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	<title>Christian Joanidis &#187; Kirchnerismo</title>
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		<title>¿Cómo sigue esto?</title>
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		<pubDate>Sat, 21 May 2016 09:01:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Comunicación del Gobierno]]></category>
		<category><![CDATA[Kirchnerismo]]></category>
		<category><![CDATA[Mauricio Macri]]></category>

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		<description><![CDATA[No necesitamos saber cuántos grados hay para saber si hace frío o calor. Es una cuestión intuitiva. Acostumbrados a esperar mediciones duras y a basarnos en ellas, ignoramos muchas veces por completo nuestras sensaciones. Quienes estamos en el mundo de la gestión preferimos, y con razón, las mediciones concretas, pero hay momentos en que una... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2016/05/21/como-sigue-esto/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>No necesitamos saber cuántos grados hay para saber si hace frío o calor. Es una cuestión intuitiva. Acostumbrados a esperar mediciones duras y a basarnos en ellas, ignoramos muchas veces por completo nuestras sensaciones. Quienes estamos en el mundo de la gestión preferimos, y con razón, las mediciones concretas, pero hay momentos en que una sensación dice más que un número. Y el Gobierno, fiel a un estilo gerencial, evita prestar atención a las intuiciones.</p>
<p>Así que, como salgo a la calle y siento frío, también siento cierto cansancio con el Gobierno actual. Se respira en el aire, se escucha en cada comentario: la gente se está cansando. Es claro que la sensación se limita al ambiente en el que uno se mueve, pero casualmente ese ambiente, en mi caso, es el mismo que votó a este Gobierno.</p>
<p>Cada vez que un cartel desactualizado me recuerda a la dupla Daniel Scioli-Carlos Zannini respiro aliviado: estuvimos muy cerca del precipicio, pero nos detuvimos a tiempo. En aquella época en la que nos tocaba defender la República en las urnas, estábamos dispuestos a sacrificios, a cambios que nos resultaran incómodos, porque sólo queríamos que se terminara de una vez por todas esa década de degradación de las instituciones y de la libertad. Solucionado ese problema, ahora estamos poniendo los ojos en otro horizonte.<span id="more-389"></span></p>
<p><b>Ya van casi seis meses y al menos yo no logro entender hacia dónde va este Gobierno. Ha tomado todas las medidas previsibles: levantar el cepo, arreglar con los holdouts y retocar las tarifas. Hasta ahí, todos entendimos que se intentaba corregir el país absurdo en el que nos había sumido el kirchnerismo.</b> <b>¿Qué sigue ahora? No me queda claro.</b></p>
<p>Esta falta de nitidez en el camino puede deberse seguramente a las falencias en la comunicación que el Gobierno ha ostentado como si fueran joyas vistosas. Pero también puede deberse a una falta de claridad del propio Gobierno. Pero quiero ser positivo y entonces afirmo con la mayor de las convicciones que Mauricio Macri trazó un rumbo concreto y que sus ministros trabajan en él a conciencia. Me niego a pensar que sus ideas se terminan con las dos o tres medidas coyunturales que ejecutó el Ejecutivo nacional. Creo con firmeza que hay un plan. El problema es que nadie habla de ese plan, lo cual nos lleva de nuevo al problema de comunicación.</p>
<p>Se me ocurren tres razones por las cuales el Gobierno puede no estar comunicando bien. L<strong>a primera es la falta de conocimiento en el área en particular.</strong> Es posible que en todo el equipo nacional no haya una sola persona preparada para comunicar apropiadamente, que no haya asesores que puedan ayudar a ese respecto. Tal vez sea un talento escaso y que ningún ministro logró poner a su servicio aún. Puede ser también la falta de carisma, que hace que una persona prefiera encerrarse en una oficina a trabajar en lugar de salir a comunicar. Ciertamente este mandato no pasará a la historia por tener una colección de personajes carismáticos como figuras centrales.</p>
<p><strong>Puede ser soberbia</strong>. Creer que uno sabe todo, que todo le sale bien y que no necesita que nadie le venga a decir nada. En esa profunda convicción en uno mismo y sus habilidades estaría enmarcado casi todo el Ejecutivo nacional. El que todo hace bien no necesita ayuda. Y sería tal la soberbia que hasta habría anulado esa sensación térmica que tenemos todos. Nadie en el Ejecutivo parece darse cuenta de que en la calle está haciendo frío.</p>
<p><strong>Hay una tercera opción y es que se trata de una cuestión de estilo</strong>. Cuando uno es nombrado gerente de una empresa, no sale a comunicar y convencer a quienes le reportan. Se trata, en general, de una relación en la que el gerente pide, sus subordinados cumplen y luego el gerente informa. Eso es lo que se recomienda incluso desde las buenas prácticas de gestión. Mucha comunicación tampoco ayuda, porque en definitiva la gente está ahí por un sueldo y lo que le interesa es seguir cobrándolo y que aumente. <b>Tal vez los ministros creen que son gerentes y por eso salen a informar a la población sin hacer ningún tipo de esfuerzo de comunicación</b>. Salvando un par de acertados comentarios de Mauricio Macri, el resto sólo se encargan de que la sensación térmica siga bajando. Es un estilo peligroso, que confía en que la población quiere un resultado y que, cuando se llegue a ese resultado, nadie va a preguntar nada y todos estarán contentos. Comunicar es perder el tiempo, hay que dedicarse a hacer. Pero esto de hacer tampoco parce estar saliéndole demasiado bien al Gobierno.</p>
<p>Entonces, esto se termina convirtiendo en una cuestión de fe. El oficialismo dice que el año que viene la inflación va a bajar, pero basta con asomar un poco la cabeza para que se tambalee esa fe que uno tiene en las palabras de los ministros. Al ritmo al que se deprecia nuestro billete de cien es difícil creerle a alguien que habla de una reducción drástica de la inflación.</p>
<p>Yo quiero seguir creyendo.<b> Le doy mi voto de confianza al actual Gobierno. A pesar de que la sensación térmica me dice que la gente está cansada</b>, que cree que el Ejecutivo no sabe lo que está haciendo y que nunca va a solucionar nada, yo sigo creyendo. Esta fe tan profunda que tengo se tambalea cada día con más fuerza, me cuesta cada vez más sostenerla, pero mi optimismo por ahora sigue en pie, incólume, aunque cada vez esté sintiendo más el frío.</p>
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		<title>Del olvido no se vuelve</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Apr 2016 09:34:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Cristina Kirchner]]></category>
		<category><![CDATA[Kirchnerismo]]></category>

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		<description><![CDATA[El kirchnerismo es el pasado. Y es justamente ese lugar, el pasado, del cual no se puede volver. Estuvieron en el poder durante doce años. Fueron una fuerza que se autofagocitó, porque lo cierto es que en las últimas elecciones no tuvieron candidato. Daniel Scioli, no importa qué tan sumiso se haya mostrado, nunca podría... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2016/04/22/del-olvido-no-se-vuelve/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El kirchnerismo es el pasado. Y es justamente ese lugar, el pasado, del cual no se puede volver. Estuvieron en el poder durante doce años. Fueron una fuerza que se autofagocitó, porque lo cierto es que en las últimas elecciones no tuvieron candidato. Daniel Scioli, no importa qué tan sumiso se haya mostrado, nunca podría haber sido kirchnerista: le faltaba fanatismo e instinto suicida. Fueron doce años de hegemonía para desaparecer sin un continuador. <b>Cristina Kirchner es la única, el alfa y el omega de toda la epopeya. El kirchnerismo es ella y nadie más. No se trata de un grupo de ideas, sino del culto a una persona.</b></p>
<p>Fueron doce años en los que creímos que la democracia y la república se iban a perder. La cordura de los argentinos interrumpió ese proceso absurdo en el que nos habíamos encerrado. Hoy esos doce años son para mí sólo un mal recuerdo. Se trata de un pasado del cual en el futuro nos avergonzaremos, un pasado que querremos dejar en el olvido. Lo que algunos quieren mostrar como una gesta heroica fue tan sólo el latrocinio mejor organizado de la historia argentina.</p>
<p>Pasaron casi cinco meses desde que cambió el Gobierno. El actual, con sus aciertos y sus desaciertos, exhibe una diferencia evidente con aquellos doce años absurdos. Hoy somos un país normal. No se trata de que me guste o no el actual Gobierno, se trata de entender que nuevamente la Argentina está en la senda de la cordura y que no importa quién esté o quién venga después, no volveremos a la locura de la década ganada.<span id="more-378"></span></p>
<p>Hoy los argentinos no estamos divididos en dos bandos. Ya no existe esa identificación con una figura, al mejor estilo de los fascismos europeos o los marxismos soviéticos. Las cosas han cambiado para bien. Ya no hay enemigos por todos lados, sino más bien fuerzas e intereses, pero todos estamos en el mismo barco. Se han terminado los gritos, se han terminado los sordos, ha vuelto el diálogo.</p>
<p>Se me ocurren muchas críticas a cómo está llevando las cosas el Gobierno. En una gran cantidad de medidas no estoy de acuerdo. Pero siempre tengo que reconocer que ha sabido detener la locura, volver a la senda de la normalidad, para que la Argentina pueda ser un país más entre todos los países. Los que venían pregonando la revolución sólo nos han traído alienación y un desajuste que tendremos que pagar por muchos años. Los aumentos que ejecutó este Gobierno no son más que el fantasma del anterior: el desastre que ha dejado el kirchnerismo ahora tenemos que ordenarlo.</p>
<p>Cristina pretende volver y a todos nos llama la atención. No me canso de decir que lo único que no tiene cura es la soberbia y el kirchnerismo es la prueba empírica de ello. Fue su propia soberbia la que lo llevó a autofagocitarse y es ahora la que lleva a ese minúsculo grupo de incondicionales a creer: “Cristina vuelve”. Y es también esa misma soberbia la que llevó a Cristina Kirchner a creer que puede volver.</p>
<p>El ruido no son los hechos. Ni las reuniones, ni las palabras tienen el efecto de un conjuro. Lo que nunca quiso entender el kirchnerismo se pone de manifiesto una vez más: la realidad se impone por sí misma. A quienes queremos una verdadera república el fantasma del kirchnerismo puede asustarnos, no lo voy a negar. Pero es sólo un fantasma. Es el pasado de la Argentina y como todo pasado siempre hay alguno que lo añora: no todos tienen tanto aprecio por la república y la democracia. Algunos pueden pensar que ese pasado fue mejor. Pero es una minoría; en general, nos gusta mirar al futuro, nos gusta soñar.</p>
<p>Pero lo que le ha hecho el kirchnerismo a este país, lo que nos ha hecho a los argentinos… <b>Haber creado una división artificial e innecesaria, haber destruido la cultura del trabajo son males que nos va a tomar décadas remediar</b>. Después de la llegada de la democracia se ha pregonado la memoria, el kirchnerismo ni siquiera merece eso, sólo el olvido. <b>Sus principales figuras deberán ser juzgadas por los crímenes que podrían haber cometido durante la década ganada: luego, el olvido.</b></p>
<p>Porque si el kirchnerismo es el pasado y del pasado no se vuelve, mucho más remoto es el olvido. Porque, definitivamente, del olvido al que debemos condenarlos como sociedad seguramente nunca volverán, no importa lo que digan los adeptos a esa secta anacrónica que gobernó una década nuestro país. Al kirchnerismo le debemos sólo el olvido.</p>
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		<title>El monopolio de la dignidad</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Feb 2016 03:00:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Kirchnerismo]]></category>
		<category><![CDATA[Mauricio Macri]]></category>
		<category><![CDATA[Peronismo]]></category>

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		<description><![CDATA[Se suele identificar al peronismo con toda medida que tienda a beneficiar a quienes no están en una posición privilegiada. Y llegó a tanto ese sesgo obtuso que hasta Hugo Moyano dijo: “Macri se está peronizando”. Históricamente, el peronismo ha sido pionero en la Argentina en darle al trabajador una serie de derechos y hasta... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2016/02/29/el-monopolio-de-la-dignidad/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Se suele identificar al peronismo con toda medida que tienda a beneficiar a quienes no están en una posición privilegiada. Y llegó a tanto ese sesgo obtuso que hasta Hugo Moyano dijo: “Macri se está peronizando”. Históricamente, el peronismo ha sido pionero en la Argentina en darle al trabajador una serie de derechos y hasta un lugar en la sociedad que nunca antes había tenido. Esto no significa que el peronismo tenga el monopolio de la dignidad, ni que tengamos que identificar como peronista a cualquiera que pugne por los derechos de los más débiles.</p>
<p>El kirchnerismo, que se decía peronista y tuvo en su interior durante mucho tiempo a quienes hoy se siguen llamando peronistas, implantó en la Argentina uno de los sistemas tributarios más regresivos. No sólo el impuesto a las ganancias, sino además el impuesto a los bienes personales y hasta la continuidad del IVA. En sí, no podemos decir que son impuestos regresivos, pero pasan a serlo cuando no se modifican los límites imponibles en un contexto inflacionario. A estos impuestos se sumó, obviamente, la inflación, que diluía el poder de compra de los menos favorecidos mientras beneficiaba a quienes podían invertir en bienes durables o en dólares. <b>Evidentemente, de peronismo el kirchnerismo no tuvo nada.<span id="more-351"></span></b></p>
<p>Hoy, el Gobierno de Mauricio Macri, acusado de ser la derecha más recalcitrante, comenzó a implementar medidas progresistas. Absurdamente, mientras la izquierda y el socialismo siguen dando batallas que a nadie le importan, mientras el peronismo sigue, como dice Julio Bárbaro, usufructuando una memoria, la derecha fundamentalista se ha ocupado de beneficiar a los que menos tienen. Actualmente, hay más asignaciones y una disminución de la presión tributaria. <b>Mientras la izquierda habla de obreros y campesinos, mientras el movimiento sindical habla de trabajadores, el PRO, sin quererlo tal vez, ha comprendido que hay que ser más amplio y terminar con los rótulos</b>.</p>
<p>El Gobierno de Mauricio Macri tomó medidas que han superado a los últimos treinta años de democracia en lo que refiere a cuestiones sociales. Y si logra reducir el IVA de la canasta básica, habrá dado un paso fundamental en la conquista de la dignidad de los que menos tienen. Pagar un impuesto por comprar bienes básicos para el consumo es una injusticia y un atropello para todos aquellos que forman parte del eslabón más débil de la sociedad.</p>
<p>Al comienzo, el actual Gobierno había dado muestras de ocuparse demasiado de quienes están en una mejor posición: sus primeras medidas estuvieron orientadas a beneficiar al campo y a los industriales. Luego vinieron las medidas para beneficiar a la minería. Para ser honestos, hasta parecía que se había olvidado de todos los demás: no fui el único en temer esto, de hecho, muchos falsos progresistas se llenaron la boca porque la derecha radical estaba buscando imponer un neoliberalismo de manual. Sin llegar a esos extremos, yo sí temí que con un excesivo foco en la economía se perdiera la perspectiva social, lo que por fortuna no está sucediendo.</p>
<p>El actual Gobierno ha tenido muchos desaciertos, pero ha acertado en su intención de dialogar y de construir un clima de paz en la Argentina. Ha acertado con las primeras medidas económicas. Y ahora ha demostrado que escucha los reclamos y que se esfuerza por cumplirlos, algo que fue raro en estos últimos años de sordera oficial.</p>
<p>Hay voces que reclaman todavía más y eso es lógico. Reclamar está bien. Pero del otro lado no siempre se puede cumplir irrestrictamente. Sobre todo en estos momentos en los que hay que poner a funcionar un país que quedó completamente desbaratado luego de una década de equivocaciones y errores intencionales. Si tenemos en cuenta la herencia recibida, el Gobierno de Macri ha hecho milagros. La “mística” de la década ganada deja finalmente lugar a la realidad.</p>
<p>No se trata de obreros, campesinos o trabajadores; estas son en el fondo cuestiones ideológicas. Lo importante es que un Gobierno busque siempre la dignidad de las personas. El peronismo en el último tiempo ha querido tener el monopolio de la dignidad, ha querido erigirse como la única alternativa que puede buscar desde el Gobierno conquistas que dignifiquen a todos. Pero nadie puede tener el monopolio de la dignidad; es de quienes la conquistan, de quienes dedican sus horas a ella y no de los que enarbolan una bandera. Querer identificar con el peronismo cualquier medida que construya en el sentido de la justicia social no es más que un intento por seguir usufructuando no sólo una memoria, sino también los logros de los demás.</p>
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		<title>El empleo estatal no es empleo genuino</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Feb 2016 09:02:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Dignidad]]></category>
		<category><![CDATA[Empleo estatal]]></category>
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		<category><![CDATA[Kirchnerismo]]></category>
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		<description><![CDATA[Existe el mito popular de que el Estado tiene que darle trabajo a la gente: nada más alejado de la realidad que eso. El empleo estatal no es empleo genuino desde ningún punto de vista. Podrá ser un paliativo, podrá ser mejor que nada, incluso una solución transitoria, pero en la práctica todos quieren ser... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2016/02/24/el-empleo-estatal-no-es-empleo-genuino/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Existe el mito popular de que el Estado tiene que darle trabajo a la gente: nada más alejado de la realidad que eso. El empleo estatal no es empleo genuino desde ningún punto de vista. Podrá ser un paliativo, podrá ser mejor que nada, incluso una solución transitoria, pero en la práctica todos quieren ser planta permanente.</p>
<p>Desde el punto de vista económico, el empleo estatal es el equivalente al del ama de casa en una familia. ¿Quién puede negar que el ama de casa contribuye al hogar? Nadie. El problema es que si en un hogar con seis personas tres estudian, dos se ocupan de la casa y uno sale a trabajar, las consecuencias son evidentes: la restricción presupuestaria se hará sentir. Todos hacen algo, todos contribuyen, no son vagos, pero lo cierto es que el aporte genuino viene del único que trabaja puertas afuera.<b> Lo mismo sucede con el empleo estatal: no genera ingresos para nadie y se convierte indirectamente en un gasto para todos aquellos que no estamos en la función pública.</b></p>
<p>Esto significa que tiene que haber un equilibrio entre empleo público y empleo privado, porque llega un punto en que no importa qué tan útil pueda ser el aporte de las personas que trabajan en el Estado, lo cierto es que debemos generar lo que los argentinos necesitamos para vivir: y eso nunca vendrá del aparto estatal. El Estado no produce, sólo gasta. Esto no significa que tenga que desaparecer, pero tampoco puede crecer desmesuradamente y abarcarlo todo.<span id="more-355"></span></p>
<p>Es necesario un Estado presente, pero es obtuso entender que la presencia se hace más fuerte a medida que aumenta la cantidad de funcionarios. Hoy la tecnología hace más eficiente el control y las nuevas técnicas de gestión permiten hacer muchas cosas con muy pocos recursos. Pero el Estado parece marchar en la dirección opuesta: aumenta su tamaño, aumenta su gasto y no incrementa sus contraprestaciones.</p>
<p>Mi percepción es que los sindicatos y los trabajadores estatales se empeñan demasiado en defender su puesto de trabajo, no terminan de ver que allí afuera hay muchas oportunidades. Encarar una defensa tan a ultranza es en definitiva subestimar a las personas, asumiendo que si pierden su cómodo empleo estatal, no tendrán la posibilidad de hacer nada más: trabajo estatal o muerte. Nada podría ser más falso, porque con la capacitación adecuada cualquiera que pierda su empleo en el sector público podría insertarse en el mercado laboral.</p>
<p>Hoy, sin mayores inversiones, reorganizando la forma en que se trabaja, eliminando tareas que son obsoletas o innecesarias, seguramente se pueda reducir en un 30% la plantilla de trabajadores estatales. Los gremios se escandalizarían con sólo leer esto, porque en lugar de luchar por la dignidad de las personas piensan en sus propios intereses. Perder el empleo puede ser duro, pero no es el fin, puede incluso ser el principio de todo, es cuestión de perspectivas. Incluso para muchas personas dejar su trabajo en el Estado puede ser la mejor decisión, pero no se atreven, tienen miedo de lo que vendrá luego.</p>
<p>Estar en una oficina haciendo una tarea que se sabe que no beneficia a nadie no es trabajo, no es dignidad. <b>Cobrar un sueldo por hacer casi nada, simplemente porque no hay nada para hacer, no es trabajo, no es dignidad.</b> No hablo de ñoquis, hablo de quienes hoy están en el Estado con la mejor de las voluntades: pero sólo con eso no basta.</p>
<p>Y aquí vamos entrando en el otro motivo por el cual el empleo estatal no es la solución a nada. José Ingenieros escribió: “Ciudadanos de una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada oficial”. Si en la Argentina no somos capaces de generar empleo genuino para todos y por lo tanto los volcamos al Estado como una forma de subsanar esa falencia, entonces no estamos construyendo ciudadanos de una patria. O como me gusta decir a mí, no estamos construyendo dignidad.</p>
<p>El trabajo no es sólo un medio de vida, eso es sólo la parte menos relevante. El sueldo a fin de mes no es el motivo por el que se trabaja, lo hacemos porque como seres humanos que necesitamos un sentido, necesitamos aportar a nuestra sociedad de alguna forma. Con nuestro trabajo somos parte de algo y pertenecemos. Construimos nuestro país, nuestra sociedad, pero también construimos nuestra dignidad.</p>
<p>Un empleo en donde no se hace nada, un empleo en donde sabemos que nuestra tarea cotidiana es obsoleta no es un trabajo que construye dignidad. Esto muchas veces no lo ven los sindicatos, que se ocupan demasiado del puesto de trabajo y poco de la dignidad del trabajador. Por evitar despidos terminan condenando a las personas a tareas innecesarias: y todos nos damos cuenta cuando lo que hacemos es inservible.</p>
<p>El trabajo estatal no es una solución para nada. No es una solución para la economía, porque el trabajo estatal no genera, no produce. No es una solución para la dignidad de las personas, porque muchas veces se dedican recursos a hacer trabajos innecesarios u obsoletos. Por el contrario, cuantos más empleados estatales, más gasto para el Estado y por lo tanto, más impuestos para todos.</p>
<p>Hoy el Gobierno está revisando muchos contratos en el Estado. Era necesario. Uno de los principales reclamos del electorado fue la gran cantidad de empleados estatales que ingresó durante el kirchnerismo. Finalmente se está lidiando con eso. Sólo esperemos que esto sea un movimiento genuino y que cuando por una puerta salen unos, por la otra no entren otros.</p>
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		<title>Cuatro años de desafíos</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Nov 2015 08:03:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Sinceramiento económico]]></category>

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		<description><![CDATA[Este domingo triunfó la República, porque el PRO en estos momentos representa eso: un espacio que no sólo profesa los valores republicanos, sino que además los ha puesto en práctica. Tendrá aciertos y desaciertos, uno puede o no estar de acuerdo con cómo han hecho las cosas en la ciudad de Buenos Aires, pero nadie... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2015/11/27/cuatro-anos-de-desafios/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Este domingo triunfó la República, porque el PRO en estos momentos representa eso: un espacio que no sólo profesa los valores republicanos, sino que además los ha puesto en práctica. Tendrá aciertos y desaciertos, uno puede o no estar de acuerdo con cómo han hecho las cosas en la ciudad de Buenos Aires, pero nadie puede negar el carácter republicano que tiene el partido de Mauricio Macri cuando se lo compara con el kirchnerismo.</p>
<p>Los argentinos ahora podemos mirar hacia adelante con otra perspectiva, con otras expectativas, intentando olvidarnos de estos doce años de oscuridad para nuestra república. Y es en este plan que decidí escribir esta columna: dejando de lado el recuerdo del pasado, tomando las lecciones aprendidas y poniendo la mirada en el futuro. ¿Cuáles son hoy los desafíos más relevantes que tiene que enfrentar Mauricio Macri como presidente?</p>
<p>Es cierto que el kirchnerismo ha destruido todo y, por lo tanto, todo tiene que ser reconstruido. Sin embargo, existen algunas cuestiones clave que hay que atacar no sólo de inmediato, sino con una eficacia fuera de serie. Postergar estas cuestiones es llamarse al fracaso, es ignorar la realidad.<span id="more-307"></span></p>
<p><b>El primer punto es el sinceramiento de la economía</b>. Todos sabemos esto, todos lo tenemos claro: esta situación contraintuitiva donde la economía está regida por artificiales e insostenibles medidas tiene que llegar a su fin. Habrá un período de reacomodamiento, pero se encauzará. El nuevo Gobierno cuenta con la voluntad de hacerlo y con el talento necesario para diseñar la economía que vendrá.<!--more--></p>
<p><b>El segundo punto, en orden de importancia, es la seguridad</b>. Es una cuestión delicada y de la que seguramente hablaremos mucho los argentinos en los próximos tiempos. Enfrentar el delito y en particular el narcotráfico es una cuestión que requiere un cambio cultural en la Argentina. Muchas veces se dice que la legislación no acompaña, pero lo cierto es que esperar un cambio de leyes es a esta altura una utopía: las fuerzas de seguridad tienen que hacer lo mejor que puedan dentro del marco regulatorio actual. En primera instancia es necesario poner gente idónea al frente de esta tarea, se trata de una cuestión técnica y no política. Se necesitan expertos en seguridad y expertos en gestión. Ambas disciplinas combinadas pueden obtener resultados maravillosos. Pero sobre todo se necesita que la sociedad comprenda que exigir más policías en la calle no sirve, que lo importante es pedir que se hagan las cosas con inteligencia y que se obtengan resultados.</p>
<p><b>El tercer punto es la lucha contra la corrupción</b>. Si bien esto no mejora directamente la vida de los argentinos, fortalece enormemente las instituciones republicanas y nos ayuda en el cambio cultural que tenemos que hacer para crecer como país: no da todo lo mismo, robar no es lo mismo que ser honesto. Esta lucha implica irremediablemente poner los ojos en estos últimos doce años de gestión kirchnerista y comenzar las investigaciones para descubrir a aquellos que han usado su lugar en el Estado para enriquecerse. No se trata de revancha, se trata de actuar sobre el pasado para que el futuro sea distinto.</p>
<p>Se ha hablado de la famosa brecha que nos deja el kirchnerismo como uno de los mayores problemas de la Argentina. Creo, personalmente, que la brecha es algo artificial que mantuvo el oficialismo durante este tiempo como una estrategia. Cuando los militantes rentados se pongan al servicio de algún otro empleador y cuando los distintos grupos negocien con el nuevo Gobierno su lugar en el escenario, la brecha se diluirá: sólo quedarán aquellos pocos kirchneristas que creen con la mayor convicción, aquellos feligreses de fe ciega que recordarán a Néstor y a Cristina con beatitud. Estos últimos serán sólo una escasa minoría. El resto se reconvertirá, como se reconvirtieron los menemistas.</p>
<p>Los planes sociales son otra obsesión de la clase media, que ve en ellos un agravio a su esfuerzo cotidiano por merecer lo que posee. De esa indignación nace la ilusión de que los planes y los subsidios son un gran problema para nuestro país, cuando en realidad no se trata más que de una cuestión marginal, porque hasta tienen un peso insignificante en el presupuesto. El verdadero problema es la destrucción de la cultura del trabajo. Porque el kirchnerismo tiene tan poco peronismo en su seno que hasta eso se ha ocupado en denigrar en nuestro país: el trabajo. Eso tal vez sea un problema y es de los más graves, pero se necesita mucho tiempo para revertirlo. Quizás hagan falta varios Gobiernos más para que los argentinos volvamos a entender que el fundamento de todo crecimiento y de toda mejora en las condiciones de vida sólo viene del trabajo.</p>
<p>Priorizar no es desmerecer todos los demás temas, porque todos son importantes. Pero en gestión, para alcanzar el éxito lo importante es entender qué cosas tenemos que hacer primero para poder seguir en carrera. <b>Atacar la situación económica, el delito y la corrupción es la forma que tendrá el nuevo Gobierno de sostenerse para seguir adelante.</b> De los demás temas deberá ocuparse al andar, sin descuidarlos, pero sin poner tampoco toda su atención y sus recursos en ellos.</p>
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		<title>Sergio Massa: sólo palabras fuertes</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Oct 2015 09:04:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Fue fortuito, alguien me recordó a Hamlet el otro día. Una conversación casual, una rememoración de aquella obra que leí hace ya muchos años y que hasta vi en el cine cuando se estrenó la adaptación de Kenneth Branagh. Ese personaje de Shakespeare siempre me resultó fascinante por la fuerza que tiene, por sus discursos... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2015/10/21/sergio-massa-solo-palabras-fuertes/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Fue fortuito, alguien me recordó a Hamlet el otro día. Una conversación casual, una rememoración de aquella obra que leí hace ya muchos años y que hasta vi en el cine cuando se estrenó la adaptación de Kenneth Branagh. Ese personaje de Shakespeare siempre me resultó fascinante por la fuerza que tiene, por sus discursos maravillosos, intensos, llenos de palabras fuertes: Hamlet habla como un héroe. Pero en los hechos no hace nada. Toda la obra transcurre con sus maquinaciones y su combate retórico contra el asesino de su padre. Su misión es vengar a su progenitor asesinado, lo dice, pero demora la acción. Y cuando finalmente lo logra, cuando la venganza se concreta, termina, en su afán por lograr su objetivo, no sólo muerto, sino que entrega el reino que debía proteger al enemigo, lo deja indefenso y sin líder. Ha muerto el rey (el asesino de su padre), ha muerto incluso él mismo, triunfa el enemigo invasor.</p>
<p><b>En estas elecciones presidenciales estamos eligiendo entre dos proyectos de país completamente distintos: por un lado, tenemos al populismo y, por el otro, a la república</b>. El primero no es más que una expresión moderada de autoritarismo y tiene muchos puntos de contacto con el concepto clásico de tiranía: la concentración de todas las facultades en una sola voluntad política y la representación de esa voluntad política que se plasma en el líder o tirano. La república, por el contrario, es la forma más avanzada de gobierno hasta el momento, en donde la división de poderes y la pluralidad de voces ejercen un control natural del sistema político, lo que reduce al mínimo las arbitrariedades y garantiza los derechos de los ciudadanos.<span id="more-291"></span></p>
<p>Daniel Scioli, no es necesario aclararlo, es el continuador de un populismo que ya lleva doce años atacando las bases de la República Argentina y de muchos de los valores por los que tantas personas han luchado en el pasado. Todos los demás candidatos, sin entrar en detalles, representan a la república y el fin del populismo: gane quien gane en este caso comienza un nuevo ciclo político para la Argentina.</p>
<p>Se ha discutido mucho durante este último tiempo sobre el voto útil. El concepto es sencillo: <b>si queremos que gane la república, entonces tenemos que votar por el opositor que más chances tenga de ganar.</b> Es un voto racional que deja de lado toda entraña para poner el sufragio en aquel que al menos pueda abrir un poco el horizonte político. No esperamos que este sea el mejor candidato, ni siquiera que sea un buen candidato, sólo necesitamos que trabaje por la república.</p>
<p>Quien quiere tener un gesto de independencia y vota por un candidato que no tiene chances de ganar sólo está poniendo el Gobierno en manos del continuador del kirchnerismo. Toda decisión difícil y sensata se basa en sacrificar mucho de lo que sentimos y pensamos en pos de un beneficio que no nos termina de satisfacer, pero que es, mirándolo de forma realista, el mayor beneficio al que podemos acceder. Y hoy este beneficio es que la Argentina tenga un cambio orientado a la reconstrucción de la república.</p>
<p>Las encuestas son tendenciosas, se construyen sobre aspectos técnicos que muchas veces no son del todo precisos. Cuando estamos hablando de un tema de tanto interés como las elecciones nacionales, hasta es posible que los aspectos técnicos sean superados por la necesidad de inclinar la balanza hacia el mecenas detrás del sondeo. El único dato real que tenemos es el de las últimas elecciones y son las que colocan a Mauricio Macri en el segundo lugar, convirtiéndolo en la opción realista frente a la continuación del kirchnerismo. Esto no significa que sea el presidente que todos anhelamos, ni siquiera que va a ser un buen presidente. Su función será la de dejar atrás esta oscura “década ganada” para comenzar a trazar el camino de la reconstrucción de la república.</p>
<p>Sergio Massa, al igual que Hamlet, es un personaje de discursos contundentes, de palabras fuertes. Y así como nos pasa con Hamlet, también nos gusta lo que dice Sergio Massa: es muy difícil resistirse a la seducción de discursos impetuosos y enérgicos. Nos pasa como espectadores en Hamlet, nos pasa como votantes al escuchar a Sergio Massa decir que va a “meter a todos presos”. Nos hierve la sangre, nos sentimos movidos. Incluso me atrevo a decir que nos sentimos atrapados por el encanto del antihéroe, que es el héroe que en realidad no es tal. En cierta medida nos fascina que a pesar de que Massa vaya a perder, de que no tiene ninguna expectativa de salir segundo, siga hablando como habla, siga empujando como empuja. En esto también se parece mucho a Hamlet. Pero los dos sólo se quedan en las palabras, porque no tienen la posibilidad de ir más allá. Los dos se enfrascan en una batalla retórica que, contrario a su voluntad, termina drenando la fuerza de muchos de los que están a su alrededor. Los dos erosionan su entorno, desgastan a oponentes y aliados. Pero al igual que sucede en la ficción, es fácil darse cuenta de que ni Massa ni Hamlet van a pasar de la épica retórica, porque los hechos los superan enormemente. <b>Votar a Massa es condenar a la Argentina al mismo destino al que condenó Hamlet a su reino. Massa no ganará, Macri no ganará y sólo habrá un vencedor. El kirchnerismo tendrá otro período más en el Gobierno.</b> Hamlet, en su esfuerzo estéril por llevar las palabras a la realidad, condenó a su reino a caer en manos del enemigo. Massa está haciendo lo mismo.</p>
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		<title>Ocultar la pobreza</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Oct 2015 09:53:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Recientemente salió a la luz que el Instituto Nacional de Estadística y Censos demoró la salida de un índice de pobreza. A esta altura a nadie le puede sorprender eso, parece una maniobra más del kirchnerismo, que nos quiere convencer a fuerza de relato de que vivimos en un mundo feliz. Pero el relato se cruza con la realidad y todos sabemos que la pobreza aumentó en estos últimos años: Ya lo dicen las mediciones privadas.</p>
<p>Pero dejemos de lado la cuestión del relato y la indignación que nos provoca que nos quieran engañar, a las puertas del fin de ciclo se torna ya irrelevante. Hace cuatro años que no medimos la pobreza en nuestro país, pero en este caso no se trata sólo de un índice más, sino de un debate que los ciudadanos necesitamos tener para definir cómo concebimos a la Argentina. Parece exagerado pero no lo es, porque hablar de pobreza es hablar de casi todo a la vez.</p>
<p>El primer paso antes de comenzar cualquier medición es la definición de lo que se quiere medir. En el caso particular de la pobreza, tenemos que preguntarnos qué es ser pobre en la Argentina. De más está decir que las mediciones de ingresos son muy poco representativas, porque la pobreza no tiene que ver con un ingreso, sino con la forma en que uno vive, con el acceso a los servicios y el grado en que se respetan y garantizan los derechos de las personas. Pero este no es un debate meramente técnico, sino más bien todo lo contrario: <b>Definir el límite por debajo del cual se encuentra la pobreza es reflexionar sobre qué cosas no estamos dispuestos a tolerar</b>, qué cosas nos parecen lo suficientemente aberrantes como para trazar una línea a partir de la cual es inminente la intervención del Estado para poner algún remedio a la situación. Es una cuestión social, de proyecto de país y de sensibilidad de todos los argentinos.<span id="more-284"></span></p>
<p>Existe el riesgo, en este caso, de poner la vara demasiado alto: Necesitamos ser realistas, apuntar a definir la pobreza de forma tal que aquellos que quedan por debajo de la línea establecida puedan ser auxiliados. Es importante recordar que para cualquier medida que el Estado toma, debe recolectar impuestos para financiarla. Es una obviedad, pero a veces lo olvidamos, porque si se suben demasiado los impuestos, entonces sufrimos todos. Esto significa que nuestra definición de pobreza debe apuntar realmente a la emergencia.</p>
<p>Vale recordar que el concepto de pobreza es relativo: Se define para un determinado lugar y un tiempo específico. No es lo mismo la pobreza en la ciudad de Buenos Aires en el año 1914 que en el año 2015. No es lo mismo la pobreza en Alemania que en Argentina. Es una cuestión circunstancial y también vinculada a la evolución de la sensibilidad de la comunidad en general. En un determinado momento histórico la esclavitud no estaba mal vista, hoy sí. Lo mismo sucede con la pobreza: En algunos momentos de nuestra historia podíamos aceptar que las personas vivieran de determinada forma, hoy nos parece inadmisible.</p>
<p>Mirando a nuestra Argentina de hoy, teniendo en cuenta cómo viven las personas, necesitamos trazar una línea, decir a partir de qué momento una situación se considera inaceptable. ¿Qué características tiene que tener la casa de una persona para que viva con dignidad? ¿Qué tiene que comer? ¿Qué nivel de educación tiene que alcanzar? ¿A qué servicios tiene que acceder? Estas preguntas no son técnicas y no se responden desde la teoría; son la base de un debate para comprender la pobreza en nuestro país, para poder empezar a medirla y a actuar contra ella.</p>
<p>Pero este debate encierra un tema aún más relevante: Qué país queremos tener. Es por eso que ocultar la pobreza, por más que la intención sea únicamente hacernos creer que vivimos en un país maravilloso, implica privar a la Argentina de una discusión seria sobre su presente y su futuro. Implica que los argentinos no podemos hablar sobre cómo deben vivir los habitantes de este país, sobre qué anhelos consideramos superfluos y qué anhelos consideramos básicos. Y también sobre el papel que debe jugar el Estado, porque cuando marcamos la línea de pobreza, marcamos el momento en el que Estado tiene que hacerse presente con más fuerza para salvaguardar la dignidad de las personas. <b>Estado presente no significa Estado omnipotente, sino todo lo contrario</b>.<b> A través de regulaciones y del efectivo uso de los mecanismos judiciales, este puede otorgar derechos y obligaciones</b>, y velar luego para que se cumplan en favor de los más débiles.</p>
<p>No importa a qué fuerza política se pertenezca, no importa la orientación de las ideas. Discutir la pobreza no es asunto de facciones, es un imperativo para cualquiera que quiera construir una Argentina mejor, una sociedad más justa. Negar esta discusión es condenar a un país, es privarlo de aquello que lo lleva a comprenderse y a proyectarse. <b>Por eso, ocultar los índices de pobreza no es sólo una artimaña para engañarnos, es también otra forma más de poner un velo sobre nuestro futuro</b>. Cada vez más estamos entendiendo que la “década ganada” está dejando sus esquirlas en aquello que hace al sustrato de la sociedad, a la esencia de nuestra república y nuestro proyecto como país.</p>
<p>La falta de números sobre pobreza es otro de esos daños que le han hecho a nuestra sociedad en su afán por perpetuar su necedad.</p>
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		<title>Scioli en el teatro</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Sep 2015 09:30:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>No podría haber elegido un mejor lugar para presentar su plan de gobierno. Al mejor estilo de Hamlet, decidió mostrar toda la realidad del modelo en un escenario: toda la complejidad, toda la trama y las miserias de esta “década ganada” se vieron reflejadas en esta obra. Y todos los presentes supieron representar su papel. Hamlet quería combatir al rey, incomodarlo, Daniel Scioli, todo lo contrario.</p>
<p>El descastado finalmente se erigió en líder, tomó el papel. Pero no logra ser más que eso: un papel. <b>Los mismos funcionarios que lo denostaron hoy están en primera fila, acostumbrándose a aplaudirlo, porque tienen la esperanza de perdurar como pieza fundamental del oficialismo por muchos años más</b>. Puede ser muy difícil para todos ellos tener que salir a trabajar en serio. Y en esa gran representación tampoco faltaron las grandes palabras, apegadas a la tradición de la ficción, claro está. Un discurso inundado de imposibles, de enunciados que es muy fácil lanzar al aire, pero cuya concreción es casi inviable. Pero más absurdo es que quien con tanta convicción vocifera es el mismo que pasó ocho años de inacción en la provincia de Buenos Aires.</p>
<p>Pero, por otro lado, la palabra, sin que lo queramos, desnuda la realidad. Nadie asevera lo obvio, nadie se para frente a un grupo de personas para decirles con la mayor de las convicciones que la Tierra seguirá girando. Es lo obvio, es lo que esperamos. Pero Scioli dijo que la inflación será de un dígito: ¿Acaso hay inflación en la Argentina? El Instituto Nacional de Estadística y Censos y los funcionarios insisten en que no, pero el gobernador de la provincia de Buenos Aires en su puesta en escena nos habla de un país que tiene que bajar la inflación.<span id="more-277"></span></p>
<p>Más interesante aún fue su intención de atraer inversiones. <b>Nuevamente dejó al descubierto otra gran virtud del modelo: espantar a cualquiera que tenga ganas de hacer algo en la Argentina. </b>¿Cuántos emprendedores prefirieron países limítrofes para comenzar con sus negocios? ¿Cuántas empresas prefieren instalarse en las periferias de nuestro país? Hoy somos un repelente para quien quiere invertir dinero o tiempo en construir algo.</p>
<p>A esta altura no puedo pedirle, a quien será el continuador de esta absurda forma de construir un país, que tenga algo de coherencia interna en su discurso. Todo es relato y eso también lo dejó en claro Scioli en el teatro, porque su discurso no solo es ficción, sino que es una ficción reñida con la realidad.</p>
<p>No puedo dejar de mencionar cuánto me asombró la brillante simbología y puesta en escena, claramente acorde con toda la mística que se ha generado en torno al kirchnerismo. Lo sé, es una mística barata, una mística de militantes rentados, pero tiene lo suyo. Se vieron representantes de los pueblos originarios sobre el escenario, para sustentar el mito de que el Gobierno se ocupó de ellos, cuando en realidad la pobreza en la que viven es la clara evidencia de que no se trata más que de un truco de marketing. También había operarios fabriles, lo que quería darle solidez a otro mito absurdo: el de la industrialización nacional. <b>El kirchnerismo ha sido muy hábil en jugar con el imaginario popular y el proceso de falsa industrialización, es parte de ese juego demagógico</b>.</p>
<p>Esta puesta en escena nos deja en claro que Scioli no pretende revertir este sistema de relatos que sostienen mitos, sistema que motiva a los adictos al poder, pero que enfurece a quienes queremos una república democrática.</p>
<p>La función de Scioli estuvo perfectamente alineada con estos últimos doce años de kirchnerismo. Quiso dar ese mensaje de continuidad, de que nada va a cambiar. Seguirán los discursos rimbombantes y llenos de “militancia”, mientras los argentinos seguimos padeciendo este saqueo al que tanto nos ha acostumbrado esta “década ganada”.</p>
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		<title>Hundidos en el presente</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Sep 2015 03:00:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>El problema que tenemos los argentinos es que estamos hundidos en el presente o en el corto plazo, que no es más que un presente extendido.</p>
<p>Los debates que se dan hoy en nuestra sociedad pasan por cuestiones económicas de corto plazo como el cepo al dólar y la devaluación. Incluso discutimos sobre cuestiones institucionales básicas, como la transparencia de los comicios. Llevamos más de treinta años de democracia, hemos celebrado nuestro bicentenario y nuestros debates continúan en la senda de lo embrionario, de aquello que los países más avanzados han definido y resuelto hace ya varios años.</p>
<p>Que estemos discutiendo sobre cómo hacer que las elecciones sean transparentes es un debate que nos regresa al momento en que se promulga la ley Sáenz Peña, más de cien años atrás. No digo que el debate no sea necesario, lo es, porque lo que pasó en Tucumán revela con contundencia que nuestro país es un gran reino lleno de feudos y eso se tiene que terminar. La Argentina, cien años después de que se declarara el voto secreto y obligatorio para romper con el régimen de fraude sistemático al que estaba sometida, se encuentra hoy nuevamente con barones del conurbano y gobernadores eternos.<span id="more-271"></span></p>
<p><b>Volver a un debate que tuvimos hace cien años nos demuestra que todavía no estamos preparados para mirar más allá</b>. Recuerdo una frase que dice: “Todos vivimos en el fango, pero algunos miran a las estrellas”. Nosotros no logramos levantar la cabeza para mirar las estrellas. Son debates necesarios, porque discutir nuestro sistema electoral y ponerle un fin al fraude que se viene perpetrando en los feudos de la Argentina es una necesidad para la democracia, para la república y para las instituciones. Pero son debates que tendrían que estar superados para posibilitar una discusión sobre los mecanismos necesarios para que nuestra república funcione mejor: nuevas vías de institucionalización para garantizar los derechos de las personas.</p>
<p>Nuestro sistema electoral es obsoleto, injusto y antirrepublicano. Porque si los partidos políticos y las personas de bien que quieren a la república tenemos que estar buscando la trampa cada vez que hay elecciones, entonces este no es el juego de las instituciones, sino el juego del más “vivo”, un juego que lleva tanto tiempo en la Argentina que ya parece que lo tenemos en los genes. Y es justamente esta malformación genética de nuestro pueblo la que a veces nos hace tolerar estas cosas y echarle la culpa al que sufre el fraude, porque no tuvo la astucia de cuidarse. <b>No se trata de ser astuto, sino de que las instituciones funcionen. Si hay fraude, falla la base de la república.</b></p>
<p>El cepo al dólar es una medida transitoria, aberrante desde el punto de vista económico, pero transitoria. Hoy el debate económico está basado en este único escollo. Absurdamente, el Gobierno nacional sigue marcando la agenda de la oposición, como lo hizo durante estos últimos doce años. Así como el cepo, hay innumerables problemas en esta área, la mayoría de ellos coyunturales.</p>
<p>El debate sobre esos problemas es fundamental: discutir sobre la inflación o los subsidios es algo que hoy necesitamos. Pero es increíble lo corto que es nuestro horizonte, porque estamos pensando solo en cómo salir de este laberinto económico en el que nos encontramos y no estamos pudiendo ni siquiera comenzar a analizar qué tipo de economía necesitamos. <b>Tenemos un Gobierno que habla de industrializar, cuando la industria en la Argentina es más un mito que una realidad</b>, porque por cuestiones geográficas, culturales y de disponibilidad de capital no tenemos hoy ninguna ventaja para convertirnos en un país industrial. Mucho menos si tenemos en cuenta que Brasil está tan cerca y tiene muchas más capacidades que nosotros.</p>
<p>Durante una década el Gobierno se prendió a las ubres del campo para sostener su estructura y su propaganda. Hoy se habla del campo, es un tema de debate, pero necesitamos ir más allá. No basta con un modelo agroexportador, que era casualmente lo que teníamos hace cien años. Otra vez, el debate vuelve al pasado, nos lleva varios escalones para atrás y hoy estamos discutiendo que la Argentina tiene que volver a apoyar al campo.</p>
<p>Catorce años después del 2001 estamos otra vez en una situación en la que sentimos que tenemos que volver a empezar. Es cierto, esto no es el 2001. Entre aquel año trágico y hoy la única diferencia es que hay cierto bienestar en la población: después de catorce años solo eso tenemos, un poco más de bienestar.</p>
<p>Hoy estamos hundidos en el presente, porque todo lo que estamos pensando, todo lo que estamos discutiendo, no es más que el principio de lo mucho que queda por hacer. Todo se refiere al día de hoy o a lo sumo al día de mañana. Tales son nuestros problemas, tan fundamentales, que no nos queda tiempo para levantar la mirada y pensar en lo que tiene que venir un poco más adelante. <b>Los candidatos presidenciales se encuentran enfocados en todos los problemas de corto plazo que nos va a dejar la administración actual</b> y es muy probable que durante los próximos cuatro años lo único que pueda hacer el nuevo Gobierno sea poner un poco de orden al caos que dejó esta “década ganada”.</p>
<p>El kirchnerismo ha destruido todo lo que ha tocado y por si eso fuera poco, ahora deja todo un país hundido en el presente, imposibilitado de mirar al futuro.</p>
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		<title>Ni derecha, ni izquierda: república</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Aug 2015 10:17:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La polarización de las cuestiones es algo natural. Comienzan a surgir en la sociedad las ideas y van decantando, lo que da como resultado que solo algunas de ellas se nos presenten como alternativas reales. Esto suele suceder prácticamente ante cualquier toma de decisión: se presenta un  problema, van sugiriendo soluciones y de todas estas sugerencias se selecciona una cantidad limitada de alternativas, que son las que en definitiva se van a analizar y entre las que se va a decidir. Es una cuestión de limitación humana: me cuesta imaginar a un grupo de gente eligiendo entre más de tres o cuatro alternativas reales.</p>
<p>Este mismo proceso se da a nivel nacional e incluso mundial. Después de la Primera Guerra Mundial todo el mundo se había polarizado en torno a dos opciones: capitalismo o comunismo. La derecha y la izquierda. Eran extremos nítidos: con solo escuchar hablar a alguien era muy fácil saber de qué lado estaba. Como siempre, había un enorme colorido entre una opción y otra, pero era innegable que esas dos eran las madres de todas las alternativas.</p>
<p>A veces nos cuesta dimensionar cuánto nos marcan, a todos, los hechos de la historia mundial. <b>Los conceptos de izquierda y derecha han calado tan hondo que hoy, casi treinta años después de la caída del muro y el desguace del comunismo, esta polarización sigue vigente en los discursos</b>. Muchos votantes rechazan a Mauricio Macri porque es de derecha y tienen afinidad con el Gobierno porque lo consideran de izquierda. Ambas afirmaciones no son más que la mezcla de nombres actuales con conceptos perimidos.<span id="more-256"></span></p>
<p>La polarización entre izquierda y derecha tenía sentido cuando el mundo estaba dividido y no se sabía todavía cuál era la solución al problema de la administración de la riqueza. Era el fruto de una discusión que estaba vigente y que fue el eje de esos casi setenta años que transcurrieron entre el fin de la Primera Guerra Mundial y la caída del muro. Hubo tinta, sangre y se dilapidaron millones en la carrera armamentista, pero el problema se resolvió y hoy vivimos en un mundo capitalista. <b>Izquierda y derecha son ya dos categorías obsoletas que corresponden a otro tiempo de la humanidad, cuando el problema a dirimir era otro</b>.</p>
<p>Hoy vivimos en un mundo capitalista. Así dicho suena algo tremendo, porque llamarse a uno mismo “capitalista” es una afirmación algo contundente, pero lo cierto es que eso somos si nos referimos en los términos del conflicto de la Guerra Fría. Pero es una terminología arcaica la de “capitalismo” y “comunismo”, aunque absurdamente sigue subsistiendo la de izquierda y derecha: La inercia lleva casi treinta años.</p>
<p>Hoy ya no tenemos un problema político global, como lo hubo durante esos 70 años: Los problemas se han regionalizado. Europa debate si es necesaria más o menos integración. <b>En Latinoamérica estamos debatiendo si queremos república o populismo</b>. Ya hemos pasado la etapa en la que discutíamos si queríamos ser países democráticos. Hoy en América Latina, y en particular en Argentina, tenemos muy claro que queremos vivir en democracia.</p>
<p>Actualmente los problemas de la Argentina son otros. Un debate entre izquierda y derecha es negar lo que nos pasa, es mirarnos en el espejo y vernos con quince años menos. La Argentina no está eligiendo entre izquierda y derecha, la elección está hecha. Hoy somos una democracia capitalista. Pero no es la única decisión que se ha tomado en la Argentina. Ningún candidato podrá desmantelar los beneficios sociales que se han venido otorgando en estos doce años y tampoco nadie quiere hacerlo. No hay candidatos de lo público y de lo privado: Ni siquiera en la época de las privatizaciones se avanzó sobre lo público más allá de algunas empresas. Estas decisiones ya están tomadas, el resultado de las urnas no las van a cambiar. Lo que sí estamos decidiendo en estas elecciones es si queremos o no una verdadera república.</p>
<p>La Argentina tiene hoy una democracia que poco tiene de republicana: Gobernadores que funcionan como señores feudales, intendentes vitalicios, diputados eternos y mayorías automáticas son solo algunos de los síntomas. El próximo presidente no podrá hacer grandes cambios, pero podrá hacer su contribución, marcar el rumbo que otros seguirán trazando en el camino de la historia hasta que la Argentina sea una verdadera república.</p>
<p>Cometemos el error de darle a nuestros derechos políticos un papel secundario, creyendo que la democracia todo lo soluciona. Pero en democracia también es posible cometer atropellos, si no hay una república. Me atrevería a decir que está casi demostrado que en las sociedades más republicanas hay menos delito y un desarrollo económico a largo plazo que beneficia a toda la población. No es casualidad, es que la república es un sistema que obliga a los distintos poderes a hacer su trabajo, por su propia naturaleza, combate la corrupción endémica y proporciona un ambiente político más estable.</p>
<p>La república es el único entorno que permite garantizar los derechos de las personas, sobre todo de los más débiles. El ataque a la prensa es uno de los tantos atropellos que hoy comete el Gobierno. Pero no es el único, es el primero, porque si callan a los que hablan, entonces quedarán los que en silencio tolerarán la prepotencia. ¿Acaso no tenemos un fiscal cuya muerte no se puede aclarar? El error es creer que esas cosas no nos afectan a todos. Lo hacen: Cuando se vulneran los derechos de uno, luego se vulneran los de todos. Tenemos que tenerlo claro, todos estamos en la fila.</p>
<p>Estos últimos doce años han traído el feudo a la urbe y hoy tenemos un país feudal<b>. El kirchnerismo se ha encargado de minar las instituciones, de derribarlas para que no puedan hacer su trabajo, para dejar impune los crímenes cometidos.</b> Hoy la república está agonizando y es precisamente en estas elecciones donde vamos a decidir si le damos una nueva vida o le damos el golpe de gracia. Daniel Scioli, lo ha dejado claro en este último tiempo, es la continuidad del populismo y la muerte de la república. Del otro lado, sea el que sea, es una esperanza para una república que se apaga.</p>
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