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	<title>Christian Joanidis &#187; Elecciones 2015</title>
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		<title>El kirchnerismo ya es pasado</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Oct 2015 16:25:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Elecciones 2015]]></category>
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		<category><![CDATA[Provincia de Buenos Aires]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>Fue un domingo que todavía me cuesta procesar. He visto a muchas personas de mi entorno que se han movido para fiscalizar. Fue algo histórico, por fin las personas empezaron a entender que el futuro depende de lo que cada uno de nosotros haga para crearlo y sostenerlo. Fiscalizaron y de esa forma se metieron en política. Estudiantes, profesores, gerentes, dueños de empresas, trabajadores, todos ellos se embarraron y salieron de su comodidad para trabajar por la república.</p>
<p>Fueron doce años de oscurantismo, doce años de destruir la embrionaria república que los argentinos habíamos construidos en democracia, doce años que nos enseñaron que la prepotencia y el sectarismo no pueden volver al poder. <b>Así como los Gobiernos militares, con todo el dolor que trajeron al país, nos enseñaron involuntariamente la importancia de la democracia, el kirchnerismo nos enseñó la de la república</b>. Fue seguramente un período doloroso, pero a la vez necesario para que los argentinos podamos hacer este aprendizaje.</p>
<p>No puedo disimular mi alegría. Desde hace ya bastante tiempo mis columnas giraron prácticamente en torno a un único tema: la necesidad de construir una república, dejando de lado todo lo que el kirchnerismo representa. Hoy puedo decir con tranquilidad que los argentinos ya tomamos la trascendente decisión de volver al camino de la república, ese camino que habíamos abandonado, tentados por una bonanza económica casi azarosa.<span id="more-298"></span></p>
<p>El cambio se sintió en todo el país. La provincia de Buenos por primera vez está haciendo un vuelco radical en su estructura: desaparecen algunos barones del conurbano para darle lugar a nuevos rostros que seguramente estarán más alineados con la república que con el sistema clientelista que hoy gobierna. Pero también fue derrotado un candidato que estaría fuertemente vinculado con el narcotráfico, lo que muestra el anhelo de la población por terminar con este problema delictivo que destruye a la sociedad.</p>
<p>En el interior se escucha el ruido de algunos históricos al caer: <b>esa Argentina feudal a la que nos acostumbraron y de la cual creíamos que era imposible escapar, finalmente empezó a crujir</b>. Ahora quienes se encuentran en el poder saben que no son eternos y que alinearse, reinventarse o pasarse de un lado a otro no funciona. Los argentinos demostramos que, como sucede en el resto del mundo, castigamos en las urnas a los Gobiernos corruptos y prepotentes.</p>
<p>Es el fin del kirchnerismo y el comienzo de la república. Finalmente la tranquilidad se impuso al terrible temor que sentía hace unos días: al temor de que por mucho tiempo más tengamos que vivir bajo este esquema de atropello constante, de división permanente y de autoritarismo creciente. Esta senda republicana recién comenzamos a transitarla, no está trazada, ni siquiera señalizada. Ahora necesitamos hacer un cambio cultural, volver a forjar entre todos las bases de una convivencia republicana y democrática. Pero este cambio no comienza en las altas esferas del poder, sino en cada uno de nosotros: es una cuestión actitudinal que cada argentino tiene que descubrir.</p>
<p>El kirchnerismo se va, ya no tiene cabida en el futuro: no sólo porque no gobernará, con el tiempo será sólo será una página oscura en los libros de historia de nuestro país. Pero entre todas las críticas tengo que reconocer que nos ha dejado sin quererlo un gran legado, grandes lecciones que hemos aprendido.</p>
<p>La primera lección es que nadie es invencible. No importa qué tan fuerte se crea un gobierno, no importa qué tanto poder concentre, no importa qué tanto esfuerzo y empeño ponga en callar a los que piensan distinto, puede ser derrotado. Allá lejos y hace tiempo el famoso 54% creó en todos nosotros la ilusión de que el kirchnerismo era invencible. Hoy lo sabemos: no lo es.</p>
<p>Hemos aprendido que sin república peligra todo lo que somos. El kirchnerismo quiso con sus políticas populistas hacernos olvidar que sin república no hay garantía de nada para nadie, que todo lo que somos, todo lo que tenemos se pone en peligro. La democracia por sí misma no es más que a la mayoría convalidando el atropello de los demás: y eso fue el kirchnerismo, una democracia sin república que se arrogó el derecho de despreciar y atacar a quienes no estaban en sus filas.</p>
<p>Y aunque no parezca evidente, también aprendimos que todos estamos involucrados en política. Independientemente de que no nos sintamos perfectamente identificados con un candidato, tenemos que estar presentes: es en esa arena en donde se definen las cuestiones que afectan directamente a nuestra vida. El ejército de fiscales que se autoconvocó en estas elecciones hizo posible que las urnas reflejaran el sentir del pueblo. Fue el compromiso de un país por la política lo que hizo posible este domingo republicano. El kirchnerismo logró algo inédito: finalmente los buenos se empezaron a meter, para que los malos no tengan más lugar.</p>
<p>Esto es sólo el comienzo, sobre lo que vendrá tendremos que seguir reflexionando. Pero hemos dado un primer paso y espero que en el ballotage terminemos de desterrar al kirchnerismo de nuestro país.</p>
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		<title>Sergio Massa: sólo palabras fuertes</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Oct 2015 09:04:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Fue fortuito, alguien me recordó a Hamlet el otro día. Una conversación casual, una rememoración de aquella obra que leí hace ya muchos años y que hasta vi en el cine cuando se estrenó la adaptación de Kenneth Branagh. Ese personaje de Shakespeare siempre me resultó fascinante por la fuerza que tiene, por sus discursos... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2015/10/21/sergio-massa-solo-palabras-fuertes/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Fue fortuito, alguien me recordó a Hamlet el otro día. Una conversación casual, una rememoración de aquella obra que leí hace ya muchos años y que hasta vi en el cine cuando se estrenó la adaptación de Kenneth Branagh. Ese personaje de Shakespeare siempre me resultó fascinante por la fuerza que tiene, por sus discursos maravillosos, intensos, llenos de palabras fuertes: Hamlet habla como un héroe. Pero en los hechos no hace nada. Toda la obra transcurre con sus maquinaciones y su combate retórico contra el asesino de su padre. Su misión es vengar a su progenitor asesinado, lo dice, pero demora la acción. Y cuando finalmente lo logra, cuando la venganza se concreta, termina, en su afán por lograr su objetivo, no sólo muerto, sino que entrega el reino que debía proteger al enemigo, lo deja indefenso y sin líder. Ha muerto el rey (el asesino de su padre), ha muerto incluso él mismo, triunfa el enemigo invasor.</p>
<p><b>En estas elecciones presidenciales estamos eligiendo entre dos proyectos de país completamente distintos: por un lado, tenemos al populismo y, por el otro, a la república</b>. El primero no es más que una expresión moderada de autoritarismo y tiene muchos puntos de contacto con el concepto clásico de tiranía: la concentración de todas las facultades en una sola voluntad política y la representación de esa voluntad política que se plasma en el líder o tirano. La república, por el contrario, es la forma más avanzada de gobierno hasta el momento, en donde la división de poderes y la pluralidad de voces ejercen un control natural del sistema político, lo que reduce al mínimo las arbitrariedades y garantiza los derechos de los ciudadanos.<span id="more-291"></span></p>
<p>Daniel Scioli, no es necesario aclararlo, es el continuador de un populismo que ya lleva doce años atacando las bases de la República Argentina y de muchos de los valores por los que tantas personas han luchado en el pasado. Todos los demás candidatos, sin entrar en detalles, representan a la república y el fin del populismo: gane quien gane en este caso comienza un nuevo ciclo político para la Argentina.</p>
<p>Se ha discutido mucho durante este último tiempo sobre el voto útil. El concepto es sencillo: <b>si queremos que gane la república, entonces tenemos que votar por el opositor que más chances tenga de ganar.</b> Es un voto racional que deja de lado toda entraña para poner el sufragio en aquel que al menos pueda abrir un poco el horizonte político. No esperamos que este sea el mejor candidato, ni siquiera que sea un buen candidato, sólo necesitamos que trabaje por la república.</p>
<p>Quien quiere tener un gesto de independencia y vota por un candidato que no tiene chances de ganar sólo está poniendo el Gobierno en manos del continuador del kirchnerismo. Toda decisión difícil y sensata se basa en sacrificar mucho de lo que sentimos y pensamos en pos de un beneficio que no nos termina de satisfacer, pero que es, mirándolo de forma realista, el mayor beneficio al que podemos acceder. Y hoy este beneficio es que la Argentina tenga un cambio orientado a la reconstrucción de la república.</p>
<p>Las encuestas son tendenciosas, se construyen sobre aspectos técnicos que muchas veces no son del todo precisos. Cuando estamos hablando de un tema de tanto interés como las elecciones nacionales, hasta es posible que los aspectos técnicos sean superados por la necesidad de inclinar la balanza hacia el mecenas detrás del sondeo. El único dato real que tenemos es el de las últimas elecciones y son las que colocan a Mauricio Macri en el segundo lugar, convirtiéndolo en la opción realista frente a la continuación del kirchnerismo. Esto no significa que sea el presidente que todos anhelamos, ni siquiera que va a ser un buen presidente. Su función será la de dejar atrás esta oscura “década ganada” para comenzar a trazar el camino de la reconstrucción de la república.</p>
<p>Sergio Massa, al igual que Hamlet, es un personaje de discursos contundentes, de palabras fuertes. Y así como nos pasa con Hamlet, también nos gusta lo que dice Sergio Massa: es muy difícil resistirse a la seducción de discursos impetuosos y enérgicos. Nos pasa como espectadores en Hamlet, nos pasa como votantes al escuchar a Sergio Massa decir que va a “meter a todos presos”. Nos hierve la sangre, nos sentimos movidos. Incluso me atrevo a decir que nos sentimos atrapados por el encanto del antihéroe, que es el héroe que en realidad no es tal. En cierta medida nos fascina que a pesar de que Massa vaya a perder, de que no tiene ninguna expectativa de salir segundo, siga hablando como habla, siga empujando como empuja. En esto también se parece mucho a Hamlet. Pero los dos sólo se quedan en las palabras, porque no tienen la posibilidad de ir más allá. Los dos se enfrascan en una batalla retórica que, contrario a su voluntad, termina drenando la fuerza de muchos de los que están a su alrededor. Los dos erosionan su entorno, desgastan a oponentes y aliados. Pero al igual que sucede en la ficción, es fácil darse cuenta de que ni Massa ni Hamlet van a pasar de la épica retórica, porque los hechos los superan enormemente. <b>Votar a Massa es condenar a la Argentina al mismo destino al que condenó Hamlet a su reino. Massa no ganará, Macri no ganará y sólo habrá un vencedor. El kirchnerismo tendrá otro período más en el Gobierno.</b> Hamlet, en su esfuerzo estéril por llevar las palabras a la realidad, condenó a su reino a caer en manos del enemigo. Massa está haciendo lo mismo.</p>
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		<title>Hundidos en el presente</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Sep 2015 03:00:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>El problema que tenemos los argentinos es que estamos hundidos en el presente o en el corto plazo, que no es más que un presente extendido.</p>
<p>Los debates que se dan hoy en nuestra sociedad pasan por cuestiones económicas de corto plazo como el cepo al dólar y la devaluación. Incluso discutimos sobre cuestiones institucionales básicas, como la transparencia de los comicios. Llevamos más de treinta años de democracia, hemos celebrado nuestro bicentenario y nuestros debates continúan en la senda de lo embrionario, de aquello que los países más avanzados han definido y resuelto hace ya varios años.</p>
<p>Que estemos discutiendo sobre cómo hacer que las elecciones sean transparentes es un debate que nos regresa al momento en que se promulga la ley Sáenz Peña, más de cien años atrás. No digo que el debate no sea necesario, lo es, porque lo que pasó en Tucumán revela con contundencia que nuestro país es un gran reino lleno de feudos y eso se tiene que terminar. La Argentina, cien años después de que se declarara el voto secreto y obligatorio para romper con el régimen de fraude sistemático al que estaba sometida, se encuentra hoy nuevamente con barones del conurbano y gobernadores eternos.<span id="more-271"></span></p>
<p><b>Volver a un debate que tuvimos hace cien años nos demuestra que todavía no estamos preparados para mirar más allá</b>. Recuerdo una frase que dice: “Todos vivimos en el fango, pero algunos miran a las estrellas”. Nosotros no logramos levantar la cabeza para mirar las estrellas. Son debates necesarios, porque discutir nuestro sistema electoral y ponerle un fin al fraude que se viene perpetrando en los feudos de la Argentina es una necesidad para la democracia, para la república y para las instituciones. Pero son debates que tendrían que estar superados para posibilitar una discusión sobre los mecanismos necesarios para que nuestra república funcione mejor: nuevas vías de institucionalización para garantizar los derechos de las personas.</p>
<p>Nuestro sistema electoral es obsoleto, injusto y antirrepublicano. Porque si los partidos políticos y las personas de bien que quieren a la república tenemos que estar buscando la trampa cada vez que hay elecciones, entonces este no es el juego de las instituciones, sino el juego del más “vivo”, un juego que lleva tanto tiempo en la Argentina que ya parece que lo tenemos en los genes. Y es justamente esta malformación genética de nuestro pueblo la que a veces nos hace tolerar estas cosas y echarle la culpa al que sufre el fraude, porque no tuvo la astucia de cuidarse. <b>No se trata de ser astuto, sino de que las instituciones funcionen. Si hay fraude, falla la base de la república.</b></p>
<p>El cepo al dólar es una medida transitoria, aberrante desde el punto de vista económico, pero transitoria. Hoy el debate económico está basado en este único escollo. Absurdamente, el Gobierno nacional sigue marcando la agenda de la oposición, como lo hizo durante estos últimos doce años. Así como el cepo, hay innumerables problemas en esta área, la mayoría de ellos coyunturales.</p>
<p>El debate sobre esos problemas es fundamental: discutir sobre la inflación o los subsidios es algo que hoy necesitamos. Pero es increíble lo corto que es nuestro horizonte, porque estamos pensando solo en cómo salir de este laberinto económico en el que nos encontramos y no estamos pudiendo ni siquiera comenzar a analizar qué tipo de economía necesitamos. <b>Tenemos un Gobierno que habla de industrializar, cuando la industria en la Argentina es más un mito que una realidad</b>, porque por cuestiones geográficas, culturales y de disponibilidad de capital no tenemos hoy ninguna ventaja para convertirnos en un país industrial. Mucho menos si tenemos en cuenta que Brasil está tan cerca y tiene muchas más capacidades que nosotros.</p>
<p>Durante una década el Gobierno se prendió a las ubres del campo para sostener su estructura y su propaganda. Hoy se habla del campo, es un tema de debate, pero necesitamos ir más allá. No basta con un modelo agroexportador, que era casualmente lo que teníamos hace cien años. Otra vez, el debate vuelve al pasado, nos lleva varios escalones para atrás y hoy estamos discutiendo que la Argentina tiene que volver a apoyar al campo.</p>
<p>Catorce años después del 2001 estamos otra vez en una situación en la que sentimos que tenemos que volver a empezar. Es cierto, esto no es el 2001. Entre aquel año trágico y hoy la única diferencia es que hay cierto bienestar en la población: después de catorce años solo eso tenemos, un poco más de bienestar.</p>
<p>Hoy estamos hundidos en el presente, porque todo lo que estamos pensando, todo lo que estamos discutiendo, no es más que el principio de lo mucho que queda por hacer. Todo se refiere al día de hoy o a lo sumo al día de mañana. Tales son nuestros problemas, tan fundamentales, que no nos queda tiempo para levantar la mirada y pensar en lo que tiene que venir un poco más adelante. <b>Los candidatos presidenciales se encuentran enfocados en todos los problemas de corto plazo que nos va a dejar la administración actual</b> y es muy probable que durante los próximos cuatro años lo único que pueda hacer el nuevo Gobierno sea poner un poco de orden al caos que dejó esta “década ganada”.</p>
<p>El kirchnerismo ha destruido todo lo que ha tocado y por si eso fuera poco, ahora deja todo un país hundido en el presente, imposibilitado de mirar al futuro.</p>
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		<title>La hora de las obras</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Aug 2015 10:20:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Las inundaciones parecen ya una historia del pasado y los argentinos somos víctimas de una memoria floja: Si el problema pasó, nunca existió. Desmemoria que nos ha costado más de lo que creemos. Parece absurdo tener que decirlo, pero las obras se hacen antes de que surjan los problemas. Una vez que las lluvias llegaron,... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2015/08/21/la-hora-de-las-obras/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Las inundaciones parecen ya una historia del pasado y los argentinos somos víctimas de una memoria floja: Si el problema pasó, nunca existió. Desmemoria que nos ha costado más de lo que creemos.</p>
<p>Parece absurdo tener que decirlo, pero las obras se hacen antes de que surjan los problemas. Una vez que las lluvias llegaron, una vez que los cortes de luz comenzaron, no hay más nada para hacer, solo resignarse. Me resulta tristemente gracioso escuchar al actual gobernador de la provincia de Buenos Aires hablar de obras realizadas y de obras a realizar. <b>Una vez más la realidad es más dura que cualquier relato y pone de manifiesto otro aspecto más de la inoperancia de Daniel Scioli, que paradójicamente quiere gobernar el país</b>. Y a esa inoperancia se suma además cierta falta de sensibilidad al afirmar que, si no hubieran hecho obras, la situación sería peor. O incluso llegar a decir que hay que trasladar a las personas a otro lugar, al mejor estilo de intercambio de poblaciones de la primer posguerra.</p>
<p>Hace cerca de un año, si la memoria no me traiciona, fue en el funeral del abuelo de un amigo muy cercano de la infancia, cuando me encontré con este otro amigo músico que vive en Luján desde hace años. En aquel entonces me dijo: “Es terrible lo que pasa con esto de las inundaciones, tenés que escribir sobre eso, porque no se están haciendo obras”. Yo en su momento no tenía información concreta sobre la situación de la provincia a este respecto, pero hoy las cosas se hacen más evidentes y todos los diarios y los canales serios han puesto de manifiesto la situación actual que se vive en la tierra de Scioli. Mi anécdota atestigua además que esto de las inundaciones no es algo nuevo, algo desconocido, sino que una vez más <b>se trata de un Gobierno que es indiferentes a los males que sufre la población y se ocupa de anuncios vacíos en lugar de generar obras concretas</b>.<span id="more-261"></span></p>
<p>No quiero dejar de mencionar que las lluvias de estos días han sido excesivas, nadie lo puede negar. Es cierto que debido a eso, incluso de haber existido las obras, muchas situaciones no se podrían haber evitado. La naturaleza es impredecible, pero lo que uno no puede dejar de prepararse de la mejor forma posible: no fue el caso. Para ser completamente honestos, aquellos que hoy se justifican en la intensidad de las lluvias han denostado a Mauricio Macri en todas las ocasiones en que se inundó la ciudad de Buenos Aires. Es algo confuso tal vez, pero solían reclamarle al jefe de Gobierno que no había hecho obras en la ciudad y que por este motivo se anegaba. Son los mismos que hoy aseveran que las obras no pueden ganarle a las inundaciones.</p>
<p>No estaría escribiendo esta columna si solo se tratara de una cuestión aislada: Los desastres naturales existen y no se pueden evitar. Los hechos aislados solo pueden tratarse como tales y por lo tanto se trabaja sobre ellos desde la reacción, dado que la prevención se torna casi imposible. La reiteración de un problema, por otro lado, pone en evidencia una cuestión endémica que requiere acciones para ser revertida. Si las inundaciones en la provincia de Buenos Aires fueran una cuestión aislada, mi amigo que vive en Luján no se habría quejado amargamente, enfatizando que ese problema venía reiterándose desde hacía tiempo y que su intensidad se incrementaba con el tiempo. Evidentemente él estaba observando con dolor que se estaba tornando una situación endémica. Situación que el incremento poblacional y la extensión de las zonas urbanas hace más palpable y por lo tanto las obras deben hacerse todavía más urgentemente.</p>
<p>Hace ya muchos años, cuando estaba en el colegio, preparé un ensayo sobre el impacto de las catástrofes naturales. Llegaba a la conclusión, basándome pura y exclusivamente en datos estadísticos, de que en los países desarrollados el impacto de las catástrofes era menor que en los países en vías de desarrollo. La explicación era que los países desarrollados habían invertido dinero en obras, en prevención y en los sistemas de emergencias, cosa que los países en vías de desarrollo difícilmente podrían afrontar. Esto nuevamente nos marca con bastante claridad de qué lado se encuentra Argentina: <b>un país que tiene menos pobreza que Alemania, pero que sufre las catástrofes naturales como un país en vías de desarrollo.</b></p>
<p>Y vuelvo a la cuestión de la memoria. Porque Scioli gobierna la provincia desde hace ocho años y en las primarias ha sacado un caudal de votos que no tiene correlación con la situación en la que está la provincia. Y yo lo atribuyo al olvido crónico que padecemos los argentinos. <b>Desde el oficialismo se ha salido a denunciar el uso político de las inundaciones, lo cual es subestimar el intelecto de los ciudadanos</b>. Con este sobresalto de la naturaleza se puso de manifiesto la falta de gestión del Gobierno de la provincia de Buenos Aires y no se trata de una visión política, sino de una visión de la realidad. Y si el actual gobernador no ha hecho nada, entonces tiene que ser castigado en las urnas. Si no se ha podido ocupar de una provincia con todo el apoyo del Gobierno nacional, mucho menos podrá ocuparse de un país.</p>
<p>Es mi principal deseo que todos aquellos que fueron afectados por las inundaciones puedan volver pronto a su rutina, a su vida. También espero que la futura gestión de la provincia se tome en serio esta evidente necesidad de realizar obras concretas y efectivas. Pero también tengo la esperanza de que la memoria no sea tan volátil y en octubre los ciudadanos no le demos el voto a aquel que tuvo en su mano aliviar el sufrimiento de tantos miles de personas y no lo hizo.</p>
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		<title>Ni derecha, ni izquierda: república</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Aug 2015 10:17:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La polarización de las cuestiones es algo natural. Comienzan a surgir en la sociedad las ideas y van decantando, lo que da como resultado que solo algunas de ellas se nos presenten como alternativas reales. Esto suele suceder prácticamente ante cualquier toma de decisión: se presenta un  problema, van sugiriendo soluciones y de todas estas... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2015/08/06/ni-derecha-ni-izquierda-republica/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La polarización de las cuestiones es algo natural. Comienzan a surgir en la sociedad las ideas y van decantando, lo que da como resultado que solo algunas de ellas se nos presenten como alternativas reales. Esto suele suceder prácticamente ante cualquier toma de decisión: se presenta un  problema, van sugiriendo soluciones y de todas estas sugerencias se selecciona una cantidad limitada de alternativas, que son las que en definitiva se van a analizar y entre las que se va a decidir. Es una cuestión de limitación humana: me cuesta imaginar a un grupo de gente eligiendo entre más de tres o cuatro alternativas reales.</p>
<p>Este mismo proceso se da a nivel nacional e incluso mundial. Después de la Primera Guerra Mundial todo el mundo se había polarizado en torno a dos opciones: capitalismo o comunismo. La derecha y la izquierda. Eran extremos nítidos: con solo escuchar hablar a alguien era muy fácil saber de qué lado estaba. Como siempre, había un enorme colorido entre una opción y otra, pero era innegable que esas dos eran las madres de todas las alternativas.</p>
<p>A veces nos cuesta dimensionar cuánto nos marcan, a todos, los hechos de la historia mundial. <b>Los conceptos de izquierda y derecha han calado tan hondo que hoy, casi treinta años después de la caída del muro y el desguace del comunismo, esta polarización sigue vigente en los discursos</b>. Muchos votantes rechazan a Mauricio Macri porque es de derecha y tienen afinidad con el Gobierno porque lo consideran de izquierda. Ambas afirmaciones no son más que la mezcla de nombres actuales con conceptos perimidos.<span id="more-256"></span></p>
<p>La polarización entre izquierda y derecha tenía sentido cuando el mundo estaba dividido y no se sabía todavía cuál era la solución al problema de la administración de la riqueza. Era el fruto de una discusión que estaba vigente y que fue el eje de esos casi setenta años que transcurrieron entre el fin de la Primera Guerra Mundial y la caída del muro. Hubo tinta, sangre y se dilapidaron millones en la carrera armamentista, pero el problema se resolvió y hoy vivimos en un mundo capitalista. <b>Izquierda y derecha son ya dos categorías obsoletas que corresponden a otro tiempo de la humanidad, cuando el problema a dirimir era otro</b>.</p>
<p>Hoy vivimos en un mundo capitalista. Así dicho suena algo tremendo, porque llamarse a uno mismo “capitalista” es una afirmación algo contundente, pero lo cierto es que eso somos si nos referimos en los términos del conflicto de la Guerra Fría. Pero es una terminología arcaica la de “capitalismo” y “comunismo”, aunque absurdamente sigue subsistiendo la de izquierda y derecha: La inercia lleva casi treinta años.</p>
<p>Hoy ya no tenemos un problema político global, como lo hubo durante esos 70 años: Los problemas se han regionalizado. Europa debate si es necesaria más o menos integración. <b>En Latinoamérica estamos debatiendo si queremos república o populismo</b>. Ya hemos pasado la etapa en la que discutíamos si queríamos ser países democráticos. Hoy en América Latina, y en particular en Argentina, tenemos muy claro que queremos vivir en democracia.</p>
<p>Actualmente los problemas de la Argentina son otros. Un debate entre izquierda y derecha es negar lo que nos pasa, es mirarnos en el espejo y vernos con quince años menos. La Argentina no está eligiendo entre izquierda y derecha, la elección está hecha. Hoy somos una democracia capitalista. Pero no es la única decisión que se ha tomado en la Argentina. Ningún candidato podrá desmantelar los beneficios sociales que se han venido otorgando en estos doce años y tampoco nadie quiere hacerlo. No hay candidatos de lo público y de lo privado: Ni siquiera en la época de las privatizaciones se avanzó sobre lo público más allá de algunas empresas. Estas decisiones ya están tomadas, el resultado de las urnas no las van a cambiar. Lo que sí estamos decidiendo en estas elecciones es si queremos o no una verdadera república.</p>
<p>La Argentina tiene hoy una democracia que poco tiene de republicana: Gobernadores que funcionan como señores feudales, intendentes vitalicios, diputados eternos y mayorías automáticas son solo algunos de los síntomas. El próximo presidente no podrá hacer grandes cambios, pero podrá hacer su contribución, marcar el rumbo que otros seguirán trazando en el camino de la historia hasta que la Argentina sea una verdadera república.</p>
<p>Cometemos el error de darle a nuestros derechos políticos un papel secundario, creyendo que la democracia todo lo soluciona. Pero en democracia también es posible cometer atropellos, si no hay una república. Me atrevería a decir que está casi demostrado que en las sociedades más republicanas hay menos delito y un desarrollo económico a largo plazo que beneficia a toda la población. No es casualidad, es que la república es un sistema que obliga a los distintos poderes a hacer su trabajo, por su propia naturaleza, combate la corrupción endémica y proporciona un ambiente político más estable.</p>
<p>La república es el único entorno que permite garantizar los derechos de las personas, sobre todo de los más débiles. El ataque a la prensa es uno de los tantos atropellos que hoy comete el Gobierno. Pero no es el único, es el primero, porque si callan a los que hablan, entonces quedarán los que en silencio tolerarán la prepotencia. ¿Acaso no tenemos un fiscal cuya muerte no se puede aclarar? El error es creer que esas cosas no nos afectan a todos. Lo hacen: Cuando se vulneran los derechos de uno, luego se vulneran los de todos. Tenemos que tenerlo claro, todos estamos en la fila.</p>
<p>Estos últimos doce años han traído el feudo a la urbe y hoy tenemos un país feudal<b>. El kirchnerismo se ha encargado de minar las instituciones, de derribarlas para que no puedan hacer su trabajo, para dejar impune los crímenes cometidos.</b> Hoy la república está agonizando y es precisamente en estas elecciones donde vamos a decidir si le damos una nueva vida o le damos el golpe de gracia. Daniel Scioli, lo ha dejado claro en este último tiempo, es la continuidad del populismo y la muerte de la república. Del otro lado, sea el que sea, es una esperanza para una república que se apaga.</p>
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		<title>Sobre los preconceptos del delito</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Jul 2015 03:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>A todos nos preocupa el delito, al punto que se ha convertido en un reclamo del electorado en general para estas presidenciales: bien supieron leer esto los candidatos que están centrando sus campañas en los temas vinculados a la seguridad. Y entre tanto ir y venir me crucé en estos días con un artículo en otro medio que hablaba sobre la inseguridad. No era de ningún personaje político, sino más bien de un experto en el tema y por eso me llamó la atención que trabajara precisamente sobre la base de algunos preconceptos equivocados. Lo más llamativo es, sin embargo, que estos mismos errores los veo reflejados en la opinión generalizada de políticos, periodistas y público en general, lo que me motivó a escribir esta columna.</p>
<p><b>El primer gran error es el de desvincular la delincuencia de la pobreza.</b> Lo quiero dejar claro desde un principio, en la Argentina son dos realidades íntimamente relacionadas. El argumento principal es que mientras en otros países del mundo existe tanta pobreza como acá, la delincuencia no tiene los mismos niveles. Incluso se suele hablar del fenómeno de Estados Unidos, en donde en los momentos en que atravesaba su pico de delincuencia no era precisamente el de una crisis económica.</p>
<p>Paralelos de este tipo dejan de ser válidos desde el momento en que los fenómenos sociales complejos están inevitablemente enmarcados en una cultura y en un momento histórico. Así como sería absurdo analizar el comportamiento delictivo en la Edad Media y a partir de ello querer extrapolar soluciones para la Buenos Aires de hoy, también es absurdo analizar el delito en otros países y querer extrapolar soluciones para la Argentina: son paisajes sociales completamente distintos.<span id="more-249"></span></p>
<p>La definición de pobreza, ya sea implícita o explícita, varía entre países. En naciones como Alemania, la gente puede considerarte pobre si no podés comer embutidos todos los días. De hecho, hubo en su momento en una ciudad de Alemania una campaña para que todos los chicos al mediodía puedan tener su sándwich no vegetariano. A nosotros nos parece absurdo, pero en una sociedad donde existe un alto nivel de bienestar, los pobres son aquellos que no disfrutan de todos los beneficios del sistema. Porque <b>la definición de pobreza implícita, aquella que está en la mente de las personas, es una definición relativa y por lo tanto toma como parámetro aquello que vemos a nuestro alrededor</b>. Hace unos días una adolescente de la villa 21-24 fue a misionar al interior y al volver le dijo a su madre: “Ahora entendí lo que es la pobreza”. Ella se encontró en esa misión con personas que vivían peor que ella y entonces los consideró pobres. Esta definición implícita de pobreza que nos formamos está entonces vinculada a nuestras propias posibilidades económicas. La definición explícita suele estar fuertemente relacionada con la implícita, siendo justamente una objetivación de aquello que pasa por nuestras mentes. Por eso es que a quien se considera pobre en Alemania aquí sería una persona con un pasar bastante digno.</p>
<p>Teniendo en cuenta lo anterior, <b>en países más desarrollados, pobreza y delincuencia no tienen ningún tipo de relación, porque aquellos que menos tienen todavía algo tienen y llevan una vida digna. Pero en América Latina de la pobreza surge la marginalidad</b>, que es algo mucho más lacerante que la pobreza: se trata de personas que no están dentro de la sociedad, que no pueden insertarse en ella, no pueden contribuir y por eso no se sienten parte. De la marginalidad nace una brecha entre los que sí y los que no, y de esa brecha surgen dos sociedades. Siempre es fácil justificar la agresión contra el que no se concibe como un semejante, la agresión contra el que está en mi contra: los que viven en la marginalidad saben que los otros los quieren presos, los quieren ver desaparecer. Y los que no están en la marginalidad saben que los otros les quieren quitar lo que tienen. El sufrimiento del contrario no nos conmueve, es una regla de la humanidad.</p>
<p>Y de la marginalidad surge la delincuencia. De esa brecha casi insalvable entre las dos sociedades surge el delito, que se vive como el ataque de una facción contra la otra. ¿No es el narcotráfico la causa del delito? No, simplemente aprovecha ese sustrato delictivo para nutrirse y crecer: en las villas está la mano de obra, pero los compradores viven fuera. Es obvio, los pobres nunca son buenos clientes, ni siquiera para el narcotráfico.</p>
<p>Existe el pensamiento, trivial por cierto, de que aumentando las penas se termina con el delito. Encarcelar al delincuente no tiene otro fin más que sacar de la sociedad a aquel que la agrede. El problema en la Argentina es que hay tantas personas en situación de marginalidad que, cuando un delincuente es abatido o encarcelado, hay muchos más esperando para tomar su lugar. <b>Endurecer las penas es una medida que asume que el potencial delincuente entiende las consecuencias de sus actos</b>: no es cierto, los jóvenes que salen a delinquir tienen la idea de que ellos son brillantes, mejores que los demás y por ello nunca los van a atrapar. No importa cuántas veces la realidad les demuestra lo contrario, esa idea perdura, lo he visto con mis propios ojos.</p>
<p>No creo que el garantismo sea una doctrina judicial válida, todo lo contrario, las penas deben aplicarse y con la intensidad que corresponde: quien delinque debe ir a la cárcel. Pero resulta ciertamente injusto que solo terminen en la cárcel aquellos que no tuvieron los medios para poder escapar del brazo de la ley.</p>
<p>En la Argentina, cualquier programa contra el delito que no ponga el foco en la inclusión y la prevención es un programa condenado al fracaso. La urgencia de la situación a veces nos obliga a buscar soluciones de corto plazo, pero lo cierto es que no existen estas soluciones. Endurecer las penas, poner el foco en el aparato policial y judicial no es más que combatir el síntoma. Y lo peor del caso es que el síntoma es tan intenso que tanto el Poder Judicial como las fuerzas de seguridad se enfrentan a un reto más grande que su propia capacidad. Nuestro país se encuentra en una situación complicada y necesitamos de toda nuestra creatividad para poder revertir esta situación donde parece que el delito está llevando las de ganar.</p>
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		<title>El éxito de la Metropolitana y el fracaso en seguridad de Scioli</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Jul 2015 03:00:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Uno de los principales desafíos que enfrentará el próximo presidente de la Argentina es el de la delincuencia y en particular el del narcotráfico. Los argentinos somos cada vez más conscientes de la gravedad de la situación y a este respecto los candidatos deberían tener realmente mucho para decir. Hace unos días Daniel Scioli, con... <a href="http://opinion.infobae.com/christian-joanidis/2015/07/10/el-exito-de-la-metropolitana-y-el-fracaso-en-seguridad-de-scioli/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Uno de los principales desafíos que enfrentará el próximo presidente de la Argentina es el de la delincuencia y en particular el del narcotráfico. Los argentinos somos cada vez más conscientes de la gravedad de la situación y a este respecto los candidatos deberían tener realmente mucho para decir.</p>
<p>Hace unos días Daniel Scioli, con esa retórica que asombra por su osadía, volvió a hablar de seguridad, deshaciéndose en halagos para con las policías locales. Lo he dicho varias veces:<b> las policías locales no son una mejora, son un retroceso</b>. En primer lugar, porque se suman a una fuerza ya muy cuestionada como es la bonaerense: para ponerlo en concreto, es más de lo mismo. El hecho de que sean locales, a diferencia de lo que sostiene el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, no trae ningún beneficio. Suele decir que la policía local conoce el lugar, pero conocer el lugar no le da al policía que está en la calle ningún tipo de ventaja. De hecho, este tipo de conocimiento puede servir para diseñar acciones preventivas, incluso para realizar algún tipo de operativo especial: a nada de esto se dedicarán, sin embargo, las policías locales.<span id="more-241"></span></p>
<p><strong>Es simplemente una cuestión de estrategia electoral.</strong> Ante la imposibilidad de solucionar el problema real, se utilizan estas técnicas un tanto arteras para impactar positivamente sobre la opinión pública: detrás de esto está la esperanza de que los ciudadanos podamos confundir esta improvisación con una solución verdadera y duradera. No es el único que recurre a estos métodos, pero adicionalmente Daniel Scioli demuestra que la seguridad no es precisamente el tema que mejor maneja.</p>
<p><strong>Por el contrario, en la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, el candidato con el que Scioli polariza, ha sabido asesorase en cuestiones de seguridad y ha tomado medidas únicas en la Argentina, como lo es la creación de la Policía Metropolitana.</strong> Se trata de una fuerza nueva, con un concepto innovador: el de policía de proximidad. Es cierto que hubo algunas intervenciones que han dejado mucho que desear, pero fueron casos aislados, errores de juicio de unos pocos más que de la fuerza como tal.</p>
<p>La Policía Metropolitana nace como una fuerza diseñada especialmente para actuar en la ciudad y sobre todo es una fuerza que tiene al vecino como eje. Las demás fuerzas de seguridad de la Argentina tienen su foco puesto en otras cuestiones. La Gendarmería se dedica al cuidado de las fronteras, la Prefectura al cuidado de las aguas y la Policía Federal es una fuerza concebida para atacar delitos federales. No hace falta decirlo, <b>ninguna de esas tres fuerzas está realmente preparada para actuar en un contexto urbano</b>. Sin embargo, hoy las tres fuerzas mencionadas, por decisión del Ejecutivo nacional, operan en la ciudad de Buenos Aires: una prueba más de lo poco que entiende de seguridad el Gobierno nacional. No es casualidad que el narcotráfico haya avanzado tanto en esta década, es que del otro lado los delincuentes se han encontrado con un grupo de aficionados que creyeron que sabían de seguridad. Y es precisamente en esta misma senda que se ha puesto a caminar Scioli.</p>
<p>Desde su ignorancia, los políticos creen que el problema del delito se soluciona con más policías en la calle. Es por eso que arrojan efectivos ante los reclamos de la gente: es que nos tranquiliza ver a los uniformados en la esquina de nuestras casas. Pero lo que pocas veces se entiende es que el efecto de los uniformados en el delito es tan efímero como su presencia. La historia es real: en una zona caliente de la ciudad alguien se dirige a la parada del colectivo. Esta persona va tranquila, porque siempre hay efectivos de Prefectura en el lugar. Sin embargo, ese día los efectivos no están y al llegar a la parada sufre un asalto. Es lineal: el delito ocupa cualquier lugar que se le deja y no es posible que haya un uniformado en cada esquina.</p>
<p>De los dos candidatos con más chances en estas elecciones, <b>Mauricio Macri fue el único que entendió que la seguridad no pasa por que haya más efectivos, sino por implementar una forma distinta de policía: una diseñada especialmente para cubrir los requerimientos de la ciudad.</b> Esto no implica solo un entrenamiento distinto, sino también un enfoque especial al momento de actuar. Se trata de entender que en una ciudad hay vecinos y que los vecinos son el centro de la acción, no los delincuentes. Porque la Policía Metropolitana es una policía de proximidad que actúa desde un marco preventivo, haciendo todo un trabajo en la comuna que va más allá de poner un efectivo en una esquina.</p>
<p>No se trata de halagar a una persona porque sí, se trata de reconocer el mérito del que ha hecho, ejercicio que como electorado nos ayuda a tener cada vez mejores gobernantes. Por eso es que es justo admitir que mientras en la ciudad de Buenos Aires se ha encarado un trabajo serio y profesional con la Policía Metropolitana, del otro lado de la General Paz se pone el foco en las policías locales, que no solo son más de lo mismo, sino que además se basan en un concepto de marketing más que de seguridad. Y la seguridad de los ciudadanos no puede pasar nunca por una técnica de comunicación, porque el delito nos golpea en el rostro.</p>
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		<title>El candidato del aparato</title>
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		<pubDate>Tue, 26 May 2015 10:31:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p dir="ltr">No hay mérito en subsistir o perdurar en el tiempo. Estar en la fila esperando, durante muchos años, a que toque el turno no puede ser el único argumento para llegar a la Presidencia de la Nación. El kirchnerismo parece resignarse cada vez más al hecho casi consumado de que Scioli será su candidato. <strong>Un candidato que ellos desprecian, pero que parece ser el único que puede brindar no sólo un salvoconducto para los protagonistas de esta década ganada, sino también un triunfo con lo justo.</strong></p>
<p dir="ltr">Pero las encuestas que lo muestran ganador no logran darle méritos para ocupar el sillón de Rivadavia. Todos recordamos el aprieto en el que lo puso en aquel entonces el Ejecutivo cuando amenazó con no transferirle los fondos para pagar sueldos. Buenos Aires es todavía una provincia que no logra sostenerse con sus propios ingresos, a pesar de la gran cantidad de impuestos que recauda. La gestión evidentemente no fue el fuerte del Gobernador en estos años.</p>
<p dir="ltr">Pero tampoco lo fue la seguridad, que a fuerza de propaganda y medidas tan estridentes como ineficaces, se intentó imponer como un tema al que se le ha brindado la mayor de las atenciones. Todos lo sabemos: cruzando la General Paz el delito aumenta.</p>
<p dir="ltr"><strong>Salvo algún que otro municipio aislado, la Provincia no ha evolucionado en la última década. Nadie en su sano juicio felicita al piloto por no haber estrellado la nave: es lo que se espera, que la nave no se estrelle.</strong></p>
<p dir="ltr">En la reciente entrevista que le hizo Joaquín Morales Solá a Scioli quedó de manifiesto que la situación de la Provincia no es sólo una cuestión de contexto, sino de conducción. Hace unos años tuve un entrenamiento de prensa. Hicimos una simulación de conferencia de prensa en una situación de crisis. El único grupo que logró salvar la situación fue aquel que se dedicó a imponer su idea en lugar de contestar a las preguntas de los periodistas. La moraleja fue que no importa lo que te pregunten, vos tenés que decir aquello que querés que la gente escuche. A Daniel Scioli seguramente le dieron el mismo entrenamiento, pero no tuvo siquiera un ápice de sutileza al momento de aplicar la estrategia: Morales Solá le dijo de manera directa que “no estaba respondiendo la pregunta”. <strong>Y aquí no es cuestión de interpretación, por más adoración que uno sienta por Scioli, lo cierto es que se esforzaba por no dar respuestas. Pero llegó un punto en el que el esfuerzo se notaba demasiado y parecía ya sordo a cualquier interpelación del periodista.</strong></p>
<p dir="ltr">Es notorio también que no recuerde ninguna gran idea del Gobernador. Pareciera moverse en una vacuidad casi absoluta. Ni siquiera ha heredado del kirchnerismo ese don de hablar de izquierda mientras se actúa por derecha. Tanto la Presidente como algunos miembros del gabinete utilizan la palabra para transmitir alguna idea: contradictoria, inconsistente, pero idea al fin. Scioli parece no estar contaminado con ninguna ideología, es antiséptico.</p>
<p dir="ltr">Demuestra que se trata de una cuestión de conducción el hecho de que desde el inicio de su carrera ha sido un mar se sonrisas para con todos, incluso para quienes lo han maltratado públicamente, como lo hizo el kirchnerismo en tantas oportunidades. Y en todos los casos, ante las agresiones y los atropellos, Scioli reaccionó con una lealtad casi impensada. Sostenerse paciente a pesar de las provocaciones pueda ser una estrategia calculada, pero nunca puede esta estrategia durar una década. No espero de ningún gobernador que depende de las arcas nacionales una rebeldía brutal y caudillezca, pero sí al menos cierta marca, cierto ponerse de pie y mirar con firmeza. Otros gobernadores lo han hecho.</p>
<p dir="ltr">Pero a pesar de todo esto, Scioli logra erigirse como un candidato plausible en las próximas elecciones. Es el milagro del aparato y de la operación política. <strong>Un aparato que está enquistado en la Provincia de Buenos Aires y que se nutre de la conveniencia de los intendentes que marchan con resolución bajo el ala de aquel que les pueda garantizar la eterna permanencia.</strong> También La Cámpora se fue plegando con sutileza a su nuevo paladín: pura conveniencia. A esto se suman los operadores políticos del oficialismo que ven alguna esperanza de continuidad, no del modelo, sino de su propia carrera.</p>
<p dir="ltr">Así es como entre operadores y aparato han pujado y pugnado para que Scioli hoy se encuentre en el podio, alimentando las esperanzas de quienes de otra forma deberían batirse en retirada, dispersos y con temor a ser juzgados por sus crímenes de corrupción. Pero la última palabra la tendremos nosotros en las urnas.</p>
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