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	<title>Claudio Chaves &#187; progreso</title>
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		<title>La historia de la grieta</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Feb 2016 16:06:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Chaves</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Una profusión de artículos, escritos por historiadores y periodistas, apareció en los últimos tiempos para explicarnos cómo la fractura política que azuzó el kirchnerismo es un mal que proviene del fondo de nuestra historia. Que en definitiva no ha sido una creación original del Gobierno que se fue. Por el contrario, una larga lista de enfrentamientos sacudió la armonía y el equilibrio del país, afirman, en el supuesto de que esto último fuera posible. Como ejemplos citan a Mariano Moreno y Cornelio Saavedra, Juan Lavalle y Manuel Dorrego, federales y unitarios, provincianos y porteños y así hasta nuestros días. Ubicando, de esta forma, el problema en el plano político, sin profundizar en los aspectos ideológicos o filosóficos que determinan el problema. Estos análisis se deslizan por la superficie como son los hechos cotidianos de la política menuda. Dejando en manos del individuo y su voluntad la posibilidad de ser más menos inapelable.</p>
<p>Ciertamente hay mucho de individual en la violencia y el fanatismo. Es un componente psicológico. Escapa al territorio de la historia y la filosofía. No forma parte de este artículo. Lo que sí podemos afirmar es que ciertas personalidades se orientan más por una línea de acción política que por otra. El intolerante, intransigente e inapelable con seguridad se inclinará por aquellas doctrinas que proclamen un pensamiento absoluto, incondicionado, que se halla por encima de la realidad y aspiran alcanzarlo por el camino de la revolución. También hay climas de época que confunden al más pintado.</p>
<p>Lo que propongo en el presente escrito es una aproximación al tema abordando las doctrinas o las líneas ideológicas que alientan la fractura al promover el progreso mediante la revolución que parte de una idea. Idea construida como una elaboración intelectual por fuera del desenvolvimiento histórico y llevada a la realidad por la fuerza y la voluntad. El iluminismo es la expresión ideológica de esta tendencia. Un gran filósofo argentino afirmaba: “La razón se impone a la historia. El progreso no está en la historia misma, es obra de la razón que formula los valores y los impone a golpe de reformismo radical. La teoría iluminista del progreso implica el espíritu de utopía revolucionaria” (Coriolano Alberini. <em>Problemas de la historia de las ideas filosóficas de la Argentina</em>).</p>
<p>De modo entonces que la idea impuesta a golpes de revolución lleva implícito que quien no comulgue con estos valores es un contrarrevolucionario. Por lo tanto, un enemigo del bienestar humano. Al que hay que anular. La idea de revolución es un absoluto. El siglo XIX en la Argentina estuvo signado por este pensamiento. A manera de ejemplo y sin afán de hacer una crítica, el general José de San Martín le escribía a su ex secretario, Tomás Guido, que luego de diecinueve años de desinteligencias en busca de la libertad sólo queda para que el país pueda existir “la necesidad absoluta que uno de los dos partidos desaparezca”. Está plagada nuestra historia de ideas similares. La izquierda, el revisionismo nacionalista y el iluminismo liberal hicieron de esta idea desafortunada del Libertador el leitmotiv de su existencia. Lo que viene a demostrar que los tres cuerpos de doctrina —liberalismo iluminista, marxismo y nacionalismo— guardan en sus pliegues un componente racionalista resuelto a ser impuesto por la fuerza y la voluntad al conjunto de la sociedad.</p>
<p>Sin embargo, una línea del liberalismo surgida como reacción al iluminismo, el romanticismo, construyó en el territorio de la interpretación histórica y la acción política una mirada más amigable del devenir: el historicismo. En nuestro país, el más claro pensador de esta corriente fue Juan Bautista Alberdi. El intelectual argentino más brillante del siglo XIX no cree en la revolución ni en el extermino del adversario. Cree en la evolución y el acuerdo. Decía Alberini del pensamiento de Alberdi: “El progreso no se impone a la historia: se halla ínsito en ella. La creación no constituye un acto excepcional sino continuo. Es inmanente, no trascendente”.</p>
<p>Por lo tanto, el progreso no se impone a fuerza de revoluciones. Esta mirada de Alberdi hizo que el tucumano acompañara a Urquiza cuando promovió el Acuerdo de San Nicolás con los antiguos gobernadores de la época rosista, cuando se opuso a la pena de muerte decretada sobre Juan Manuel de Rosas por los liberales iluministas porteños y cuando escribió: “El libro <em>Facundo</em> es peligroso para los tutores argentinos. Es el manual del caudillo y del caudillaje, en que el autor (Sarmiento, liberal iluminista) consagra la teoría del crimen político y social como medio de gobierno”.</p>
<p>Como ve el lector, <strong>en nombre del progreso a fuerza de revoluciones se han producido los más grandes crímenes de la historia. Nuestro país es un claro ejemplo de esta enfermedad ideológica.</strong> Hace no más de cuarenta años se asesinaba en nombre de una revolución que nos traería la igualdad, el bienestar y el paraíso perdido. ¡Así nos fue!</p>
<p><strong>El kirchnerismo, al posicionarse en la fractura, no hace otra cosa que dar continuidad a una línea histórica que sin embargo tuvo su contracara en pensadores como Alberdi</strong> que afirmaba: “Promover el progreso, sin precipitarlo, evitar los saltos y las soluciones violentas en el camino gradual de los adelantamientos, abstenerse de hacer cuando no se sabe hacer, o no se puede hacer, proteger las garantías públicas, sin descuidar las individualidades…cambiar, mudar, corregir conservando”.</p>
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		<title>De Alberdi a Bergoglio, una idea de la historia</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Sep 2015 03:55:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudio Chaves</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Juan Bautista Alberdi fue, a mi manera de ver, el más grande pensador argentino del siglo XIX. Formó parte de la élite liberal que dio forma y contenido a nuestra patria. Sin embargo, su liberalismo, muchas veces no comprendido, difiere esencialmente del que profesaron contemporáneos suyos como José Castelli, Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre o Domingo... <a href="http://opinion.infobae.com/claudio-chaves/2015/09/25/de-alberdi-a-bergoglio-una-idea-de-la-historia/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Juan Bautista Alberdi fue, a mi manera de ver, el más grande pensador argentino del siglo XIX. Formó parte de la élite liberal que dio forma y contenido a nuestra patria. Sin embargo, su liberalismo, muchas veces no comprendido, difiere esencialmente del que profesaron contemporáneos suyos como José Castelli, Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre o Domingo Faustino Sarmiento, sesgados al racionalismo iluminista de la Revolución Francesa. El de Alberdi fue un liberalismo vinculado al romanticismo, que en el terreno de la historia construyó lo que se conoce como historicismo. <b>Ambos, racionalismo e historicismo, pertenecen a la vasta ideología liberal, ambos creen en el progreso indefinido, sin embargo este progreso se alcanza por caminos diferentes</b>. El racionalismo lo promueve por golpes bruscos y cambios revolucionarios, puesto que la razón se impone a la historia o, lo que es lo mismo, la idea anula la realidad. Formulados, entonces, los valores, estos fuerzan el contexto en el marco espiritual de una utopía revolucionaria. En consecuencia, creen en la revolución como motor del progreso.</p>
<p>Por el contrario, el historicismo entiende el progreso como un movimiento interior a la historia. Inmanente a ella, que en un <i>crescendo </i>continuo y armonioso, alcanza el porvenir sin sobresaltos revolucionarios. Son leyes que responden a un sinfín de factores culturales, religiosos, históricos, geográficos o de costumbres las que promueven la marcha. El progreso está en la naturaleza de la historia. Creen en la evolución, no en la revolución.<span id="more-377"></span></p>
<p>Esto hace que Alberdi afirmara: “Promover el progreso, sin precipitarlo; evitar los saltos y las soluciones violentas en el camino gradual de los adelantamientos; abstenerse de hacer, cuando no se sabe hacer, o no se puede hacer; proteger las garantías públicas, sin descuidar las individualidades […] cambiar, mudar, corregir conservando”.</p>
<p><b>Los iluministas, por el contario, no conservan, arrasan las tradiciones y las costumbres</b>. Se sienten obligados a una higiene general para adecuar la realidad a su utopía y homogeneizar la sociedad en torno a sus valores universales, igualando así lo que por naturaleza es diferente.</p>
<p>¿Qué tiene que ver lo dicho con Juan Domingo Perón? Mucho y central en la comprensión de su pensamiento. Ya he demostrado en un libro, escrito hace dieciséis años, los vínculos personales de Perón con el sector liberal del ejército comandado por el general Agustín P. Justo. En esta oportunidad adiciono al vuelo una explicación de su pensamiento y la manera de abordaje de la realidad que el general tenía. Fue un lugar común en Perón, en decenas de discursos, escritos y charlas informales frases como la de “crear una montura y cabalgar la historia”, u otra como la de “ir con la marea”. <b>Palabras que revelan un pensamiento que aplica al historicismo liberal que cree en la fuerza interior de la historia en su marcha al progreso</b>. Marcha que el hombre no puede torcer modificando su rumbo. A lo sumo podrá atrasarlo o adelantarlo. Lo que pone en evidencia<b> cierta comunión intelectual entre el liberalismo de Alberdi y el de Perón</b>. Y no creo necesario demostrar que el general estuvo más cerca de la idea de evolución que de revolución.</p>
<p>Dicho esto: ¿qué tiene que ver Jorge Bergoglio con lo escrito hasta aquí?</p>
<p>Austen Ivereigh en su brillante libro sobre Francisco, <i>El gran reformador</i>, cita un trabajo del Papa de la década del setenta donde éste afirma: “Lo peor que puede ocurrirle a un ser humano es dejarse arrastrar por las luces de la razón”. Racionalismo que Bergoglio le atribuye tanto al iluminismo como al marxismo. <b>Para el Papa, el pueblo posee una racionalidad y tiene su proyecto que no se lo da nadie</b>. Descarta las élites ilustradas que se oponen al plan de Dios.</p>
<p>En síntesis, lo que para los historicistas son las leyes inmanentes de la historia para Francisco es el plan de Dios. Restaría saber si el plan de Dios es un orden ya dado o es el ejercicio de la libertad para construir el futuro en el marco de la teología del encuentro. Es importante desmenuzar este intríngulis justo en el momento de la historia universal cuando las ideologías de la salvación por todos han caído irremediablemente.</p>
<p>Donde Ivereigh se equivoca es cuando atribuye al pensamiento de Bergoglio los colores y los sonidos del nacionalismo católico. El nacionalismo, tanto como el marxismo, son cuerpos dogmáticos que deben su existencia al racionalismo y la ilustración, como afirma el filósofo francés Alain de Benoist.</p>
<p>Ambos pretendieron torcer por la violencia la realidad circundante haciendo tabla rasa de costumbres y tradiciones. Forzando la modernidad a golpes de pólvora y gases.</p>
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