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	<title>Christian Joanidis &#187; Economía</title>
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		<title>Impuestos y sociedad: cómo compensar la concentración económica</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Oct 2014 09:48:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Cadenas]]></category>
		<category><![CDATA[Economía]]></category>
		<category><![CDATA[Impuestos]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Allá por los noventa irrumpieron en la vida de los argentinos las grandes cadenas. De supermercados, de restaurantes, de lo que fuera. Un modelo exclusivamente sajón que se instaló lentamente en nuestro país.</p>
<p>Hoy son cada vez más y adicionalmente crecen en fortaleza. Quedaron lejos aquellos tiempos en los que se entendía que esta concentración económica implicaba un beneficio para los consumidores. Hoy todos lo sabemos, sobre todo quienes que nos dedicamos a los negocios: la finalidad de una empresa es ganar dinero y cuanto más dinero pueda ganar, entonces mejor. Por otro lado, es cierto que la concentración implica menores costos para quien es dueño de una gran cantidad de negocios, pero eso no significa que como consecuencia de ello les cobre menos a sus clientes. Cuando las grandes empresas bajan sus costos, no bajan sus precios, sólo aumentan sus márgenes. Para ponerlo blanco sobre negro: los dueños de las cadenas no se preocupan porque los consumidores paguen menos, sino por ganar más dinero.<span id="more-158"></span></p>
<p><strong>Que las empresas estén para obtener un beneficio económico es algo lógico y esperado, para eso existen. Es incluso sano, porque de esa forma se dinamiza la economía</strong>. Aunque no guste admitirlo, la ambición personal sigue siendo, junto con el temor, una de las motivaciones más grandes de la humanidad. En la Argentina se suele ver con malos ojos al que hace dinero, pero la verdad es que es sano que haya gente ambiciosa que empuje para adelante, que esté motivada y que genere innovación, porque sin esa ambición la innovación no existiría. Por más que nos cueste aceptarlo, el altruismo no ha sido el motor de la mayoría de los adelantos que tuvo la humanidad.</p>
<p>No se espera de los empresarios otra cosa que el afán por hacer dinero. Pero en los modernos estados de derecho el Estado debe asegurarse que lo hagan dentro de límites que no perjudiquen a nadie. Incluso si el Estado está gobernado sabiamente esta ambición empresaria se encauza y entonces favorece al bien común.</p>
<p>En este sentido, es válido preguntarse si las cadenas entonces son buenas para todos. La respuesta es que no. Se suele argumentar que venden más barato, pero ya vimos que no es así: sólo ganan más dinero.</p>
<p><strong>Las consecuencias negativas de que existan grandes cadenas es que se va percudiendo el tejido social: porque hay unos pocos que tienen un negocio suculento y el resto son empleados.</strong> Esto implica que cuanta más concentración haya, menos negocios pequeños habrá y son justamente estos pequeños negocios los que dinamizan la economía: el dinero no se concentra y entonces hay más gente que vive mejor. Además generan más empleo y por lo tanto tienen un mayor impacto en la tasa de desempleo. Las cadenas hacen todo lo contrario.</p>
<p>Otro aspecto importante de esta gran concentración es que, al destruir a los pequeños locales, generan espacios vacíos en las calles y esto afea la ciudad. Los pequeños negocios tienen vida, tienen personalidad, mientras que las cadenas son estandarizadas. La ciudad, al llenarse de cadenas, pierde identidad y una esquina es siempre igual a la otra, porque están los mismos negocios. Este fenómeno es típico en las ciudades sajonas (Inglaterra, Estados Unidos y Australia): todas las ciudades son iguales, no hay diferencia, porque los locales del centro pertenecen a los mismos grandes negocios.</p>
<p>Otro gran problema que tienen las cadenas es que forman un oligopolio. Esto significa que tienen una posición dominante y que por lo tanto son las que determinan qué se ofrece en el mercado y a qué precio. Mientras que los pequeños comercios amplían la variedad y por lo tanto generan una competencia genuina, que redunda en un esfuerzo por atraer a los clientes. Las cadenas no tienen que hacer ningún esfuerzo, porque se convierten, con el tiempo, en la única opción, imponiendo así su voluntad.</p>
<p>Yo no creo que haya que prohibirlas, porque a menos que se trate de algo realmente intolerable, no hay que prohibir nada. Pero también es cierto que estas cadenas no son necesarias, no benefician a la población en general, y creo que podemos tolerarlas si de alguna forma remedian el daño que causan. Y esta remediación la pueden hacer pagando algún impuesto adicional, por eso es que yo quisiera que todas las cadenas contribuyan de manera especial. Cuanto más grandes son, más perjuicio causan. Por eso es que la mejor forma de estructurar un impuesto a las cadenas es que paguen un canon mensual proporcional a los metros cuadrados y la cantidad de bocas.</p>
<p>Este impuesto tiene una gran ventaja: no se puede evadir. Contrario a lo que sucede en los casos de ganancias o ingresos brutos, es imposible tergiversar la declaración de aquello que está vinculado a cuestiones físicamente observables y de acceso público (todos sabemos que en determinado lugar hay un local de una cadena). <strong>Este impuesto a las cadenas es una excelente forma para que los gobiernos locales puedan recaudar fácilmente y que con ese dinero puedan, por ejemplo, eximir del pago de ingresos brutos a los pequeños negocios.</strong></p>
<p>No es necesario que las cadenas dejen de existir, pero tiene que contribuir adicionalmente para remediar el daño que causan. Un impuesto a las cadenas nos puede ayudar a que se redistribuya la rentabilidad adicional que tienen para transferírsela a los pequeños comercios, que dan vida y personalidad a una ciudad.</p>
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		<title>Tiempo de dejar creer en los mitos</title>
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		<pubDate>Fri, 30 May 2014 10:17:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Joanidis</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Durante esta última veintena de años, y no sólo en la Argentina, las compañías automotrices han hecho lobby para que todos nosotros, los ciudadanos, pongamos plata de nuestro bolsillo para garantizar su subsistencia. No directamente, claro, <strong>pero la infinita bondad con la que son tratadas estas compañías por el Estado se financia con dinero que todos nosotros aportamos a través de nuestro trabajo diario.</strong></p>
<p>Es un lobby del que torpemente se hacen eco sindicatos y políticos, incluso los medios y la sociedad en general. Es un lobby que engaña, que a fuerza de falacias consigue lo que casi ninguna empresa logra en el mundo: que el Estado transforme su negocio inviable en uno viable.</p>
<p>Todos entran en pánico cuando una automotriz amenaza con cerrar o con suspender a sus trabajadores. Los sindicatos inmediatamente corren detrás de la fuente de trabajo: absurdo y anacrónico eufemismo para referirse a su ignorancia para proponer soluciones que garanticen un trabajo digno a todos y que se pueda sostener en el tiempo. Porque lo importante no es que la fuente de trabajo no se destruya, sino que haya trabajo para todos.</p>
<p>Tal vez por sostener una fuente de trabajo no se está permitiendo que las mismas se multipliquen. Un ejemplo concreto: ¿qué genera más trabajo, mil pesos gastados en un restaurante o mil pesos gastados en un auto? <strong>En el primer caso se trata de una actividad de mano de obra intensiva, en el segundo, la mayor parte del dinero se termina gastando en materia prima y energía.</strong> Porque si bien el auto se construye con trabajo, cuestan más la materia prima y la energía utilizadas que los salarios. Pero la pereza intelectual de los sindicatos no les permite hacer este balance y se arrojan sobre la fuente de trabajo que se pierde, en lugar de concentrarse en la fuente de trabajo que se podría generar. Siempre los ojos puestos en el hoy y nunca en el futuro.</p>
<p>Desde el gobierno inmediatamente se les presta ayuda -subsidios, financiación, exenciones y facilidades- para que puedan seguir generando un producto que la gente quiere a toda costa: los argentinos parecieran estar más enamorados de sus autos que de sus mujeres. Se piensa en la pérdida para la economía y entonces se incurre en una pérdida aún mayor, para evitar aquella que era menor. Así absurdo como suena, así sucede. <strong>Si la gente no compra autos, porque no puede, entonces gastará su dinero en otra cosa, por lo que aquello que no absorbe la industria automotriz, lo absorberá otra industria.</strong></p>
<p>Pero nadie se da cuenta de esto. Parece que si la gente no gasta su dinero en comprar un auto, entonces prenden fuego los billetes. Si desaparecen las automotrices, entonces otro sector se encargara de dinamizar la economía y de contribuir a su desarrollo. No es necesario que todos los ciudadanos “ayudemos” a estas gigantescas empresas para que sigan desarrollando su lucrativa actividad a costa nuestra.</p>
<p>Con el tiempo algunos negocios que se consideraban genuinos han pasado a ser odiados por todos. Pensemos en el tráfico de esclavos: en algún momento se dejaron de comerciar esclavos. A nadie se le ocurrió continuar con este negocio porque se iban a perder fuentes de trabajo o porque la economía iba a perder dinamismo. Lo mismo sucede con las tabacaleras: nadie en su sano juicio diría que hay que fomentar el consumo de tabaco para que no se pierdan fuentes de trabajo de la industria tabacalera. Y por último, nadie aceptaría reducir las normativas con respecto al cuidado del medioambiente que tienen que respetar las petroleras (las pocas que tienen y que cumplen), sólo para dinamizar la economía.</p>
<p>Ninguna nación cayó porque el tráfico de esclavos se terminó, ninguna economía quebró porque disminuye el consumo de tabaco. Pero parece que el mundo se va a hundir si se fabrican menos autos. Este mito lo han creado las propias automotrices, sobre todo los ejecutivos de las mismas, para salvar sus trabajos y sus salarios.</p>
<p><strong>La industria automotriz es además un problema para la salud de nuestro planeta. Incentivarla implica directamente incrementar la contaminación y por lo tanto atentar contra nuestro nivel de vida.</strong> La sociedad ha desacreditado ya a las tabacaleras y a las petroleras. Pronto será el turno de las automotrices. ¿Llegará el día en que también les haremos juicio por los problemas respiratorios y la disminución en la esperanza de vida que nos causan sus productos? Hoy la Ciudad de Buenos Aires, según la Organización Mundial de la Salud, registra niveles de contaminación que son perjudiciales para la salud. Sabiendo esto,  ¿quién quiere ahora que haya más autos circulando? ¿Quién quiere que con nuestro dinero se financie la contaminación de nuestro aire y la consecuente reducción de nuestros años de vida?</p>
<p>Los tiempos de nuestra ignorancia, aquellos en los que veíamos la contaminación y creíamos que era un signo de progreso, ya se terminaron. La industria automotriz no es la única forma de dinamizar la economía y tampoco es la única que genera puestos de trabajo. No sólo eso, los productos de la industria automotriz contaminan nuestro aire y disminuyen nuestra calidad de vida. Pero todo esto lo ignoran los principales actores de nuestra escena nacional, e incluso del mundo entero (recordemos que varios países han rescatado a GM de la quiebra). Es hora de que dejemos de creer en estos mitos de las automotrices.</p>
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