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	<title>Christian Joanidis &#187; marginalidad</title>
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		<title>Sobre los preconceptos del delito</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Jul 2015 03:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>A todos nos preocupa el delito, al punto que se ha convertido en un reclamo del electorado en general para estas presidenciales: bien supieron leer esto los candidatos que están centrando sus campañas en los temas vinculados a la seguridad. Y entre tanto ir y venir me crucé en estos días con un artículo en otro medio que hablaba sobre la inseguridad. No era de ningún personaje político, sino más bien de un experto en el tema y por eso me llamó la atención que trabajara precisamente sobre la base de algunos preconceptos equivocados. Lo más llamativo es, sin embargo, que estos mismos errores los veo reflejados en la opinión generalizada de políticos, periodistas y público en general, lo que me motivó a escribir esta columna.</p>
<p><b>El primer gran error es el de desvincular la delincuencia de la pobreza.</b> Lo quiero dejar claro desde un principio, en la Argentina son dos realidades íntimamente relacionadas. El argumento principal es que mientras en otros países del mundo existe tanta pobreza como acá, la delincuencia no tiene los mismos niveles. Incluso se suele hablar del fenómeno de Estados Unidos, en donde en los momentos en que atravesaba su pico de delincuencia no era precisamente el de una crisis económica.</p>
<p>Paralelos de este tipo dejan de ser válidos desde el momento en que los fenómenos sociales complejos están inevitablemente enmarcados en una cultura y en un momento histórico. Así como sería absurdo analizar el comportamiento delictivo en la Edad Media y a partir de ello querer extrapolar soluciones para la Buenos Aires de hoy, también es absurdo analizar el delito en otros países y querer extrapolar soluciones para la Argentina: son paisajes sociales completamente distintos.<span id="more-249"></span></p>
<p>La definición de pobreza, ya sea implícita o explícita, varía entre países. En naciones como Alemania, la gente puede considerarte pobre si no podés comer embutidos todos los días. De hecho, hubo en su momento en una ciudad de Alemania una campaña para que todos los chicos al mediodía puedan tener su sándwich no vegetariano. A nosotros nos parece absurdo, pero en una sociedad donde existe un alto nivel de bienestar, los pobres son aquellos que no disfrutan de todos los beneficios del sistema. Porque <b>la definición de pobreza implícita, aquella que está en la mente de las personas, es una definición relativa y por lo tanto toma como parámetro aquello que vemos a nuestro alrededor</b>. Hace unos días una adolescente de la villa 21-24 fue a misionar al interior y al volver le dijo a su madre: “Ahora entendí lo que es la pobreza”. Ella se encontró en esa misión con personas que vivían peor que ella y entonces los consideró pobres. Esta definición implícita de pobreza que nos formamos está entonces vinculada a nuestras propias posibilidades económicas. La definición explícita suele estar fuertemente relacionada con la implícita, siendo justamente una objetivación de aquello que pasa por nuestras mentes. Por eso es que a quien se considera pobre en Alemania aquí sería una persona con un pasar bastante digno.</p>
<p>Teniendo en cuenta lo anterior, <b>en países más desarrollados, pobreza y delincuencia no tienen ningún tipo de relación, porque aquellos que menos tienen todavía algo tienen y llevan una vida digna. Pero en América Latina de la pobreza surge la marginalidad</b>, que es algo mucho más lacerante que la pobreza: se trata de personas que no están dentro de la sociedad, que no pueden insertarse en ella, no pueden contribuir y por eso no se sienten parte. De la marginalidad nace una brecha entre los que sí y los que no, y de esa brecha surgen dos sociedades. Siempre es fácil justificar la agresión contra el que no se concibe como un semejante, la agresión contra el que está en mi contra: los que viven en la marginalidad saben que los otros los quieren presos, los quieren ver desaparecer. Y los que no están en la marginalidad saben que los otros les quieren quitar lo que tienen. El sufrimiento del contrario no nos conmueve, es una regla de la humanidad.</p>
<p>Y de la marginalidad surge la delincuencia. De esa brecha casi insalvable entre las dos sociedades surge el delito, que se vive como el ataque de una facción contra la otra. ¿No es el narcotráfico la causa del delito? No, simplemente aprovecha ese sustrato delictivo para nutrirse y crecer: en las villas está la mano de obra, pero los compradores viven fuera. Es obvio, los pobres nunca son buenos clientes, ni siquiera para el narcotráfico.</p>
<p>Existe el pensamiento, trivial por cierto, de que aumentando las penas se termina con el delito. Encarcelar al delincuente no tiene otro fin más que sacar de la sociedad a aquel que la agrede. El problema en la Argentina es que hay tantas personas en situación de marginalidad que, cuando un delincuente es abatido o encarcelado, hay muchos más esperando para tomar su lugar. <b>Endurecer las penas es una medida que asume que el potencial delincuente entiende las consecuencias de sus actos</b>: no es cierto, los jóvenes que salen a delinquir tienen la idea de que ellos son brillantes, mejores que los demás y por ello nunca los van a atrapar. No importa cuántas veces la realidad les demuestra lo contrario, esa idea perdura, lo he visto con mis propios ojos.</p>
<p>No creo que el garantismo sea una doctrina judicial válida, todo lo contrario, las penas deben aplicarse y con la intensidad que corresponde: quien delinque debe ir a la cárcel. Pero resulta ciertamente injusto que solo terminen en la cárcel aquellos que no tuvieron los medios para poder escapar del brazo de la ley.</p>
<p>En la Argentina, cualquier programa contra el delito que no ponga el foco en la inclusión y la prevención es un programa condenado al fracaso. La urgencia de la situación a veces nos obliga a buscar soluciones de corto plazo, pero lo cierto es que no existen estas soluciones. Endurecer las penas, poner el foco en el aparato policial y judicial no es más que combatir el síntoma. Y lo peor del caso es que el síntoma es tan intenso que tanto el Poder Judicial como las fuerzas de seguridad se enfrentan a un reto más grande que su propia capacidad. Nuestro país se encuentra en una situación complicada y necesitamos de toda nuestra creatividad para poder revertir esta situación donde parece que el delito está llevando las de ganar.</p>
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		<title>¿Existen los valores villeros?</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Jun 2014 09:46:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Recientemente legisladores de La Cámpora impulsaron instalar el “día de los valores villeros” e la fecha en que nació Carlos Mugica. Personalmente creo que la fecha es importante, porque el padre Mugica es un símbolo para tantos otros que todos los días se comprometen con las más diversas causas sociales. Por otro lado, no tengo ninguna duda de la buena intención de los legisladores que están impulsando esta medida. Sin embargo, <strong>hay algo en eso de “los valores villeros” que no me termina de gustar</strong>.</p>
<p><strong>La villa, contrario a lo que la mayoría piensa, es parte de la ciudad y por lo tanto está inmersa en la cultura urbana.</strong> Hay algunas cuestiones que la distinguen del resto de la fisonomía urbana: se trata de una topografía bastante particular con una alta concentración de marginalidad. En la villa se oculta el narcotráfico, la violencia es una cuestión cotidiana y ni hablar de las carencias que se ven por todos lados, principalmente las vinculadas a la educación y el trabajo.</p>
<p><span id="more-127"></span></p>
<p>Pero este panorama hostil encierra también grandes aspectos positivos, que son los que hay que explotar para transformar la realidad de las villas. Durante todo este tiempo yo he visto que <strong>las personas de la villa se involucran en las actividades de su barrio, a diferencia de la apatía generalizada que hay en el resto de la ciudad</strong>. Siempre he visto voluntad de trabajo aunque no haya nada a cambio. Hace unos años se cumplían los quince de la llegada de la Virgen de Caacupé a la villa 21-24 de Barracas. Para ello la Iglesia había organizado una caravana para recorrer el barrio. La idea era salir de la parroquia y recorrer la villa para terminar en la cancha de fútbol que está detrás de la misma. Yo iba caminando en medio de la caravana y en un momento, al mirar hacia atrás, gracias a los desniveles del suelo, pude ver varias cuadras de gente y autos que iban siguiendo la caravana. Autos que estaban adornados para la ocasión con un trabajo increíble. Uno puede hablar de una peregrinación religiosa, pero era mucho más que eso, era el movimiento del barrio. Porque <strong>en la villa yo he visto a la gente moverse por lo que cree, trabajar por lo que realmente le interesa y la motiva.</strong></p>
<p>Yo me he sentado a la mesa de varias familias, he compartido almuerzos y siempre fui bienvenido. Porque también he visto que en la villa se da con generosidad a pesar de la escasez. Es paradójico, pero las puertas de las casas se abren más fácilmente que en el resto de la ciudad y la gente comparte lo que tiene con más apertura.</p>
<p>También he visto la solidaridad en acción, porque ante la necesidad todo el barrio se moviliza. <strong>Hay que aceptar que en muchas ocasiones liderado por la Iglesia, pero se moviliza</strong>. <strong>De nada valdría un gran liderazgo sin las personas que lo sigan. De hecho estoy tentado a decir que la fuerza que tiene el trabajo de los curas villeros radica en gran parte en la voluntad de ayudar que tiene la gente del barrio.</strong> Porque en un lugar signado por la violencia también hay una cultura muy fuerte de la solidaridad.</p>
<p>Pero si bien soy el primero en hablar de los aspectos positivos de la cultura de las villas, no creo que haya “valores villeros”. En primer lugar porque creo que <strong>hablar de valores villeros implica, sin quererlo seguramente, que hay una brecha natural entre la villa y la ciudad</strong>. Peor aún, esa brecha está dada en la raíz misma, porque nace de los valores. Un pensamiento peligroso que lleva a profundizar la marginalidad y las diferencias, ahondando en el paradigma de “ellos o nosotros”. La villa es parte de la ciudad, la villa es un barrio. Tiene sus características particulares, pero eso no la hace algo en sí mismo particular: así como un barrio se distingue del otro, pero sigue siendo un barrio de la ciudad. Nadie hablaría de los valores de San Telmo, ni de los Valores de Caballito. Porque las distinciones son superficiales.</p>
<p>Por otro lado, no creo que los valores, si bien pueden ser más fuertes en una región que en otra, sean específicos de un área geográfica o de una cultura. <strong>Los valores son cuestiones que hacen a toda la humanidad</strong>. Es por eso que me gusta hablar de “valores” a secas, porque todos deberíamos compartirlos. No son un patrimonio exclusivo de una zona geográfica, sino de todos.</p>
<p>Me parece importante querer resaltar en la labor del padre Mugica la labor de todos aquellos que se ocupan de los más débiles. Pero tal vez no sea éste el mejor homenaje. Yo personalmente <strong>prefería que en lugar de que sea el día de los “valores villeros”, sea el día “de la lucha contra la marginalidad y la pobreza”</strong> o el día del “compromiso con los más débiles” o el “compromiso con los más pobres”. Denominaciones más afortunadas que la que con buena intención han sugerido los legisladores.</p>
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		<title>Francisco y una orientación política para la Argentina</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Nov 2013 11:57:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En estos días se conoció el primer documento escrito enteramente por el Papa Francisco. Para quienes profesamos la fe cristiana esta exhortación del Sumo Pontífice nos llama a una nueva forma de vivir nuestra fe. Pero esta vez Francisco no sólo les habla a los creyentes, sino también a todos los hombres de buena voluntad,... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2013/11/30/francisco-y-una-orientacion-politica-para-la-argentina/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En <strong>estos días se conoció el primer documento escrito enteramente por el Papa Francisco</strong>. Para quienes profesamos la fe cristiana esta exhortación del Sumo Pontífice nos llama a una nueva forma de vivir nuestra fe. Pero esta vez <strong>Francisco</strong> no sólo les habla a los creyentes, sino también a todos los hombres de buena voluntad, a todos aquellos que no miramos con indiferencia la injusticia que se perpetra a nuestro alrededor.</p>
<p>Algunos diarios internacionales han utilizado las frases más contundentes del documento para fabricar titulares rimbombantes. Pero más allá de este despliegue mediático, las palabras de Francisco llevan un mensaje para todos aquellos que queremos construir un mundo mejor.</p>
<p>El documento habla sobre la <strong>evangelización</strong>, pero hay una parte en la que<strong> la voz de Francisco no se dirige exclusivamente a los creyentes, sino a todas las personas.</strong> Es justamente allí en donde hace referencia al tema de la <strong>exclusión</strong>, que no es otra cosa que la cuestión de la <strong>marginalidad</strong> que tantas veces he mencionado en mis columnas. Me pareció sumamente interesante la reflexión que hace sobre el concepto de exclusión: “<strong>ya no se está en [la sociedad] abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera</strong>”. Estar excluido no es estar en la base de la pirámide, no es estar en la periferia, no es estar lejos. <strong>Estar excluido es justamente no estar.</strong> Porque el pobre está en la base de la pirámide, el oprimido puede estar en la periferia de nuestra sociedad, pero el excluido no está, no existe. La pobreza o cualquier otra carencia coloca a las personas en una <strong>situación de desventaja</strong>, la exclusión sin embargo las deja fuera del juego. La pobreza siempre existió y seguirá existiendo, esto puede no gustarnos, pero es así. Lo que no tiene porqué existir es la marginalidad, que se está convirtiendo en un fenómeno masivo y que es una novedad de nuestro tiempo.</p>
<p><span id="more-41"></span>La marginalidad, en definitiva, deshumaniza porque quien está fuera de la sociedad no es tenido en cuenta por la sociedad misma, por eso está excluido. Y es justamente esta marginación, este dejar afuera a las personas, lo que les extirpa la humanidad y aniquila su dignidad.</p>
<p>Partiendo de esta realidad, <strong>el Papa nos interpela para que volvamos a comprender que el centro de todo es el ser humano y su dignidad.</strong> No importan los sistemas, no importan los modelos, sólo <strong>la dignidad del hombre</strong>: “hoy <strong>tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad»</strong>”. Un sistema económico exitoso no es aquel que incrementa el PBI, sino aquel que logra que las personas vivan con dignidad, aquel que construye una sociedad sin exclusión. El <strong>consumo</strong>, algo necesario desde el punto de vista humano, <strong>no debe convertirse en el centro o eje de ninguna política nacional o mundial,</strong> porque no se trata más que de <strong>un medio para que todos tengamos una vida digna</strong>. La actividad económica, aunque nos cueste creerlo, se convierte en una herramienta más para trabajar en pos de la dignidad de las personas. Nada está supeditado a ella, sino todo lo contrario, la economía está supeditada a las necesidades de todos nosotros.</p>
<p>Una vez escuché a un conocido periodista decir que “hay que proteger a las minorías, porque las mayorías se defienden solas”. No pongo en duda su buena voluntad, pero la verdad es que hoy son las mayorías las más vulnerables. Vivimos en un país en el que la mitad de la población es pobre y hasta raya la marginalidad. De la mitad que queda, la mayoría subsiste y sólo unos pocos viven en paz y con confort. Porque el Estado no debe existir para proteger a las minorías, sino para proteger al más débil. Es el Estado el que se interpone entre el fuerte y el débil para equiparar la balanza. Y es justamente él quien tiene que combatir la marginalidad en nombre de todos nosotros. Pero en particular en nuestro país podemos hablar de un Estado que está ausente y es justamente por eso que la marginalidad sigue creciendo. Porque <strong>la política, lamentablemente, se ha convertido en una forma de ascenso social para una minoría</strong> y ha perdido su vocación de construir una sociedad más justa para todos. Así las cosas, pareciera que la política no es un lugar donde se involucra a la buena gente y eso hace que aquellos que no son tan buenos acaparen un espacio que debiera estar destinado a los hombres de buena voluntad, a todos aquellos que no miramos con indiferencia la injusticia que se perpetra a nuestro alrededor.</p>
<p>Esta exhortación del Papa, al menos cuando toca estos temas en particular, se dirige a creyentes y no creyentes, pero sobre todo a quienes quieran involucrarse directamente en la construcción de una Argentina más justa, a aquellos que quieran tomar el camino de la política para trabajar con honestidad por quienes son mayoría y no pueden defenderse. Porque la política también tiene que optar por los más pobres, por los marginados, por los excluidos. Quienes gobiernan, en nombre de todos nosotros, deberían poner su empeño en que absolutamente todos podamos vivir con dignidad.</p>
<p>Hoy más que nunca, la Argentina necesita tomar en serio esta exhortación. En nuestro país, una alternativa política que no tenga esta determinación de proteger a los más débiles, de combatir la exclusión y de garantizar la dignidad de las personas es una alternativa que nace para llevarnos al peor de los fracasos: el de <strong>una sociedad fragmentada, dividida y marcada por la exclusión</strong>. Una alternativa que no contemple esto podrá traernos éxito económico, pero a un costo que terminará por dejarnos un país arruinado socialmente.</p>
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		<title>La marginalidad está fuera de la ley</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Nov 2013 11:46:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Quienes hemos trabajado en el sector privado y conocemos la dinámica del mercado, sabemos perfectamente que para que una empresa pueda posicionar exitosamente un producto es necesario que ese producto sea bueno. El mercado es cruel. Si el producto no es bueno, desaparece pronto. La palabra “bueno”, que parece tan vaga y amplia, se refiere... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2013/11/25/la-marginalidad-esta-fuera-de-la-ley/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Quienes hemos trabajado en el <strong>sector privado</strong> y conocemos<strong> la dinámica del mercado</strong>, sabemos perfectamente que para que una empresa pueda posicionar exitosamente un producto es necesario que ese producto sea bueno. <strong>El mercado es cruel.</strong> Si el producto no es bueno, desaparece pronto. La palabra “bueno”, que parece tan vaga y amplia, se refiere a la preferencia de quien lo vaya comprar, es decir que ese producto sea apropiado para mi mercado objetivo. Si yo quiero venderle autos a la gente rica, entonces voy a hacer un auto caro y con todos los lujos. Si yo quiero venderle un auto a la clase media baja, entonces voy a hacer un auto barato y bonito. Es decir que voy a adaptar mi producto a lo que mi cliente quiere o necesita. De aquí que las empresas tengan claro que<strong> lo más importante es siempre el cliente.</strong></p>
<p dir="ltr">El concepto de cliente, que tanto suele disgustar a quienes están vinculados a organizaciones sin fines de lucro y mucho más aún al sector público, es un concepto básico que pone el foco en el hecho de que <strong>estamos haciendo las cosas para alguien y que es justamente ese alguien quien juzga si lo que hacemos es bueno o no para él</strong>. Desde esta perspectiva podemos decir sin problema que <strong>el Estado tiene clientes: es decir, todos nosotros</strong>. Y los clientes somos siempre lo más importante.</p>
<p dir="ltr"><span id="more-34"></span>Los clientes del Estado argentino somos un grupo bastante heterogéneo. Hay ricos, hay pobres. Hay gente que vive en grandes urbes y gente que no. En <strong>marketing</strong>, frente a un grupo de clientes tan diverso, se apela al concepto de segmentación: se los agrupa en distintas categorías y se diseña un producto distinto para cada una de ellas, tal como vimos en el ejemplo del auto. Pero parece que el Estado argentino ignora este concepto de segmentación y entonces <strong>las leyes se diseñan pensando que los argentinos somos un grupo homogéneo</strong>. El resultado de tamaña discrepancia entre concepción y realidad es que<strong> las leyes que se elaboran terminan teniendo utilidad sólo para una fracción de la sociedad</strong>: aquella que está en el imaginario de quienes diseñan las leyes.</p>
<p dir="ltr">Es predecible que la primera reacción de quienes lean este artículo sea decir que el Estado no es una empresa y que las leyes deben ser iguales para todos. Y es verdad. Pero que el Estado no sea una empresa no quiere decir que no podamos utilizar herramientas que se han desarrollado en el sector privado para mejorar la <strong>gestión pública</strong>. ¿O hay alguien que se oponga a que los trámites puedan hacerse por <strong>Internet</strong>? Aquí sucede lo mismo. Por otro lado, diseñar las leyes apuntando a un determinado sector de la sociedad no es distinguir entre ciudadanos, sino asegurarse de que nuestro marco legal cubra las necesidades de toda la población.</p>
<p dir="ltr"><strong>Podría decirse que en la Argentina, las leyes han sido diseñadas por la clase media y para la clase media</strong>: la marginalidad queda entonces fuera de la ley, no se la contempla. Hay una razón: quienes se ocupan de la cosa pública pertenecen mayoritariamente a las clases media y alta. <strong>Quienes ejercen cargos públicos también pertenecen a la clase media.</strong> Esto hace que la realidad de dichas personas sea de clase media y por lo tanto los problemas con los que están en contacto son los de la clase media. Por otro lado, cuando se trata de atacar situaciones de marginalidad, hay o parece haber un grupo de expertos, de clase media, que opinan sobre realidades y problemáticas que no conocen porque ellos nunca vieron de cerca la marginalidad<strong>. ¿Cuántos políticos se ocuparon de comprender las problemáticas de la villa?</strong> En general su único contacto con la pobreza está dado por las recorridas turísticas esporádicas que hacen rodeados de sus aparatos y estructura.</p>
<p dir="ltr">Para ejemplo de todo lo que se viene discutiendo hasta aquí tomemos el caso del <strong>trabajo infantil.</strong> Cualquier persona de clase media se horrorizaría de sólo pensar en que sus hijos o nietos de catorce años tengan que salir a trabajar. ¿Pero qué sucede con las clases más humildes de nuestro país? ¿Es acaso una aberración que los chicos de catorce años trabajen? Un chico de clase media de catorce años pasa el día en el colegio, jugando y haciendo deporte.<strong> A los catorce años, un chico de áreas marginales ya vio tiroteos, narcotráfico, violencia, tal vez robó y hasta podría ser adicto al paco</strong>. Claramente, son dos chicos distintos. Y, en mi opinión, <strong>a ese chico de catorce años que vive en zonas marginales le vendría muy bien trabajar</strong>, bajo un régimen especial, por supuesto, porque el trabajo le daría una estructura a su vida y no estaría rondando por los pasillos de la villa, mientras que al otro trabajar lo perjudicaría porque está en el momento de aprender. Sin embargo,<strong> nuestra legislación dice que una persona de catorce años no puede trabajar. Esta ley fue pensada por la clase media y para los adolescentes de clase media</strong>. Idealmente todos los chicos de catorce años deberían ir al colegio y llevar una vida sana. Pero la realidad es más dura que la utopía y las leyes deberían construirse desde esta realidad y no desde un estado ideal que cada vez nos resulta más difícil alcanzar. Porque las soluciones ideales nunca les llegan a las personas reales.</p>
<p dir="ltr"><strong>Las leyes son iguales para todos, pero deben ser diseñadas de tal forma que no beneficien sólo a un sector,</strong> sino que incluyan en su diseño alternativas para el grupo de argentinos heterogéneos que somos.</p>
<p>Antes de diseñar un producto, las empresas estudian muy bien las necesidades de sus clientes. No asumen lo que ellas quieren darle sino que analizan qué es lo que el cliente prefiere o espera recibir. Si aplicáramos este concepto al diseño de las leyes, entonces no deberíamos diseñarlas según lo que creemos que es bueno para las personas, sino mirando qué necesitan y preguntándoles a ellas mismas cómo sería la mejor forma de satisfacerlas, para que la marginalidad ya no quede fuera de la ley.</p>
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		<title>La aporofobia en la Ciudad de Buenos Aires</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Nov 2013 11:13:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La <strong>modernidad</strong> trae nuevas problemáticas y con ellas viene también la expansión del lenguaje. Hoy el mundo, que ha reaccionado oportunamente contra las atrocidades de los <strong>estados-nación</strong> en el siglo pasado, ha combatido el <strong>racismo</strong> y en menor medida la <strong>xenofobia</strong>. Pero los temores del hombre hoy se dirigen hacia otros sujetos y es así como nace el término “<strong>aporofobia</strong>”, que no es otra cosa que<strong> el miedo a los pobres</strong>. Un neologismo que todavía no ha encontrado su lugar en el Diccionario de la<strong> Real Academia</strong>, pero que le pone nombre a un naciente problema de nuestro tiempo y en particular de nuestra<strong> Ciudad de Buenos Aires</strong>.</p>
<p>En un país como <strong>Argentina</strong> hablar de xenofobia o racismo puede resultar absurdo. En primer lugar porque somos un pueblo que se construyó desde la <strong>inmigración</strong>, a tal punto que es imposible hacer referencia a la idea de “nación argentina” sin hablar de los barcos que han traído a los inmigrantes, aquellos que después de la guerra poblaron este suelo con sus sueños y esperanzas. En segundo lugar en nuestro país no existen guetos que se hayan sostenido en el tiempo, más allá de la necesaria aglomeración de los recién llegados, como por ejemplo la de los griegos en el barrio de <strong>Pompeya</strong>.</p>
<p><span id="more-27"></span>Esto último se debe a que la Argentina es un país que tiene una gran capacidad de integración para con los inmigrantes y los <em>argentiniza</em>, haciendo que sientan que éste es su hogar, no tratándolos como ciudadanos de segunda, sino como iguales. <strong>Los argentinos podemos enorgullecernos de ser una nación abierta a la inmigración,</strong> aunque persistan algunas aisladas expresiones de xenofobia.</p>
<p>A pesar de lo dicho, es válido preguntarse si no existe en Argentina una gran resistencia a la inmigración de los países vecinos. ¿Acaso no hay una serie de términos peyorativos que han nacido desde la animadversión hacia quienes vienen de las tierras vecinas, sobre todo del norte, por poner un ejemplo? Sí, es verdad. Pero un análisis más profundo nos permite ver que<strong> en realidad el problema no es el racismo o la xenofobia, sino más bien el temor por aquellos que son más pobres.</strong></p>
<p>Se suele apelar a frases como <strong>“vienen a sacarle el trabajo a los argentinos”</strong> o bien “viene acá a robar y vender droga”. Frases que demuestran a las claras que el problema no es con la inmigración, sino con un determinado tipo de inmigración: con la de los que menos tienen. El pobre no tiene lo que yo tengo y es esa diferencia la que lo convierte en una amenaza para mí, porque se subestiman sus capacidades para conseguir lo mismo que yo y por lo tanto se concluye, falsamente, que entonces buscará obtenerlo a la fuerza: sacándome el trabajo o a través de actividades ilícitas.</p>
<p>Y a este temor se le suman naturalmente toda una serie de razones que lo justifican y convierten en una cuestión “de piel”, porque en la Argentina y en particular en la <strong>Ciudad de Buenos Aires</strong>, pareciera que los pobres no nos gustan. No nos gusta su estilo de vida, que seguramente no tiene mucho que ver con el de quienes no lo somos, no entendemos sus valores y ellos tampoco entienden los nuestros: nos cuesta comprender por qué hacen lo que hacen. Pero esta falta de mutua comprensión, esta distancia que podemos decir que nace del hecho de la diferencia, no sería un problema si no fuera porque <strong>somos un país que se entiende desde los antagonismos.</strong></p>
<p>Nuestra historia, y sobre todo estos últimos años, han profundizado el paradigma de los antagonismos y en esta concepción la distancia no es algo que hay que acortar, sino algo que hay que acrecentar. Porque los unos no sólo se sienten distintos de los otros, sino que además refuerzan esa idea de distinción. Pareciera que esto está en la naturaleza de nuestras sociedades modernas, que según estudios de la economía,<strong> las personas están dispuestas a pagar para segregarse, para estar con aquellos que son similares</strong>. Sin embargo, en la Argentina, esta idea ha llevado a la <strong>división</strong> y se termina aplicando a todos los aspectos de nuestra vida social.</p>
<p>Y así es como nace esta <strong>aporofobia</strong>, <strong>donde los unos no sólo nos comprendemos distintos a los otros, sino que nos vemos como enemigos irreconciliables</strong> condenados a una suerte de paradigma militar, en donde se busca la destrucción total de este enemigo: porque no se ve otro camino, <strong>“es ellos o nosotros”.</strong> Esta destrucción, claro está, no se da en el terreno de los hechos, pero sí en el de las ideas y las concepciones, que son en definitiva las que terminan influyendo en nuestro actuar. Y esta distancia, cuando se amplía demasiado, crea marginalidad. Y la <strong>marginalidad</strong> crea <strong>resentimiento</strong> y se dice que justamente es este resentimiento el que engendra la violencia que vemos a menudo en los hechos de inseguridad.</p>
<p>Las fobias no son procesos consientes e intencionales, sino que surgen desde lo irracional: el temor no siempre tiene un fundamento, aunque luego se lo justifique. Y si existe todavía alguna duda sobre la existencia de la aporofobia en la Ciudad de Buenos Aires, basta con empezar a escucharnos hablar, con empezar a ver la ciudad: porque cuando las cosas tienen nombre, entonces empiezan a existir para nosotros. Y es posible que quienes lean estas líneas ahora vean con otros ojos la realidad y entonces detecten más ejemplos de aporofobia de los que yo he mencionado en este artículo.</p>
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