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	<title>Andrea Estrada &#187; Brasil</title>
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		<title>Las cosas por su nombre: esclavitud infantil</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Aug 2015 10:31:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Estrada</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La problemática del trabajo infantil, forma de esclavitud moderna que se origina cuando familias pobres, en general de áreas rurales, entregan sus hijos a familias más pudientes para que ayuden en las tareas domésticas, es similar en varios países del mundo. Esta práctica tiene una fuerte impronta cultural y <strong>encierra generalmente la falsa idea de que esa pseudosolidaridad familiar -ya que a veces el canje concierne a familias emparentadas- redundará en una mejor calidad de vida y en la única posibilidad de que estos niños accedan a la educación</strong>.</p>
<p>Pero esta no es la única forma de esclavitud moderna, ya que 35,8 millones de personas en el mundo sufren alguna forma de sometimiento, como los casamientos forzados, el tráfico de personas para la explotación sexual, la esclavitud doméstica, la indefensión de los pescadores aislados en el mar o las condiciones infrahumanas en las que trabajan las personas que intervienen en la cadena de producción de muchos de los productos que consumimos a diario, como la ropa, los teléfonos e incluso los alimentos. La cifra consignada más arriba proviene del GSI, sigla en inglés que significa índice global de esclavitud, según el informe realizado por Walk Free, organización creada por el magnate australiano Andrew Forrest con la finalidad de denunciar y evitar la esclavitud en cualquiera de sus formas.<span id="more-104"></span></p>
<p>En la página web de esta fundación pueden consultarse los resultados de las encuestas tomadas en 2014 en cuatro países, en las que se les pregunta a los encuestados si estarían dispuestos a pagar más dinero por los productos de cuatro rubros (comida, té y café, indumentaria y accesorios, y electrónicos) si se les garantizara que han sido fabricados sin trabajo esclavo. En el Reino Unido, entre el 52 % y el 58 % de los encuestados aseguran que estarían dispuestos a pagar un 10 % más por los productos libres de trabajo esclavo, en Estados Unidos, entre el 46 % y 48 %, en Brasil, el 78 % y en India, el 54 %. La encuesta indaga además sobre la posibilidad de que los Gobiernos otorguen algún tipo de certificación que alerte a los consumidores sobre el modo en que han sido elaborados los productos y también perfila las implicancias de los resultados obtenidos, aunque personalmente no me parece que las cifras describan las diferencias sustanciales de la problemática que naturalmente tendrían que surgir de países con realidades sociales y económicas tan diferentes.</p>
<p>Por otra parte, <b>se calcula que un cuarto de los 35,8 millones de personas esclavizadas en el mundo son niños</b>, a los que, entre otros muchas formas de abuso, se obliga a intervenir en conflictos armados o se entrega en esta siniestra forma de solidaridad familiar en la que a menudo, con la excusa de que deben realizar tareas domésticas a cambio de educación, son privados de comida y de buen descanso, y son sometidos a actividades que estarían prohibidas para chicos chiquitos, como manipular aceite caliente, cuchillos o limpiar baños, por ejemplo.</p>
<p>Pero hay algo más en todo este aterrador panorama que me resulta curioso y es el modo en que la lengua hace gala de toda su capacidad eufemística para nombrar de diferente modo, según el país, la misma y deplorable práctica de abuso infantil. Así, en Perú los llaman “ahijaditos”; en Paraguay, “criaditos” y en Haití, “restavek”. Esta última palabra es una contracción del francés -lengua oficial de Haití junto con el creol, mezcla de francés, lenguas africanas y vocabulario español- <i>rester avec</i> ‘quedarse con’, exactamente lo contrario del deseo de estos niños, que suelen escaparse de sus familias de acogida en la adolescencia para caer, sobre todo en el caso de las niñas, en la prostitución. Es obvio que <b>como hay una imposibilidad social y moral, un verdadero tabú que impide hablar de “esclavitud”, “abuso”, o “sometimiento” infantil, es necesario enmascarar esta realidad, manipularla para que parezca otra cosa y así mitigar su impacto negativo</b>, de allí que en español se nombre a los niños esclavos como “ahijaditos” o “criaditos”. Bien lejos están estos pobres chicos de ser ahijados o bien criados, lo que se pone de manifiesto en el uso del diminutivo, que antes que expresar cariño -como sería lógico para el caso de cualquier palabra no tabú- redobla el sentido negativo de ambas expresiones. Es el mismo recurso que con magistral talento utiliza Guillermo Saccomanno en la novela <i>Cámara Gesell</i>, que llama “los abusaditos” a los niños que han sido abusados en un jardín de infantes de la ciudad de Villa Gesell.</p>
<p>En la Argentina Gustavo Vera lucha desde la ONG La Alameda contra la trata de personas, el trabajo esclavo, la explotación infantil, el proxenetismo y el narcotráfico. Y defiende los derechos de los niños, como los de Ezequiel Ferreyra, de 6 años, esclavizado, como muchos otros, en la granja La Fernández por la empresa Nuestra Huella, que lo trajo en 2007 junto a su familia desde Misiones con la promesa de un trabajo estable y una casa segura. Pero resulta que el padre de Ezequiel debía juntar miles de huevos por día y, como el tope que le imponía la empresa era imposible de cumplir, toda la familia terminó encerrada en un galpón lleno de excrementos de gallinas y de agroquímicos altamente cancerígenos que habrían provocado la muerte de Ezequiel.</p>
<p>Gustavo Vera es un ejemplo de lucha, y no será un magnate como el australiano Andrew Forrest fundador de Walk Free, pero es nuestro y, además, va directo al grano, sin eufemismos ni para denunciar el trabajo esclavo, ni para donar la mitad de su sueldo de legislador para causas nobles.</p>
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		<title>Santa Maria y Cromañón: contar las tragedias</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Jan 2014 15:09:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrea Estrada</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace exactamente un año, el 27 de enero de 2013, a las 2:30 de la madrugada, se producía <strong>la tragedia más grande en la historia de la ciudad de Santa María</strong> en el estado brasileño de <strong>Río Grande do Sul</strong>. Las terribles imágenes que en aquel momento reproducían la cobertura mediática del incendio en el interior de la discoteca <strong>Kiss</strong> impactaban por sí mismas, pero además, suscitaban el recuerdo nefasto de la secuencia de hechos de aquella otra noche de verano, la del 30 de diciembre de 2004, en la que la voz incrédula de mi hijo adolescente me contaba que algo había pasado en el recital del grupo <strong>Callejeros</strong> en el boliche <strong>República de Cromañón</strong>, al cual no lo había dejado ir porque se había llevado materias a marzo. Recuerdo también el viraje vertiginoso de la cobertura informativa que rápidamente dio cuenta de la gravedad del incendio y de la terrible desorganización en la atención de la víctimas, como también de la esperanzada consternación que movilizaba a cientos de padres en la búsqueda de sus hijos por hospitales y morgues.</p>
<p>Pero el paralelismo entre la tragedia de Santa María y la de Cromañón va más allá de las imágenes que en enero del año pasado mostraba la televisión. Porque en la discoteca Kiss, también se llevaba a cabo un recital organizado por estudiantes de la <strong>Universidad Federal de Santa María;</strong> porque también un elemento de <strong>pirotecnia</strong> había incendiado el techo de espuma acústica; porque también había una única puerta de salida que había sido bloqueada por el personal de seguridad que pensaba que se trataba de una pelea; porque también habían muerto en el baño un montón de personas que creían que se trataba de la salida de emergencia; porque <strong>Elissandro Spohr</strong>, versión vernácula de nuestro convaleciente <strong>Chabán</strong>, también se había victimizado e intentado ahorcarse con una manguera en el hospital en el que se encontraba arrestado. En síntesis, las víctimas en Kiss fueron 239 muertos de entre 18 y 30 años y 124 heridos; en Cromañón, 194 muertos, todos jóvenes y adolescentes y aproximadamente 1432 heridos, asfixiados e intoxicados con monóxido de carbono y con las vías respiratorias quemadas.</p>
<p><span id="more-7"></span>Creo que cuando sucedió la tragedia de Santa María, hace hoy exactamente un año, de alguna manera yo ya había cerrado el duelo de Cromañón, que había comenzado en el mismo momento en el que decidí estudiar el discurso de las víctimas, allá por el año 2006. Pero cuando me enteré de que <strong>Michele Cardoso,</strong> atrapada en el interior de Kiss, había subido su pedido de auxilio a <strong>Facebook</strong> a pesar de lo cual no se había salvado, y de que era impresionante escuchar la sinfonía macabra de celulares sonando en los bolsillos de los chicos muertos, a quienes sus papás buscaban con desesperación, pero cuyos cuerpos yacían alineados en la vereda de la discoteca, reapareció el mismo dolor de antaño.</p>
<p>Porque no fue fácil analizar los recursos discursivos con los que las víctimas de Cromañón, sobrevivientes, padres y afectados en general por la tragedia, describían lo que vieron, olieron, escucharon y sintieron aquella noche, es decir, el modo en que reproducían con palabras la imagen de la tragedia. Por eso, me resultó llamativo descubrir que las personas más afectadas como<strong> Liliana Garófalo,</strong> madre de una joven muerta en Cromañón e, incluso, los propios sobrevivientes, hablaban de la tragedia controlando sus emociones e intentando darles a sus discursos un viso de objetividad. Convengamos que hubiera sido lógico que fueran las víctimas las que manifestaran las descripciones más desgarradoras. Sin embargo, fue en el discurso de algunos de los responsables de la tragedia en el que aparecieron los relatos más emotivos, como por ejemplo, el de <strong>José Luis Calvo</strong>, Subsecretario de la <strong>Dirección General de Cementerios,</strong> que nunca pudo presentar pruebas objetivas que desmintieran el descontrol en la entrega y reconocimiento de los cuerpos en el cementerio de la <strong>Chacarita</strong> ni el olor a putrefacción de las cámaras de frío y, entonces, prefirió lamentarse de la situación, mostrar piedad y empatía con los padres en una abierta maniobra de psicopateo emocional.</p>
<p>También en <strong>Brasil</strong> se han interesado por analizar el discurso en torno a la tragedia de Santa María y, hace un tiempo, me contactaron para participar de una obra colectiva llamada<strong><em> Midiatizaҫão da tragédia de Santa Maria</em></strong> en la cual 27 autores (25 brasileños, uno de EEUU y yo, de la Argentina) analizamos los discursos mediáticos de estas dos tragedias. El libro en versión e-book fue presentado ayer en el congreso en la <strong>UNIFRA</strong> de Santa María-RS y<a href="http://comunicacaoeidentidades.wordpress.com/publicacoes/2014-2/"> está disponible desde hoy en este sitio.</a></p>
<p>Recordar las tragedias de Santa María y de Cromañón nos permite ubicar los hechos no sólo en el marco de los acontecimientos públicos en el que castigar a los responsables es una obligación del Estado, sino en el de los acontecimientos privados, en el que la compasión y la empatía deben ser los motores para que se haga justicia.</p>
<p><img alt="" src="https://lh4.googleusercontent.com/fXQtX-pk0IQCGf5_IvOA4lojLoaM0kc0iBpF4_V2omKioNg6_-qnRZXp_DHp-XhYzF1CEYRhB7OGzA2DKwlk2n6PFwsmIRzfP2Pm8sIsKj0PAHcJZifNyZNw3r66QUQk3I4" width="308px;" height="535px;" /></p>
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