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	<title>Christian Joanidis &#187; inseguridad</title>
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		<title>La lucha contra la inseguridad requiere de técnicos</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Dec 2015 03:00:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La pregunta es válida. ¿Quienes nos gobiernan creen que la seguridad es realmente una prioridad? ¿Quienes están en los altos mandos de las fuerzas de seguridad están convencidos de que su campo de acción debe ser una prioridad en la Argentina de hoy? Sin señalar a nadie en particular, a todos nos resulta evidente que... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2015/12/27/es-la-seguridad-una-prioridad/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La pregunta es válida. ¿Quienes nos gobiernan creen que la seguridad es realmente una prioridad? ¿Quienes están en los altos mandos de las fuerzas de seguridad están convencidos de que su campo de acción debe ser una prioridad en la Argentina de hoy? Sin señalar a nadie en particular, a todos nos resulta evidente que los responsables de solucionar el delito en la Argentina no están obteniendo demasiados resultados. Da la impresión, aunque resulte duro asumirlo, que no existe la voluntad política de resolverlos. Sea por desidia, por negligencia o por connivencia, el resultado es el mismo: todos los argentinos seguimos sufriendo las consecuencias del delito.</p>
<p>¿Qué tan dura es la lucha que se está librando contra el narcotráfico? No es cierto que es invencible: el crimen organizado no puede superar nunca con sus fuerzas al Estado. Tal vez la delincuencia sea más ágil, a lo que se le agrega la ventaja operativa de no tener límites morales, pero definitivamente nunca podrá ser más fuerte que el Estado. Ninguna persona que pertenezca a una fuerza de seguridad y esté en su sano juicio dirá jamás que el narcotráfico es invencible.<span id="more-320"></span></p>
<p>Pero volvamos a la pregunta anterior. ¿Se está librando una verdadera lucha contra el narcotráfico? <b>El Gobierno anterior desplegó varios operativos con nombres rimbombantes, pero los resultados tal vez no difieran de lo que se venía haciendo hasta ahora. Parecería que se trató más de una acción de marketing orientada a llevar tranquilidad a la población antes que de un despliegue genuino. </b>Seguramente, y estoy haciendo una hipótesis, se les asignó a las operaciones en curso un nuevo nombre y se lo comunicaron a la sociedad bajo la apariencia de un redoblado esfuerzo por combatir al crimen organizado. ¿Los resultados? La calle nos dice que la droga sigue entrando al país.</p>
<p>El problema del ingreso de drogas a la Argentina no es un problema técnico. Todos conocemos cómo lo hacen y las fuerzas de seguridad ciertamente cuentan hasta con detalles de esta operatoria. Incluso se sabe perfectamente cuál es la solución. Hace ya un tiempo Jorge Lanata, en una entrega de <i>Periodismo para Todos</i>, habló de la falta de radares en la frontera. El crimen organizado prefiere utilizar el método de entrega aéreo, porque los cielos argentinos son más vulnerables que los pasos terrestres. La droga entra por el aire. <b>Todos sabemos que la radarización de la frontera es parte de la solución</b>. Luego tenemos que asegurarnos de que las fuerzas de seguridad cuenten con los procesos y los elementos para alcanzar estas naves áreas e interceptar las cargas entregadas. Pero si se conoce la solución, ¿por qué no se implementa?</p>
<p>A esta altura no creo que nadie se atreva a hablar de falta de fondos. Todos sabemos que el dinero existe. La cuestión es que se está gastando en otras cuestiones. Tal vez se le compra a las fuerzas equipamiento de otra índole, tal vez se termina gastando en puestos administrativos, en remodelación de oficinas, en estudios y operaciones que tienen poco impacto o incluso en cuestiones que benefician a un reducido grupo de personas, en detrimento de la fuerza en su conjunto. Todas estas son posibilidades y con la falta de datos duros que caracteriza a nuestra Argentina de hoy es imposible saber qué está sucediendo realmente. La única certeza es que los radares no aparecen y los que están desplegados no queda claro si funcionan como deberían, si son realmente útiles o si en definitiva son piezas de utilería.</p>
<p>Si el problema no es el dinero, si no es una cuestión técnica, entonces sólo queda pensar que se trata de falta de voluntad política. Como en tantos otros temas, muchos son los que hablan de seguridad: son los mismos que no trabajan ni mueven a la gestión para concretar soluciones sustentables. Sólo palabras. Cuando vamos a la realidad, la seguridad no es una prioridad.</p>
<p>Personalmente, no creo que sea connivencia, creo que es desidia, falta de ganas de solucionar las cosas y sobre todo, de un foco puesto en cuestiones menores, en rencillas internas, en privilegios adquiridos que no se quieren perder. En mis muchas charlas con uniformados nunca tuve la percepción de que fueran ellos a los que les faltan ganas de trabajar; de hecho, veo gran vocación en todas nuestras fuerzas. ¿Estará el problema en los altos mandos? ¿Estará el problema en los funcionarios? Tal vez todos ellos no están haciendo su trabajo. Tal vez mientras se dedican a buscar un lugar donde el sol sea más cálido se terminan olvidando de todo un país que queda a merced del crimen organizado.</p>
<p><b>Como sociedad tenemos que saber reclamar soluciones duraderas y no conformarnos con operativos fugaces que no tienen otra intención más que serenar los ánimos</b>. Los responsables de la seguridad suelen apostar a nuestro olvido, sabiendo que nuestro reclamo se apagará con el tiempo. Solucionar los problemas de seguridad de la Argentina no requiere ni grandes soluciones técnicas ni grandes inversiones, sólo dedicación. Pero mientras los responsables de implementar las soluciones sean personas con escasos conocimientos u oportunistas devenidos en especialistas, seguiremos sufriendo las consecuencias.</p>
<p>Pienso que la seguridad no es un área para que haya puestos políticos, es un área técnica en la que tienen que involucrarse especialistas en seguridad y gestión en todos los niveles de responsabilidad, desde los ministros hasta los efectivos. De otra forma, la desidia y la falta de conocimiento seguirán siendo los verdugos de una sociedad que pide a gritos que se detenga al narcotráfico.</p>
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		<title>La violencia está ganando</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Aug 2015 10:06:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace unos días mataron a un chico en la parada del colectivo. Salió en algunos medios, se hablaba de Barracas, es cierto, pero fue en las inmediaciones de la villa. Pero para entender un poco más las cosas es necesario saber dónde fue el asesinato y en qué circunstancias. Eran las siete de la tarde,... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2015/08/29/la-violencia-esta-ganando/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días mataron a un chico en la parada del colectivo. Salió en algunos medios, se hablaba de Barracas, es cierto, pero fue en las inmediaciones de la villa. Pero para entender un poco más las cosas es necesario saber dónde fue el asesinato y en qué circunstancias.</p>
<p>Eran las siete de la tarde, según me contaron. Era una parada de colectivos. En el barrio las paradas de colectivo están atestadas de gente, sobre todo a esa hora. Los negocios estaban abiertos, había movimiento. La parada está en una calle importante, esto quiere decir que hay iluminación y que todos caminamos tranquilos por allí, nos sentimos seguros. No quiero faltar a la precisión, pero hay un puesto de gendarmería a unos cien o doscientos metros de allí. Todo habla de una zona segura.</p>
<p>Contrario a lo que los mitos populares indican, caminar por las villas no es peligroso. Cualquiera puede recorrer las calles principales y nada va a pasarle. Quienes conocemos algo más podemos internarnos en algún pasillo ancho. Los pasillos más angostos ya son más dudosos: el poco tránsito de gente y el hecho de que solo los frecuenta un número reducido de personas permite que quede en evidencia el extranjero. Queda claro que a altas horas de la noche lo que acabo de decir no cuenta.<span id="more-266"></span></p>
<p>Así es que en una calle transitada, iluminada, con fuerzas de seguridad a unos metros, un chico está esperando en la parada del colectivo. Se acercan dos personas para robarle y ante la resistencia lo matan. Por un momento intento pensar con frialdad. Me pongo en el lugar de los delincuentes. Pienso que tengo que robarle a alguien. Llego a donde está este chico. Lo miro y pienso muchas cosas. Que hay un puesto de gendarmería cerca, que hay mucha gente que puede verme o incluso intervenir. Incluso pienso en que un golpe tan evidente va a redundar directamente en mi captura. Estoy sopesando los riesgos, mis probabilidades de éxito. Es lo que hacemos todos, porque ante cualquier acción nuestro instinto opera en ese sentido. ¿Acaso los delincuentes no pensaron lo mismo?</p>
<p>Sopesar riesgos, analizar probabilidades de éxito, es algo que estamos acostumbrados a hacer. El primer paso para hacerlo correctamente es comprender la relación entre causas y consecuencias. Eso nos permite proyectar en nuestra mente lo que sucederá si hacemos determinada cosa. Pero <b>hoy está pasando algo extraño y es que el consumo de drogas hace que lo que todos hacemos con naturalidad se convierta en una tarea casi imposible para un creciente número de personas</b>. Consumir drogas altera las funciones cognitivas e incluso afecta al sistema nervioso: basta con mirar a nuestro alrededor, no hace falta ser un experto en la materia para llegar a esta conclusión. Eso hace que estas personas no midan riesgos ni logren comprender del todo determinadas situaciones, mucho menos la relación causa-consecuencia.</p>
<p>Hoy, <b>el narcotráfico nos está dejando delincuentes que son cada vez más temerarios</b>. Pero esa temeridad no viene de una convicción o un acto de arrojo, viene de su incapacidad para entender el medio. <b>Esta vez esto pasó en la villa, pero los delincuentes no reconocen límites geográficos y tal vez en algún momento algo así pueda pasar en medio de la 9 de julio o en alguna esquina de Palermo</b>. Es posible que los capturen luego de delinquir, pero nadie puede devolver la vida que se llevaron. La cómoda y difundida convicción de que estas cosas pueden pasar solo en la villa es la causa de nuestra apatía y lo que nos va llevando lentamente a una situación de inseguridad cada vez peor.</p>
<p>En la Argentina, la policía difícilmente investigará el caso. No es una cuestión de desidia: lo harán, pero la pujante demanda por seguridad reactiva y presencia policial en las calles hace que los investigadores sean cada vez menos y que los que están en esa función sean cada vez más exigidos. Evidentemente la calidad del trabajo del investigador policial se degrada cada vez más. Situación que favorece a los delincuentes, quienes perciben esto de alguna forma y por eso sienten todavía más impunidad.</p>
<p>Contra toda creencia, la gente que vive en las villas es la que primero sufre las consecuencias de la inseguridad. La mayoría de sus habitantes son personas de bien, trabajadoras, mientras que unos pocos se aprovechan de la escandalosa ausencia del Estado para montar allí sus negocios ilegales. Hoy las villas son grandes depósitos y cocinas de droga y los clientes no están precisamente en su seno, sino en el exterior: viven generalmente en edificios importantes y creen que consumir drogas es algo recreativo. Una recreación que le cuesta demasiado caro a muchas personas. <b>Hoy, la opresión de los débiles es el narcotráfico, que se nutre de los ingresos de las clases pudientes y usa la sangre de los pobres</b>.</p>
<p>Aquellos que se vuelven parte de este ejército de delincuentes desesperados y temerarios son los efectos colaterales del narcotráfico, no el narcotráfico en sí. Ellos consumen lo que queda, lo que no se puede vender. Además funcionan como soldados en algunos casos. Son meros engranajes, incluso fusibles que pronto se quemarán. Pero hay muchos más de donde ellos vienen. Y esta es la gran injusticia del narcotráfico, que sirve a clases altas y medias que consumen sus productos, pero emplea en esta actividad ilegal a los pobres. El negocio del narcotráfico tiene su desarrollo comercial en las clases acomodadas, pero en su operación están los marginales y los que sufren los efectos colaterales son, como siempre, los pobres.</p>
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		<title>El punto de no retorno de la delincuencia</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Nov 2014 10:10:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Parece algo absurdo pensarlo de esta manera, pero el delito es un oficio. Es algo que reprobamos, incluso algo que condenan las leyes, pero eso no implica que no sea un oficio. De hecho es también el medio de vida de muchas personas. Nada de esto implica que no debamos perseguirlo y castigarlo, pero analizarlo... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2014/11/10/el-punto-de-no-retorno-de-la-delincuencia/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Parece algo absurdo pensarlo de esta manera, pero el delito es un oficio. Es algo que reprobamos, incluso algo que condenan las leyes, pero eso no implica que no sea un oficio. De hecho es también el medio de vida de muchas personas. Nada de esto implica que no debamos perseguirlo y castigarlo, pero analizarlo desde esta perspectiva puede ayudarnos a comprender esta realidad tan compleja y que tanto nos preocupa hoy a todos los argentinos.</p>
<p>Con el tiempo las personas tomamos un oficio y lo vamos desarrollando. Después de varios años de dedicarnos a lo mismo nos convertimos en expertos, lo cual tiene puntos a favor y puntos en contra. El punto a favor es que sabemos hacer tan bien eso que hacemos, que generalmente nos pagan más. El punto en contra es que si queremos cambiar de trabajo, si buscamos algo nuevo en que aplicarnos, entonces tenemos que aprender todo otra vez. Lo peor es que al empezar de nuevo perdemos ese valor agregado que tenía nuestra experiencia y entonces ganamos menos: lo que no le gusta a nadie.</p>
<p><strong>Por otro lado es también cierto que por la propia naturaleza del ser humano uno tiende a quedarse donde está, a menos que haya una fuerte razón para cambiar. Por lo que todos hacemos aquel trabajo que sabemos hacer, porque es lo que nos sale bien y con lo que nos sentimos cómodos.</strong></p>
<p>La otra cuestión es un poco más compleja. Cada persona en su vida va desarrollando habilidades. Por ejemplo, el vendedor tiene la habilidad de vender. Puede vender autos o electrodomésticos, pero será muy difícil que aprenda a llevar adelante la administración de un consultorio médico. Puede aprender, pero queda claro que sus habilidades hoy son otras y que si tiene que buscar un trabajo buscará algo que tenga que ver con sus habilidades.</p>
<p>Hasta aquí es todo bastante intuitivo y lo podemos ver fácilmente en nuestra vida diaria. ¿Qué pasa cuando traspasamos estos conceptos al oficio de delinquir?</p>
<p>El primer punto es que quien está habituado a delinquir se ha convertido en un experto. <strong>Lo ha adoptado como modo de vida y le va seguramente bastante bien. Dedicarse a otra cosa le resultará desde ya menos rentable, lo que termina siendo una gran motivación para que persevere en su oficio.</strong></p>
<p>Además, el delincuente ya está habituado a lo que hace y por lo tanto, a menos que haya una gran motivación para el cambio, seguirá haciendo aquello que tan bien le sale y con lo que se siente cómodo: delinquir.</p>
<p>En tercer lugar, el delincuente ha desarrollado una serie de habilidades que son específicas de su profesión. Habilidades que difícilmente le pueden ayudar a insertarse en otro ámbito que no sea el del hampa, por lo que si no le va bien robando autos, verá de encontrar alguna otra tarea dentro del mismo ambiente. Este es otro de los motivos por los que más policía nunca solucionará el problema del delito, porque quien sólo sabe ganarse la vida de forma ilícita, no suele ver que pueda aplicar las habilidades que ya tiene en otra cosa: y el hecho de que haya más policías en la calle no cambia esa situación.</p>
<p>De todo esto se concluye, con cierto pesimismo, que no es tan fácil rehabilitar a quien vive de la delincuencia. No quiero decir que es imposible, porque tal vez el delincuente tenga experiencias que lo motiven a cambiar. Sin embargo, queda claro que en general es difícil que abandonen ese camino que hace tiempo recorren.</p>
<p><strong>Entonces, si entendemos que sacar a la gente de la delincuencia es muy complicado, lo que tenemos que evitar, si realmente queremos solucionar el tema del delito, es que la gente no entre en ese círculo, porque una vez que están allí, pareciera que se trata de un punto sin retorno.</strong> Incluso si somos completamente pesimistas con respecto a quienes ya se dedican a la delincuencia, si logramos que no haya nuevas personas aprendiendo las habilidades de la delincuencia, el nivel de delito irá disminuyendo con el tiempo.</p>
<p>Este es el principal motivo por el cual el foco no debe estar en la parte represiva del delito, que obviamente es necesaria. Pero el foco debe estar en asegurarse que las nuevas generaciones crezcan sanas y alejadas de situaciones que las fuercen a tomar el camino de la delincuencia. <strong>Más policía, penas más duras, deportaciones, etc. no trabajan sobre la creación de delincuentes, que es en definitiva el verdadero problema, sino que sólo se ocupan de reprimir a los delincuentes que ya existen.</strong> Esto es como querer solucionar el problema de una pérdida de agua sacándola a baldazos: el esfuerzo es grande pero infructuoso, a menos que se cierre la llave de paso el agua seguirá saliendo. Lo mismo sucede con el delito: reprimir a los delincuentes sólo mejora las cosas circunstancialmente, lo importante es asegurarse que tengamos una sociedad justa y equitativa donde los jóvenes puedan adquirir habilidades que les permitan vivir en sociedad y no habilidades que los lleven a delinquir.</p>
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		<title>La imprevisible violencia</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Aug 2014 10:42:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En estos días nos sorprendió a todos que balearan a un ciclista urbano en el corredor de la Av. Del Libertador. A mí también me sorprendió. Como alguien acostumbrado a analizar situaciones de seguridad, lo que más me llamó la atención es que la probabilidad de que algo así sucediera es extremadamente baja. Hay varias... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2014/08/07/la-imprevisible-violencia/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En estos días nos sorprendió a todos que balearan a un ciclista urbano en el corredor de la Av. Del Libertador. A mí también me sorprendió. Como alguien acostumbrado a analizar situaciones de seguridad, lo que más me llamó la atención es que la probabilidad de que algo así sucediera es extremadamente baja.</p>
<p>Hay varias herramientas para analizar situaciones de seguridad y ninguna de ellas hubiese nunca indicado que un evento de esta índole podía suceder. <strong>El primer punto es que se trata de una zona altamente transitada. La aglomeración de personas suele hacer que un ataque se torne inviable, porque son muchos ojos los que ven, los que pueden alertar y luego identificar.</strong> Entonces nadie en su sano juicio cometería un ataque en un lugar así. No estoy pensando en una operación planificada ni en la ejecución de un sicario. Un asaltante convencional que quiere llevarse una bicicleta nunca llevaría adelante un ataque así desde la lógica.</p>
<p>Como suelo decirles a mis alumnos: en seguridad, la realidad supera a la ficción. <strong>Aquello que jamás podríamos haber imaginado, aquello que nunca hubiéramos previsto con un análisis lógico y metodológico, puede suceder.</strong> Porque cualquier estructura de seguridad, cualquier preparativo, cualquier cosa que se pueda planificar se encuentra, en última instancia, con estas situaciones límite que demuestran que no todo se puede prevenir. Lamentablemente estas cosas pasan y seguirán pasando: no es fatalismo, es sólo esa pequeña parte de la realidad que escapa a todos los cálculos.</p>
<p>Un sistema punitivo más duro es irrelevante también en este caso: quien cometió el asesinato jamás sintió ni la más mínima inquietud por arriesgarse a ser capturado. <strong>Aunque a veces un sistema punitivo puede desincentivar a los delincuentes, no olvidemos que este sistema también está pensado desde la lógica y por eso jamás desincentivaría a alguien que escapa a ella.</strong> Esto no quiere decir que no haya que juzgar y condenar a quien haya cometido el delito, pero encarcelar no le devuelve la vida a las víctimas.</p>
<p>Esta violencia, la que no se puede predecir, es la que nos marca el límite de las capacidades de las fuerzas de seguridad y del sistema penal. Esta es la violencia que sólo se puede cambiar con inclusión y justicia social. Porque parecería que solo la enajenación puede hacer que una persona se comporte de esta forma. Es la violencia que está enquistada en nuestra sociedad. Hay muchos casos como el del ciclista, pero no todos llegan a los medios. Este es sólo un ejemplo y el punto de partida para una reflexión.</p>
<p>Aunque parezca trivial decirlo, se trata más de un clima de violencia que de un hecho aislado. Por un lado tenemos a quienes viven en la marginalidad y a través de la violencia quieren alcanzar lo que no pueden por otros medios. También están aquellos que presa de adicciones ejecutan cualquier acto para seguir abasteciéndose. Pero también está la violencia que ejerce la sociedad contra todas estas personas, porque es claro que nadie quiere vivir en la marginalidad, pero hay todo un sistema que crea esta marginalidad, la mantiene y hasta me atrevo a decir que se beneficia de ella.</p>
<p>No quiero con esto justificar ninguna atrocidad, pero tenemos que entender que la dinámica de la sociedad se basa más en un esquema de “acción-reacción”, que en el de “acción aislada”. Todo lo que sucede es fruto de acciones previas, es decir que es una reacción. <strong>No podemos esperar que quienes viven en la marginalidad o sometidos a alguna adicción reaccionen de otra forma. Es esperable que este tipo de cosas sucedan.</strong></p>
<p>La violencia estructural que se está desatando lentamente en nuestro país no se soluciona con más policía ni con penas más duras. No se trata de ignorar el dolor de las víctimas, porque no sólo es un dolor genuino, sino que además hay una enorme pérdida. Yo soy también soy un ciclista urbano y me podría haber tocado a mí. Sin embargo, es claro que esta violencia desmedida sólo se puede solucionar con inclusión y con una sociedad más equitativa.</p>
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		<title>Inseguridad y policía comunal: cualquier solución no es buena</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Jun 2014 10:43:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace unos días se frustró el debate sobre las policías municipales y por lo tanto esta ley todavía no ha progresado. Sin embargo esto no significa que el debate haya muerto y por lo tanto vale la pena dedicarle unas líneas a esta iniciativa. Recientemente un docente que invité a una de mis clases recordó... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2014/06/19/inseguridad-y-policia-comunal-cualquier-solucion-no-es-buena/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días se frustró el debate sobre las policías municipales y por lo tanto esta ley todavía no ha progresado. Sin embargo esto no significa que el debate haya muerto y por lo tanto vale la pena dedicarle unas líneas a esta iniciativa.</p>
<p>Recientemente un docente que invité a una de mis clases recordó que Benjamin Franklin dijo que <strong>“quien está dispuesto a sacrificar libertad a cambio de seguridad no merece ni una ni la otra”</strong>. Y creo que esto se aplica especialmente al caso de las policías municipales.</p>
<p>Partamos de la base de que los municipios del conurbano son hoy feudos que están bajo el control y voluntad de sus intendentes. En este contexto, darles a los intendentes el control de la policía es un grosero error que pone en sus manos una fuerza que, como todo lo que tienen en su feudo, utilizan para su propio y exclusivo beneficio. No me parece difícil entonces imaginar que <strong>estas fuerzas comunales puedan ser una herramienta de extorsión y un engranaje dentro del aparato clientelista de los municipios</strong>. Lejos de proteger a sus comunidades, operarán para someterlas todavía más al poder político.</p>
<p>Personalmente, <strong>me aterra que incluso se puedan cometer violaciones de los derechos humanos y no habrá nadie que las controle.</strong> El control en las organizaciones de seguridad está dado por la existencia de distintas áreas que no tienen contacto entre sí y que se controlan las unas a las otras. Es lo que se conoce en administración como control cruzado. Ahora, <strong>este control cruzado pierde su eficacia si las personas que se controlan entre sí tienen una relación estrecha: y cuanto más pequeña es la organización, más estrecha es la relación entre las personas.</strong> Entonces, la camaradería, que suele abundar en todas las fuerzas de seguridad, puede transformarse en complicidad en una policía municipal: aquellos que deben controlar miran entonces para otro lado. Más si es el propio intendente el que pide que se omitan los controles, ya que éste tiene a la vez la potestad de remover a la cúpula de su policía municipal. Y esto no se subsana con el control de un concejo deliberante adicto que se fraguó desde el clientelismo político.</p>
<p>Los argentinos nos estamos obsesionando con la inseguridad. Hay delito, es cierto, pero <strong>el riesgo que tenemos al obsesionarnos es que terminamos por aceptar cosas que atentan contra nosotros mismos</strong>. Hoy hay muchas personas a favor de las policías comunales, porque se han hastiado tanto del delito que cualquier receta alquímica que pueda prometer una solución inmediata será bien recibida. Y de esto se aprovechan los jefes comunales, que han visto en este temor de la gente la rendija perfecta para hacerse de una policía comunal.</p>
<p>El delito debe ser atacado, pero las fuerzas de seguridad son sólo el último eslabón de toda una cadena que tiene que ponerse al servicio de este objetivo. Existe toda una serie de cuestiones de las que nadie habla, que no están en el centro del debate y que son la verdadera solución al problema del delito.</p>
<p>Es aquí donde entra la frase con la que abrí la columna: los argentinos estamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad, nuestra seguridad jurídica, para combatir al delito. Y la verdad es que en otros momentos de la historia se ha privilegiado la seguridad física por sobre la libertad y la seguridad jurídica y las consecuencias han sido desastrosas. ¿Sucederá lo mismo con las policías comunales? <strong>Que esta obsesión por el delito no nos haga perder la razón: no se le puede entregar a los jefes comunales la policía, porque la usarán para sus propios intereses y en contra de todos nosotros.</strong></p>
<p>Pidamos seguridad, pero no dejemos que las soluciones que nos ofrezcan atenten contra nuestra propia libertad, ni contra la seguridad de nuestros derechos. Merezcamos nuestra libertad, nunca estemos dispuestos a entregarla para obtener mayor seguridad. Porque, como dice el corolario de la frase inicial, no tendremos ni la una ni la otra.</p>
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		<title>Las villas no son un &#8220;problema&#8221;</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Mar 2014 08:26:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Estado]]></category>
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		<category><![CDATA[narcotráfico]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Es curioso, por emplear un término neutral, que se hable tanto del “problema de las villas”. La forma en que nombramos a las cosas suele implicar muchos otros conceptos que no estamos enunciando explícitamente. <strong>Resumir toda una realidad llamándola “el problema de las villas”, habla de una perspectiva inapropiada y por lo tanto la “solución” que se sugiera, desde su concepción, va a estar lejos de tener algún sentido o aplicación práctica</strong>. Porque la perspectiva, aunque a veces no lo parezca, determina la metodología y los pasos a seguir; por eso tratar a las villas como un problema nunca va a resolver ninguna de las problemáticas de estos asentamientos.</p>
<p dir="ltr">La enfermedad, el hambre, la contaminación. Todos estos son problemas. Porque necesitan una solución, porque no son parte de nuestro mundo ideal, sino que queremos que dejen de existir. <strong>Las villas no son un problema, son una realidad</strong>. Como toda realidad tiene sus problemáticas, sus desafíos y sus dificultades. No es sólo una cuestión meramente verbal, sino que calificarlas de “problema” pone de manifiesto un reduccionismo que olvida que, quienes habitan estas áreas de la ciudad, tienen también el derecho a participar de la solución y ser meros espectadores de intentos “civilizadores”.</p>
<p dir="ltr"><strong><span id="more-91"></span>Estos asentamientos precarios tienen una gran carencia, que es la ausencia del Estado</strong>. Ausencia que van ocupando otras organizaciones, como el <strong>narcotráfico</strong> en el peor de los casos. Es justamente esta ausencia la que las hace un lugar vulnerable y un ecosistema en donde <strong>la inseguridad es un victimario de sus habitantes</strong> y no su construcción, como muchos creen. Esta ausencia del Estado también se refleja en la precariedad de otros tantos aspectos de las villas, como el acceso a la vivienda, al agua, al sistema de cloacas, a los servicios básicos, etcétera.</p>
<p dir="ltr">Las villas se perciben como algo que exige una urgente solución cuando se las mira desde la perspectiva de quien no puede tolerar lo distinto: entonces <strong>se convierten en un problema, porque es una realidad que no podemos tolerar</strong>. Tal vez fue esta última década, que educó a los argentinos en esta intolerancia sistemática, en la que el otro, desde el momento en que es distinto, pasa a ser un problema y no una parte de la realidad que tenemos que integrar a nuestros paradigmas. Es un ideario que se ha difundido y que nos ha afectado a todos por igual, porque no importa de qué lado estemos, nos hemos acostumbrado tanto a no soportar lo que no es igual a nosotros, que no sabemos apreciar que es justamente la gran diversidad la que formó el país que hoy tenemos, cuando las masas de inmigrantes coparon la Argentina durante todo el siglo pasado.</p>
<p dir="ltr">Es innegable, las villas son algo distinto, porque lamentablemente han crecido al margen de la ciudad, se han desarrollado a pesar de la ausencia del Estado y se han erigido con todo su contraste en medio del tejido urbano. Sin embargo, la ciudad no supo integrarlas y por eso siguen distinguiéndose claramente en el paisaje ciudadano. Es a raíz de esta clara distinción, de este “desentonar” con el resto de la ciudad, que terminan percibiéndose como un inconveniente. Son lo distinto, son lo que hay que “urbanizar”, para pasarle por encima y armonizarla con el resto de la ciudad, para que de una vez por todas desaparezca lo que no se nos parece. Desde esta perspectiva, las villas son definitivamente un problema.</p>
<p dir="ltr">Los que suelen tratar estos temas, los que analizan este “problema de las villas”, no se detienen a entender las miles de historias que hay en esos lugares, que viven y sobreviven, muchas veces en medio de la hostilidad. <strong>En las villas habitan los que no tienen voz, por eso pocas veces escuchamos a quienes defiendan su existencia,</strong> a quienes propugnen un debate desde adentro de la villa y no desde la abstracta intelectualidad o los despachos gubernamentales. Las villas son una realidad concreta y no un problema. No hay nada que solucionar, sólo hay que trabajar en la integración y en garantizarles a todos los argentinos sus derechos. Pero por sobre todas las cosas hay que esforzarse para que el Estado llegue a todos por igual y sin distinción.</p>
<p>Querer transformar la vida de aquellos que no tienen voz no es una tarea para sordos. Porque si no tienen voz, es porque nadie se ha ocupado en dárselas. Todos quieren resolver el “problema de las villas”, pero nadie quiere darles la voz a quienes viven allí para que puedan autodeterminar cuáles son las soluciones a sus dificultades. Porque como toda intolerancia, no se basa en escuchar al otro, sino en avasallarlo y excluirlo del debate. “El problema de las villas” se solucionará cuando los sin voz puedan expresarse y, finalmente, se comience a percibir que las villas no son un problema, sino parte de nuestra propia realidad.</p>
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		<title>La marginalidad deviene en delito</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Jan 2014 16:08:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Albert Camus]]></category>
		<category><![CDATA[delito]]></category>
		<category><![CDATA[ética]]></category>
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		<description><![CDATA[Asumamos por un instante que desaparece toda norma ética y moral en mi vida: esto significa que mis decisiones sólo estarán basadas en los premios o castigos que las mismas me traerán. Pero asumamos también que soy el único que padece este problema, lo que significa que los demás podrían “castigarme” por cometer actos contrarios... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2014/01/31/la-marginalidad-deviene-en-delito/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Asumamos por un instante que desaparece toda norma ética y moral en mi vida</strong>: esto significa que mis decisiones sólo estarán basadas en los premios o castigos que las mismas me traerán. Pero asumamos también que soy el único que padece este problema, lo que significa que los demás podrían “castigarme” por cometer actos contrarios a la ética y la moral general.</p>
<p>Un día cualquiera me encuentro caminando y paso por la puerta de un supermercado. Entonces veo que una horda se lanza a saquearlo y que todos salen con interesantes productos. Yo tengo dos opciones: <strong>sumarme al saqueo o no hacerlo</strong>. Sé que no iré a prisión, porque la verdad es que entre tanta batahola será difícil que me puedan individualizar. Sin embargo, veo las cámaras de los distintos canales de televisión. Entonces pienso qué sucedería si determinadas personas me vieran saqueando el supermercado. Tal vez si frente al televisor en ese momento se encuentra algún responsable de los lugares en los que doy clase, seguramente mi carrera académica llegaría a su fin. Si fueran mis amigos los que me ven en flagrante saqueo, seguramente terminen alejándose de mí, porque consideran reprobable mi actuar. Incluso si alguno los clientes que asesoro me viera cometiendo este ilícito, dejaría de contratarme. Ante este panorama, los “castigos” que devienen de mi acto son mayores que el premio que podría dejarme el botín. Se trata fundamentalmente de una decisión “económica”, donde los costos de mi acción son mayores a los beneficios que obtendré de la misma.</p>
<p><span id="more-66"></span>Puesto en palabras más lineales: tengo demasiado que perder y no tiene sentido que me arriesgue por el fruto que puedo obtener del acto ilícito.</p>
<p>La marginalidad es justamente no tener nada, es estar fuera de la sociedad, es no ser parte de ella. Ante una situación similar a la que me encontré yo en el ejemplo,<strong> alguien que vive en la marginalidad no tiene costo alguno si interviene para hacerse de un botín:</strong> no pierde su trabajo, ni sus posibilidades de conseguir trabajo y además su círculo social no necesariamente lo dejará de lado por hacerse de algo de forma irregular. Para quien no tiene, ni es parte de nada, el beneficio obtenido es siempre mayor al costo, según su apreciación subjetiva.</p>
<p>La realidad del delito no se pude reducir sólo a esta cuestión que pongo en análisis, pero ciertamente que es una de las variables más relevantes. Lo que antes desarrollé como las “cosas” que uno puede perder, puede resumirse en realidad en el concepto de <strong>posición social</strong>. Esta posición es un lugar que uno tiene, un lugar que le gusta y que no quiere perder: puede ser la propia familia, un trabajo, determinadas relaciones, etcétera. No hablo de una posición relativa a las demás personas (ser más o menos que otros), sino simplemente de tener un lugar en el mundo.</p>
<p>Muchos pensamos que sin importar las circunstancias en que nos encontremos, nunca cometeremos un delito, pero eso es pensar desde nuestra posición social actual. Claro, nadie que tenga su lugar en el mundo cometerá un ilícito arriesgándose a perderlo todo. Pero cuando uno no tiene nada, incluso el delito puede ser la forma de hacerse ese lugar, de conquistar esa posición, de darle un sentido a la vida.</p>
<p>Como leí recientemente en un libro de <strong>Albert Camus</strong>,<strong> los hombres fingen respetar el derecho y sólo se inclinan ante la fuerza.</strong> No podemos juzgar a las personas que delinquen desde nuestro lugar, sino desde su propio lugar, y no me refiero con esto a cuestiones legales, claro está.</p>
<p>Si todas las personas que se encontraran frente a la posibilidad de delinquir tuvieran algo que perder y entendieran que pueden perderlo, entonces disminuiría el delito. Si todos en este país tuviéramos una posición social, un lugar en la sociedad que podamos decir que es nuestro lugar, entonces la mera posibilidad de perderlo sería ya una restricción importante a cualquier acto ilícito.</p>
<p>La marginalidad es por definición el lugar en el que se encuentran los que no tienen lugar, los que no son parte de la sociedad, los que no tienen nada que perder: están al margen de todo. Si como sociedad no somos capaces de generar los mecanismos para que todos podamos encontrar nuestro lugar, consiguiendo esa posición social que mencioné, entonces la marginalidad se transformará en una condena definitiva. <strong>Mientras sigan existiendo personas que están fuera de todo, entonces el delito seguirá proliferando y la alta sensación de inseguridad se irá acrecentando.</strong></p>
<p>Combatir la marginalidad no es sólo un deber moral, sino que es la única forma de garantizar la supervivencia de nuestra sociedad. Creando una posición social para todos y con ello el anhelo de conservarla, es la única forma que tenemos para terminar con esta situación que deja a tantos fuera de todo camino. Un subsidio ayuda a satisfacer necesidades básicas y esto es muy importante. Pero nunca libera de la marginalidad, porque recibir un subsidio no es tener una posición social, no es tener un lugar, sino todo lo contrario: es la confirmación de que como no tenemos la capacidad de encontrar nuestro lugar y construir nuestras propias vidas, requerimos la urgente ayuda de quienes sí pueden.</p>
<p><strong>La marginalidad sólo se elimina con el reconocimiento social y al eliminar la marginalidad se elimina el delito más brutal, el que nos hunde en esta sensación de inseguridad que aqueja hoy a tantos argentinos.</strong></p>
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