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	<title>Andrea Estrada &#187; Estado</title>
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		<title>De exabruptos y otros tonos</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Oct 2014 09:32:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Estrada</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Será porque últimamente estoy extremadamente permeable al tono de los discursos –de hecho, siento que las palabras han perdido toda capacidad referencial– que lo que más me conmovió de la conferencia de prensa que dio Vanesa Orieta, la hermana de Luciano Arruga desaparecido hace 5 años y 8 meses, fue el tono de sus palabras. Ese tono franco y contenido con el que anunció que había encontrado el cuerpo del joven, que todo se podría haber resuelto mucho antes y que “la voz oficial está acá, no está en otro lugar. Todos los que hablen por nosotros no sabrán la verdad. Remítanse a nosotros”.<span id="more-79"></span></p>
<p>Lo cierto es que, tomadas en forma aislada, algunas frases del discurso de esta joven podrían parecer una especie de anuncio de triunfo bélico, como esas que dicen, “Vencimos a la desidia y a la impunidad” o “Lo logramos”, pero sin embargo, en ningún momento son pronunciadas con una entonación exaltada, altisonante o triunfalista. Por el contrario, <strong>sus palabras conmueven porque brotan tamizadas por un tono discursivo que me atrevería a describir casi como “litúrgico”, parecido al de las homilías</strong> con el que los buenos sacerdotes católicos explican de manera sencilla y emotiva algún pasaje bíblico. Y es con esa misma conmovedora entonación que <strong>Vanesa Orieta nos lanza una verdad contundente, que ella es “la voz oficial”, es decir, que no ha sido el Estado sino ella y solamente ella</strong> –aunque en varias oportunidades mire hacia el lado derecho donde está su madre– la que ha llevado adelante la investigación sobre la desaparición de su hermano.</p>
<p>Qué importante es la entonación en los discursos. Y si bien suele decirse que la altisonancia declamatoria es propia de los regímenes autoritarios, también es sabido que Franco, al contrario que Hitler y Mussolini, usaba siempre un tono falsamente humilde. Es decir, <strong>el tono también puede engañarnos</strong>, aunque me atrevería a afirmar que <strong>la afectación y la mentira son más fáciles de detectar a través de los gestos y de la entonación que por medio de las palabras mismas.</strong></p>
<p>Conozco a otra mujer que habla de un modo parecido a Vanesa Orieta y cuyo tono discursivo también me conmovió desde el momento mismo en que la conocí. Viviam Perrone, la mamá de Kevin Sedano, una de las “Madres del dolor”, que ha sostenido con un tono tan dulce como perseverante, una hercúlea batalla para que Eduardo Sukiassian, el culpable de haber atropellado y abandonado a su hijo en la avenida Libertador en mayo de 2002, terminara de cumplir su condena.</p>
<p>Y conozco también otras mujeres que pueden aportar buenos ejemplos como para cerrar la idea de la importancia de la entonación discursiva. <strong>Me refiero concretamente a las peroratas exaltadas de las diputadas Diana Conti y Graciela Camaño</strong> durante el plenario de comisiones por la ley de hidrocarburo, cuya falta de educación, mesura y don de gente, contrastan con <strong>Vanesa Orieta y Viviam Perrone: dos mujeres que no necesitan exaltarse para decir sus verdades.</strong></p>
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		<title>A la cola, chiquita&#8230;</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Apr 2014 09:38:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Estrada</dc:creator>
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		<category><![CDATA[delincuencia]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Durante las últimas semanas, <strong>me dediqué a relevar en los distintos medios periodísticos, los argumentos con los que comunicadores, pensadores y periodistas denostaron con lógica razón los linchamientos de los vecinos contra arrebatadores y asaltantes callejeros</strong>. Y si bien comprendo que ante una situación tan dislocada como la que implica ejercer justicia por mano propia no queda otro camino que echar paños fríos y condenar la bestialidad de los que remedan la misma barbarie que atacan, creo que la cosa es mucho más complicada de lo que parece.</p>
<p>Que patear y linchar a alguien que ha robado una cartera en la calle es un delito no es ninguna novedad, y que esto sucede porque no existe un Estado que garantice seguridad y justicia a sus ciudadanos, tampoco lo es. Pero además, proclamar que no debemos identificar marginalidad con delincuencia porque va en contra de la recomposición del tejido social no alcanza ni para entender el asunto ni para solucionarlo. Por otra parte, hay dos cuestiones que no han sido señaladas con suficiente énfasis en los análisis sobre la inseguridad. La primera es que <strong>no creo que los linchamientos respondan a un sentimiento de justicia asesino y descontrolado, sino más bien a una respuesta intuitiva y lógica de apresar y sujetar a quien nos ha atacado y que, además, no sabemos si puede matarnos de un balazo o de un puntazo certero</strong>, como ha sucedido en muchísimas oportunidades. Y la segunda cuestión es que quien alguna vez haya sido víctima de este tipo de ataques en la calle, sabe lo terrible que es la indiferencia del prójimo, ese “no te metás”, que bien puede ser simplemente una reacción ante el miedo.</p>
<p>Hace unas semanas, en Palermo, a la vuelta de mi casa, se inauguró un supermercado en el predio que durante muchos años habían ocupado un local de ropa francesa y un restaurante familiar, en el que un domingo de hace unos años nos asaltaron a mano armada. Y aunque la curiosidad pudo más que la fidelidad al chino de mi barrio, por lo menos me permitió comprobar el orden y la limpieza del nuevo supermercado, cuyo brillante piso de porcelanato delataba el otrora pasado <i>fashion</i> del local.</p>
<p>Pero no todo lo que reluce es oro, porque cuando me disponía a pagar, se armó un tole tole de aquellos. Ante una gran demora, se había habilitado una nueva caja a pedido de una joven apurada, que consideró que el éxito de su reclamo la hacía merecedora de pasar por delante de las diez personas que estábamos en la cola. Los insultos y las protestas no se hicieron esperar, pero fue en realidad el grito amenazante de “¡a la cola, chiquita!” de una señora mayor, lo que le permitió a la trasgresora dimitir de su avivada, volver a su lugar y así salvarse de que casi la lincharan.</p>
<p><strong>No fue un hecho de violencia por robo ni una lucha de ricos contra pobres</strong>. Solamente se trató de la combinación de dos factores: una típica avivada argentina –la misma que podría repetirse en las rutas atestadas de autos, cuando los inescrupulosos burlan a los conductores correctos, circulando impunemente por las banquinas– y una reacción desmedida y desproporcionada de un grupo de personas.</p>
<p>Factores ambos que demuestran, entre otras cosas, que la inseguridad no es una <i>sensación</i> sino más bien una <i>reacción</i> social, de cuyo cuidadoso análisis depende, en gran parte, la solución el problema.</p>
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