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	<title>Esteban Wood &#187; Legalización</title>
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		<title>Una inmolación colectiva</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Nov 2014 03:34:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esteban Wood</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>El concepto “regulación” de las drogas ilegales, camuflaje semántico de la legalización, tiene mucho de utopía (tanta como la que se le critica a la visión del mundo “libre de drogas”). En países con escaso apego a las reglas, la batalla entre lo normativo y lo positivo suele darse en condiciones muy desiguales. Lo que debería suceder no es lo que en realidad sucede. El que debería hacer cumplir la norma en realidad no lo hace. Y aquellos que debieran asumir responsabilidades, a menudo se comportan irresponsablemente. <strong>En este escenario de descontrol y ligera anomia, en el que el objeto regulado no se regula, flexibilizar lo ilegal resulta casi una inmolación colectiva.</strong></p>
<p>Ante un contexto que promueve la liberalización de la marihuana (y otras drogas), es necesario comprender que las sustancias legales dañan más por su estatus jurídico que por su denominación intrínseca. El alcance de la oferta, la disponibilidad, la estructura logística, el precio, los mercados cautivos y el volumen del consumo las tornan temibles. Los beneficios de la publicidad, la promoción y el marketing las convierten en pandemia.</p>
<p>La publicidad es una de las principales características distintivas de la sociedad industrial avanzada. Al fomentar el culto al éxito, a la juventud, a la riqueza y a la belleza mediante promesas de satisfacción, el consumismo se ha convertido en un estilo de vida que genera frustración y trastornos en aquellos que no pueden satisfacer esas necesidades creadas (o bien en aquellas que sienten que sus expectativas no son debidamente colmadas). El consumo de sustancias psicoactivas tiene mucho que ver con estas situaciones de vacío y de insatisfacción. En ambos extremos, la publicidad es un factor de poderoso condicionamiento espiritual para los millones de individuos alcanzados.</p>
<p>Con respecto a las drogas, pero específicamente de las bebidas alcohólicas, la industria ha sido lo suficientemente hábil para construir desde el marketing un imaginario de permisividad y de tolerancia social en torno a su uso. Un ligero halo de travesura adolescente. El risco de una cultura autodestructiva por la cual nuestros adolescentes caminan sin medir riesgos ni consecuencias.<strong> Todo este imaginario banal condiciona fuertemente la forma en la cual comprendemos y nos posicionamos frente al problema de las drogas legales.</strong></p>
<p>Desde la sociedad, porque toleramos y permitimos pasivamente conductas socialmente disvaliosas que no debiéramos aceptar. El consumo de alcohol entre adolescentes simboliza a la figura paterna y/o materna en franca retirada, que decide auto-excluirse, que escoge no ejercer su rol tutor para no cuestionar aquello supuestamente incuestionable.<br />
Desde los medios de comunicación, porque la publicidad brinda sustento y razón de ser a lo que Héctor D&#8217;Amico, ex secretario general de redacción del diario La Nación, definió como “la ética de la empresa periodística”: hacer dinero. Libertad de prensa o libertad de empresa, planteaba Jauretche.</p>
<p>Finalmente, desde la hechura de las políticas públicas, porque el fuerte lobby del empresariado torna sumamente difícil intervenir en aquello que, para funcionarios y legisladores, no es considerado un verdadero problema (a pesar de que las estadísticas y la evidencia científica demuestran fácticamente lo contrario).</p>
<p>Alcohol, verdadera puerta de entrada a otras drogas porque incrementa la situación de vulnerabilidad en población adolescente. Durante la adolescencia, el cerebro se encuentra en un alto proceso de desarrollo que establecerá las bases para la planificación, la integración de información, el pensamiento abstracto, la resolución de problemas, el discernimiento y el razonamiento, entre otras fundamentales habilidades de la persona en su vida adulta. Existen estudios que analizan los riesgos de deterioros cognitivos y otros trastornos médicos, que indudablemente pesarán sobre el futuro funcional del cerebro de tantos jóvenes sometidos a exagerados consumos de alcohol.</p>
<p>¿Cuántos? <strong>Según los últimos datos oficiales, alrededor del 50% de los estudiantes de 13 a 17 años de todo el país aseguran haber consumido alguna bebida alcohólica en el último mes.</strong> Si bien la foto estadística de la década no demuestra un incremento significativo en la cantidad de jóvenes que consumen alcohol, el problema es que cambió radicalmente el patrón y la modalidad de consumo: más de una cuarta parte de ese grupo reconoce haberse emborrachado en una misma salida u ocasión. Y estamos hablando de población escolarizada.</p>
<p>Más datos. <strong>Según un relevamiento en guardias de todo el país realizado a fines del 2012, uno de cada cuatro accidentes viales guarda relación con su consumo. L</strong>o preocupante: el 33% de los pacientes que ingresan en las salas de emergencia por accidentes en los que el alcohol estuvo presente tienen entre 16 y 25 años. Durante el 2013, la guardia del área de Toxicología del Hospital Fernández atendió 350 casos de jóvenes menores de 20 años con intoxicación aguda por alcohol. Un 20% de ellos tenía menos de 15 años. En muchos casos, con presencia de otras sustancias.<br />
¿Cuándo y cómo se habría producido este quiebre en las representaciones sociales?</p>
<p>A comienzos de la década de los ochenta, el consumo anual de cerveza en nuestro país rondaba los 7 litros por persona (décadas anteriores promediaba los 12 litros). Treinta años después, nos encontramos con un consumo de más de 50 litros per cápita. Y observando la serie INDEC 1990-2013 de ventas de cerveza en Argentina, es posible verificar un crecimiento de casi el 250% durante este período de análisis.</p>
<p>Indudablemente, para la industria cervecera el éxito en términos comerciales y empresariales fue haber incrementado las ganancias. Pero el “éxito” en términos publicitarios se percibe en la construcción y el modelaje de un nuevo mercado….La edad de inicio en el consumo de alcohol se ubica actualmente en torno a los 13 años de edad.</p>
<p>Esta misma tendencia puede empezar a vislumbrarse en el mercado de los amargos (Fernet) y los espumantes. Del 2003 al 2013, y apalancados en un efectivo trabajo promocional, el consumo de los primeros creció un 405%, y un 242% los segundos. En poco tiempo, ambas sustancias se estabilizarán en 1 litro per cápita. Las piezas publicitarias de estas bebidas tienden a replicar los recursos creativos que demostraron ser eficaces para catapultar el consumo de cerveza en la Argentina: juventud, diversión, belleza, descontrol, nocturnidad, excesos&#8230; El que avisa no traiciona.</p>
<p><strong>Frente a las ideologías, las subjetividades y los intereses económicos subyacentes, los datos duros y la evidencia científica son incontrastables.</strong> En lugar de banalizar el uso de ciertas sustancias ilegales, pongamos mayor acento en cuestionar la masividad de las drogas legales, o la tenebrosa naturalización del consumo de alcohol entre nuestros jóvenes. Pongamos empeño en que por una sola vez, lo normativo sea regla y no anomalía. Seamos verdaderamente responsables.</p>
<p>La verdadera revolución no es legalizar lo ilegal, ni flexibilizar las prohibiciones. Lo verdaderamente innovador sería atreverse a limitar, mediante reproches sancionatorios, tolerancia cero, férreos controles, políticas preventivas inteligentes y reformas tributarias, el ventajoso estatus de legalidad que ostenta hoy el alcohol. Y mientras un litro de cerveza cueste casi lo mismo que uno de leche, no habrá revolución ni cambio de paradigma posible.</p>
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		<title>Discutamos proyectos, no discursos mediatizados</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Oct 2014 10:25:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esteban Wood</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La mayoría de las teorías clásicas de la comunicación refieren a un proceso lineal de participación entre un emisor, un mensaje, un canal y un receptor, que puede fallar fácilmente debido a una gran variedad de factores externos denominados ruidos o interferencias. Con el transcurrir de los años, <strong>es notorio que el mayor impedimento para ponernos de acuerdo sobre el problema de las drogas es la mala y deficiente comunicación en torno a los diversos planteos existentes.</strong></p>
<p>Hace tiempo que en materia de información sobre el fenómeno algo pasa entre el emisor y el receptor. El que emite no emite con sustento. El que recibe lo hace escuchando sólo una parte y descartando el resto. Un error en la elección del qué y el cómo, un filtro periodístico subjetivo y una interpretación final por parte del escucha que luego la transforma en feedback a través de las redes sociales. A esto se le suman multiplicidad de interferencias, gritos, lobbies, ideologías, intereses contrapuestos. Y la bola de inconsistencias comienza a crecer de manera exponencial, retroalimentando al show mediático, el fulbito tribunero, la milimétrica fracción de rating.</p>
<p>El debate público sobre drogas en Argentina es como la lata de sopa Campbell inmortalizada por Andy Warhol.<span id="more-48"></span></p>
<p>Una vez más, como siempre, la superficialidad del abordaje periodístico de un tema tan complejo, la búsqueda del titular noticioso de alto impacto y los recortes informativos contrapuestos, nos invitan a discutir desde las formas sin lograr nunca acceder al fondo del asunto. <strong>El permanente reduccionismo dicotómico al cual nos someten los medios de comunicación torna vano cualquier intento de diálogo, de consenso, de puesta en común de conceptos.</strong> En la inmediatez informativa vertical de los cuarenta caracteres, en el cambalache de la agenda-setting invertida, todo se mezcla, todo es fugaz, etéreo e inestable como un imaginario líquido. ¿Todo parece dar lo mismo?</p>
<p>Drogas, adicciones y narcotráfico. Lo normativo en oposición a lo positivo, o lo que verdaderamente sucede. El concepto de descriminalización, que no es despenalización ni regulación ni mucho menos legalización. Los derechos individuales frente a los derechos colectivos, y el daño a terceros. El porro en el bolsillo de un estudiante universitario de clase media, o el porro en poder de un pibe de La Cárcova. El usuario que es usuario, y no consumidor problemático o dependiente. <strong>Las sustancias legales que alimentan la torta publicitaria (de las cuales nadie habla), o la buena prensa del periodismo militonto a favor de la cultura cannábica&#8230;</strong></p>
<p>La prensa condiciona día a día nuestras representaciones. Marshall McLuhan y el medio como mensaje.</p>
<p>Seguimos sin advertir que vivimos en un mundo que se construye y deconstruye permanentemente a partir de hechos discursivos. Que los problemas, así como las noticias, en realidad no existen: son construcciones y definiciones subjetivas de un observador, que entiende una problemática de manera diferente, y la refleja desde sus intereses y sistema de valores. Aún seguimos sin comprender que cuando nuestra percepción y el hecho discursivo entran en contradicción, siempre prevalece lo discursivo. Y la ideología, claro…</p>
<p>Porque este debate sobre las drogas es tan torcidamente ideológico que <strong>así como Milton Fiedman fue musa inspiradora para la marihuana legal del progresismo uruguayo, no resultó extraño que desde algunos atriles del ultra-liberalismo argentino se alzaran aplausos y vítores a la hipotética flexibilización en el consumo de todas las drogas</strong> y la regulación invisible del libre mercado.</p>
<p>Existe mucha hipocresía, también. Porque el concepto de no criminalizar y no estigmatizar al adicto resulta a esta altura una muletilla vacía de contenido. Porque el alcohol sigue siendo la droga más dañina, no tanto por su composición química sino por su alcance y masividad social al amparo de su legalidad. Porque no es precisamente la ley 23.737 la que impide luchar contra el narcotraficante, sino la justicia garantista que ampara a los mercaderes de la muerte con su puerta giratoria. <strong>Porque para enfrentar al narcomenudeo no es necesario modificar la ley o detener perejiles, sino avanzar en la desfederalización de los delitos de microtráfico según lo previsto en la ley 26.052.</strong>  Porque <strong>hace falta menos escritorio y más territorio para conocer frente a frente de qué hablamos cuando hablamos de carencias y penurias, y entender por qué es necesario adaptar las políticas públicas sobre drogas a las necesidades de intervención (y no a la inversa).</strong> Porque lo que diferencia al consumidor de paco o pegamento, cubierto de cartones junto a un contenedor de basura, del consumidor de éxtasis en una fiesta electrónica, no es tanto la sustancia si no su condición y estatus social, los estereotipos e imaginarios que se construyen (y deconstruyen) alrededor de estas prácticas, y principalmente las perspectivas de desarrollo personal que determinan el concepto de estar incluido o estar fuera del sistema.</p>
<p>En este cambalache mediático-informativo, sería sano que pudiéramos encontrar espacios en dónde discutir concretamente cómo traducir en política pública el espíritu de <a href="http://opinion.infobae.com/esteban-wood/2014/09/02/no-criminalizar-pero-no-legalizar/">no criminalización (más no legalización)</a>, buscando sanciones y penas alternativas, fortaleciendo los programas de prevención para bajar la tolerancia social y aumentar la percepción de riesgo, y poniendo a los más necesitados como objetivo central de cualquier abordaje. Discutir sólo declaraciones y opiniones personales contribuye a centrarnos únicamente en el problema, y seguir confundiendo a la ciudadanía en un tema ya de por sí complejo y sumamente ideologizado.</p>
<p><strong>La evidencia empírica acumulada nos indica que no existen en el mundo soluciones recetadas a esta compleja situación de uso y abusos de sustancias psicoactivas.</strong> Pero sin dudas las soluciones partirán de los diversos canales sociales que faciliten la comunicación, los diálogos, los consensos, la inclusión, la participación y el compromiso de todos. En este terreno, los periodistas y los medios cumplen un rol estratégico fundamental.</p>
<p>Vale una anécdota personal como conclusión.</p>
<p>Rafael Bielsa, ex titular de la SEDRONAR e intelectual muy crítico acerca del rol del periodismo y de los medios, poseía una destreza encomiable al momento de denegar una entrevista periodística. A sabiendas de la complejidad del fenómeno de las drogas, y atento a la necesidad de no caer en reduccionismos que dificultasen aún más la comprensión del tema, <strong>solía preguntarle al periodista de turno si disponía de un mínimo de dos horas para abordar en profundidad la multiplicidad de aristas que confluyen en esta problemática.</strong></p>
<p>Desde ya, las notas nunca se concretaban. El dato instantáneo para el fast-food mediático siempre puede más que el saber profundo. Ese saber que construye ciudadanía desde la información de calidad. Ese conocimiento tan necesario para el desarrollo de un pensamiento autónomo.</p>
<p>En tiempos en los que huelga la altura intelectual en los titulares de los diarios o en los noticieros, y en el que las redes sociales son un gran bazar de tertulia basura, es inevitable proponer un poco de sustancia informativa en el abordaje periodístico del tema drogas, un atisbo de inclinación por el pensar, algún artículo de prensa que nos invite a leerlo bien despacio y nos abstraiga de la banalización, la superficialidad y la trivialidad kitsch.</p>
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		<title>La economía del narcotráfico</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Jun 2014 10:48:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esteban Wood</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La explosión de un barco en un muelle lleva a la policía a descubrir en el sitio del siniestro muchos cadáveres, una infinidad de sospechas y, casualmente, una fortuna relacionada con el tráfico de drogas. Verbal Kint, un estafador rengo que sobrevive milagrosamente al atentado, construye su interrogatorio en torno de la figura de un mítico criminal. Al igual que en el thriller “Los sospechosos de siempre”, los nuevos protagonistas que pretenden reorientar las políticas mundiales sobre drogas encubren también a su propio Keyser Söze.</p>
<p>Según la teoría neoclásica, existen factores capaces de modificar el crecimiento endógeno de una economía, entendido esto como el cambio en el producto de un país en el tiempo. Para Adam Smith, padre del liberalismo económico, el progreso guarda relación con determinadas mejoras en el ambiente que rodea a la sociedad. La extensión de los cultivos y el aumento no artificial de los precios, los adelantos científicos y el incremento de la mano de obra empleada se refleja en alzas de las rentas. Diversos trabajos posteriores avalan la hipótesis de que en el largo plazo, y según las teorías neoclásicas, el crecimiento económico se debe a cambios de factores propios.</p>
<p>En los últimos años, se ha establecido un nuevo cuerpo de indicadores, que tienen implicaciones sobre el crecimiento económico, y que clasifica a las variables políticas entre las que tienen un efecto negativo y las que tienen un impacto positivo. Las drogas ilegales se categorizarían dentro de este segundo grupo. <strong>Los nuevos modelos económicos neoliberales adhieren a la hipótesis de que la marihuana, la cocaína y otras sustancias ilícitas incidirían positivamente en el crecimiento del PBI, aunque bajo una revisión histórica se asuma la contradicción de que éstas pueden afectar negativamente a otras variables, también relacionadas con el crecimiento, como lo son la inversión, las muertes violentas, la estabilidad social o los costos asociados.</strong></p>
<p>No sorprende el reciente informe realizado por la London School of Economics (LSE), al que suscriben cuatro Premios Nobel de Economía (Kenneth Arrow , Christopher Pissarides, Thomas Schelling y Vernon Smith), y que da cuenta del fracaso de las políticas antidrogas desde un riguroso análisis financiero de costo/beneficio. Su sustento radica en que la prohibición sólo torna al mercado más atractivo para que ingresen nuevos actores, ansiosos por participar de las extraordinarias ganancias que el marco ilegal les ofrece. Y asegura que la oferta y la demanda de drogas es algo que no se puede erradicar, y que sólo puede ser manejado (mejor o peor) mediante la legalización.</p>
<p><strong>Disiento.</strong> <strong>A priori, la eliminación de las barreras legales y la liberación de la oferta generaría la disminución del costo de las sustancias estupefacientes, lo cual no representaría necesariamente una pérdida de rentabilidad del negocio.</strong> El único cambio sobre una industria que genera más de 300 mil millones de dólares cada año se operaría en quién la controla, pues pasaría de manos de los narcotraficantes a las de los gerentes de empresas multinacionales.</p>
<p>Este nuevo escenario, controlado por la mano invisible de la oferta y la demanda, replicaría la brecha que se abre entre lo que hoy se paga a un productor campesino de coca del Chapare y el precio final de un producto refinado de altísimo valor agregado, colocado en alguna de las principales plazas de consumo. Incluso la aparición de intermediarios seducidos por semejante amplitud en los márgenes de ganancia, actuando bajo el parámetro de la maximización de beneficios, extendería rápidamente los comportamientos irracionales tanto a nivel de producción como a nivel de consumo. No obstante, la variación en el precio final de la droga no alteraría la demanda cautiva. En este contexto de centro/periferia, en el cual la curva de oferta agregada se desplazaría hacia la derecha (más oferta y más demanda), las penas seguirán siendo nuestras y las vaquitas ajenas.</p>
<p>Los especialistas también omiten señalar la relación directamente proporcional que existe entre el estatus jurídico de una sustancia y el alcance de la oferta, la facilidad para adquirirla, el precio y, en definitiva, el volumen de compra. <strong>En los circuitos productivos/comerciales del alcohol y del tabaco, drogas legales, no intervienen narcotraficantes ni distribuidores clandestinos. Sólo hay industria, comercio, publicidad y consumo. Mucho.</strong></p>
<p>El alcohol, además de ser la droga más perjudicial no sólo en el individuo, sino para su entorno y para la sociedad, es casi tres veces más dañina que la cocaína y el tabaco. Se estima que por el alcohol muere 1 persona cada 10 segundos (unas 3,3 millones por año en el mundo), y que el tabaquismo mata 5 millones de personas más. <strong>En Argentina, como en otros países, lo que el Estado recauda mediante impuestos al cigarrillo sólo cubre el 50% de los costos anuales de atención médica atribuibles al consumo activo de tabaco. Vicios privados, salud pública. </strong></p>
<p>Esta epidemia mundial coloca a las políticas sanitarias frente a la encrucijada de dar respuestas a una enfermedad que evoluciona silentemente, motorizada por un mercado de demanda constante y en permanente crecimiento.<br />
Frente a la recomendación a favor de la legalización que suena claramente en beneficio del libre funcionamiento de los mercados y contra toda intervención estatal, entiendo que el debate respecto a cómo regular la oferta y la demanda de drogas no es tan relevante como la necesidad de plasmar una propuesta de alcance universal para todos los individuos afectados por un consumo abusivo.</p>
<p>Comprender el rol que cierto sector del pensamiento económico mundial sigue desempeñando en la redefinición de las políticas mundiales sobre drogas es de suma utilidad para desenmascarar la ideología de los sospechosos de siempre. Legalizar las drogas no es progresista. No existe lógica social alguna en un proceso que sólo pretende favorecer la expansión de una demanda cautiva. <strong>Por el contrario, resulta perverso, siniestro e individualista.</strong></p>
<p><em>“No esperamos nuestra cena de la benevolencia del panadero o del carnicero. No apelamos a su misericordia, sino a su interés”</em>. (Adam Smith)</p>
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