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	<title>Federico Gaon &#187; Estado Islámico</title>
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		<title>Umberto Eco, Occidente e Islam</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Feb 2016 09:23:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Gaon</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Umberto Eco fue un escritor y un intelectual con impronta global. Con motivo de su fallecimiento, el último 19 de febrero, me gustaría, a modo de homenaje, hacer una breve mención sobre sus pensamientos relacionados con mi campo de investigación: el intercambio entre Occidente e Islam (con mayúscula, el mundo musulmán), y el fenómeno del extremismo islámico contemporáneo.</p>
<p>Eco fue, sin lugar a dudas, un espíritu lúcido como crítico. Respetado mundialmente, el docto italiano se sumó al debate que nació a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando intelectuales y comentaristas por igual comenzaron a tratar la tesis del choque de civilizaciones.</p>
<p>Para comenzar, desde el punto de vista del rigor académico, Eco era un tradicionalista que advertía sobre la importancia de lo metodológico en las ciencias. El literato se alarmaba frente a la actitud prepotente de muchos intelectuales, que tratan cualquier tema sin los debidos conocimientos que imparte el estudio. Con esto se refería a los opinólogos que abordan los temas de actualidad como si fuesen oráculos, preparados para dar respuestas instantáneas a cualquier aflicción. Por ello, a razón de esta observación, se puede decir que Eco reconocía honestamente sus propias limitaciones. Un intelectual cauto, prefería recurrir a las enciclopedias antes que a internet. Sospechaba de las nuevas tecnologías mediáticas, porque —según lo insinuaba— competían contra la “función de filtro” que tiene la cultura para determinar lo que es importante de lo que no, como asimismo qué opinión es calificada y cuál no. En su resquemor a los medios, expresaba lacónicamente: “La verdad no se encuentra en el tumulto, sino más bien en una búsqueda silenciosa”.<span id="more-252"></span></p>
<p>Considerando esta apreciación, Eco trató el renacimiento del islamismo (esto es el islam político) y el yihadismo con circunspección. Observaba preocupado que <b>muchos de estos oráculos caen en la tentación que ofrece el juego maniqueo de las etiquetas, propio de las guerras de religión (</b><b><a href="http://prodavinci.com/2015/04/06/actualidad/monoteismos-y-politeismos-por-umberto-eco/">monoteístas</a></b><b>) —ese “nosotros contra ellos”— que conduce a simplificaciones dañinas.</b> Eco atinaba que las adhesiones, pasiones a contraposiciones simplistas, propias de la polémica huntingtoniana de Occidente en oposición al mundo islámico, merman la capacidad intelectual de discernir, en relación con lo anterior, entre lo que es relevante y lo que no.</p>
<p>Por ejemplo, considerando que hay intelectuales que convienen en remarcar los hitos culturales pasados del Islam para relativizar sus excesos en el presente, Eco tenía la sensatez de opinar que, a los efectos de vislumbrar lo que sucede en el aquí y en el ahora, no interesa qué tan educados puedan haber sido los musulmanes en los tiempos de Avicena y Averroes, o qué tan magna haya sido la tolerancia durante la era de Al-Ándalus (en la España mora). Como las cosas mutan, se invierten y cambian: “El problema de los parámetros no se plantea en clave histórica, sino en clave contemporánea”.</p>
<p>Si bien Eco daba por entendido que es natural que cada grupo cultural se suponga superior al resto, como parte de las preferencias y las experiencias de cada colectivo, aclara precisamente que es necesario establecer parámetros basados en el presente y no en el pasado, para justificar las aseveraciones de superioridad. De este modo, viendo que en Occidente la ciencia, la crítica y la indagación son valores consagrados, Eco daba sentido al hecho de que casi todos los premios nobeles provinieran de un contexto europeizado. Desde este lugar,<b> reconoció que lo que separa a Occidente del Islam, o más bien —en la disyuntiva convencional que él prefería— al oeste del este, es la capacidad del primero y el desinterés del segundo en desentrañar abiertamente sus propias contradicciones.</b> Al caso, el semiólogo y literato sugería que, aunque hay cosas que desde un punto de vista utilitario resultan intolerables, en Occidente se glorificó la bondad de la diversidad. “Somos una civilización pluralista —decía Eco— porque permitimos que en nuestra casa se construyan mezquitas, y no podemos renunciar a ello sólo porque en Kabul metan en la cárcel a los propagandistas cristianos. Si lo hiciéramos, nos convertiríamos también nosotros en talibanes”.</p>
<p>Con este mismo sentimiento, a raíz de la llamada guerra contra el terror, el autor de <i>El nombre de la rosa</i> se mostraba turbado frente al prospecto de una guerra entre el oeste y el este. Se opuso a la invasión aliada de Irak en 2003 y temía que Occidente se dejara llevar por la misma barbarie que supone combatir; que la radicalización condujera a un desfasaje entre “una cristiandad fragmentada y neurótica” y los valores pluralistas que la identifican en el corriente. Con justa mesura, Eco expuso que frente a las atrocidades del extremismo islámico no se puede meter a todos los musulmanes en la misma bolsa.</p>
<p>A propósito del término <i>cristiandad</i>, una palabra caída en desuso que denota una afinidad religiosa común dentro del marco europeo, Eco la utiliza porque creía en Occidente como la expresión cultural resultante de la secularización de la experiencia cristiana. Tal es así que en Europa uno podría definirse como culturalmente cristiano y ser ateo o agnóstico, es decir, ser cristiano sin necesidad de ser creyente o practicante. Eco sostenía que es la cultura, y no las guerras del pasado, lo que cementa la identidad europea. Por esto mismo, <b>temía por lo que muchos pensadores definen como una crisis de identidad. “Europa es un continente que era capaz de fusionar varias identidades, y sin embargo no confundirlas”. Hoy las identidades están en tela de juicio.</b></p>
<p>Por lo pronto, con motivo de la creciente proporción de musulmanes en Europa, Eco llegó a observar, en una de sus últimas intervenciones como entrevistado: “La fusión de civilizaciones es una posibilidad que puede ocurrir debido a la migración”. Hasta donde yo tengo entendido, Eco no se expidió en detalle acerca de las posibles consecuencias de tal hipotética fusión entre Occidente e Islam. Lo que sí hizo fue expresar aprecio por lo que llamó “la nueva religión de solidaridad”, encabezada por Ángela Merkel y sus políticas para acoger a los refugiados sirios. Pero de darse tal fusión, ¿cómo sería?</p>
<p>El italiano expresó su convicción de que este proceso de transformación era inevitable: “Europa es un continente que fue capaz de fusionar muchas identidades sin mezclarlas. Así es como veo exactamente su futuro”. “En el próximo milenio, Europa será un continente multirracial”. Y bien, cabe preguntarse, ¿arrojaría este futuro un <i>modus vivendi</i> secular, o vería un aumento en la religiosidad con un devenir antiliberal? ¿Qué forma adoptaría dicho sincretismo? Eco relativizó la cuestión afirmando que todos los cambios importantes dan miedo y que —por decir algo al paso— este también sería el caso si un shopping se construyera sobre el Duomo de Milán.</p>
<p>En tal caso, ¿podría ser la cristiandad, en el sentido secularizado que entiende el autor, la vieja rosa de la cual sólo queda su nombre? (Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus). Solamente el tiempo lo dirá.</p>
<p>Pese a esta ambigüedad, Eco fue determinante en cuanto a la amenaza constante supuesta por las ideologías totalitarias. En uno de sus planteos más ejemplares, el intelectual italiano desarrolló el concepto de lo que él acuñó “<a href="http://www.pegc.us/archive/Articles/eco_ur-fascism.pdf">Ur-Fascismo</a>”, el fascismo eterno. Representa una serie de características que por más que no se cumplan todas en un sistema organizado, o incluso se contradigan, basta con que se verifique una para “hacer coagular una nebulosa fascista”. Prestamente, ellas son 1) el culto a la tradición; 2) el rechazo del modernismo; 3) el culto a la acción por amor (irracional) a la acción; 4) el rechazo del pensamiento crítico; 5) el miedo a las diferencias; 6) la invocación a las frustraciones sociales; 7) la apelación al nacionalismo en oposición a enemigos externos como internos; 8) la exageración y la disminución retórica (envidia y miedo) del enemigo; 9) el principio de guerra perenne, permanente; 10) una dirigencia elitista y el desprecio a la debilidad de las masas; 11) la narrativa de heroísmo basada en el culto a la muerte; 12) el machismo, desdén por lo femenino y por los hábitos sexuales que no son la norma; 13) la condena del individualismo en favor de un populismo cualitativo; y, por último, 14) el uso de una neolengua (orwelliana) caracterizada por un léxico escueto y una sintaxis bruta o elemental.</p>
<p>Eco instaba a una vigilia permanente contra este Ur-Fascism, que puede resurgir bajo distintas formas y colores, aun con las apariencias más inocuas. Desde este lugar<b>, el renombrado intelectual expuso al llamado Estado Islámico (ISIS) por lo que realmente es: “una nueva forma de nazismo, con sus métodos de exterminio y su apocalíptico deseo de dominar el mundo”</b>. En este sentido, el fenómeno del yihadismo se ajusta perfectamente a las características típicas que dan cuenta de una tendencia totalitaria.</p>
<p>Umberto Eco fue, sin dudas, un gran italiano y un gran europeo. Hombre de letras, creía firmemente en el rol de la universidad como una fuerza de paz, como un lugar para avanzar el conocimiento y generar entendimiento mediante la contrastación pacífica de controversias. En el mundo informatizado de hoy, impaciente y que busca verdades al instante, Eco era un paladín de la academia y de la cultura. Tal como recomendara, es necesario que cada quien trabaje en su campo, sabiendo en qué mundo vivimos, sacando conclusiones a partir del estudio; todo en virtud de “volvernos tan astutos como la serpiente y no tan ingenuos como la paloma”.</p>
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		<title>La verdad incómoda acerca del Estado Islámico</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Jul 2015 03:00:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Gaon</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Sea por miedo o por recaudo a no estigmatizar a las comunidades musulmanas, es común que en los debates acerca del fenómeno del yihadismo suelan evadirse términos que son indispensables para comprender mejor la realidad, y que a lo sumo se los reemplace con eufemismos más en sintonía con el discurso políticamente correcto que con la búsqueda de la verdad. El signo más recurrente es la tendencia a evitar hablar de “terrorismo islámico” y, en cambio, aducir que grupos como el Estado Islámico (ISIS), Boko Haram, o Al Qaeda representan a una minoría que secuestra la religión que profesa una mayoría tolerante y pacífica. Esto es, por ejemplo, lo que hizo el presidente estadounidense Barack Obama durante <a href="http://nypost.com/2015/02/18/obama-refuses-to-acknowledge-muslim-terrorists-at-summit/">un discurso</a> algunos meses atrás. Ahora bien, ¿es esta una posición responsable ante la amenaza del extremismo religioso homicida?</p>
<p>De un modo u otro, ya sea para calmar ansiedades o para desalentar perjuicios, cuando se insiste directa o indirectamente en que los terroristas en cuestión no son musulmanes, al final de cuentas los yihadistas salen ganando y los valores democráticos salen perdiendo. Si bien desde ya es evidente que la mayoría de los musulmanes no son asesinos en potencia, existen muchísimos fieles que profesan versiones de la fe que no se correlacionan con la contemporaneidad y con la reflexión multiculturalista. Políticos, periodistas e intelectuales ponen axiomáticamente al islam en igualdad de condiciones con otras religiones, como si todos los individuos fuéramos criados con los mismos valores. El problema es que no se toman mucho tiempo para estudiar acerca de religión y política antes de emitir opinión.<span id="more-137"></span></p>
<p>En todo caso, no importa tanto lo que las fuentes religiosas tengan para decir, sino más bien cómo la gente fue interpretando tales mandatos divinos a lo largo del tiempo, en distintos lugares y contextos. Si hoy el catolicismo merece a un pontífice condescendiente como Francisco es porque la curia romana atravesó un profundo cisma, y porque transitó por siglos de conflicto con toda autoridad o doctrina que se reservara el derecho a pensar diferente.</p>
<p>Descrito a grandes rasgos, <b>si el mundo islámico experimenta tales niveles de extremismo y violencia fratricida es porque no sufrió transformaciones que a la larga se hayan plasmado en una verídica revolución racionalista</b>. En este aspecto, distinto a la experiencia de las otras dos grandes religiones monoteístas, la interpretación racional de las fuentes no echó raíces y la influencia de lo piadoso nunca logró separarse decididamente del poder político. Este trasfondo permite explicar por qué al día de hoy, en cifras de varios analistas, <b>entre un 5 % y un 10 % de los musulmanes tiene opiniones que bordan un fanatismo belicoso</b>. Esto no significa que uno de cada diez creyentes sea terrorista, mas sí que tenga una inclinación a justificar el accionar de los terroristas en nombre de Dios. Aun suponiendo que la cifra es exagerada y que solamente el 1 % de los <b>1,6 mil millones</b> de musulmanes que hay en el mundo es militante, estaríamos hablando de<b> </b>16  millones de extremistas potenciales. Sin dudas, la xenofobia es una condición real que ensucia a las sociedades occidentales, pero parecería ser que muchos autodenominados progresistas escogen ignorar que la discriminación y el prejuicio también operan en sentido contrario.</p>
<p>Existen múltiples encuestas que asientan que <b>el terrorismo islámico no será erradicado en tanto los propios musulmanes no fomenten abiertamente la reflexión hacia una fe que pueda convivir con los principios de la vida secular y la deliberación democrática</b>. Es en este sentido que minimizar el rol de las causas endógenas del terrorismo islámico es prestar un gran deservicio a todo lo que la democracia representa. Minimizar la actitud extremista de grandes contingentes de musulmanes para con su propio credo resulta irresponsable y lleva a desvirtuar nuestra percepción sobre la influencia real de la religión.</p>
<p>Para compartir algunos datos críticos, una encuesta realizada por <a href="https://www.ipsos-mori.com/newsevents/latestnews/810/How-much-does-religion-matter.aspx">Ipsos Mori en 2011</a> muestra que el 94 % de las personas que viven en países mayoritariamente musulmanes cree que la religión es una parte importante de sus vidas, contra un 66 % en países de mayoría cristiana que opina lo mismo. No obstante, puertas adentro de los países musulmanes y las comunidades islámicas dentro de Occidente existe una tendencia alarmante. Un reporte publicado por el <a href="http://www.pewforum.org/uploadedFiles/Topics/Religious_Affiliation/Muslim/worlds-muslims-religion-politics-society-full-report.pdf">Pew Research Center en 2013</a> muestra que en los países donde el islam es la religión favorecida u oficial, la mayoría de los musulmanes considera que la <i>sharia</i> -la ley islámica- debería ser la ley estatal. Entre otros, en Afganistán la cifra alcanza a un 99 % de la población, en Irak a un 91 %, en los territorios palestinos a un 89 % y en Egipto a un 74 %. Las cifras también se correlacionan en países asiáticos. En Malasia un 86 % de los musulmanes apoyaría un proyecto por islamizar la ley del Estado; en Bangladesh avalaría un 82 % y en Indonesia un 72 %. Sobre la pregunta acerca de si las cortes religiosas deberían tener poder sobre el Estado para decidir sobre disputas de familia y propiedad los resultados arrojados fueron similares.</p>
<p>Luego de estudiar por cinco años a las comunidades de inmigrantes marroquíes y turcos en Alemania, Austria, Bélgica, Francia, Holanda y Suecia, el centro <a href="http://www.wzb.eu/sites/default/files/u6/koopmans_englisch_ed.pdf">WZB de Berlín</a> concluyó en 2013 que dos tercios de los musulmanes entrevistados -o sea el 65 %- piensa que la ley religiosa es más importante que la ley estatal del país europeo en el que viven. A esto,<b> tres cuartos -el 75 %- opina que solo hay una interpretación legitima del Corán y que esta debería aplicar a todos los musulmanes por igual</b>. Luego, por poner otro dato, una encuesta realizada por <a href="http://www.vancouversun.com/life/Canadians+feel+rift+growing+between+Western+Muslim+societies/10916682/story.html?utm_source=feedburner&amp;utm_medium=feed&amp;utm_campaign=Feed%3A+canwest%2FF229+%28Vancouver+Sun+-+News%29">Leger Marketing este año</a>, que fue difundida por el <i>Vancouver Sun, </i>mostró que el 42 % de los musulmanes canadienses cree que las sociedades islámicas son irreconciliables con sus contrapartes occidentales. Estos datos podrían adelantar una respuesta a las miles de personas que se preguntan incrédulas qué explica que jóvenes musulmanes de Londres o París dejen todo atrás para pelear una salvaje “guerra santa” en el desierto a miles de kilómetros de distancia.</p>
<p>A esta altura debería quedar en claro que existe un choque cultural en el seno de las sociedades libres y que reconocer este problema no es lo mismo que islamofobia. Esta es una carta con la que frecuentemente se busca silenciar a los comentaristas -este autor incluido-, bajo argumentos cínicos que tildan toda crítica como intolerancia o aprensión ante los musulmanes. Lo cierto, sin embargo, es que los únicos que tienen la potestad de incentivar un cambio verdadero para reinventar la fe y adaptarla al siglo XXI son los líderes religiosos en el islam. Quizás el primer paso para marcar el camino hacia la introspección sea la reivindicación, por parte de creyentes, del sentido del humor en la religión, avasallantemente vedado en el mundo islámico. El humor consiste en saber reírse de las propias desgracias, y así como lo notaba Sigmund Freud, es la venganza segura que imparten los débiles sobre los poderosos. Uno puede reírse de Moisés o de Jesús, pero ¡cuidado con mofarse de Mahoma! En este simple y no obstante importante carácter del ser, el mundo islámico corre con siglos de letargo y desventaja, pues difícilmente hoy en día haya algún judío o cristiano que salga a matar porque a alguien se le ocurrió dibujar al vaticinador de sus creencias.</p>
<p>Concretamente, al denunciar islamofobia o <a href="http://federicogaon.com/la-huida-de-los-intelectuales-mi-respuesta-al-centro-islamico-de-la-republica-argentina/">campañas de difamación</a>, los líderes religiosos suelen hacer la vista gorda al problema de trasfondo, arremetiendo en cambio contra una supuesta sociedad prejuiciosa que es intolerante con quien es diferente. Como resultado, se dicen barrabasadas como que el ISIS “no es islámico” y que el terrorismo islámico es una exageración de la prensa. Una <a href="http://www.aljazeera.net/votes/pages?voteid=5270">encuesta reciente realizada por Al Jazeera</a> revela lo contrario. Esta pregunta a una audiencia árabe si apoya las victorias del ISIS en la región, a lo que un 81 % de 56.881 encuestados contestó que sí.</p>
<p>Aunque ninguna encuesta pretende ser exacta o científica, y mucho menos si se realiza en línea como aquella recién mencionada, el hecho está en que como instrumentos a nuestra disposición estas cumplen un propósito como termómetros sobre la percepción humana. Y al respecto, los elevados porcentajes que proyectan los estudios realizados por distintos encuestadores atinan en que <b>hay elevadas proporciones de musulmanes que opinan que debería haber más islam en la vida; y menos orden terrenal, menos contenido secular</b>. Llamo a este paradigma la verdad incómoda del islam. Tratarla es controversial y doloroso, pero es la única esperanza que tiene el grueso de la comunidad islámica global para poner fin al extremismo. Así como lo expresó el periodista libanés <a href="http://www.memri.org/report/en/0/0/0/0/0/0/8633.htm">Eyad Abu Shakra</a> a razón de <a href="http://www.infobae.com/2015/06/26/1737823-terrorismo-islamico-multiples-atentados-el-mundo-dejan-mas-130-muertos">la última ola de atentados</a> en Francia, Kuwait, Siria, Somalia y Túnez: “los musulmanes tienen ahora que tomar una decisión: o ignoran la amarga verdad y permiten que la enfermedad se esparza hasta que mate, o escogen reconocer su existencia mientras que se preparan a enfrentarla”.</p>
<p>Esto es precisamente lo que argumentaba <a href="http://opinion.infobae.com/andres-cisneros/2015/06/29/la-naturalizacion-de-la-barbarie-terrorista/">Andrés Cisneros</a> en su columna del 29 de junio. En suma, como lo expresa el politólogo: “la única manera de acabar con los fanáticos de cualquier naturaleza es que los propios fieles de la religión que ellos invocan cesen de mirar para otro lado”. Es a este tipo de fieles, a estos valientes agentes de cambio y no a los cínicos que explican al ISIS en las desaventuras de Estados Unidos y la economía mundial capitalista, a quienes debemos apoyar y dar legitimidad. Tampoco ayudan los líderes que para quedar bien con sus audiencias musulmanas expresan que los yihadistas no representan al islam. <b>La yihad no será uno de los cinco pilares del islam, pero de no combatirla, los musulmanes ponen en riesgo que esta pase a dilucidarse en la práctica como el sexto pilar para miles de creyentes alrededor del globo</b>. No se la combate ignorándola o disminuyéndola como aislámica. Empero, se la derrotará reconociéndola como el bagaje de una tradición islámica ahistórica con el presente.</p>
<p>Al cumplirse un año desde la puesta en escena del ISIS, el corriente mes en que se conmemora el ramadán brinda la perfecta oportunidad para reflexionar sobre el futuro que los musulmanes heredarán si no comienzan a tomar un rol activo para imbuir a su religión con una esencia verídicamente pluralista, renunciando a la búsqueda por impartir materialmente la <i>sharia</i>, y abrazando la separación entre lo piadoso y lo secular. Esta es la difícil lección que Occidente aprendió tras un tortuoso y sangriento devenir, y los expertos (tanto musulmanes como no musulmanes) coinciden en que, teológicamente hablando, no existe nada en el islam que lo inhiba para siempre de la democracia. Como lo notaran grandes pensadores islámicos como Muhammad ‘Abduh y Ali Abd al Raziq a principios del siglo pasado, no hay razón para suponer que el islam no tenga el potencial de adaptarse a las circunstancias y que los musulmanes no puedan integrarse plenamente a la sociedad global.</p>
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		<title>La caja de Pandora del islam</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Feb 2015 11:07:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Gaon</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Salmán bin Abdulaziz es el nuevo rey de Arabia Saudita, luego de que su medio hermano, Abdalá, muriera el 23 de enero pasado a los 90 años. Salmán, de 79 años, no representa un cambio de aire en la bien establecida monarquía saudita. Por el contrario, Salmán personifica el legado empedernido de su familia por... <a href="http://opinion.infobae.com/federico-gaon/2015/02/09/la-caja-de-pandora-del-islam/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Salmán bin Abdulaziz es el nuevo rey de Arabia Saudita, luego de que su medio hermano, Abdalá, muriera el 23 de enero pasado a los 90 años. Salmán, de 79 años, no representa un cambio de aire en la bien establecida monarquía saudita.<strong> Por el contrario, Salmán personifica el legado empedernido de su familia por cortejar y financiar la yihad islámica alrededor del globo.</strong> De hecho, el nuevo rey supo ser uno de los principales recaudadores de fondos para los muyahidines, los “guerreros santos” que combatieron a los soviéticos en Afganistán durante la década de 1980, a los serbios en los Balcanes durante la década de 1990, y a los rusos en Chechenia durante los 2000.</p>
<p>Por sus acciones, en mi opinión Salmán puede ser descrito como el Víctor Frankenstein de la yihad. Según aducen varios analistas, en gran medida fue el padre del monstruo contemporáneo que es el llamado Estado Islámico (ISIS). El recientemente coronado rey fue uno de los personajes que al abrir los cofres del Estado, le proveyó a una generación de yihadistas la energía vital que esta necesitaba para cobrar forma. Efectivamente, creo que la misma alegoría podría ser empleada con otros sauditas de renombre y linaje real, como los príncipes Bandar bin Sultan, Turki al Faisal, y Al Waleed bin Talal.</p>
<p>De acuerdo con el exanalista de la CIA, Bruce Riedel, Salmán fue en su momento escogido por el régimen para velar por los intereses internacionales de la familia saudita. Por mucho tiempo gobernador de Riad, Salmán actuó como el nexo entre la casa real y el establecimiento wahabita, para proveer a los yihadistas con una fuente virtualmente inagotable de recursos para sostener su guerrilla contra sus enemigos. Tómese como ejemplo que durante los años de 1980, de acuerdo con otro analista de inteligencia, las donaciones privadas desde Arabia Saudita habrían alcanzado entre los 20 y los 25 millones de dólares por mes. Por supuesto, ningún análisis de la cuestión afgana sería consistente si no se señala que en aquella época frenar la invasión soviética era el común denominador entre la política Washington y Riad. Pero mientras que para los norteamericanos coartar a los rusos se convertía en un imperativo geopolítico, es decir, se traducía en un esfuerzo motivado por intereses pragmáticos, para los sauditas apoyar la yihad se convirtió en una política de Estado; basada ya no solamente en consideraciones estratégicas, sino ideológicas al mismo tiempo.</p>
<p><strong>Durante los años de 1980, Arabia Saudita no solamente exportó la “guerra santa”, sino que diligentemente comenzó a preparar el caldo de cultivo para formar a nuevos yihadistas, incluso dentro de Occidente.</strong> En total, en aquella década se habrían canalizado 75 billones de dólares para la propagación del wahabismo por el mundo, a veces convenientemente inserto dentro de instituciones de solidaridad y beneficencia musulmanas. Esta “ofensiva cultural” es el verdadero problema detrás del extremismo islámico que se observa a diario. Detrás de la fachada de la Liga Mundial Islámica, presente en todos los rincones del mundo, se ha construido una institución instrumental en la difusión mundial de la doctrina wahabita. Es la misma que llevada al extremo, provee el sustento ideológico que caracteriza a grupos que van desde Al Qaeda, Boko Haram, y desde luego el ISIS. En términos generales, si alguien como el rey Salman es un Dr. Frankenstein de la yihad, Arabia Saudita en sí – esto es, su régimen político y su entendimiento con el orden religioso – representa la caja de pandora del islam.</p>
<p><strong>Es paradójico que los sauditas estén construyendo un muro para repeler al ISIS. Si este grupo se personificara en una persona, sería el hijo prodigio de la casa Saud; de las enseñanzas que durante mucho tiempo la monarquía promovió en el extranjero con sus inagotables fuentes de dinero. Esta suerte de campaña internacional de evangelización se debe principalmente a las consideraciones que presento a continuación.</strong></p>
<p>Por un lado, varios comentaristas vienen discutiendo que existe una similitud llamativa entre el ISIS y el Ikhwan (“Hermandad”), que en esencia era el movimiento wahabita que a falta de fanatismo, conquistó la mayoría de la península arábiga durante los años de 1920, y que en principio quería continuar conquistando la totalidad de Medio Oriente. El fundador y patriarca del actual Estado saudita, Ibn Saud, pactó con esta milicia religiosa a los efectos de poder asegurarse la prominencia política de la península. Bajo esta alianza, Saud pudo derrotar a facciones rivales y consagrar un Estado para su propio clan en 1932. A cambio de legitimidad religiosa, el rey ofreció a los wahabitas dominio sobre todos los asuntos religiosos como cotidianos de la esfera pública.</p>
<p>No obstante, y como no podría ser de otra manera, en el camino a la construcción de un Estado moderno, las fuerzas del progreso chocaron en reiteradas ocasiones con las fuerzas del conservadurismo clerical; opuesto a los automóviles, a la radio, a la televisión, y más recientemente a la presencia de tropas no musulmanas (norteamericanas) en territorio islámico. De esta fricción surgió Osama bin Laden, el hijo de un sobresaliente y millonario empresario que doto al país con autopistas y obras modernas de infraestructura. Osama sin embargo escogió no continuar con el legado de su padre, y termino convirtiéndose en el jeque de Al Qaeda.</p>
<p>Para la monarquía saudita, exportar la revolución wahabita se convirtió en un camino para conservar legitimidad a los ojos de los fieles, y quizás aún más importante, se volvió en una estrategia para desviar la atención de los fanáticos frente a las contradicciones inherentes del Estado saudita. Pues pese a los códigos de humildad material y celo por vivir a la usanza exacta en la que se vivía en los tiempos de Mahoma, lo cierto es que la familia real se caracteriza por vivir con extravagantes lujos – desviaciones a la luz de la práctica religiosa más rigurosa. En breves cuentas, exportar la yihad se convirtió para la casa real en un modo de ganar prestigio y así evitar que la “guerra santa” se vuelva contra ellos. Este resultado adverso quedó puesto de manifiesto a mediados de 1975 luego de que el rey Faisal fuera asesinado por llevar a cabo políticas modernizadoras en detrimento del orden nómade y tribal característico hasta entonces de la sociedad arábiga.</p>
<p>El mayor golpe se produjo no obstante en 1979. En ese año se sucedieron tres eventos clave que determinaron la posición de Arabia Saudita como financista de la yihad global y promotora de la variante más rígida y belicosa del islam. A comienzos del mismo, la revolución chiita del ayatolá Jomeini derroco al Shah Reza Pahlaví, convirtiendo a Irán en un Estado islámico, mas fundado por un movimiento popular con rasgos socialistas, antagónico al modelo monárquico y sunita de los sauditas. En segundo término, finalizando el año, se produjeron dos eventos que activaron fuertemente la opinión pública: la invasión soviética de Afganistán, y la toma de la gran mezquita de Masjid al-Haram en La Meca. Este último incidente se refiere a un grupo de fanáticos, que reviviendo el nombre de Ikhwan, tomó por la fuerza el lugar más santo del islam para protestar contra la laxitud religiosa, que según ellos, sesgaba la santidad de la península.</p>
<p><strong>Es entonces, como resultado ante estas eventualidades, que invertir en los muyahidines y en los yihadistas que les seguirían se convirtió en una política de Estado. A partir de ese momento, el régimen reclamó a sus ciudadanos una más estricta adherencia a los códigos religiosos, y allí es que para apaciguar al clero wahabita, al ahora rey Salmán se le encomienda servir de vínculo entre la casa real y la elite religiosa.</strong></p>
<p>Por otro lado, en vista de este contexto, Arabia Saudita es uno de los países más conservadores del mundo desde todo sentido de la expresión. Las estrictas pautas sociales y normas religiosas dominan por completo a la sociedad. Las artes por lo general están prohibidas, la creatividad en los jóvenes es desalentada, los sexos son segregados y no existe ningún tipo de libertades republicanas. Si bien la ciudadanía no posee derecho a un sistema representativo para hacer oír sus demandas, en el Estado casi que no hay necesidad de que la gente page impuestos.</p>
<p>Este clima resulta en dos actitudes marcadamente opuestas frente a la vida y que sin embargo aparecen como dos caras de la misma moneda; como dos etapas naturales de la identidad saudita. Frente a las barreras impuestas a la interacción con el sexo opuesto, a las expresiones culturales, al cine, la música y el teatro, los jóvenes sauditas – o bien descargan sus pasiones comprando compulsivamente en los shoppings, o peor aún, exteriorizan sus inquietudes a través del marco religioso beligerante que les ofrece la doctrina oficial. Aquellos jóvenes que no tienen otra cosa que hacer salvo educarse religiosamente, el camino del wahabismo les ofrece redención, aventura, y la promesa de un lugar definitivo en el paraíso.</p>
<p><strong>El ISIS es la expresión más aguda de esta experiencia</strong>. Algunos comentaristas vinculados con la izquierda se apresuran a culpar a Estados Unidos por la germinación de semejante radicalismo islámico. Son varias las voces que indican que, por sus desaciertos, la política exterior de Washington dio cabida al resentimiento y odio de la ideología yihadista. Pese a la discutible validez de algunos de los argumentos presentados por esta línea de análisis, estos observadores fallan en percatarse del rol que jugaron los sauditas durante las últimas décadas, en la promoción y confección de una ideología opuesta a toda expresión cultural, reivindicativa de una religiosidad utópica, y de antemano intolerante a cualquier noción de compromiso o dialogo.</p>
<p>El wahabismo es un fenómeno que data del siglo XVIII, mucho antes de que Estados Unidos se entrometiera en los asuntos de los árabes. Todavía más importante es el hecho que Arabia Saudita como Estado fue posible gracias a una revolución religiosa, la de los Ikhwan, semejante a aquella que hoy en día afecta a Siria e Irak mediante la acción del ISIS.En retrospectiva, en su afán por contener esta revolución internamente y al mismo tiempo exportarla, la monarquía saudita acrecentó las vicisitudes entre la clase dirigente y la elite religiosa. Como resultado, terminó inadvertidamente fomentando la creación de un movimiento que ahora se le ha vuelto en su contra.</p>
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		<title>¿Por qué Obama despidió a Hagel?</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Dec 2014 14:48:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Gaon</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La semana pasada se anunció que Chuck Hagel dejaría de ser el secretario de Defensa, por presuntos desacuerdos con el presidente Barack Obama. Por descontado, en los últimos días los medios norteamericanos han dado rienda suelta a la especulación que rodea a esta decisión, y han hablado de la posible lista de candidatos para suceder... <a href="http://opinion.infobae.com/federico-gaon/2014/12/02/por-que-obama-despidio-a-hagel/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La semana pasada se anunció que<strong> Chuck Hagel dejaría de ser el secretario de Defensa, por presuntos desacuerdos con el presidente Barack Obama</strong>. Por descontado, en los últimos días los medios norteamericanos han dado rienda suelta a la especulación que rodea a esta decisión, y han hablado de la posible lista de candidatos para suceder a Hagel en el cargo. Si bien en este punto solo es posible hacer conjeturas, siendo necesario esperar hasta que Hagel publique sus memorias para aclarar la historia, podemos argumentar algunas razones que posiblemente hayan tenido que ver con la decisión de Obama.</p>
<p>En primer lugar, es tentador suponer de entrada que las diferencias entre el Presidente y su Secretario de Defensa engloban principalmente la cuestión de Medio Oriente y Ucrania. Republicano, veterano de guerra y exsenador, es sabido que Hagel no era partidario de una política necesariamente más dura, en relación a los desafíos en materia de seguridad, pero que sí demandaba al presidente <a href="http://edition.cnn.com/2014/10/30/politics/hagel-starr-syria-memo-white-house/">más transparencia y claridad</a> en cuanto a los objetivos por delante. Se viene discutiendo que Hagel tiene diferencias con Obama y su equipo en lo que hace a la estrategia para contrarrestar a las fuerzas de tanto Bashar al-Assad como aquellas del Estado Islámico (EI o ISIS), como asimismo adoptar una posición más clara frente a la intransigencia rusa en Ucrania. Pero <strong>Hagel no representa al sector duro del ala republicana</strong>. Por el contrario, algunos analistas discuten que su asignación a la jefatura del Pentágono en febrero de 2013 respondía a una sensación de transición, de un modo de guerra a un modo de retrotracción, que comprendía que las guerras en Irak y en Afganistán estaban terminando. La situación ameritaba a un hombre con credibilidad entre los republicanos y entre los demócratas, suficiente para conducir un proceso de recorte en materia defensiva.<span id="more-33"></span></p>
<p>Por supuesto, el panorama mundial es hoy distinto al que se veía cuando Obama asumió su segundo mandato hace dos años. Si Hagel era el hombre para lidiar con un escenario de transición, parece ser que no ha demostrado estar lo suficientemente preparado para ocuparse de un teatro de guerra. Otra forma de ver esto – en mi opinión más sólida con la realidad – conduce a interpretar que <strong>Obama necesitaba expiar sus errores, expulsando al funcionario más reemplazable de su administración; y Hagel cuadraba con el perfil.</strong></p>
<p>Para sostener esta hipótesis, debe tenerse presente que la aprobación de la política exterior de Obama se encuentra en un bajo histórico. Por ejemplo, de acuerdo a <a href="http://www.cbsnews.com/news/is-obama-tough-enough-in-dealing-with-isis/">cifras de septiembre</a>, el 57 por ciento de los estadounidenses no creen que Obama sea lo suficientemente duro tratando con ISIS, y el 55 por ciento no piensa que Obama tenga un plan claro al respecto. De acuerdo con esta mirada, <strong>Hagel terminó como <a href="http://shadow.foreignpolicy.com/posts/2014/11/24/white_house_chuck_hagel_scapegoat_resignation_midterms_problems">el chivo expiatorio de la Casa Blanca</a>.</strong> Conforme esta visión, ha sido descrito como “<a href="http://www.latimes.com/opinion/op-ed/la-oe-boot-hagel-obama-defense-disasters-20141125-story.html">un cero a la izquierda</a>” como secretario de Defensa. No porque no sea un individuo preparado o capaz, sino porque simplemente no logró tener influencia sobre el proceso de toma de decisiones. De acuerdo con el <a href="http://www.nytimes.com/2014/11/25/us/hagel-said-to-be-stepping-down-as-defense-chief-under-pressure.html?smid=tw-share"><i>New York Times</i></a>, Hagel nunca pudo hacerse partícipe del apretado equipo de seguridad nacional del presidente, compuesto por funcionarios leales y poco críticos. En este sentido, parece ser que el Secretario de Defensa no tenía una buena comunicación con el equipo presidencial, viéndose rutinariamente aislado como nexo entre el Pentágono y el despacho oval.</p>
<p>Obama no podía despedir a John Kerry, su popular secretario de Estado entre los demócratas. Tampoco iba a despedir a Susan Rice, su íntima consejera de Seguridad, o a su poderoso jefe de Gabinete, Denis R. McDonough. Según reporta el <i>Times</i>, Obama últimamente puenteaba a Hagel por el General Martin E. Dempsey, del Estado Mayor Conjunto. De ser cierta esta aseveración, <strong>la partida de Hagel nos habla más de Obama que de Hagel mismo.</strong> De acuerdo con <a href="http://www.latimes.com/opinion/op-ed/la-oe-boot-hagel-obama-defense-disasters-20141125-story.html">Max Boot</a>, analista del <i>Council on Foreign Relations</i>, el despido del secretario de Defensa no va a ayudar o acaso mejorar la política exterior norteamericana, por la mera razón de que Obama reserva el proceso de toma de decisiones para sus allegados más cercanos. Por eso, <a href="http://www.vox.com/2014/11/24/7275177/chuck-hagel-resigns-defense">como opina otro analista</a>, la culpa no es de Hagel, porque “Obama ha decidido fijar la política exterior desde la Casa Blanca, lo que significa excluir a agencias como el Pentágono y el Departamento de Estado”.</p>
<p><strong>Quizás Obama pensó que Hagel le sería leal, y que de todas formas su asignación al puesto le daría reputación de presidente pluralista,</strong> listo para armar un equipo de trabajo bipartisano que – se recordará– también incluía a opositores dentro del arco demócrata. En su primer mandato, Obama trajo a personalidades fuertes a su equipo, cada quién manejando su ministerio, y cada quien influyendo enormemente la política exterior, a veces enfrentándose contra él en el proceso. Pero en su segundo mandato, en lugar de Hillary Clinton en la cartera de exteriores tenemos a Kerry; y a cambio de Robert Gates en el Pentágono, teníamos a Hagel – quien seguirá en su puesto hasta que un sucesor sea asignado.<strong> El hecho a ser resaltado es que Obama reemplazó a un equipo competente por uno más dócil</strong>. Echó a Hagel porque además de no tener química con su equipo, asume que retirarlo puede mejorar la percepción de su nación en cuanto a su gestión, y lo hace sobre todo porque puede, porque hacerlo le quita un peso de encima sin tener que envolverse en polémica.</p>
<p>El senador <a href="http://www.washingtonpost.com/world/national-security/defense-secretary-hagel-under-pressure-submits-resignation/2014/11/24/77e75422-73e4-11e4-a5b2-e1217af6b33d_story.html">John McCain</a> – contendiente a la presidencia en 2008 por los republicanos – notó que los predecesores de Hagel, tanto Robert Gates como Leon Panetta, se quejaron en sus memorias sobre la excesiva interferencia política de los asistentes del Presidente.</p>
<p><strong>En suma, lo que a esta altura parece más claro es que el despido de Hagel y los fracasos de la política exterior de Obama van de la mano, pero comparto la opinión de que esto se debe más que nada a la forma con la que el Presidente está llevando a cabo su gestión. </strong></p>
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