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	<title>Carlos Mira &#187; Jorge Lanata</title>
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		<title>Seguimos en la ignorancia</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Feb 2016 09:59:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Mira</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[gobierno]]></category>
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		<category><![CDATA[Mauricio Macri]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>El tiempo pasa y el Gobierno sigue sin dar a conocer el estado en que recibió el país. Es algo que, simplemente, no puede entenderse.<b> Se trata, antes que nada, de un monumental acto de injusticia: permitir que quienes destruyeron los bienes públicos y montaron el que probablemente sea el relato más mentiroso de la historia argentina, se salgan con la suya y no sean desenmascarados frente a la sociedad.</b> Es la confirmación de un país impune.</p>
<p>Porque hay efectivamente una diferencia sustancial entre “mirar para adelante y no buscar culpables”, como parece decir el discurso zen del Gobierno y consolidar un estado de impunidad que la gente votó cambiar.</p>
<p>La sociedad —y en esto incluyo a muchos de los que votaron por Daniel Scioli— está cansada de ver a vivos que se salen con la suya. Los ha visto por años. Los ha bancado con su dinero. Ha visto cómo se le reían en la cara. El presidente Mauricio Macri no tiene ningún derecho a defraudar a esa gente que confió en que él podría ser el inicio de un cambio en ese sentido.</p>
<p>Por lo demás, nadie le reconocerá nada a Macri por no revelar estas informaciones. Nadie se lo agradecerá, ni le concederá ninguna tregua política por ser bueno con ellos. Al contrario, si pueden verlo caer como culpable de lo que ellos hicieron, sentirán una enorme satisfacción. Es más, seguramente ya están trabajando para eso.<span id="more-1293"></span></p>
<p>Mientras el tiempo pasa, las líneas divisorias de las responsabilidades se siguen diluyendo. Las caras de piedra de los que destruyeron todo están agazapadas para volver, aprovechándose de este silencio. En ningún caso interpretarán esta decisión como una invitación tácita a la despedida de la política. No. De ningún modo. Insistirán. Y no descartarán ningún medio para materializar su regreso.</p>
<p>Desde antes de que el Gobierno de Cambiemos asumiera, estamos reclamando desde estas columnas que se revele el estado de cosas del país al 10 de diciembre de 2015. Fuimos los primeros en reclamar e insistir en ese punto. Pedíamos “una gigantesca conferencia de prensa” para que el Presidente dijera lo que encontró. Luego, otros muchos, desde los medios de comunicación, se fueron plegando a ese reclamo.</p>
<p>Hasta Jorge Lanata lo ha pedido en un artículo del fin de semana pasado en el diario <i>Clarín</i>, con palabras muy parecidas a las que nosotros usamos en <b>Infobae</b> en la columna “<a href="http://opinion.infobae.com/carlos-mira/2016/02/09/el-discurso-del-1-o-de-marzo/">El discurso del 1° de marzo</a>” hace ya varios días. Es probable que ahora, porque lo dijo Lanata, muchos le presten más atención. Pero, si así fuera, francamente resulta incomprensible cómo fue necesario que lo dijera Lanata para entender el valor de una obviedad más grande que una casa.</p>
<p>También hemos repetido hasta el cansancio que la actitud del Presidente y del ala zen del Gobierno conlleva una enorme subestimación de la sociedad. En efecto, <b>no es posible considerar madura a la sociedad para aceptar los cambios (como dijo Macri) y luego no tener el mismo concepto de ella cuando se trata de informarle cómo están las cosas.</b><b></b></p>
<p>El pueblo tiene derecho a saber por qué se le van a pedir tantos sacrificios. También tendría derecho a conocer, aunque más no sea, una proyección estimada de los resultados de ese sacrificio. Pero pedir el esfuerzo y no explicar por qué se pide no es aceptable.</p>
<p>En los corrillos políticos se decía que esta deuda inentendible se vería parcialmente reparada en el discurso de inauguración del Congreso el 1° de marzo. Se dijo que el Presidente le dedicaría 50 minutos a explicar lo que recibió y 50 minutos a hablar del futuro.</p>
<p>Pues bien, esos rumores han empezado a disiparse. Ahora parece que los 50 minutos de inventario ya no serán tantos. Francamente, no se entiende. La insistencia en esta especie de tara inútil no tiene ningún justificativo.</p>
<p>Nadie creerá que por revelar cómo se encontraron las cosas el día que se asumió el Gobierno, Macri vaya a ser considerado un hijo de tal por cual o alguien que quiere seguir profundizando la división.</p>
<p><b>No hay peor división que aquella que se oculta artificialmente. No hay peor manera de unir que intentar hacerlo con la mentira o con la ocultación de la verdad</b>, que, a los efectos prácticos, es más o menos lo mismo.</p>
<p>La unión de los argentinos —que valientemente el Presidente identificó como uno de sus objetivos de gestión— debe lograrse a partir de que todos sepamos las mentiras a las que fuimos sometidos, el formidable robo a que el país fue expuesto, y el penoso estado en que quedaron las cuentas públicas, gracias, entre otras cosas, al financiamiento, justamente, de un relato fantástico.</p>
<p>Es cierto que muchas porciones de la sociedad ya lo saben y otras lo presumen, aun cuando no tengan los datos duros. Pero eso no basta. Es necesario llegar con la información precisa a quienes se han entregado a un credo vacío que hundió al país en una sombra de la que llevará años salir.</p>
<p>Esa gente debe conocer cómo fue robada, ultrajada, usada, ninguneada, engañada. Debe tener el detalle de cómo se evaporaron años de dinerales públicos que fueron a parar a manos privadas. Debe conocer las fortunas mal habidas, los desfalcos, el crecimiento inexplicable de los patrimonios, la desaparición de miles de millones de dólares y las múltiples fuentes de la corrupción.</p>
<p>El Gobierno que terminó el 10 de diciembre no se privó de nada. Desde las millonadas de Milagro Sala, Lázaro Báez, Cristóbal López y Electroingeniería hasta chorear con las habitaciones de los hoteles de Calafate o adulterar los viáticos de los viajes presidenciales al exterior, el kirchnerismo le entró a todo, sin reparar si lo robado eran grandes sumas o chiquitajes. No hay derecho a que ese mecanismo sistemático de exacción del Tesoro Público quede impune y en el anonimato.</p>
<p>La revelación de lo encontrado debería tener el mismo rango de magnitud: desde los grandes negociados hasta los cuadros y las computadoras que faltaban en la Casa Rosada y en los ministerios cuando dejaron el Estado.</p>
<p>Ninguna postura de equilibrio de las emociones puede justificar la impunidad de lo que aquí ocurrió. Esas armonizaciones del espíritu están bien para alcanzar la paz individual, pero no son trasladables al ejercicio de la jefatura del Estado.</p>
<p>La sociedad no puede seguir siendo tratada como una adolescente, porque si todo el mundo, por razones diversas, la trata así, pues eso es lo que seguirá siendo.</p>
<p>Además, no es cierto que las posturas de dar vuelta la página y mirar para adelante den siempre resultado. Y desde ya ni siquiera deberían ser una opción cuando lo que está en juego es el desenmascaramiento del verso más pernicioso que alguien haya montado jamás en la Argentina. El Presidente, por más zen que sea, no puede darse ese lujo. La sociedad no lo votó para que quiera convencernos de que lo que es bueno para su propio espíritu lo sea para el de todos. La sociedad lo votó para que diga la verdad y para que termine con el malicioso círculo de que, quien las hace, no las paga.</p>
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		<title>La estupefacción del gobierno dueño</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Aug 2013 10:29:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Mira</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Cristina Kirchner]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Lo que está ocurriendo en la Argentina es francamente bizarro. Los problemas se acumulan y nadie los atiende. El gobierno de la señora de Kirchner parece paralizado detrás de <strong>paranoias incomprensibles</strong> para alguien que se ufana de haber construido un aparato estatal que todo lo controla y que a todo puede dar respuesta.</p>
<p>La reacción frente al programa <strong><em>PPT</em></strong> del domingo por la noche más que desmedida fue incomprensible. <strong>Sólo alguien muy fatigado por el poder podía no ver la magnitud del daño que se autoinfligiría tomado por el camino que tomó el gobierno.</strong></p>
<p><strong><span id="more-244"></span>Un programa llamativamente vacío de contenido -comparado con lo que han sido otras investigaciones del mismo ciclo- logró sacar de las casillas a un gobierno desbordado</strong>. La respuesta fue atroz. Desde “<strong>sicario</strong>”, hasta “<strong>asesino</strong>”, pasando por “<strong>diablo</strong>”, fueron todos los calificativos que le dedicaron a <strong>Jorge Lanata</strong>, que el domingo (quizás en un acto fallido de aceptación que no tenía nada sólido detrás de su viaje a las <strong>Seychelles</strong>) agradeció al aire que el gobierno haya reaccionado de ese modo. Le habían dado lo que no tenía: la <strong>sospecha de la verosimilitud</strong>.</p>
<p>Pero el episodio vale más por lo que deja ver que por lo que es. Sólo alguien que ha perdido el sentido de las dimensiones podía reaccionar de esa manera. Alguien que, evidentemente, no tiene la menor idea de cómo funciona el periodismo, ni cómo trabajan los periodistas, ni para qué sirve el periodismo, ni cuál es la función de la prensa.</p>
<p>Encarar lo que Lanata mostró por la televisión como un atentado a la democracia, como una prueba de que hay sectores que quieren destituir al gobierno, que hay en marcha un derrocamiento de Cristina, es francamente desopilante. Tan desopilante como que alguien quisiera desplazar ahora del gobierno a quien causó gran parte de las distorsiones que están por sincerarse: <strong>nadie sería tan estúpido como para cargar con las consecuencias de causas que engendró otro</strong>. Hasta desde el punto de vista de la picardía política lo aconsejable sería esperar y que quien causó el engendro sufra electoralmente sus efectos. De modo que el verso del “golpe” es solamente eso, un verso; un intento de victimización burdo que nadie en su sano juicio puede creer.</p>
<p>El periodismo cumple la función de un aguijón. Si un gobierno no puede digerir esa verdad de la democracia, entonces no es un gobierno democrático. El periodismo es molesto, desconfiado, sospechador del poder… Está para encender luces por aquí y por allá, sólo para que el poder sepa que no está solo y que la ciudadanía tiene una vía para conocer aunque sea parte de sus manejos.</p>
<p><strong>Richard Nixon</strong> podría haber denunciado un plan de desestabilización de la democracia norteamericana cuando la prensa investigó sus escuchas ilegales a la sede del Partido Demócrata. Pero ni se la pasó por la cabeza; sólo hubiera agregado un problema más a su por entonces larga lista de infortunios. Lo mismo podría haber hecho <strong>Sarkozy</strong> y ahora <strong>Rajoy</strong>. <strong>Dilma</strong> también podría haber lanzado la misma acusación cuando arreciaban las denuncias por corrupción de sus ministros. Pero <strong>ninguno de ellos optó por esa alternativa totalitaria. Se las aguantaron</strong>. Dieron explicaciones (mientras pudieron), echaron funcionarios y, en el caso del republicano, se fue cuando su proceso de juicio político era inevitable. Pero aun en ese extremo la democracia norteamericana siguió funcionando como lo venía haciendo en los 200 años previos. Es más, luego del vicepresidente <strong>Ford</strong> -que asumió el Ejecutivo- el siguiente funcionario en la línea sucesoria no era republicano, era el legendario <strong>Tip O’Neal</strong>, el <em>Speaker of the House</em> (presidente de la Cámara de Representantes) que pertenecía al partido demócrata. No hubo allí ninguna diputada <strong>Di Tullio</strong> que se le ocurriera insinuar que semejante hecho constituía un “golpe institucional” como la ahora candidata a renovar su banca por el FpV acaba de sugerir aquí para el caso de que la oposición pretenda quedarse con ese cargo en la Cámara baja, luego de las elecciones de octubre.</p>
<p>Todas estas rarezas sólo pueden ser entendidas cuando al análisis se le aplican los criterios no de un gobierno meramente temporal, administrador ocasional de la cosa pública, sino de <strong>un gobierno “dueño”</strong>, es decir de un gobierno que cree que tiene la propiedad del país y que puede hacer y deshacer a su antojo sin rendirle cuentas a nadie. Es lógico que, en esa composición de lugar, cualquier acto que desafíe la autoridad sea considerado como un atentado a la estabilidad y como un intento “antidemocrático” de destitución. <strong>El gobierno reaccionó como lo hace quien queda estupefacto ante lo que no puede creer: “cómo alguien se atreve a desafiar nuestra ‘propiedad’ de ese modo”.</strong></p>
<p>Lo que esa interpretación no advierte es que, según todos los cánones normales de las democracias, lo antidemocrático es, precisamente, creerse el dueño eterno del país y que los demás sean todos conspiradores.</p>
<p>Hasta la terminología casual y desprevenida de la presidente denota esta convicción espontánea. La señora de Kirchner, en su ya célebre discurso de <strong>Tecnópolis</strong> el martes siguiente a las PASO, dijo que quería discutir con los “dueños de la pelota”, con los “titulares y no con los suplentes que (ME) ponen en las listas”. Ese adverbio “me” denota que la presidente entiende que ella es la dueña de estas tierras, que solo por su gracia concede las elecciones y que la oposición “LE PONE”  los candidatos “A ELLA”, no al país o a disposición de la gente.</p>
<p>Independientemente del mecanismo de pensamiento fascista (el gobierno de las “facsces” o corporaciones) que esta expresión deja ver claramente (los políticos son meros suplentes de los poderes “reales” que están en los bancos, en las empresas, en los sindicatos, en las industrias, en el campo), <strong>la presidente cae sin advertirlo en el uso de un lenguaje que expone de modo transparente como ella se interpreta a sí misma: como la única dueña del pueblo.</strong></p>
<p>Es extraño que una peronista como Cristina reniegue de las “fasces”, cuando fue su movimiento el inspirador de la representación sectorial, el que llevó esa interpretación corporativa a la política y el que instaló una discusión entre popes, paralela -y muchas veces ajena- a los procesos electorales de la democracia.</p>
<p>¿Cómo se considerará la señora de Kirchner de acuerdo a su propia interpretación? Ella es una política que ha estado en varias listas. ¿Ha sido ella la “suplente” de otros poderes reales? “¡Nooooo…!”, responderá la presidente; “yo represento al pueblo, son los demás los que -aunque los vote el pueblo, como antes me votó a mi- están al servicio de otros intereses, ocultos, poderosos, espurios… El pueblo soy yo, aunque sea minoritaria, los demás son ‘suplentes’…”</p>
<p>Es esta locura que se sabe insostenible la que ha esparcido un estado nervioso que les impide ver con claridad cuáles respuestas son las adecuadas. Ese estado de ceguera violenta quizás explique por qué convirtieron en un éxito de repercusión un programa de televisión cuyo contenido puro había sido un fiasco.</p>
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