consejo de Seguridad.</strong> Recientemente, Laurent Fabius,  Canciller de Francia, que es uno de los cinco Miembros Permanentes,  ofreció una propuesta que se orienta en  esa misma dirección.</p>
<p>Finalmente, una última reflexión, es que no <strong>conviene a nuestros objetivos  suponer &#8211; o consentir que se trace &#8211; una relación entre la disputa sobre las Islas Malvinas y la crisis de Crimea.</strong> A diferencia de la situación en Crimea, cuya reversión parece hoy improbable, Malvinas fue  definido como un caso “especial” y “particular”  por las Naciones Unidas, la OEA y el Movimiento de Países No Alineados. Así fue determinado porque la  disputa Argentino/Británica tiene un régimen legal y de procedimiento para su solución establecido por las Naciones Unidas y por la OEA; porque  es de interés hemisférico permanente (OEA); porque se han ofrecido y discutido fórmulas viables de arreglo para el problema de fondo y sobre todo, porque las dos partes, Argentina y el Reino Unido, son amigos de larga data con coincidencias en aspectos globales y cooperación en temas estratégicos que, utilizadas con diplomacia y tacto, deberían ayudar a diseñar un punto de encuentro para  resolver la disputa y no lo contrario.</p>
<p>Es posible que la crisis desatada entre Ucrania y Rusia esté sólo en sus comienzos y trascienda al actual gobierno. <strong>Argentina tendrá entonces  nuevas oportunidades de examinar el fondo del problema</strong> a la luz de sus antecedentes en las Naciones Unidas, la defensa de sus intereses y la amistad con todos los  actores.</p>
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		<title>John Kerry, la OEA y la Argentina</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Dec 2013 12:02:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Petrella</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>América Latina</strong> se fue consolidando gradualmente durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX sobre la base de seis principios, todavía celosamente vigentes. Estos son: a) igualdad soberana de todos los Estados; b) no intervención; c) integridad territorial; d) autodeterminación; e) solución pacifica de las disputas y f) respeto por el derecho internacional (<strong>Carlos Calvo</strong>). Las sucesivas <strong>Conferencias Panamericanas</strong>, a partir de 1899, fortalecieron esos principios, rechazaron el <strong>intervencionismo</strong>, sentaron prácticas humanitarias ejemplares como el asilo y convencieron a<strong> Estados Unidos</strong> de inaugurar<strong> la política del “buen vecino”,</strong> que llevó a una mayor cooperación y entendimiento dentro del <strong>Hemisferio</strong>. Pero fue la adopción de la <strong>Carta de la Organización de Estados Americanos</strong>, junto con el <strong>Tratado de Soluciones Pacíficas</strong>, y la <strong>Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre</strong> (<strong>Bogotá</strong>, 1948) lo que, al incorporar la democracia republicana y los derechos humanos, otorgó al sistema interamericano y a los países que lo integran una cohesión dentro de la unidad, que resultó ejemplar para el nuevo orden internacional posterior a la Segunda Guerra. En efecto, no sólo muchos de los principios del sistema interamericano fueron incorporados a la <strong>Carta de San Francisco</strong>, sino que la<strong> Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre</strong> -redactada por juristas latinoamericanos y estadounidenses- es anterior a la <strong>Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas</strong>.</p>
<p>A partir de esos históricos momentos, el rol de la <strong>OEA,</strong> con sus luces y sus sombras, ha servido para demostrar que los países se asocian principalmente por dos motivos: las necesidades estratégicas derivadas de compartir un inmenso ámbito geográfico como el <strong>Hemisferio</strong> <strong>Occidental</strong>, es decir, <strong>América</strong> y las afinidades culturales e institucionales, reflejadas en los valores comunes como la democracia y los principios republicanos (<strong>Lagorio)</strong>.</p>
<p><span id="more-68"></span>Por estas razones es que la presencia, el pasado 18 de noviembre, del secretario de Estado de los Estados Unidos <strong>John Kerry</strong> en la OEA debe destacarse. En primer lugar porque <strong>reafirma el rol de la OEA como factor de unidad en el continente</strong> -en gran medida por el esfuerzo argentino (<strong>Caminos</strong>)- y en segundo lugar porque se sirve de ese foro para proponer a los países miembros una nueva agenda basada en la vigencia de la <strong>Carta Democrática Interamericana</strong> <strong>(Rodriguez Giavarini</strong>), el medio ambiente, la energía, los alimentos y, finalmente, en un nuevo esfuerzo hacia la integración comercial, atemperando la fragmentación (Sanguinetti).</p>
<p>En algunos sectores, dichas propuestas podrían ser leídas como una tentativa orientada a recuperar la iniciativa en el “patio trasero” en momentos de sucesivas crisis (<strong>Libia, Irán, Siria, Ucrania</strong>). Sin embargo, para nuestra diplomacia las palabras de Kerry, por el hecho de recoger posturas históricas argentinas, deberían aprovecharse para abrir oportunidades en la agenda bilateral y regional. Conviene detenerse un poco en esto. <strong>Cuando Kerry enfatiza la unidad del hemisferio occidental no hace otra cosa que retomar la visión de Frondizi , Jucelino y Kennedy</strong>. Posteriormente <strong>Miguel Ángel Zavala Ortiz</strong> (<strong>Arturo Illia</strong>) propuso formalmente el ingreso de los países anglófonos del <strong>Caribe</strong> así como de <strong>Canadá</strong> a la OEA, precisamente para ir construyendo una comunidad sin fisuras de sur a norte del continente. Quien tenga un mapa frente a sus ojos entenderá las razones que motivaron la persistencia de esas políticas a lo largo de muchos gobiernos. Por su posición geográfica en el extremo austral, <strong>Argentina “tiene” la línea recta más larga hacia el “norte” desarrollado, la diagonal más larga hacia sus socios europeos y la línea “horizontal” más extensa hacia sus clientes comerciales asiáticos. De allí, que las tentativas de fragmentar el continente no le convienen</strong>. Dividir por el<strong> Canal de Panamá</strong>, concibiendo una <strong>América</strong> <strong>del</strong> <strong>Sur</strong> que “prescinde” de los centroamericanos y caribeños, que han sido y son escenario de una vibrante presencia argentina cultural y también política, significa ceder espacios sin ningún beneficio. <strong>La suposición que se puede gravitar y prosperar marginando a México</strong>, <strong>Estados Unidos</strong> y <strong>Canadá</strong> <strong>de los proyectos regionales</strong> (<strong>Castañeda</strong>) <strong>resulta</strong> <strong>riesgosa</strong>, carece de sustento y por ello no es compartida por nuestros vecinos más sofisticados que buscan individualmente las relaciones más estrechas posibles con EEUU. Pero no sólo por reafirmar la unidad continental la agenda que propone Kerry viene como “anillo al dedo” de Argentina. También cuando se refiere a la cooperación en materia de seguridad, abre un panorama para entendimientos en las sensibles cuestiones de no proliferación nuclear y armas químicas en las que Argentina es particularmente reconocida. Algo similar sucede cuando señala que América se ha convertido en un nuevo centro del mapa energético del mundo, mencionando a la Argentina junto con Estados Unidos por el gas natural. Igual reflexión cabe respecto del cambio climático, tema en el que la diplomacia argentina también se ha destacado.</p>
<p>Finalmente, está <strong>el recurrente problema de la institucionalidad democrática y el rol de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos</strong>. Aunque en estos temas ningún actor tiene personería “ganada” para individualizar a otro, es siempre importante que alguien evoque lo difícil que fue ganar terreno y lo lamentable que sería perderlo ahora. Resulta claro que cuando la Comisión recuerda los principios de la “<strong>Declaración de Santiago</strong>” de 1959 en el sentido de que “la perpetuación en el poder, o el ejercicio de éste sin plazo determinado con el manifiesto propósito de perpetuación, son incompatibles con el ejercicio efectivo de la democracia”, está denunciando a aquellos gobiernos que, desnaturalizando los propósitos de <strong>Unasur</strong>, utilizan su cobertura a fin de “desacoplarse” del sistema de<strong> Naciones Unidas</strong> y de la <strong>OEA</strong> para satisfacer ambiciones no democráticas. Esta es la razón más evidente por la que el sistema de derechos humanos regional está siendo castigado. En este terreno la pasividad argentina resulta sorprendente porque ha sido el país cuyo permanente liderazgo ha permitido la consolidación de garantías que sirven de inspiración para el resto del mundo.</p>
<p>En el sistema internacional los “nichos” que permiten la acción efectiva de la diplomacia no aparecen con frecuencia. El discurso de John Kerry en la OEA, acompañado por la <strong>secretaria Adjunta para Asuntos Hemisféricos, Roberta Jacobson</strong> –que conoce bien a la Argentina por haber vivido y estudiado en sus universidades–, ofrece una gama de posibilidades que la diplomacia debería explorar prontamente.</p>
<p>Asimismo, en política exterior, el poder se construye de arriba hacia abajo y no a la inversa. <strong>Recuperar la relación con Estados Unidos para beneficio reciproco, </strong>sobre la base de los factores que han hecho de la Argentina un importante actor global en los temas más sensibles de seguridad, no sólo reflotará nuestra gravitación subregional, sino que también ayudará a resolver las cuestiones bilaterales, financieras y comerciales, con los Estados Unidos y con nuestros socios europeos. <strong>En síntesis, para hacer buenos negocios hay que hacer primero buenas políticas</strong>. Esa, y sólo esa, es la premisa para practicar una diplomacia sensata.</p>
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