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	<title>Federico Gaon &#187; Primavera Árabe</title>
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		<title>¿Por qué no hay refugiados sirios en el golfo Árabe?</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2015 03:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Gaon</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La portada de <a href="http://adninformativo.mx/sintesis-informativa-de-el-pais-8-de-agosto-de-2015/"><i>El País</i></a> de España del 8 de agosto lo decía todo. Una imagen habla más que mil palabras, y lo que entonces se veía era desgarrador. Tal como leía el periódico, se veía “el caos” migratorio en el Mediterráneo. Decenas de personas luchando para mantenerse a flote y no ahogarse y quizás, con la gracia de Dios, llegar a salvo a territorio europeo. <b>Se trata, en su mayoría, de desplazados que huyen de la guerra en Siria y buscan establecerse en la seguridad y relativa prosperidad del continente europeo</b>. Por ello, con sus periodistas indignados por la situación, <a href="http://www.aljazeera.com/blogs/editors-blog/2015/08/al-jazeera-mediterranean-migrants-150820082226309.html">Al Jazeera</a> expresó que dejaría de referirse a los damnificados como “migrantes”, para en cambio reflejar la realidad con el término “refugiados”.</p>
<p>También me llamó la atención una reflexión que se difundió por Facebook. En ella, apelando a la misma fotografía,<a href="https://www.facebook.com/carlos.dipalma.796/posts/10204850369194295"> un profesor de historia</a> se confesaba avergonzado de la civilización o cultura occidental y cristiana, que, de acuerdo con el autor de la publicación, “pasará a la historia como la más cruel, sanguinaria y terrorista que jamás haya conocido la humanidad”. Si no, está <a href="https://www.facebook.com/217252245137190/photos/a.217531768442571.1073741829.217252245137190/424924177703328/?type=1&amp;fref=nf">Banksy</a>, el famoso artista callejero satírico de Inglaterra, quien montó una imagen compuesta por cuerpos flotando en el agua, en un círculo que mimetiza la bandera de la Unión Europea, con el azul marino de fondo.<span id="more-187"></span> <b></b></p>
<p><b>No hay dudas de que Europa está experimentando una <a href="http://federicogaon.com/la-otra-crisis-griega/">crisis migratoria</a></b><b> o una crisis de refugiados, producto de la desolación que están dejando los conflictos civiles y sectarios en el mundo árabe</b>. Es verdaderamente una catástrofe humanitaria. Sin embargo, ¿por qué no hay refugiados pidiendo asilo en los países del golfo Árabe? O bien, ¿por qué no los dejan entrar? Me refiero a <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_countries_by_GDP_(PPP)_per_capita">algunos de los países más ricos</a>, cabalmente entre los primeros en la lista de los que más dinero tienen per cápita en el mundo. Ni que hablar sobre todo de Arabia Saudita, con la gran extensión territorial que tiene y su proximidad a zonas de conflicto. ¿Por qué -en otras palabras- gran parte de la opinión mundial les exige a los europeos encontrar la manera de dar abasto con los refugiados y sin embargo no le recrimina o exige nada a los propios árabes? Los europeos deben por supuesto tomar cartas en el asunto, mas los dobles raseros son, bajo cualquier circunstancia, insensatos y deplorables.</p>
<p>Creo que gran parte de la prensa no se tomó siquiera la molestia de discutir esta cuestión. Al caso, las críticas hacia Occidente provenientes de Al Jazeera, controlada por el Estado catarí, conllevan claramente un ejercicio de doble moral. <strong>Pese a sus desmedidas riquezas, tanto Arabia Saudita como Qatar, Emiratos Árabes u Omán, <a href="http://data.unhcr.org/syrianrefugees/regional.php">no han hecho nada</a> para poner a cubierto a los refugiados dentro de sus territorios.</strong> Vale aclarar no obstante que los Estados que integran el Consejo de Cooperación del Golfo (CCEAG) <a href="http://www.unhcr.org/pages/49e486976.html">han aportado financieramente</a> para paliar el sufrimiento de los refugiados sirios. Pero más allá de estas contribuciones, la ayuda no está institucionaliza y no ha explorado todo su potencial. Por otro lado, especialmente vinculado con este problema, está el hecho de que la ayuda económica de estos países tiene intereses estratégicos por detrás. Sucintamente, si estos países financiaron durante décadas a movimientos islámicos fundamentalistas, a modo de asegurar que los extremistas y potenciales rivales de las monarquías operasen en el extranjero y no en casa, ahora las dinastías reales ponen dinero para mantener a los sirios en su lugar, o para que vayan a otros sitios sin molestar.</p>
<p>Para evaluar la situación hay que tener en cuenta, por ejemplo, que de los 30,7 millones de habitantes que viven en Arabia Saudita, más de 9,8 millones son extranjeros. En efecto, <a href="http://gulfmigration.eu/media/pubs/exno/GLMM_EN_2014_01.pdf">el 32 % de la población</a> está representada por trabajadores migrantes procedentes de Asia y el mundo árabe. Los extranjeros a su vez representan el 56 % de la fuerza laboral y el 89 % de la población asalariada en el sector privado. En los Emiratos Árabes Unidos viven 9,2 millones de personas, de las cuales 7,8 son migrantes, el 90 % de la fuerza laboral. Esto significa que <a href="http://www.migrationpolicy.org/article/labor-migration-united-arab-emirates-challenges-and-responses">el 84 % de la población</a> procede del exterior. Por poner otro ejemplo, en Catar <a href="http://www.bqdoha.com/2013/12/population-qatar">solo el 12 % de una población</a> total de 2,1 millones de habitantes nació en el país. La abrumadora mayoría, como es el caso en los otros países del golfo, viene representada por trabajadores migrantes, que ofrecen su mano de obra para enviar remesas a sus familias en sus países de origen.</p>
<p>En este contexto, donar fondos a campañas con fines humanitarios en países vecinos, o en países asiáticos (de donde proceden muchos migrantes), de algún modo ayuda a alivianar las tensiones de la vasta población expatriada que trabaja y vive en el golfo. El problema, desde la dimensión humanitaria, estriba desde luego en que el dinero no lo es todo. Pregúntele a los analistas y le dirán que para los jeques del golfo Árabe todo se arregla con petrodólares. La opinión por excelencia apunta a que con suficientes fondos se compra estabilidad. <b>Financiando las amenazas, sean armadas o demográficas, se las ayuda precisamente a causar alboroto, pero siempre afuera de casa, y sin riesgo para el monarca</b>. Esta tesis cobra sentido adicional tras el desplazamiento tectónico que fue la llamada Primavera Árabe.</p>
<p>Desde esta lógica fría, los números hablan por sí solos. En Turquía ya hay <a href="http://data.unhcr.org/syrianrefugees/regional.php">casi 2 millones de refugiados sirios</a>. Imagine el desbalance y el efecto desestabilizador que dicho caudal humano ocasionaría en los países del golfo, cuya población de por sí está compuesta extensivamente por extranjeros, quienes, dicho sea de paso, no están del todo acomodados, pues <a href="http://www.economist.com/news/middle-east-and-africa/21583291-attempts-improve-lot-migrants-working-middle-east-are-unlikely">sus derechos son violados extensivamente</a>. Esta es la dura matemática y la triste realidad que preocupa también a Líbano y Jordania. Los refugiados son vistos a lo largo y ancho de la región como una fuerza desestabilizadora. Líbano alberga a 1,1 millones de desplazados, cifra que representa un exorbitante 25 % de la población total del país. Jordania, por su parte, da lugar a casi 630 mil desplazados, que representan casi el 8 % de la población jordana. Beirut y Amán ciertamente desearían que el CCEAG tomara su cuota de responsabilidad, mas lo único que a esta altura esperan recibir es <a href="http://www.csmonitor.com/World/Middle-East/2014/0528/To-host-ever-more-refugees-Jordan-wants-extra-cash-no-strings-attached">más dinero a modo de compensación</a> por la complicada tarea que implica alimentar y sostener a millones de personas, llegadas a estos países -podría decirse- de la noche a la mañana.</p>
<p>Los refugiados sirios no tendrían barreras idiomáticas en el golfo. Luego, si bien es cierto que dado el elevado nivel de conservadurismo de las sociedades en cuestión (y sobre todo aquel de la saudita) podrían vaticinarse problemas de integración, estos no tendrían el mismo relieve que tienen en la Europa secular, culturalmente arreligiosa.</p>
<p>En tanto los organismos internacionales y las agencias especializadas instan a los Estados, y especialmente a los europeos, a acoger a más refugiados, la pregunta formulada en las premisas vuelve a cobrar sentido. ¿Qué hay de las ricas monarquías del golfo? Vaya situación esta, que, para colmo, un general jordano retirado presentó una “<a href="http://mondoweiss.net/2015/07/jordanian-intelligence-refugees">propuesta loca</a>” para abrir un corredor pensado para empujar a los refugiados sirios a Arabia Saudita vía Jordania. Para el impulsor del plan esto tiene sentido, porque los sauditas tienen un montón de petróleo y tierra. Sin ir más lejos, en rigor, <b>mientras muchas personas se indignan -no sin falta de razón- con la forma en la que Occidente maneja esta crisis humanitaria, las críticas contra los propios Gobiernos árabes no suenan tan fuerte. Estos últimos podrían hacer muchísimo más por los desplazados y no es correcto que la carga moral por salvaguardar las vidas de los refugiados caiga enteramente en Europa.</b></p>
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		<title>El dilema de Erdogan</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Aug 2015 09:39:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Gaon</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Tras sufrir una recaída electoral en junio, con su popularidad en un bajo histórico, Recep Tayyip Erdogan, fiel a su estilo, ha vuelto a apostar a la política exterior para ganar los puntos que le faltan. Apelando a un tono nacionalista, tanteando una ofensiva contra los enemigos del Estado, el oficialismo busca compensar por la gestión que falta en casa y, apalancándose en el contexto actual de guerra regional, busca recuperar los votos que en las últimas elecciones no pudo cosechar. <b>Es la primera vez, desde las elecciones generales de 2002, que la plataforma de Erdogan, el </b><b>Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), no logra hacerse con una mayoría parlamentaria.</b><b></b></p>
<p>Pese a ganar las elecciones pasadas, dado que no ha podido formar coalición con otra fuerza política, Turquía llamará a elecciones anticipadas en noviembre. <b>Erdogan intenta cambiar el sistema turco para convertirlo en un presidencialismo moldeado en el ejemplo ruso y, en los tres meses que quedan hasta los próximos comicios, espera recuperar votantes apoyándose en una política exterior fornida</b>. Esta, que en el pasado reciente ha sido duramente criticada por su ambivalencia frente al conflicto en Siria y el avance del yihadismo, en los últimos meses se ha endurecido; y mientras el Gobierno la presenta como el cálculo estratégico propio de los intereses nacionales, la oposición, los periodistas y los analistas sospechan que estriba de intereses políticos bastante limitados, con mira a réditos inmediatos en el plano doméstico. De cualquier modo, vale preguntarse si la política exterior turca es sustentable, como desde ya también inquirir si le saldrá bien o no la apuesta a Erdogan.<span id="more-177"></span></p>
<p>Para situarnos en contexto, en la última década, bajo la conducción del AKP, Turquía le ha dado un nuevo significado al viejo mantra de su política exterior. Puesto por Mustafa Kemal Atatürk como una instrucción de no intervencionismo y neutralidad, “paz en casa, paz en el mundo”, la interpretación del mandamiento ahora ha cambiado. Bajo los lineamientos de Ahmet Davutoglu, internacionalista del partido y escudero de Erdogan, <b>ya no es indispensable que haya paz en casa para promover paz en el mundo, pues Turquía ya está consolidada y lista para ocupar su rol histórico en Medio Oriente.</b></p>
<p>Sin embargo, luego de su idealismo, la política exterior turca está plagada de contradicciones.</p>
<p>Desde que comenzara la guerra civil siria cuatro años atrás, Turquía, aunque carga agravios con los sirios y los kurdos, se ha mostrado reacia a intervenir en los asuntos que se desarrollan fuera de sus fronteras. Más allá del Gobierno de turno, los turcos y los sirios mantienen una animosidad histórica por disputas territoriales y discusiones en torno a los recursos hídricos. Para peor, bajo el clan al-Assad, Siria albergó y apoyó al Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), el grupo independentista kurdo considerado terrorista por Turquía y gran parte de la comunidad internacional. Por este asunto, en 1998 Ankara estuvo cerca de declararle la guerra a Damasco, la cual decidió ceder ante las presiones turcas y así evitar una posible escalada. Lo cierto, no obstante, es que con el amargo devenir de la intervención estadounidense en Irak ha quedado en evidencia lo valiosa que es la estabilidad, con actores predecibles y conocidos. Sin final a la vista para los conflictos sectarios en todo Medio Oriente, la clásica sentencia de los juristas musulmanes, que el <i>statu quo</i> es preferible al caos, parece dominar el dictamen en las capitales de la región y Ankara no es la excepción.</p>
<p>En público, por supuesto, Erdogan movilizó tropas a la frontera, mandó a sus diplomáticos a Damasco a protestar y a pedir por moderación en oposición al “salvajismo” contra la población civil. En privado, la intervención quedó descartada por temor a despertar diablos más peligrosos que el régimen de Bashar al-Assad, por temor a enviar el mensaje equivocado al resto del mundo y quizás, antes que todo eso, por simple temor a que dicha jugada fracase.</p>
<p>Desde que llegó al poder, <b>en términos de política internacional, Erdogan está determinado a mostrar que Turquía bajo su mando, aunque afiliada a la OTAN, en rigor no la acompaña</b>. Se opuso a la intervención aliada en Irak, y lanzó una retórica que tuvo más resonancia en el mundo árabe que el discurso de El Cairo (2009) de Barack Obama. Etiquetada por los analistas como “neootomanismo”, la política de Erdogan se caracteriza a grandes rasgos por un nuevo interés en los asuntos de Medio Oriente y por una expresa divergencia con Estados Unidos, el tradicional aliado del establecimiento castrense turco. Obama tiene una buena relación personal con Erdogan y suele referirse a él como “mi amigo Recep”. Sin embargo, entre otros ejemplos, hasta hace un mes atrás Ankara no le permitía a Washington utilizar la base aérea de Incirlik, ubicada en el sureste turco, para atacar posiciones del Estado Islámico (ISIS). No es secreto que el Gobierno turco está preocupado y molesto frente al progresivo apoyo estadounidense a los militantes kurdos -a quienes clasifica como terroristas. Siendo este el caso, no sería insólito que bajo la misión de contener a la horda yihadista, Turquía apunte sus armas contra las fuerzas kurdas. <b>Aunque Erdogan vende a Turquía como si esta fuera a “</b><b>cambiar el juego</b><b>”, hasta ahora los turcos solo han llevado a cabo un ataque aéreo contra el ISIS y varios contra los bastiones kurdos en el sureste turco</b>. Los kurdos, y no los yihadistas, parecen ser la prioridad.</p>
<p>Gracias al revisionismo de sus dirigentes, Turquía ha vuelto al escenario internacional y lo ha hecho con una fórmula que -por lo menos a mi criterio- podría expresarse lacónicamente como “habla fuerte y lleva un gran garrote”. Erdogan es un hombre con un carácter afanoso y, cual líder populista, ciertamente le cuesta hablar suave. <b>Sus declaraciones potentes contra Occidente, Israel y sus advertencias contra los regentes sunitas de Medio Oriente, durante la Primavera Árabe, lo convirtieron en un campeón de las masas, y todo sin flexionar el músculo militar de su país</b>. Ahora bien, la problemática contradicción llegó cuando a Turquía le llegó la hora de golpear y se dejó estar.</p>
<p>En primer lugar, pese a declaraciones robustas contra el régimen de al-Assad, Ankara no puede arriesgarse a fracasar. Según una mirada, el ejército turco no está preparado para contender con la guerra civil siria y lo máximo que podría hacer sería establecer un cordón sanitario alrededor de la frontera siria-turca, exponiendo a los uniformados a retaliaciones. Dicha fuerza interventora, apostada en el terreno, podría ser contraproducente, y, al echar leña al fuego, volcar a los yihadistas contra la población civil turca (ya han declarado su intención de conquistar Estambul), o bien retroalimentar la insurgencia de los kurdos, siempre ávidos por conseguir su independencia.</p>
<p>En la coyuntura actual, semejante fiasco sería el fin cantado de Erdogan. Por otro lado, ya más genéricamente, Ankara no está dispuesta a antagonizar de más con Moscú. En este sentido, detrás de bambalinas, los turcos le tienen más miedo a los rusos que a los estadounidenses, quienes no amenazan con desquites. En los últimos años Turquía ha experimentado un rápido crecimiento en su demanda energética e importa de Rusia el 57 % del gas natural que necesita. En todo caso, <b>los turcos prefieren que sean los norteamericanos quienes hagan el trabajo sucio y confronten a los sirios</b>. Cuando Ankara le pide a Washington una zona de exclusión área sobre Siria, la cual ella misma no está dispuesta a impartir con sus propios medios, en rigor, independientemente de lo que diga la presa, Erdogan está actuando para conservar el estado de las cosas. No puede arriesgarse a una guerra abierta con su vecino meridional, pero tampoco puede dejar de hacer algo. Necesita minimizar el número de desplazados que llegan a Turquía (escapándose de los bombardeos de al-Assad) y necesita, en el proceso, ser consecuente con la apariencia de mandamás con la que viene vistiéndose hace una década.</p>
<p>En segundo lugar, si la aletargada acción de los turcos se explica en el miedo de estos a que los kurdos en el norte de Siria e Irak funden su propio Estado, paradójicamente, en tanto el ISIS es repelido, este escenario se vuelve más factible. A pesar de la ambivalencia que despertó el autoproclamado Califato, no existe analista que conceda que los yihadistas no presentan una amenaza contra la seguridad turca. El hecho de que el ISIS de momento tenga prioridades más dañinas para Erbil (capital del Kurdistán iraquí) o Damasco no implica que Ankara esté fuera de peligro en el largo plazo. Si bien es cierto que Turquía finalmente se unió a la coalición contra el ISIS el mes pasado, Erdogan y compañía siguen atormentados por la incertidumbre. Temen que si actúan determinadamente contra los yihadistas, terminen destrabando la guerra en favor de los kurdos, cuya autonomía el establecimiento turco está decidido a evitar a toda costa. Por todo esto, la disyuntiva del Gobierno turco consiste en cómo hablar lo suficientemente fuerte para dar credibilidad a sus amenazas, mas evitando iniciar una pelea que luego no pueda ser ganada y que le cueste el poder al AKP.</p>
<p>Por estas razones tiendo a pensar que la magra intervención que Turquía montó el último mes tiene más que ver con el plano doméstico que con el externo. El Gobierno turco no arriesgará una intervención militar propiamente dicha, esto es, enviando soldados y vehículos blindados a cruzar la frontera. Podrá haber ataques aéreos o de artillería esporádicos, quizás incluso con mayor frecuencia, pero juzgo muy poco probable que la acción turca sobrepase estos pasos.</p>
<p>En suma, Erdogan estaría arriesgándolo todo con una escalada de violencia considerable, fuera dirigida contra la yihad o contra el régimen sirio. Arriesgaría su continuidad en el poder y complicaría severamente el prospecto de que su país salga relativamente bien parado de la crisis regional. Con una intervención mal planificada y ejecutada, Erdogan tiene mucho más para perder que ganar. Si tras una intervención las cosas salen mal, el prestigio nacional, algo de lo cual los turcos son extremadamente sensibles y recelosos, recibiría un porrazo, y el AKP tendría, en tal caso, una herida difícil de tapar. Pero tampoco puede el Gobierno turco permanecer del todo inerte, especialmente si pretende reafirmarse en las próximas elecciones. En efecto, tal como han marcado varios comentaristas, en el Gobierno y en el ejército prevalece un clima de vacilación. Actuar o no actuar, esa es la cuestión y el dilema de Erdogan.</p>
<p>Quedará por verse si el AKP reúne, a partir de los resultados que arrojen las elecciones de noviembre, la mayoría necesaria para continuar gobernando sin necesidad de formar coalición. Pero para mejorar sus posibilidades, el oficialismo debe resolver el dilema de su política exterior. Erdogan necesita una victoria que pueda ser mediatizada, aunque simbólica, para justificar la ambivalencia del último año y mostrarle a su pueblo que la prudencia del sultán -como le dicen a Erdogan- dictaba la razón. En contraposición, si la apuesta sale mal, Erdogan no solo arriesga su presidencia, sino también su lugar en la historia.</p>
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		<title>Revoluciones y batallas ideológicas</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Nov 2014 09:55:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Gaon</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El 9 de noviembre se conmemora la jornada en la que cayó el Muro de Berlín en 1989, evento de suma importancia para la reunificación alemana, y hecho simbólico que entre otros condujo al quiebre de la Unión Soviética. Podría decirse que la destrucción del Muro, en algún punto, signó la apertura de la llamada... <a href="http://opinion.infobae.com/federico-gaon/2014/11/10/revoluciones-y-batallas-ideologicas/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El 9 de noviembre se conmemora la jornada en la que cayó el Muro de Berlín en 1989, evento de suma importancia para la reunificación alemana, y hecho simbólico que entre otros condujo al quiebre de la Unión Soviética. Podría decirse que la destrucción del Muro, en algún punto, signó la apertura de la llamada cortina de hierro que dividía geopolíticamente a Europa en dos, en un área libre y abierta al mercado y al juego democrático, y en otra área comunista y restrictiva, caracterizada por Estados policiales represivos.</p>
<p>Desde que comenzara la llamada Primavera Árabe en diciembre de 2010, mucho se ha dicho sobre las repercusiones a futuro de las protestas masivas y la caída de algunos de los longevos regímenes que gobernaban en Medio Oriente. Consistentemente con estos eventos, está muy en boga preguntarse si la caída de Zine Ben Ali en Túnez, Muamar Gadafi en Libia, Hosni Mubarak en Egipto y Ali Saleh en Yemen traerá aparejadas reformas verídicamente democráticas y republicanas en el mundo árabe. Con el derrocamiento de cada dictador, ha reflotado la comparación entre las plazas tunecinas, libias o egipcias y las plazas húngaras, polacas o alemanas. ¿Pero tiene sustento la analogía? ¿Tiene sentido comparar, por ejemplo, a los berlineses orientales con los campistas egipcios que se asentaron en la plaza Tahrir de el Cairo?</p>
<p>La respuesta, en mi opinión, es que la comparación es en algunos aspectos válida, y en otros no. Para empezar este ejercicio de contraste, es necesario pasar revista a las coyunturas que posibilitaron las revoluciones mencionadas. En primer término, <strong>la caída de los regímenes comunistas de Europa no se explica solamente en el levantamiento afortunado de las barreras de Alemania Oriental, pero más bien en el devenir de una serie de importantes protestas civiles en los satélites soviéticos, y en las medidas de apertura política (Glasnot) y económica (Perestroika) impulsadas por el premier soviético Michail Gorvachov</strong>. De igual modo, la reunificación alemana no se produjo pese a Gorvachov, sino gracias a él. El líder de la entonces agonizante superpotencia podría haber mandado los tanques a Berlín, tal como hicieran Nikita Khrushchev con Budapest en 1956,  y Leonid Brezhnev en 1968 con Praga. Lo cierto es que antes que proteger al régimen comunista por la fuerza, Gorvachov prefirió soltarle la mano a Enrich Honecker, el regente de la DDR, y negociar la situación alemana con Estados Unidos.</p>
<p>Desde el otro escenario, <strong>los regímenes árabes no respondían directamente a ninguna potencia, de modo que los manifestantes no tenían a ningún Gorvachov a quien apelar; así como hicieran los europeos.</strong> Quienes se dieron cita en las plazas públicas a lo sumo podían clamar por la intermediación de Tayyip Erdogan, el mandatario turco, quien en su momento fue descrito como “<a href="http://www.nytimes.com/2011/05/26/world/europe/26turkey.html?pagewanted=all&amp;_r=0">el mimado de la calle árabe</a>”. Erdogan, para varios analistas, encarna al día de hoy una suerte de síntesis entre el pensamiento islamista y una conducción gubernamental propia del sistema republicano. Combina, en otras palabras, los anhelos de tanto los musulmanes creyentes como los de aquellos más secularizados. Por otro lado, si bien los estadounidenses no hicieron nada en la región que no hicieran los soviéticos también, es destacable el hecho que Barack Obama le soltara la mano a los dirigentes que terminaron expulsados. <strong>En cambio, el ex presidente francés Nicolás Sarkozy nunca criticó a Ben Ali durante su represión de los manifestantes tunecinos en 2010 y 2011. El caso importa porque Francia es la veedora histórica de los asuntos de sus excolonias en el Magreb. </strong></p>
<p>Ambas revoluciones, la de 1989 y la que comenzara en 2010, ciertamente no se produjeron de la nada, sino que se explican como una implosión a partir de los agravios y resentimientos sociales generados durante décadas. Aquí es donde encontramos las similitudes entre ambos panoramas. Sucintamente, como causas de las movilizaciones populares en Europa y en Medio Oriente, podríamos citar las restricciones económicas, la represión política, la constante censura, y una situación de descontento generalizado frente a pocas expectativas de crecimiento a futuro, especialmente entre los jóvenes. Por otro lado, las revoluciones de 1989 y 2010 se asemejan en que ambas, viéndolas en retrospectiva, se han comportado como terremotos que han liberado longevas tensiones sectarias a la superficie – tensiones, que antes estaban comprimidas subyacentemente, mantenidas bajo control por la fuerza de la autoridad central.</p>
<p>En el caso europeo esta experiencia se limita a los Balcanes, donde con la disolución de la Unión Soviética en 1991, y a lo largo de toda esa década, se produjeron terribles matanzas entre católicos, musulmanes y cristianos ortodoxos. En Medio Oriente observamos, especialmente con la aparición del Estado Islámico (EI o ISIS), una conflictividad abierta entre sunitas y chiitas que rápidamente se está esparciendo por Mesopotamia y el Levante. Es muy temprano para hacer un pronóstico sobre el futuro de esta región, pero si nos basáramos en el ejemplo balcánico, encontraríamos que la solución a irreparables disputas sectarias ha sido la división territorial del Estado, en dicho caso Yugoslavia, para dar cabida a los distintos grupos étnicos y religiosos que allí habitaban. Con este antecedente, quedará por verse si las fronteras nominales de Siria e Irak terminarán mutando en los próximos años.</p>
<p><strong>Toda revolución en algún punto se ha amparado de la religión para buscar legitimidad, o a lo sumo ha creado una nueva a partir de la instrucción de un nuevo culto, que frecuentemente resulta de los caprichos personalistas de sus líderes.</strong> Los patriotas norteamericanos del último cuarto del siglo XVIII esbozaron una “apelación al cielo” para reclamar por los derechos que los británicos les habían denegado; sus contemporáneos franceses dieron forma al “culto de la Razón y del Ser Supremo” para sustituir de tajo al catolicismo; y la revolución cubana de 1959, o la maoísta de 1966, impartieron, entre otras, inflexivas ideologías estatales basadas en el culto al líder, mitificándolo casi religiosamente. Durante los años ochenta, en la Europa gobernada por los regímenes soviéticos, los manifestantes solían reunirse y ampararse en las iglesias, debido a la relativa protección y anonimato que estas les ofrecían frente a los ojos punzantes del aparato represivo del Estado. Dentro de todo, este era reticente a entrar en los centros religiosos por miedo a causar un incidente internacional. El caso más conocido es aquel del movimiento polaco Solidaridad  encabezado por Lech Walesa, que recibió gran sustento moral de la Iglesia.</p>
<p>No obstante, hablando de religión, en Medio Oriente esta tiene un peso fundamental en la vida de todos los días, exista una crisis o no. Por supuesto, en los momentos de ruptura, la religión reenciende fervores más intensamente. Pero, en el mundo árabe, el islam ha estado siempre discursiva y simbólicamente emparentado con la política. Incluso los gobernantes considerados seculares como Bashar Al-Assad, Gaddafi o Mubarak, han intentado cubrirse con un manto islámico para así incrementar su legitimidad. Por descontado, el ISIS representa al campo más extremista dentro del abanico del pensamiento islámico, mas existen fórmulas que combinan la religión con una vocación política, a veces combativa, a veces no, a lo largo y ancho de la región. Que los grupos afiliados con la Hermandad Musulmana no sean necesariamente yihadistas, al menos no en una escala tan amplia como el ISIS, no significa que estos no persigan también objetivos religiosos a través de la política.</p>
<p>Aquí es donde yace la diferencia más importante entre los eventos que comenzaron dentro de los satélites de la Unión Soviética en 1989, y los que siguieron a la inmolación de un joven tunecino en 2010. En el primer caso, si bien la fuerza de la religión apadrinó las protestas, esta no acrecentó su poder tras la caída del orden comunista en relación a la dominación de la escena pública. Salvando la excepción de los Balcanes, en el siglo pasado la fisura mental entre los europeos era fundamentalmente de índole política e ideológica, no así religiosa. <strong>En Medio Oriente la política ha sido y es una importante fuente de fricción, pero así también lo es la religión, siendo que nunca se han terminado de resolver los conflictos sectarios, y que el islam no se ha integrado plenamente al positivismo que trajo consigo la Modernidad.</strong></p>
<p>Los países musulmanes han llevado a cabo durante el siglo pasado procesos de modernización forzados desde arriba hacia abajo, los cuales para algunos autores han causado más daños que beneficios. La Revolución islámica iraní de 1979 representa tal vez mejor que ninguna este paradigma. Con ella los islamistas tomaron las riendas de una sociedad moderna, con altos niveles de desigualdad, y al mismo tiempo, debido a tal inequidad, se aprovecharon de un activismo religioso latente que instaba por alcanzar la justicia social.</p>
<p>Cuando el ahora depuesto ex presidente Mohamed Morsi se consagró en Egipto en 2012, lo hizo por intermedio de una plataforma religiosa que venía debatiendo una islamización del proceso de modernización árabe desde hace por lo menos ochenta años. Su victoria, y de hecho su vigente popularidad entre la mitad de los egipcios, habla de una trama que narra la fenomenal atracción de lo religioso en la actualidad.</p>
<p>Desde una perspectiva amplia, el gran desafío que tiene el mundo árabe por delante es alcanzar un balance óptimo entre un proyecto de Estado republicano, secularizado, y el mandato religioso tradicional, que aún resulta atractivo a tantas personas. <strong>En otras palabras, el desafío consiste en conciliar al islam con la democracia.</strong></p>
<p>El país árabe más prometedor en relación a esta cuestión es Túnez. En el país donde estalló el grito revolucionario, existe un clima de moderación política, y un discurso laico bien aceptado. Véase por ejemplo, que en las últimas elecciones legislativas celebradas en octubre de este año, el partido de tendencia islamista Ennahda solo obtuvo el 30% de los escaños. Sin más, el modelo laico francés desde hace tiempo se ha arraigado en el seno de la sociedad, incluso a pesar de la dictadura del régimen anterior de Ben Ali. En este sentido, la Primavera Árabe de Túnez es completamente opuesta a aquella que vive Siria, por lejos mucho más fría.</p>
<p>En suma, la revolución que inició la caída del Muro de Berlín supuso el cierre de la contienda ideológica entre dos cosmovisiones políticas para comprender y organizar la sociedad. En contraste, y si bien el estallido se produjo por motivos similares relacionados con la represión política y económica, la Primavera Árabe no concluyó ningún debate, sino que todo por el contrario, dio vida nueva a uno que ya venía discutiéndose desde el siglo pasado, si no es que desde antes también. Quedará por verse si las flores sobreviven al invierno del cataclismo de las guerras intestinas árabes, y si las formas democráticas echan raíces a lo largo y ancho del jardín. Bien, no nos engañemos, pues para que esto ocurra no solamente deberán resolverse los problemas socioeconómicos estructurales de los árabes, sino que también deberá conciliarse que la religión queda mejor preservada cuando se la guarda en casa, conservándose en el ámbito de lo privado.</p>
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