Las importaciones también generan valor agregado

Daniel Sticco

Muchas veces, en particular los gobiernos populistas que se llaman nacionalistas porque impulsan la industria local, no reparan en cuál es la relación costo-beneficio entre la mano de obra que se crea artificialmente y la pérdida de capacidad de consumo de las familias que deben pagar varias veces el valor de importación.

Eso ocurre porque parten de la vieja concepción sesentista y anterior de que sólo generan valor las llamadas industrias con chimenea (hoy éstas erradicadas por problemas de contaminación, pero vigentes con tecnologías modernas para la preservación del medio ambiente).

Sin embargo, no perciben que la rama de los servicios, públicos y privados, genera actualmente 2,7 puestos de trabajos por 1 que crea la producción de bienes, sea la industria, el agro o la minería, en conjunto.

Y si bien no se cuentan con estadísticas actualizadas sobre cuántos puestos de trabajo incorpora la importación, sea de bienes terminados para el consumo, como de insumos esenciales para completar el proceso productivo de un bien final, o de bienes de inversión, como máquinas, equipos y sus repuestos, no hay duda que exige tareas de movimientos logísticos en puerto, transporte en todas sus formas -marítimo, fluvial, aéreo, ferroviario y automotor-, financiamiento bancario y seguros, almacenamiento y comercialización, desde puerto hasta el lugar de consumo intermedio y final, y se sabe que es mucho. Eso representa pago de salarios, y por tanto generación de riqueza en suelo argentino.

Por tanto es un mito que volvió a renacer a esta altura de la historia argentina, cuando virtualmente se creía destronado, que las importaciones destruyen empleos y por tanto hay que prohibirlas, o limitarlas a lo mínimo imprescindible, cuando en realidad lo que se busca es atenuar la pérdida de divisas provocadas por severos desaciertos de las políticas de la Secretaría de Comercio, del Banco Central y las acciones abusivas de la AFIP.

Los propios datos del Indec dieron cuenta en 2012 de que pese al cepo cambiario y las Declaraciones Juradas de Necesidades de Importación, las compras en el resto del mundo no bajaron mucho, y si lo hicieron no fue por aciertos en la sustitución por la industria nacional, sino por la contracción del consumo y de las exportaciones que provocaron las excesivas regulaciones sobre la actividad productiva y comercial.

Regulaciones sí, prohibiciones no

Una sana política de apertura comercial, esto es de importaciones libres en condiciones de mercado, evitando las acciones de dumping y en particular de dumping social, ha mostrado en el pasado ser un incentivo para la industria nacional para modernizarse e incorporar tecnología para poder competir en condiciones de mercado, aprovechando la ventaja natural de estar muy lejos de los grandes centros de producción de los EEUU, Europa y más aún de los países asiáticos.

Un mito nuevamente en boga es que en los 90 la apertura indiscriminada, con avalancha de importaciones, provocó la virtual desaparición de la industria nacional, mientras que en la presente década se privilegió el empleo argentino. Las estadísticas de comercio exterior del Indec muestran todo lo contrario.

Mientras que en la década del 90, después de la hiperinflación las cantidades de productos importados se multiplicaron por tres, en la siguiente lo hicieron por 3,6. No sólo eso, la estructura era bien diferente: entonces las compras de bienes de inversión crecieron 6 veces, en la última década sólo cinco; las adquisiciones de insumos necesarios para las manufacturas locales aumentaron 3 veces, ahora apenas 1,6, en tanto el ingreso de combustibles, siempre en cantidad -es decir, sin tomar en cuenta la escalada de los precios-, pasaron de crecer 100% a 380%. Los bienes de consumo que en aquella década sólo se habían incrementado 25%, en los últimos 10 años volaron 320%, y no todo fue por efecto del acuerdo de intercambio con Brasil.

De ahí que no se trata de importaciones sí o no, o de sólo lo que no se puede producir internamente, aunque sea en condiciones singularmente desventajosas en precio para las familias argentinas a los que van destinados los productos, sino de adoptar políticas y generar un clima de negocios que agregue valor en términos de empleos y salarios y capacidad de conquista de nuevos mercados, para poder elevar el estándar de vida de toda la población y no sólo de unos pocos que siempre han buscado la simplicidad de querer lucrar de la mano de la protección de un gobierno, a través del cierre de fronteras, para sacar provecho de un mercados cautivo.