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	<title>Christian Joanidis &#187; prevención</title>
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		<title>Sobre los preconceptos del delito</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Jul 2015 03:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>A todos nos preocupa el delito, al punto que se ha convertido en un reclamo del electorado en general para estas presidenciales: bien supieron leer esto los candidatos que están centrando sus campañas en los temas vinculados a la seguridad. Y entre tanto ir y venir me crucé en estos días con un artículo en otro medio que hablaba sobre la inseguridad. No era de ningún personaje político, sino más bien de un experto en el tema y por eso me llamó la atención que trabajara precisamente sobre la base de algunos preconceptos equivocados. Lo más llamativo es, sin embargo, que estos mismos errores los veo reflejados en la opinión generalizada de políticos, periodistas y público en general, lo que me motivó a escribir esta columna.</p>
<p><b>El primer gran error es el de desvincular la delincuencia de la pobreza.</b> Lo quiero dejar claro desde un principio, en la Argentina son dos realidades íntimamente relacionadas. El argumento principal es que mientras en otros países del mundo existe tanta pobreza como acá, la delincuencia no tiene los mismos niveles. Incluso se suele hablar del fenómeno de Estados Unidos, en donde en los momentos en que atravesaba su pico de delincuencia no era precisamente el de una crisis económica.</p>
<p>Paralelos de este tipo dejan de ser válidos desde el momento en que los fenómenos sociales complejos están inevitablemente enmarcados en una cultura y en un momento histórico. Así como sería absurdo analizar el comportamiento delictivo en la Edad Media y a partir de ello querer extrapolar soluciones para la Buenos Aires de hoy, también es absurdo analizar el delito en otros países y querer extrapolar soluciones para la Argentina: son paisajes sociales completamente distintos.<span id="more-249"></span></p>
<p>La definición de pobreza, ya sea implícita o explícita, varía entre países. En naciones como Alemania, la gente puede considerarte pobre si no podés comer embutidos todos los días. De hecho, hubo en su momento en una ciudad de Alemania una campaña para que todos los chicos al mediodía puedan tener su sándwich no vegetariano. A nosotros nos parece absurdo, pero en una sociedad donde existe un alto nivel de bienestar, los pobres son aquellos que no disfrutan de todos los beneficios del sistema. Porque <b>la definición de pobreza implícita, aquella que está en la mente de las personas, es una definición relativa y por lo tanto toma como parámetro aquello que vemos a nuestro alrededor</b>. Hace unos días una adolescente de la villa 21-24 fue a misionar al interior y al volver le dijo a su madre: “Ahora entendí lo que es la pobreza”. Ella se encontró en esa misión con personas que vivían peor que ella y entonces los consideró pobres. Esta definición implícita de pobreza que nos formamos está entonces vinculada a nuestras propias posibilidades económicas. La definición explícita suele estar fuertemente relacionada con la implícita, siendo justamente una objetivación de aquello que pasa por nuestras mentes. Por eso es que a quien se considera pobre en Alemania aquí sería una persona con un pasar bastante digno.</p>
<p>Teniendo en cuenta lo anterior, <b>en países más desarrollados, pobreza y delincuencia no tienen ningún tipo de relación, porque aquellos que menos tienen todavía algo tienen y llevan una vida digna. Pero en América Latina de la pobreza surge la marginalidad</b>, que es algo mucho más lacerante que la pobreza: se trata de personas que no están dentro de la sociedad, que no pueden insertarse en ella, no pueden contribuir y por eso no se sienten parte. De la marginalidad nace una brecha entre los que sí y los que no, y de esa brecha surgen dos sociedades. Siempre es fácil justificar la agresión contra el que no se concibe como un semejante, la agresión contra el que está en mi contra: los que viven en la marginalidad saben que los otros los quieren presos, los quieren ver desaparecer. Y los que no están en la marginalidad saben que los otros les quieren quitar lo que tienen. El sufrimiento del contrario no nos conmueve, es una regla de la humanidad.</p>
<p>Y de la marginalidad surge la delincuencia. De esa brecha casi insalvable entre las dos sociedades surge el delito, que se vive como el ataque de una facción contra la otra. ¿No es el narcotráfico la causa del delito? No, simplemente aprovecha ese sustrato delictivo para nutrirse y crecer: en las villas está la mano de obra, pero los compradores viven fuera. Es obvio, los pobres nunca son buenos clientes, ni siquiera para el narcotráfico.</p>
<p>Existe el pensamiento, trivial por cierto, de que aumentando las penas se termina con el delito. Encarcelar al delincuente no tiene otro fin más que sacar de la sociedad a aquel que la agrede. El problema en la Argentina es que hay tantas personas en situación de marginalidad que, cuando un delincuente es abatido o encarcelado, hay muchos más esperando para tomar su lugar. <b>Endurecer las penas es una medida que asume que el potencial delincuente entiende las consecuencias de sus actos</b>: no es cierto, los jóvenes que salen a delinquir tienen la idea de que ellos son brillantes, mejores que los demás y por ello nunca los van a atrapar. No importa cuántas veces la realidad les demuestra lo contrario, esa idea perdura, lo he visto con mis propios ojos.</p>
<p>No creo que el garantismo sea una doctrina judicial válida, todo lo contrario, las penas deben aplicarse y con la intensidad que corresponde: quien delinque debe ir a la cárcel. Pero resulta ciertamente injusto que solo terminen en la cárcel aquellos que no tuvieron los medios para poder escapar del brazo de la ley.</p>
<p>En la Argentina, cualquier programa contra el delito que no ponga el foco en la inclusión y la prevención es un programa condenado al fracaso. La urgencia de la situación a veces nos obliga a buscar soluciones de corto plazo, pero lo cierto es que no existen estas soluciones. Endurecer las penas, poner el foco en el aparato policial y judicial no es más que combatir el síntoma. Y lo peor del caso es que el síntoma es tan intenso que tanto el Poder Judicial como las fuerzas de seguridad se enfrentan a un reto más grande que su propia capacidad. Nuestro país se encuentra en una situación complicada y necesitamos de toda nuestra creatividad para poder revertir esta situación donde parece que el delito está llevando las de ganar.</p>
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		<title>Un sistema contra el delito</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Dec 2014 11:40:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<category><![CDATA[código procesal penal]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Existe la falsa creencia de que más policía puede solucionar el problema del delito. Incluso los políticos hacen uso de esta creencia y por eso se fotografían con las últimas promociones de policías, porque pareciera que nos alegra saber que en la calle hay más efectivos combatiendo la delincuencia. Pero <strong>por más absurdo que parezca las fuerzas de seguridad son el eslabón menos importante de este sistema que está dedicado a combatir el delito. </strong></p>
<p><strong>El primer eslabón y el más importante es el de la prevención, pero es a su vez el más descuidado y el menos visible.</strong> Una escuela de fútbol en un barrio marginal no le sirve a nadie para salir en los diarios y en general todos lo percibimos como una nimiedad, pero ese tipo de acciones “triviales” son las que hacen que nuestros jóvenes crezcan sanos y lejos de la delincuencia. En este sentido <strong>los curas villeros hacen un trabajo maravilloso, porque son de los pocos que en nuestro país han comprendido que antes que buscar a los delincuentes y encarcelarlos, tenemos que asegurarnos que las personas lleven una vida digna.<span id="more-180"></span></strong></p>
<p>Una vez que la etapa preventiva falla entra en juego la policía que, como suelo decirles a mis alumnos de seguridad,<strong> existe porque hay un problema y ciertamente no es parte de la solución.</strong> La policía incluso tiene dos niveles de actuación, uno evidente, que son los patrulleros en la calle y otro menos evidente, que son todas las operaciones e investigaciones que se realizan. <strong>Nuevamente los gobiernos suelen poner el énfasis en la parte más visible,</strong> dejando de lado la menos visible. Un dato claro que tengo muy presente es que a la mayoría de los delincuentes se los captura dentro de las horas siguientes de cometido el delito, lo que quiere decir que hay más trabajo de la policía en la calle, que de la investigación policial. Pero <strong>la policía de la calle sólo atrapa a los delincuentes menos importantes, los de verdad, los que llevan los negocios, sólo se atrapan con investigaciones.</strong></p>
<p>Las fuerzas de seguridad son sólo otro eslabón, porque luego viene el sistema judicial.<strong> Incluso hoy estamos viendo que muchos de los problemas de seguridad no vienen por la falta de acción de la policía, sino por la obsolescencia de dicho sistema.</strong> Vemos delincuentes prácticamente consagrados que son liberados por los jueces y procesos judiciales que demoran años y años para resolver alguna cuestión.</p>
<p>Pero los jueces actúan sobre la base de la legislación vigente, lo que nos lleva al siguiente eslabón, que son las leyes. Porque <strong>si nos quejamos de las salidas transitorias, entonces hay que eliminarlas, impedir que los jueces las otorguen, en lugar de pedirles que las apliquen con mayor criterio</strong>. Hoy tenemos un nuevo código procesal, lo que no me queda del todo claro es si es el código procesal que necesitamos. El proceso judicial debe ser lo suficientemente rápido y expeditivo como para que el culpable quede preso y el inocente sea liberado, ¿logrará esto el nuevo código procesal?</p>
<p><strong>Por último, al final de toda esta cadena está el sistema carcelario, que hoy sólo se ha transformado en un muro que protege a unos ciudadanos de otros ciudadanos</strong>, porque aunque solemos olvidarlo, los delincuentes siguen siendo ciudadanos. Es cierto que el sistema carcelario tiene como función reinsertar a la persona en la sociedad, función que hoy no sólo no logra cumplir, sino que ni siquiera  tiene el diseño apropiado para cumplirla. Pero si sólo es una barrera entre los que han delinquido y los que no, construida sobre todo para proteger a los que no han delinquido, al menos debe salvaguardar la dignidad de quienes han perdido la libertad. <strong>Esto no quiere decir que haya que pagarles aguinaldo y vacaciones, ni que haya que darles salidas transitorias, sino simplemente que hay que garantizar condiciones mínimas en las cárceles. La calidad de persona no se pierde por haber delinquido.</strong></p>
<p>Al escribir este artículo no tuve la intención de hacer un análisis exhaustivo sobre nuestro sistema para combatir la delincuencia, simplemente quise desterrar un mito: más policía no soluciona el problema del delito porque, como se puede ver, las fuerzas de seguridad son sólo un eslabón y no necesariamente el más fuerte, dentro de todo este sistema contra el delito. <strong>El problema de la Argentina es que este sistema en su conjunto está desarticulado, necesita ser repensado por completo</strong>. Pero siempre es más fácil mostrar más policía en la calle en lugar de concentrarse en trabajar sobre lo realmente importante: porque como siempre, lo esencial es invisible a los ojos.</p>
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