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	<title>Christian Joanidis &#187; pobreza</title>
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		<title>Scioli en el teatro</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Sep 2015 09:30:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>No podría haber elegido un mejor lugar para presentar su plan de gobierno. Al mejor estilo de Hamlet, decidió mostrar toda la realidad del modelo en un escenario: toda la complejidad, toda la trama y las miserias de esta “década ganada” se vieron reflejadas en esta obra. Y todos los presentes supieron representar su papel. Hamlet quería combatir al rey, incomodarlo, Daniel Scioli, todo lo contrario.</p>
<p>El descastado finalmente se erigió en líder, tomó el papel. Pero no logra ser más que eso: un papel. <b>Los mismos funcionarios que lo denostaron hoy están en primera fila, acostumbrándose a aplaudirlo, porque tienen la esperanza de perdurar como pieza fundamental del oficialismo por muchos años más</b>. Puede ser muy difícil para todos ellos tener que salir a trabajar en serio. Y en esa gran representación tampoco faltaron las grandes palabras, apegadas a la tradición de la ficción, claro está. Un discurso inundado de imposibles, de enunciados que es muy fácil lanzar al aire, pero cuya concreción es casi inviable. Pero más absurdo es que quien con tanta convicción vocifera es el mismo que pasó ocho años de inacción en la provincia de Buenos Aires.</p>
<p>Pero, por otro lado, la palabra, sin que lo queramos, desnuda la realidad. Nadie asevera lo obvio, nadie se para frente a un grupo de personas para decirles con la mayor de las convicciones que la Tierra seguirá girando. Es lo obvio, es lo que esperamos. Pero Scioli dijo que la inflación será de un dígito: ¿Acaso hay inflación en la Argentina? El Instituto Nacional de Estadística y Censos y los funcionarios insisten en que no, pero el gobernador de la provincia de Buenos Aires en su puesta en escena nos habla de un país que tiene que bajar la inflación.<span id="more-277"></span></p>
<p>Más interesante aún fue su intención de atraer inversiones. <b>Nuevamente dejó al descubierto otra gran virtud del modelo: espantar a cualquiera que tenga ganas de hacer algo en la Argentina. </b>¿Cuántos emprendedores prefirieron países limítrofes para comenzar con sus negocios? ¿Cuántas empresas prefieren instalarse en las periferias de nuestro país? Hoy somos un repelente para quien quiere invertir dinero o tiempo en construir algo.</p>
<p>A esta altura no puedo pedirle, a quien será el continuador de esta absurda forma de construir un país, que tenga algo de coherencia interna en su discurso. Todo es relato y eso también lo dejó en claro Scioli en el teatro, porque su discurso no solo es ficción, sino que es una ficción reñida con la realidad.</p>
<p>No puedo dejar de mencionar cuánto me asombró la brillante simbología y puesta en escena, claramente acorde con toda la mística que se ha generado en torno al kirchnerismo. Lo sé, es una mística barata, una mística de militantes rentados, pero tiene lo suyo. Se vieron representantes de los pueblos originarios sobre el escenario, para sustentar el mito de que el Gobierno se ocupó de ellos, cuando en realidad la pobreza en la que viven es la clara evidencia de que no se trata más que de un truco de marketing. También había operarios fabriles, lo que quería darle solidez a otro mito absurdo: el de la industrialización nacional. <b>El kirchnerismo ha sido muy hábil en jugar con el imaginario popular y el proceso de falsa industrialización, es parte de ese juego demagógico</b>.</p>
<p>Esta puesta en escena nos deja en claro que Scioli no pretende revertir este sistema de relatos que sostienen mitos, sistema que motiva a los adictos al poder, pero que enfurece a quienes queremos una república democrática.</p>
<p>La función de Scioli estuvo perfectamente alineada con estos últimos doce años de kirchnerismo. Quiso dar ese mensaje de continuidad, de que nada va a cambiar. Seguirán los discursos rimbombantes y llenos de “militancia”, mientras los argentinos seguimos padeciendo este saqueo al que tanto nos ha acostumbrado esta “década ganada”.</p>
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		<title>Sobre los preconceptos del delito</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Jul 2015 03:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>A todos nos preocupa el delito, al punto que se ha convertido en un reclamo del electorado en general para estas presidenciales: bien supieron leer esto los candidatos que están centrando sus campañas en los temas vinculados a la seguridad. Y entre tanto ir y venir me crucé en estos días con un artículo en otro medio que hablaba sobre la inseguridad. No era de ningún personaje político, sino más bien de un experto en el tema y por eso me llamó la atención que trabajara precisamente sobre la base de algunos preconceptos equivocados. Lo más llamativo es, sin embargo, que estos mismos errores los veo reflejados en la opinión generalizada de políticos, periodistas y público en general, lo que me motivó a escribir esta columna.</p>
<p><b>El primer gran error es el de desvincular la delincuencia de la pobreza.</b> Lo quiero dejar claro desde un principio, en la Argentina son dos realidades íntimamente relacionadas. El argumento principal es que mientras en otros países del mundo existe tanta pobreza como acá, la delincuencia no tiene los mismos niveles. Incluso se suele hablar del fenómeno de Estados Unidos, en donde en los momentos en que atravesaba su pico de delincuencia no era precisamente el de una crisis económica.</p>
<p>Paralelos de este tipo dejan de ser válidos desde el momento en que los fenómenos sociales complejos están inevitablemente enmarcados en una cultura y en un momento histórico. Así como sería absurdo analizar el comportamiento delictivo en la Edad Media y a partir de ello querer extrapolar soluciones para la Buenos Aires de hoy, también es absurdo analizar el delito en otros países y querer extrapolar soluciones para la Argentina: son paisajes sociales completamente distintos.<span id="more-249"></span></p>
<p>La definición de pobreza, ya sea implícita o explícita, varía entre países. En naciones como Alemania, la gente puede considerarte pobre si no podés comer embutidos todos los días. De hecho, hubo en su momento en una ciudad de Alemania una campaña para que todos los chicos al mediodía puedan tener su sándwich no vegetariano. A nosotros nos parece absurdo, pero en una sociedad donde existe un alto nivel de bienestar, los pobres son aquellos que no disfrutan de todos los beneficios del sistema. Porque <b>la definición de pobreza implícita, aquella que está en la mente de las personas, es una definición relativa y por lo tanto toma como parámetro aquello que vemos a nuestro alrededor</b>. Hace unos días una adolescente de la villa 21-24 fue a misionar al interior y al volver le dijo a su madre: “Ahora entendí lo que es la pobreza”. Ella se encontró en esa misión con personas que vivían peor que ella y entonces los consideró pobres. Esta definición implícita de pobreza que nos formamos está entonces vinculada a nuestras propias posibilidades económicas. La definición explícita suele estar fuertemente relacionada con la implícita, siendo justamente una objetivación de aquello que pasa por nuestras mentes. Por eso es que a quien se considera pobre en Alemania aquí sería una persona con un pasar bastante digno.</p>
<p>Teniendo en cuenta lo anterior, <b>en países más desarrollados, pobreza y delincuencia no tienen ningún tipo de relación, porque aquellos que menos tienen todavía algo tienen y llevan una vida digna. Pero en América Latina de la pobreza surge la marginalidad</b>, que es algo mucho más lacerante que la pobreza: se trata de personas que no están dentro de la sociedad, que no pueden insertarse en ella, no pueden contribuir y por eso no se sienten parte. De la marginalidad nace una brecha entre los que sí y los que no, y de esa brecha surgen dos sociedades. Siempre es fácil justificar la agresión contra el que no se concibe como un semejante, la agresión contra el que está en mi contra: los que viven en la marginalidad saben que los otros los quieren presos, los quieren ver desaparecer. Y los que no están en la marginalidad saben que los otros les quieren quitar lo que tienen. El sufrimiento del contrario no nos conmueve, es una regla de la humanidad.</p>
<p>Y de la marginalidad surge la delincuencia. De esa brecha casi insalvable entre las dos sociedades surge el delito, que se vive como el ataque de una facción contra la otra. ¿No es el narcotráfico la causa del delito? No, simplemente aprovecha ese sustrato delictivo para nutrirse y crecer: en las villas está la mano de obra, pero los compradores viven fuera. Es obvio, los pobres nunca son buenos clientes, ni siquiera para el narcotráfico.</p>
<p>Existe el pensamiento, trivial por cierto, de que aumentando las penas se termina con el delito. Encarcelar al delincuente no tiene otro fin más que sacar de la sociedad a aquel que la agrede. El problema en la Argentina es que hay tantas personas en situación de marginalidad que, cuando un delincuente es abatido o encarcelado, hay muchos más esperando para tomar su lugar. <b>Endurecer las penas es una medida que asume que el potencial delincuente entiende las consecuencias de sus actos</b>: no es cierto, los jóvenes que salen a delinquir tienen la idea de que ellos son brillantes, mejores que los demás y por ello nunca los van a atrapar. No importa cuántas veces la realidad les demuestra lo contrario, esa idea perdura, lo he visto con mis propios ojos.</p>
<p>No creo que el garantismo sea una doctrina judicial válida, todo lo contrario, las penas deben aplicarse y con la intensidad que corresponde: quien delinque debe ir a la cárcel. Pero resulta ciertamente injusto que solo terminen en la cárcel aquellos que no tuvieron los medios para poder escapar del brazo de la ley.</p>
<p>En la Argentina, cualquier programa contra el delito que no ponga el foco en la inclusión y la prevención es un programa condenado al fracaso. La urgencia de la situación a veces nos obliga a buscar soluciones de corto plazo, pero lo cierto es que no existen estas soluciones. Endurecer las penas, poner el foco en el aparato policial y judicial no es más que combatir el síntoma. Y lo peor del caso es que el síntoma es tan intenso que tanto el Poder Judicial como las fuerzas de seguridad se enfrentan a un reto más grande que su propia capacidad. Nuestro país se encuentra en una situación complicada y necesitamos de toda nuestra creatividad para poder revertir esta situación donde parece que el delito está llevando las de ganar.</p>
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		<title>Banalizar el sufrimiento ajeno</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Sep 2014 10:15:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Todos se han lanzado en las últimas horas contra el periodista Víctor Hugo Morales, que desafortunadamente dijo que vivir en una villa no estaba tan mal. Quiero aclarar que la base de su pensamiento, aunque rechazado ampliamente por todos aquellos que tienen algo de sentido común, es también la base del pensamiento de muchos de los que ven la villa al pasar por la autopista. Víctor Hugo fue al menos sincero al decir que juzga esto desde su estilo de vida, que es en definitiva algo que todos naturalmente hacemos.</p>
<p><strong>Es muy difícil acercarse a una realidad con la mirada del que la vive.</strong> Aunque nos cueste admitirlo, la única realidad que podemos contemplar desde el lugar de quien la vive es sólo la nuestra; el resto lo vemos como turistas. Y no importa qué tanto esfuerzo haga, siempre seguirá siendo sólo un turista. Esto significa que naturalmente juzgamos a los otros y a sus realidades desde nuestra perspectiva, lo que nos impide ver todos los elementos que existen y son relevantes para otras realidades.</p>
<p>Quienes vivimos fuera de la villa no logramos comprender las problemáticas que encierra la marginalidad. Porque la villa como lugar geográfico no es distinto de ningún otro. Podrá ser más precario, podrá tener menos infraestructura, pero es sólo otro lugar dentro de la ciudad. El mayor problema es hoy lo que significa vivir en la villa. Conceptualmente, quien vive allí es porque no puede estar fuera y esto es una realidad. Si bien también es cierto que muchas personas prefieren vivir en la villa antes que vivir en otro lado, porque entienden que en la villa hay más oportunidades, esto sólo pone de manifiesto las pocas alternativas que hay en otros lados, no lo maravillosa que es la villa. Que la gente prefiera un barrio carenciado significa que el lugar del que vienen es peor.</p>
<p><strong>Vivir en la villa es hoy sinónimo de marginalidad, es estar fuera, es no ser parte.</strong> Y si bien alguien puede elegir vivir en la villa, nadie elige ser marginal, es una circunstancia de la cual posiblemente no se puede salir en los términos en lo que se construye hoy nuestro país.</p>
<p>Pero Víctor Hugo no logra comprender lo que significa ser marginal. <strong>Como tampoco comprende los problemas de inseguridad y ausencia del Estado que la marginalidad implica</strong>, independientemente de si se vive en una villa o no.</p>
<p>Desde la construcción mental de la clase media, el tiempo propio, el tiempo para el ocio, es algo vital. Por eso se apresuró a decir que él prefiere vivir en una villa antes que perder cinco horas por día en un viaje para ir a trabajar. <strong>Lo que posiblemente no entienda Víctor Hugo es que el ocio es una construcción que viene no sólo con la educación, sino también con los medios necesarios para poder disfrutar de ese tiempo.</strong> Generalmente el ocio en los ambientes de marginalidad termina derivando en situaciones de riesgo para los jóvenes, que caen en la delincuencia y el consumo de drogas. El pobre no tiene alternativas para usar su tiempo ocioso.</p>
<p>Pensar que en la villa la gente vive bien es también un concepto que sólo puede construirse desde la visión de la clase media. Que tengan una antena de televisión satelital es percibido muchas veces como una cuestión de bienestar, al igual que las altas construcciones de la villa 31: parece que son elementos de jerarquía. Claro, porque en la clase media lo son. Al igual que el plasma o los celulares. Pero para quien vive en la marginalidad tal vez sea lo único que hay.</p>
<p><strong>Pero lo que realmente más me dolió de las palabras de Víctor Hugo fue cuando aseveró con tanta tranquilidad que el crecimiento de las villas es consecuencia de las cosas positivas que han sucedido en el país.</strong> Esa aseveración no es más que una burla a todos aquellos que día a día tienen que sufrir la pobreza y la degradación que les imprime la marginalidad.</p>
<p><strong>Yo intenté entender a Víctor Hugo, pero no hay lógica que resista esa brutal afirmación.</strong> Que haya o no pobreza no es una cuestión de fe: no se trata de creer que no hay pobreza, se trata de medirla. Y si el Gobierno realmente  confía en que la pobreza ha disminuido, debería entonces transparentar sus mediciones, hacerlas creíbles.</p>
<p>Yo quise entender a Víctor Hugo, pero ese comentario hasta me pareció agresivo, porque si uno no va a hacer nada para cambiar las cosas, al menos debería mantener un respetuoso silencio ante el sufrimiento ajeno.</p>
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		<title>La persistencia de la pobreza</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Jun 2014 10:10:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>En estos días dos nuevos informes reforzaron lo que todos sabemos: en la Argentina hay pobreza. Un estudio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires indica que el 28,4% de las personas en la ciudad de Buenos Aires no logra cubrir la Canasta Total, que es aquella que cubre las necesidades básicas de una persona, garantizándole una vida digna. El otro estudio es el de la UCA, que asevera que el 30% de las personas del conurbano viven en la pobreza.</p>
<p><span id="more-116"></span></p>
<p><strong>El estudio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires toma como referencia un ingreso familiar de entre $ 8.484 y $ 10.454</strong>, dependiendo de si es dueño de su vivienda o no, para determinar esa línea de pobreza. Claramente se trata de una métrica bastante exigente, pero también es cierto que una familia con ingresos inferiores a los establecidos por esta canasta sufrirá algunas privaciones.</p>
<p>El estudio de la UCA sin embargo es más ácido y establece esta barrera en los $ 4.142 para una familia de dos adultos y dos niños. Una cifra que habla de <strong>una pobreza más cruda y más incisiva</strong>. Ya no se trata de algunas privaciones, sino de lo justo y necesario, es en el fondo una cuestión de mera subsistencia.</p>
<p>No tenemos más datos oficiales sobre este tema. <strong>El Gobierno hoy quiere ocultar la pobreza: al igual que en otros tiempos se han ocultado otras cosas tan o más escabrosas que laceran la dignidad de las personas</strong>. Y a estas alturas, asumir que este ocultamiento es deliberado es la única opción viable.</p>
<p>Tengamos en cuenta además que estas cifras están atenuadas por toda la ayuda social que hoy perciben los sectores más vulnerables. Ayuda que es necesaria, pero que no queda claro hasta cuándo se podrá sostener. La actividad económica merma, la inflación erosiona los ingresos y la inestabilidad política en la que cada día se adentra más nuestro país son el entorno perfecto para que siga avanzando la pobreza y para que estos números sigan en aumento.</p>
<p>Hoy hablar de “planes integrales” es casi subestimar al auditorio, porque ese término se suele utilizar cuando se quiere criticar algo pero sin aportar ninguna solución. Sin embargo, no sólo para el tiempo actual, sino para el futuro cercano y algo oscuro que se avecina es necesario armar un plan contra la pobreza. No es algo lineal ni que se resuelva de un momento a otro, incluso se puede hacer por etapas, para combatir primero la pobreza más brutal y avanzar para que todos podamos cubrir nuestras necesidades básicas. <strong>Garantizar la seguridad alimentaria y el acceso al agua potable es el primer paso de este plan. </strong></p>
<p>La creación de trabajo sustentable, es decir <strong>trabajo genuino que no se encuentre al amparo directo del estado, es el único camino para erradicar definitivamente la pobreza.</strong> Poner el foco en aquellos sectores que puedan emplear a muchas personas y lo hagan de manera duradera es una prioridad. Esto claramente deja de lado a la industria automotriz que tanto desvela a analistas con poca visión de largo plazo.</p>
<p>Sin embargo, para la tormenta que se avecina y el tiempo que tenemos para prepararnos, será necesario desarrollar una red de contención social para evitar un desborde.</p>
<p>Pero <strong>cualquier plan que queramos poner en práctica requiere mediciones confiables y la aceptación de que el problema existe</strong>. Negarlo o ignorarlo es la mejor forma de que el problema tome dimensiones abrumadoras y se convierta en algo inmanejable. <strong>Nadie quiere ser heraldo de malas nuevas, pero el que tenga el coraje de hacerlo sobresaldrá en la política argentina.</strong></p>
<p>Todos estamos esperando el 2015 para ver qué va a suceder, para saber qué rumbo va a tomar este barco averiado. Y esto, aunque parezca absurdo, nos ha sumido a todos en una parálisis inverosímil, donde sólo se observa con cautela los movimientos de las distintas fuerzas. Incluso el Gobierno no hace más que atacar las cuestiones más urgentes. Pero la pobreza avanza a su ritmo, indiferente al mapa político que se arma. No coordinar acciones hoy significa que, como sociedad, estaremos pagando mayores costos después del 2015.</p>
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		<title>El problema de las villas no es la pobreza</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Sep 2013 08:16:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En la primera clase suelo decirles a mis alumnos que antes de hacer cualquier cosa es necesario definir el problema correctamente: de lo contrario todas las acciones que se planifiquen no resolverán la situación que realmente nos preocupa. ¿Son las villas en la ciudad de Buenos Aires un problema? Yo creo que no, creo que son un... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2013/09/15/el-problema-de-las-villas-no-es-la-pobreza/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En la primera clase suelo decirles a mis alumnos que antes de hacer cualquier cosa es necesario definir el problema correctamente: de lo contrario todas las acciones que se planifiquen no resolverán la situación que realmente nos preocupa.</p>
<p><strong>¿Son las villas en la ciudad de Buenos Aires un problema?</strong> Yo creo que no, <strong>creo que son un hecho</strong>, una realidad y por lo tanto no se puede hablar de una solución para el problema de las villas. Sí, en cambio, se puede hablar de<strong> una solución para los problemas de la villa</strong>. Parece una cuestión meramente retórica pero aun así implica un <strong>cambio de paradigma en el pensamiento de quienes vivimos en la Ciudad de Buenos Aires</strong> y sobre todo de quienes ocupan puestos de gobierno.</p>
<p><span id="more-9"></span>Como toda realidad, la villa tiene luces y sombras. <strong>Palermo</strong> y <strong>Recoleta</strong> también son una realidad -distinta, claro está- con sus luces y sombras. Sucede que a diferencia de otros lugares de la ciudad, las villas concentran una mayor cantidad y una mayor diversidad de problemas. Esto no las vuelve ni peores ni mejores: son simplemente sitios más vulnerables. Desde hace dos años trabajo como voluntario,  junto a <strong>curas villeros</strong>, en la <strong>Villa 21-24-NHT Zabaleta</strong> y para mí también fue un proceso este cambio de paradigma. Mi voz no es la del sociólogo ni la del asistente social, sino la del que intenta explicar desde su experiencia lo que sucede a su alrededor.</p>
<p>Hay que derribar un mito:<strong> la pobreza no es “el” problema de la villa.</strong> Si el problema de la villa fuera la pobreza –y aquí estoy apelando al concepto más llano de pobreza como carencia material- entonces la solución estaría en la asignación de recursos económicos. Sin embargo, no se trata sólo de asignar recursos económicos.</p>
<p><strong>Estoy convencido que la problemática de la villa puede englobarse en una palabra: marginalidad</strong>. Este concepto encierra un sinnúmero de situaciones en las que generalmente se pone de manifiesto la vulnerabilidad de quienes viven en estas zonas<strong>: precariedad laboral, precariedad habitacional, narcotráfico, problemas de integración con el resto de la ciudad</strong>, entre otros. El problema no es tanto económico como estructural. Está claro que es necesario asignar recursos a proyectos que puedan dar solución a estos problemas estructurales, pero primero tienen que idearse estos proyectos.</p>
<p>Es muy fácil decirlo, no tan fácil comprenderlo, menos fácil aún implementarlo. Para solucionar los problemas de la villa el primer paso es comenzar a ver a sus habitantes no como una parte del problema sino como la solución<strong>. Potenciar los cuantiosos aspectos positivos que tienen la cultura y la forma de vida de las villas es el camino para encontrar soluciones a esta problemática de la Ciudad de Buenos Aires.</strong></p>
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