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	<title>Esteban Wood &#187; Sedronar</title>
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		<title>La doble invisibilidad</title>
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		<pubDate>Sat, 28 May 2016 09:43:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esteban Wood</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Adicciones en adultos mayores]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Quizás por cuestiones culturales o del imaginario predominante, el consumo de sustancias psicoactivas suele asociarse a personas jóvenes. Asimismo, producto de esta construcción social, los estudios epidemiológicos y el foco de las políticas sobre drogas suele estar puesto en mayor medida sobre esta población. Pero tanto los datos como las intervenciones públicas relativas a las personas mayores y el uso de drogas son escasos. ¿Qué sabemos hoy del consumo de sustancias en esta franja etaria? ¿Qué sabemos de los patrones de consumo problemático o dependencia en adultos mayores en la actualidad? Poco, o más bien nada.</p>
<p>El último estudio de consumo en población general realizado por la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar) data del 2010. Tomando como referencia el uso reciente de drogas (prevalencia mes) dentro de la franja de personas comprendida entre 50 y 65 años, se observa que el 1,1% dijo haber consumido tranquilizantes sin prescripción médica, porcentaje similar a la población de entre 25 y 34 años. Fuentes del Sindicato de Farmacéuticos y Bioquímicos de la Argentina ampliaban la mirada y estimaban que 9 de cada 10 adultos mayores de 65 años tomaban psicofármacos.<span id="more-151"></span></p>
<p>Por otra parte, al margen del consumo de drogas legales, como el alcohol o el tabaco, el 0,3% de los encuestados dijo haber consumido marihuana (contra un 5,5% de la franja comprendida entre los 15 y los 24 años). El problema es que por entonces, al amparo del fallo Arriola (2009) y a la creciente naturalización del uso de cannabis, ya comenzaba a detectarse una tendencia a suministrar marihuana como tratamiento o paliativo terapéutico, como forma de aliviar muchos males de la edad, o simplemente como forma de evasión. También es necesario advertir que <b>el uso cada vez más frecuente de marihuana entre adultos mayores tiene mucho que ver con el envejecimiento de una franja poblacional que, en la década del sesenta o los tempranos setenta, no reprochaba una conducta asociada a la rebeldía, al cuestionamiento del orden, a la transgresión de las normas.</b></p>
<p>Como advertí al comienzo, hace casi seis años que Argentina carece de indicadores sobre esta problemática. Y sin datos fiables es imposible diseñar políticas fiables. No obstante, frente a la ceguera cuantitativa, existe evidencia empírica que permite comprender ciertas particularidades del uso o el abuso de drogas en esta población.</p>
<p>Por un lado, <b>el uso indebido de fármacos por automedicación, por desconocimiento o por deterioro de la salud mental, incluso en combinación con el alcohol, que genera severos riesgos</b>. Por el otro, la necesidad de diseñar abordajes diferenciados para aquellos consumidores de iniciación temprana, que arrastran una problemática hasta su vejez, de aquellos consumidores de iniciación tardía, reactivos a circunstancias de la vida como pueden ser una separación, una enfermedad, el fallecimiento de la pareja o de un ser querido, o bien la soledad.</p>
<p>Otro factor a considerar es el papel que juega la industria farmacéutica, que cíclicamente incorpora nuevos psicofármacos al mercado. La creciente afición por recetar varios medicamentos a la vez y durante plazos más largos a los pacientes mayores es todo un síntoma del marketing de las drogas legales, que presiona y estimula su masificación.</p>
<p>En el año 2008, el Observatorio de Drogas de la Sedronar y el Instituto Gino Germani presentaron un estudio sobre el creciente fenómeno de la medicalización de la infancia por diagnóstico de déficit de atención, como forma de estandarizar conductas y aplacar comportamientos. Del mismo modo, <b>quizás sea propicio comenzar a indagar acerca de la sobremedicalización y el maltrato farmacológico en la vejez</b> con igual sentido.</p>
<p>En Argentina también se da un fenómeno tan particular como preocupante que echa sus raíces en la crisis político-económica del 2001 y que perdura hasta hoy en ciertos nichos de pobreza estructural. Estamos frente a una tercera generación de consumidores problemáticos de drogas, mayoritariamente personas en situación de extrema vulnerabilidad social. En esta tríada abuelos-padres-nietos, la mayor invisibilidad dentro de la estigmatizante concepción adicción-pobreza recae sobre los más ancianos.</p>
<p>Lo que no se ve o no se pone en agenda no se transforma en problema. Sin problema es probable que no exista intervención estatal. <b>El creciente número de personas mayores con problemas de consumo de sustancias amerita una readecuación de enfoques y una articulación de esfuerzos entre agencias estatales que abordan la temática.</b></p>
<p>Salvo circunstancias mediáticas, hoy el consumo de drogas en general en Argentina es un problema olvidado u omitido por la sociedad. El consumo o la adicción en adultos mayores profundizan aún más la visión de ciudadanos olvidados, de sujetos de descarte, de doble invisibilidad. En una sociedad vertiginosa, cortoplacista y fóbica al transcurrir del tiempo, que considera lo viejo como material de descarte, la tercera edad constituye un complejo desafío.</p>
<p>En 1970, las personas mayores de 65 años representaban el 7% de la población en Argentina. De acuerdo con el último censo del 2010, esta franja etaria ya supera el 10 por ciento. Y si tomamos proyecciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés) que indican que hacia 2050 el 25% población tendrá 60 años o más, resulta más que necesario comenzar a trabajar con mirada de largo plazo en políticas públicas que atiendan las particularidades de ese fenómeno demográfico.</p>
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		<title>La prevención como proceso, no como efecto</title>
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		<pubDate>Wed, 04 May 2016 09:25:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esteban Wood</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Activismo social]]></category>
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		<category><![CDATA[Política pública]]></category>
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		<category><![CDATA[responsabilidad compartida]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace tiempo que existe pleno consenso en que los principales esfuerzos de las políticas públicas sobre drogas deben estar enfocados en la prevención, considerando niveles, públicos objetivo y especificidades contextuales. Aplicando la lógica, sin disminuir la demanda de sustancias psicoactivas, tanto legales como ilegales, resultará imposible afectar la oferta. También hay acuerdo en ubicar a la evidencia científica y empírica como centro de toda intervención en este campo. Así lo recomiendan la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS). El debate, en la actualidad, se centra en qué tipos de programas de prevención y estrategias de intervención son más efectivos en términos de impacto.</p>
<p><b>Por su alcance, penetración, fácil acceso y capilaridad, las campañas preventivas a través de los medios masivos de comunicación siempre han sido herramientas predilectas para los técnicos y los tomadores de decisión</b>. Pero, ¿son los spots, los mensajes audiovisuales y los afiches callejeros verdaderamente efectivos al momento de prevenir? ¿Puede un posicionamiento público de un Estado frente al uso indebido de drogas definirse en términos de mayor o menor cantidad de campañas preventivas mediáticas?<span id="more-143"></span></p>
<p>Lo que antes parecía una verdad incuestionable sobre la efectividad de estas intervenciones, hoy presenta ciertas debilidades. La principal de ellas es la imposibilidad de determinar fehacientemente la rentabilidad de una campaña de prevención pública masiva en términos de costo-beneficio. Porque al momento de saber si todo el gasto estatal ha servido de algo, las mediciones de los efectos concretos no abundan. Y una política pública no medible no puede ser considerada política pública.</p>
<p>Sin embargo, el principal reclamo ciudadano ante acontecimientos públicos en los que el consumo de drogas es común denominador es que no existen campañas preventivas en los medios de comunicación. En momentos en los que Fleco y Male reaparecen como estandarte de la supuesta inacción del Estado en este campo, adhiero a lo expresado días atrás por Alberto Andalor, secretario de Prevención de Adicciones del Gobierno de la provincia de La Rioja: “La prevención es un proceso, no es un impacto. Y no se puede estar viviendo de impactos, porque la sociedad llega un momento en que no quiere saber más del tema”.</p>
<p>Queda claro que si es por hablar de campañas oficiales en medios masivos y vía pública, durante los últimos años podríamos enumerar diversas acciones que desmitifican la idea de la ausencia de acciones. Por ejemplo, campañas de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar) como “En esto no queremos ser campeones” (2006), “El bicho te quema” (2008), “Hablemos” (2009), “Responsabilidad compartida” (2012) o “El Paco te mata” (2014) se suman al recorrido iniciado en el verano de 1990 con “Sol sin drogas” (repetida en 1995 con Diego Armando Maradona), “Fleco y Male” (1997) y “Maldita cocaína” (2000), entre otras.</p>
<p><b>La debilidad, en todos estos casos, fue la falta de articulación de esos esfuerzos en un plan de prevención estratégico a mediano y largo plazo, y una acción segmentada con mirada federal como fruto de un amplio consenso entre actores</b>. Sin decisión política, resulta inviable el sostenimiento en el tiempo de estas iniciativas. Y si lo que se buscó fue el efecto por sobre la campaña en sí, las acciones inevitablemente quedan diluidas en la historia como repercusión mediática. Posiblemente “Maldita cocaína” sea el mejor ejemplo de lo que implica apuntar a un efecto y no a un proceso.</p>
<p>Sobre el fracaso general de las campañas de prevención del consumo, cabe citar al reconocido especialista Hugo Míguez: “No había que hacer campañas, como si los caminos a recorrer desde la prevención en salud fueran los mismos que los de la mercadotecnia. Es mucho más complejo: el objetivo debería haber sido devolver el sentido de las cosas, y eso era territorio de la educación y no del marketing preventivo”. Para Míguez, el problema es haber estereotipado la adicción desde los mensajes publicitarios, sin haber reprochado la normalización del consumo y la tolerancia social a estas prácticas.</p>
<p><b>En tiempos en los que existe sobreabundancia de información sobre las drogas y sus efectos, quizás lo más inteligente sería abandonar de una buena vez el concepto de riesgo disuasorio para pasar a un activismo social que retome la idea de responsabilidad compartida</b>, eje de aquella efímera campaña de Sedronar en la que los protagonistas no eran actores de casting, sino verdaderos ejemplos de cambio social frente a la problemática.</p>
<p>Dice José Larralde que el perdón se inventó para aliviar la conciencia y seguir bufando honestidad. En perspectiva, las campañas de prevención de drogas en medios masivos de comunicación estarían ocupando un papel similar en nuestro imaginario colectivo. Frente a una ciudadanía que suele reaccionar, iracunda, ante los embates del marketing noticioso, pero que ante la dilución del tema drogas y adicciones de la agenda informativa vuelve al blindaje, a su apatía y su hermetismo, debemos apelar a estrategias de sensibilización con mirada de largo plazo.</p>
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		<title>El peligro de banalizar el consumo de cannabis</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Apr 2015 10:50:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esteban Wood</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Andrés Calamaro]]></category>
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		<description><![CDATA[Resulta sumamente complejo determinar el impacto real que tienen los mensajes banalizadores y apologistas sobre el aumento en el consumo de marihuana en Argentina. Sin embargo, a partir de la variable percepción de riesgo y tolerancia social, es posible inducir una hipótesis en este sentido. Corría el año 1994 cuando durante un show en La... <a href="http://opinion.infobae.com/esteban-wood/2015/04/06/el-peligro-de-banalizar-el-consumo-de-cannabis/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Resulta sumamente complejo determinar el impacto real que tienen los mensajes banalizadores y apologistas sobre el aumento en el consumo de marihuana en Argentina. Sin embargo, a partir de la variable percepción de riesgo y tolerancia social, es posible inducir una hipótesis en este sentido.</p>
<p>Corría el año 1994 cuando durante un show en La Plata, el músico Andrés Calamaro lanzó aquella famosa frase que derivó en una causa por “apología del delito”, con sobreseimiento en el 2005. La normativa siempre fue clara en este sentido: el artículo 12 de la ley 23.737 establece sanciones penales y económicas al que “preconizare o difundiere públicamente el uso de estupefacientes, o indujere a otro a consumirlos”. A veinte años de aquella frase, el imaginario social imperante en torno al consumo de marihuana ha vuelto casi ridículo establecer un castigo de este tenor. No obstante, el antecedente es válido para traer a debate los efectos nocivos que este tipo de mensajes asumen al ser canalizados por los medios masivos de comunicación, y su impacto sobre la población adolescente.</p>
<p>El Observatorio Argentino de Drogas de la SEDRONAR realizó hace algunos años un interesante diagnóstico sobre los índices de consumo de cannabis entre estudiantes de enseñanza media a lo largo de una década, junto con la evolución de la percepción de riesgo en dicha población. Mientras que la prevalencia en 2001 era del 3,5% y la percepción de “gran riesgo” era del 44%, la última estadística del 2011 reflejó una estrepitosa caída en la percepción de riesgo y un significativo aumento en el uso de esta droga ilícita:<strong> 10,4% de los estudiantes encuestados dijo haber probado marihuana al menos una vez en el último año, mientras que sólo el 16,6% creía que consumir cannabis implicara un “gran riesgo”.</strong></p>
<p>La conclusión más contundente a la cual nos lleva el análisis comparativo realizado por la SEDRONAR es que a mayor tolerancia social y menor percepción de riesgo, mayor es el índice de consumo. En contrapartida, se entiende que es menor la probabilidad del consumo entre aquellos que consideran grave el consumo ocasional.</p>
<p>El dato más actual sobre uso de cannabis entre jóvenes se desprende del último relevamiento efectuado por el Observatorio de Políticas Sociales en Adicciones del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.<strong> En tan sólo cuatro años la prevalencia de año del consumo de marihuana entre jóvenes escolarizados pasó del 12% (2011) al 21% (2014).</strong> Un incremento del 75%, explicado en gran medida porque los estudiantes porteños consideran de bajo riesgo fumar cannabis y por ciertos mensajes públicos que han aumentado la base de tolerancia social y han bajado la edad de iniciación.</p>
<p>Todas las sustancias legales e ilegales son de alto riesgo en el uso frecuente. Sin embargo, desde el punto de vista de la percepción de riesgo, la juventud es una población altamente vulnerable debido al predominio de un sentimiento de invulnerabilidad conjugado con la necesidad de demostrarse a sí mismos y a su entorno, la capacidad de desafiar la norma establecida.</p>
<p>La evidencia científica también es determinante en este sentido. Una reciente investigación del Hospital Clínic de Barcelona sugiere, a través de imágenes obtenidas mediante resonancia magnética, <strong>que quienes empieza a consumir marihuana antes de los 16 años presentan mayores cambios en la estructura cerebral, lo que podrían explicar un menor rendimiento escolar/laboral y el déficit de atención y memoria que suele detectarse en los usuarios de esta sustancia.</strong> El trabajo, cuyos resultados son todavía preliminares, se incorpora al caudal de investigaciones que echan por tierra la falsa creencia de que la marihuana es una droga blanda.</p>
<p>En materia de prevención, es lamentable que la comprensión del problema de las drogas, a la luz de los denominados factores de riesgo y factores de protección para el diseño de políticas públicas, increíblemente haya caído en desuso. La percepción de riesgo es una barrera subjetiva que en sus extremos se configura como un factor de protección o un factor de riesgo. Las personas en general toman decisiones en función de las consecuencias positivas que van a obtener y evitan las consecuencias negativas en base a la concepción que se tiene sobre determinada situación. Muchos riesgos se encuentran invisibles y son manipulados por diversos intereses, mediante la ampliación o minimización de aquellas potenciales situaciones riesgosas. El riesgo es socialmente construido y el individuo es quien lo percibe y valora. El problema (o no) del consumo de drogas encaja en esta definición.</p>
<p>Si ampliamos ambas fotos estadísticas anteriores y le agregamos nuevas variables a la hipótesis de partida, el aumento sideral en los índices de consumo de marihuana no debería sorprendernos. El fenómeno del consumo de sustancias psicoactivas puede ser comprendido desde diversas perspectivas. Pero abordarlo como un discurso social implica pensar cómo y en qué condiciones se produce el sentido que se le da al concepto, incluyendo la dimensión significante de los fenómenos sociales, las construcciones y definiciones subjetivas y los sistemas de valores presentes en una comunidad.</p>
<p><strong>En la última década, la representación social predominante mutó de la criminalización a la banalización. Entendido de esta forma, es posible inferir que las ideologías y el discurso público con respecto a la marihuana tienen mucho que ver con la estadística citada previamente.</strong></p>
<p>Recapitulando, en la última década tuvimos la lamentable irrupción de una revista que se comercializa en todos los puestos de diarios, con portadas de impacto en las que famosos y referentes prestan sus nombres para reforzar el concepto de “cultura cannábica”. Tuvimos un fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que sentó jurisprudencia al declarar la inconstitucionalidad del art.14 -segundo párrafo- de la ley 23.737, pero que mal comunicado a partir de la desafortunada invitación del ex juez Zaffaroni a tener “una macetita en todos los balcones”, construyó un nocivo halo de permisividad.</p>
<p>Tuvimos a lo largo de los últimos años masivas marchas pro-cannabis, con profusa cobertura mediática. Tenemos funcionarios, políticos y legisladores que militan abiertamente en favor de su legalización. Tenemos periodismo militante, vedetismo militante, y un rating desenfrenado que permite todo tipo de apologías en vivo y en directo, en un combo muchísimo más nocivo que la aislada frase de Calamaro en aquel recital platense de 1994.</p>
<p>Queda claro que en estos veinte años los tiempos han evolucionado, mucho. Con la irrupción de nuevos paradigmas, el florecimiento de cosmovisiones caducas, el cambio en las doctrinas jurídicas, la concepción ideologizada de la salud mental, las modificaciones normativas y los criterios subjetivos para interpretarlas y aplicarlas, todo en nuestra sociedad se ha vuelto más superficial, más líquido, más banal, más concesivo.</p>
<p><strong>Los adalides de la marihuana han sabido leer este contexto y han sido los suficientemente astutos como para modelar cultura desde el discurso. Desactivar este andamiaje retórico llevará muchos años.</strong></p>
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		<title>Discutamos proyectos, no discursos mediatizados</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Oct 2014 10:25:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esteban Wood</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La mayoría de las teorías clásicas de la comunicación refieren a un proceso lineal de participación entre un emisor, un mensaje, un canal y un receptor, que puede fallar fácilmente debido a una gran variedad de factores externos denominados ruidos o interferencias. Con el transcurrir de los años, <strong>es notorio que el mayor impedimento para ponernos de acuerdo sobre el problema de las drogas es la mala y deficiente comunicación en torno a los diversos planteos existentes.</strong></p>
<p>Hace tiempo que en materia de información sobre el fenómeno algo pasa entre el emisor y el receptor. El que emite no emite con sustento. El que recibe lo hace escuchando sólo una parte y descartando el resto. Un error en la elección del qué y el cómo, un filtro periodístico subjetivo y una interpretación final por parte del escucha que luego la transforma en feedback a través de las redes sociales. A esto se le suman multiplicidad de interferencias, gritos, lobbies, ideologías, intereses contrapuestos. Y la bola de inconsistencias comienza a crecer de manera exponencial, retroalimentando al show mediático, el fulbito tribunero, la milimétrica fracción de rating.</p>
<p>El debate público sobre drogas en Argentina es como la lata de sopa Campbell inmortalizada por Andy Warhol.<span id="more-48"></span></p>
<p>Una vez más, como siempre, la superficialidad del abordaje periodístico de un tema tan complejo, la búsqueda del titular noticioso de alto impacto y los recortes informativos contrapuestos, nos invitan a discutir desde las formas sin lograr nunca acceder al fondo del asunto. <strong>El permanente reduccionismo dicotómico al cual nos someten los medios de comunicación torna vano cualquier intento de diálogo, de consenso, de puesta en común de conceptos.</strong> En la inmediatez informativa vertical de los cuarenta caracteres, en el cambalache de la agenda-setting invertida, todo se mezcla, todo es fugaz, etéreo e inestable como un imaginario líquido. ¿Todo parece dar lo mismo?</p>
<p>Drogas, adicciones y narcotráfico. Lo normativo en oposición a lo positivo, o lo que verdaderamente sucede. El concepto de descriminalización, que no es despenalización ni regulación ni mucho menos legalización. Los derechos individuales frente a los derechos colectivos, y el daño a terceros. El porro en el bolsillo de un estudiante universitario de clase media, o el porro en poder de un pibe de La Cárcova. El usuario que es usuario, y no consumidor problemático o dependiente. <strong>Las sustancias legales que alimentan la torta publicitaria (de las cuales nadie habla), o la buena prensa del periodismo militonto a favor de la cultura cannábica&#8230;</strong></p>
<p>La prensa condiciona día a día nuestras representaciones. Marshall McLuhan y el medio como mensaje.</p>
<p>Seguimos sin advertir que vivimos en un mundo que se construye y deconstruye permanentemente a partir de hechos discursivos. Que los problemas, así como las noticias, en realidad no existen: son construcciones y definiciones subjetivas de un observador, que entiende una problemática de manera diferente, y la refleja desde sus intereses y sistema de valores. Aún seguimos sin comprender que cuando nuestra percepción y el hecho discursivo entran en contradicción, siempre prevalece lo discursivo. Y la ideología, claro…</p>
<p>Porque este debate sobre las drogas es tan torcidamente ideológico que <strong>así como Milton Fiedman fue musa inspiradora para la marihuana legal del progresismo uruguayo, no resultó extraño que desde algunos atriles del ultra-liberalismo argentino se alzaran aplausos y vítores a la hipotética flexibilización en el consumo de todas las drogas</strong> y la regulación invisible del libre mercado.</p>
<p>Existe mucha hipocresía, también. Porque el concepto de no criminalizar y no estigmatizar al adicto resulta a esta altura una muletilla vacía de contenido. Porque el alcohol sigue siendo la droga más dañina, no tanto por su composición química sino por su alcance y masividad social al amparo de su legalidad. Porque no es precisamente la ley 23.737 la que impide luchar contra el narcotraficante, sino la justicia garantista que ampara a los mercaderes de la muerte con su puerta giratoria. <strong>Porque para enfrentar al narcomenudeo no es necesario modificar la ley o detener perejiles, sino avanzar en la desfederalización de los delitos de microtráfico según lo previsto en la ley 26.052.</strong>  Porque <strong>hace falta menos escritorio y más territorio para conocer frente a frente de qué hablamos cuando hablamos de carencias y penurias, y entender por qué es necesario adaptar las políticas públicas sobre drogas a las necesidades de intervención (y no a la inversa).</strong> Porque lo que diferencia al consumidor de paco o pegamento, cubierto de cartones junto a un contenedor de basura, del consumidor de éxtasis en una fiesta electrónica, no es tanto la sustancia si no su condición y estatus social, los estereotipos e imaginarios que se construyen (y deconstruyen) alrededor de estas prácticas, y principalmente las perspectivas de desarrollo personal que determinan el concepto de estar incluido o estar fuera del sistema.</p>
<p>En este cambalache mediático-informativo, sería sano que pudiéramos encontrar espacios en dónde discutir concretamente cómo traducir en política pública el espíritu de <a href="http://opinion.infobae.com/esteban-wood/2014/09/02/no-criminalizar-pero-no-legalizar/">no criminalización (más no legalización)</a>, buscando sanciones y penas alternativas, fortaleciendo los programas de prevención para bajar la tolerancia social y aumentar la percepción de riesgo, y poniendo a los más necesitados como objetivo central de cualquier abordaje. Discutir sólo declaraciones y opiniones personales contribuye a centrarnos únicamente en el problema, y seguir confundiendo a la ciudadanía en un tema ya de por sí complejo y sumamente ideologizado.</p>
<p><strong>La evidencia empírica acumulada nos indica que no existen en el mundo soluciones recetadas a esta compleja situación de uso y abusos de sustancias psicoactivas.</strong> Pero sin dudas las soluciones partirán de los diversos canales sociales que faciliten la comunicación, los diálogos, los consensos, la inclusión, la participación y el compromiso de todos. En este terreno, los periodistas y los medios cumplen un rol estratégico fundamental.</p>
<p>Vale una anécdota personal como conclusión.</p>
<p>Rafael Bielsa, ex titular de la SEDRONAR e intelectual muy crítico acerca del rol del periodismo y de los medios, poseía una destreza encomiable al momento de denegar una entrevista periodística. A sabiendas de la complejidad del fenómeno de las drogas, y atento a la necesidad de no caer en reduccionismos que dificultasen aún más la comprensión del tema, <strong>solía preguntarle al periodista de turno si disponía de un mínimo de dos horas para abordar en profundidad la multiplicidad de aristas que confluyen en esta problemática.</strong></p>
<p>Desde ya, las notas nunca se concretaban. El dato instantáneo para el fast-food mediático siempre puede más que el saber profundo. Ese saber que construye ciudadanía desde la información de calidad. Ese conocimiento tan necesario para el desarrollo de un pensamiento autónomo.</p>
<p>En tiempos en los que huelga la altura intelectual en los titulares de los diarios o en los noticieros, y en el que las redes sociales son un gran bazar de tertulia basura, es inevitable proponer un poco de sustancia informativa en el abordaje periodístico del tema drogas, un atisbo de inclinación por el pensar, algún artículo de prensa que nos invite a leerlo bien despacio y nos abstraiga de la banalización, la superficialidad y la trivialidad kitsch.</p>
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