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	<title>Alexander Martín Güvenel &#187; Venezuela</title>
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		<title>Mercosur ya no se escribe con K</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Oct 2014 10:57:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Martín Güvenel</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Hace tiempo que el Mercado Común del Sur no es una fuente de buenas noticias para los países que lo conforman</strong>. Tanto en Paraguay como en Uruguay, la mayoría de los dirigentes plantean severas críticas a las decisiones que se toman en el bloque mientras que miran con interés los movimientos de la Alianza del Pacífico. <strong>Peleas, trabas, compensaciones, desavenencias, restricciones y negociaciones que no llegan a buen puerto son una constante en este Mercosur que no le hace honor al Tratado de Asunción</strong> que le dio inicio aquel 26 de marzo de 1991, al menos en el párrafo que establece “la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre países”. Un sector industrial brasileño fuerte y subvencionado que se resiste a abandonar privilegios y un gobierno argentino que profesa vagas y desordenadas ideas proteccionistas no son elementos auspiciosos para un bloque que debe reformularse o caerá indefectiblemente en el estante de los cascarones vacíos.<span id="more-300"></span></p>
<p>En mis épocas de estudiante había <strong>un debate en el ámbito de las relaciones internacionales que oponía la regionalización a la globalización</strong>. Como suele suceder,<strong> la realidad le ha pasado por encima a estas categorías, al menos en su versión excluyente, y hoy ambos fenómenos se han mostrado complementarios.</strong> De un lado -con un vigoroso y sostenido crecimiento- quedaron aquellos países que más han aprovechado la apertura y especialización de la economía mundial superando vetustas esquematizaciones que primaban en las discusiones del siglo XIX y XX; y del otro, gobiernos que entendieron este proceso como peligroso para la economía nacional (versión altruista) o bien se vieron invadidos por el temor a perder poder en manos de sociedades cada vez más y mejor comunicadas.</p>
<p>El mundo de la política agonal en nuestros países está en ebullición. Brasil está por enfrentarse a una segunda vuelta que puede hacer que el candidato Aécio Neves del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) termine con 12 años de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT). Cualquiera sea el resultado, <strong>está claro que los electores ya le han dado la espalda a cualquier tipo de alianza que implique congeniar con las políticas impulsadas por el gobierno argentino.</strong> La relación de cercanía que, al menos hasta ahora, habían mantenido los presidentes del PT (Lula y Dilma) y del kirchnerismo (Néstor y Cristina) se ha resquebrajado. <strong>Ese Mercosur restrictivo y anquilosado ya no goza del favor de los brasileños.</strong> La mayoría de ellos no ven a la Argentina, y al gobierno de Cristina Kirchner en particular, como un aliado en quien confiar. Tanto es así que, debido a la campaña electoral en curso, Dilma Rousseff eludió de manera evidente cualquier posibilidad de encuentro con la presidente argentina en el marco de la 69º Asamblea General de las Naciones Unidas. Es tal el rechazo que genera entre los brasileños todo lo que provenga del gobierno argentino que me animaría a sostener que si el candidato del PSDB pretende asegurar su victoria (bastante probable por cierto) en las elecciones que se celebrarán el próximo 26 de octubre debería usar como parte de su campaña las declaraciones de Luiz Inácio Lula da Silva en las cuales elogia a Cristina Kirchner por su posición frente a los fondos buitre.</p>
<p>Por su parte, en Uruguay se van a enfrentar el 26 del corriente el oficialista Frente Amplio, de la mano del ex presidente Tabaré Vázquez, con el tradicional Partido Nacional, representado por el hijo de un ex presidente, el diputado Luis Alberto Lacalle Pou. No solo los candidatos del país hermano tienen una visión diferente al gobierno de Cristina Kirchner respecto a lo que quieren para el Mercosur (con un candidato oficialista que enfrentó fuertemente a Néstor Kirchner cuando ambos eran presidentes), sino que también el actual presidente José “Pepe” Mujica, refiriéndose a los acuerdos en los cuales Uruguay desea participar, instó a “lograr la mayor diversificación de mercados” posible. <strong>Evidentemente, y en línea con los países de la Alianza Pacífico, la república oriental pretende ir en la búsqueda de propiciar el acceso a nuevos mercados y no de restringirlos.</strong></p>
<p>En Paraguay, el gobierno de Horacio Cartes no es el aliado que el kirchnerismo esperaba encontrar en el destituido presidente Fernando Lugo. La Venezuela bolivariana de Nicolás Maduro, incorporada el año pasado al bloque subregional a fuerza de las agresivas gestiones del fallecido ex presidente Hugo Chávez, no hizo más que terminar de desvirtuar un bloque que había ya extraviado sus objetivos fundacionales.</p>
<p>Al margen de todos los inconvenientes, los nuevos aires que aparecen en los gobiernos de la región con las elecciones de este año y el próximo pueden relanzar el Mercosur y permitir que los países miembros finalmente tengan en este acuerdo <strong>un trampolín hacia los mercados mundiales y no un corset empobrecedor</strong>, molesto para las sociedades que lo conforman al tiempo que elegante tribuna para agrandar el ego de algunos gobernantes. En definitiva, la versión de un Mercosur de declaraciones rimbombantes, opíparas cenas y enfervorizados discursos ideológicos parece haber llegado a su fin, <strong>por más que a nuestra Presidente y quienes miran al comercio exterior más como una amenaza que como una posibilidad ello les resulte sumamente molesto.</strong></p>
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		<title>¿Le perdimos el miedo a la opo?</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Nov 2013 10:29:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Martín Güvenel</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando los resultados de la pasada elección parecen haber sepultado el temor que, durante 10 años, tuvieron los ciudadanos de votar alternativas al kirchnerismo, <strong>vale la pena reconocer como parte de los éxitos del modelo en materia de comunicación la capacidad del oficialismo para lograr que muchísimos argentinos consideren todo lo hecho por sus antecesores en el poder como nefasto</strong>.</p>
<p>Fue realmente exitosa<strong> la demonización del pasado</strong> que vino haciendo el kirchnerismo desde el inicio de su gestión. La historia argentina en su versión virtuosa sería para ellos sintetizada en unos pocos personajes: <strong>Belgrano, Rosas, Irigoyen, Perón, Néstor Kirchner</strong> y su continuación, <strong>Cristina</strong>. Esto deja implícito un segundo mensaje: e<strong>l kirchnerismo sintetizaría a quienes ellos consideran el mejor radicalismo y el mejor peronismo;</strong> sería algo así como la transversalidad concentrada en un matrimonio. Habría que recordar que el “razonamiento” que se impuso, sobre todo durante el primer lustro de los gobiernos kirchneristas, fue que de no acompañar el proyecto iban a volver la inflación descontrolada del radicalismo y la corrupción desbocada del menemismo entre otros flagelos. Paradójicamente, son éstas dos de las cuestiones que actualmente más se critican del gobierno; escupir al cielo, que le dicen.</p>
<p><span id="more-63"></span>El <strong>miedo</strong>, entendido como una emoción habitualmente desagradable provocada por un peligro real o supuesto, es muchas veces paralizante. Esto es lo que fomentó el kirchnerismo durante una década y lo hizo con argumentos similares a los de la campaña de <strong>Menem</strong> para su reelección en el año 95 y el denominado <strong>“voto cuota”</strong>. Es cierto que el kirchnerismo fue más allá al otorgarle cierta dosis épica al relato, pero lo subyacente fue siempre el <strong>miedo al cambio</strong>. Mucho ha influido en este temor la experiencia fallida de la <strong>Alianza</strong>. No hay mucho concienzudo material que analice el porqué del fracaso de ese gobierno que había levantado altas expectativas y el cual fracasó estrepitosamente. Habría entonces que recordar que el gobierno de <strong>Fernando De La Rúa</strong> tenía que modificar, aunque se negara a hacerlo, el régimen cambiario de la <strong>convertibilidad </strong>que ya ponía alertas rojas desde hacía tiempo, que la deuda se encontraba en niveles inmanejables y que el precio de la <strong>soja</strong> por aquellos años rondaba los U$D170 promedio contra los U$D450 aproximados de hoy, entre otras dificultades estructurales.</p>
<p>Estas cuestiones han cambiado significativamente y, entonces, ateniéndonos a esas diferencias que existen, sería importante que como sociedad terminemos de perderle el miedo a elegir oposición (la cual todavía genera dudas y resquemores a pesar del hastío por el gobierno mostrado en las recientes elecciones legislativas) y parte de esa superación puede venir de la mano de <strong>mirar hacia nuestros vecinos de la región</strong>. Vivir en la Argentina de la <strong>carencia de dólares,</strong> la <strong>inseguridad</strong> que mete miedo, el conflicto permanente, la <strong>inflación</strong> que carcome bolsillos y demás problemas cotidianos nos hace difícil tomar distancia crítica para contemplar lo que sucede en el contexto que nos rodea. Está bastante claro que desde hace años el mundo demanda los productos que la región produce basada en sus recursos naturales y que además está dispuesto a pagar precios elevados por ellos. Para Argentina será carne y soja como para <strong>Chile</strong> es el cobre y las uvas frescas, para <strong>Perú</strong> el oro, para <strong>Venezuela</strong> el petróleo, y para <strong>Colombia</strong>, el café. Como fuera, y pudiendo continuar con un ejemplo por cada país latinoamericano, la bonanza y los precios internacionales elevados resultaron bastante parejos para todos los países de la zona. En la mayoría de los casos, esto fue aprovechado para mantener controlada la inflación, bajar la pobreza, disponer mejoras en infraestructura, elevar los créditos a largo plazo para la vivienda, ampliar la gama de servicios en la economía acompañando ese crecimiento en el sector primario y fortaleciendo así a las empresas locales para mejorar su inserción internacional.</p>
<p>Previendo el clásico reproche que se nos hace a los <strong>“pregoneros de la primarización de la economía”</strong> quería hacer una acotación dirigida principalmente a los intelectuales de <strong>Carta Abierta</strong>: cuando piensan en un modelo de industrialización del país atrasan 60 años al menos; en la<strong> era postindustrial</strong>, los empleos de calidad, buenos salarios y cuidadosos con el medio ambiente están en otro lado, como por ejemplo en<strong> industrias tecnológicas</strong>, servicios de avanzada, conocimiento, educación, creatividad, etcétera. Para ser más concretos, <strong>no todo lo que hace ruido y saca humo por las chimeneas es lo que genera riqueza e incrementa el empleo.</strong></p>
<p>En contraposición a este modelo virtuoso desarrollado por la mayoría de los países latinoamericanos están aquellos que, con la <strong>impronta</strong> <strong>populista</strong> a flor de piel, hicieron todo lo contrario; casos ejemplares, <strong>Argentina y Venezuela</strong> (sin olvidarnos de <strong>Bolivia, Ecuador y Nicaragua</strong>). Si bien ambos ciclos de gobierno, el <strong>chavismo</strong> en Venezuela y el kirchnerismo en la Argentina, <strong>redujeron los índices de pobreza, no recrearon las condiciones que les permitieran soñar firmemente con el desarrollo</strong>. En el caso de la Argentina inclusive habría que resaltar que la comparación por la que más apuesta el kirchnerismo pasa por el peor momento económico del país en su historia con lo cual dicho contraste se hace casi irrelevante en la actualidad.</p>
<p>Es importante señalar que, si bien la <strong>crisis</strong> <strong>mundial</strong> ha afectado bastante a nuestros potenciales demandantes, las circunstancias actuales siguen siendo favorables para el país y por eso debemos aprovechar el momento. Paradójicamente, el gobierno nacional, que sin dudas puede hacer gala de algunos logros puntuales, se empecina en llamar década ganada a una a la cual podemos llamar por contraposición, como muchos ya lo hacen, como “<strong>década desperdiciada</strong>”.</p>
<p>Sin dudas, el kirchnerismo se siente muy cómodo en la acción: proponiendo leyes, interviniendo mercados, innovando en materia financiera, manejando cada vez más sectores de la economía, etcétera. Aquello que no funciona bien según criterio del gobierno es intervenido y como consecuencia, al poco tiempo, funciona peor. Es casi una regla, sucede con las empresas estatizadas (<strong>Aerolíneas, Aysa, YPF y Fútbol Para Todos</strong>) como también con el mercado de la exportación (carnes, trigo) o el abastecimiento local.</p>
<p>Hubo que llegar al extremo de que los desbarajustes del gobierno golpeen directo a la cara para votar un cambio. Incluso el mayor ganador de las pasadas elecciones fue un ex jefe de gabinete de este gobierno que promete modificar las cosas que están mal y conservar las que están bien, con todo lo que esto NO significa. Siempre con las encuestas en la mano, <strong>el discurso de Sergio Massa fluctúa entre ser más o menos crítico del gobierno pero conservando siempre esa sensación de postkirchnerismo que al menos conserva parte del “modelo”.</strong> <strong>El temor al cambio de gobierno tiene mucho más de emocional que de racional.</strong> Siendo así, no quiero dejar de mencionar, evocando a <strong>Erich Fromm</strong>, el miedo a la libertad, un componente que si bien tiene matices muy diferentes respecto a la idea original del autor, creo que va a ser imprescindible tenerlo en cuenta para adentrarse en un proceso que nos permita recuperar iniciativa frente a un Estado que necesariamente va a tener que retirarse de algunas de las áreas que actualmente gestiona, y que ciertamente lo hace muy mal.</p>
<p><strong>¿Qué podríamos exigirles nosotros como sociedad a los partidos de la oposición?</strong> Básicamente, que no intenten hacer reformas constitucionales, ni leyes inaplicables, ni acuerdos con países que apoyan el terrorismo, ni intenten controlar la justicia, ni propongan reformas agrarias que sólo hacen mermar la producción (tal como sucede hoy en <strong>Bolivia</strong>), ni traten de colonizar u hostigar a los medios de comunicación, ni propicien menjunjes cambiarios, ni utilicen los recursos del Estado como si fueran propios, ni agredan a quienes piensan diferente o proponen cambios, etcétera. ¿Es mucho? Tendrían que ser “normales”. En definitiva, no son tantas las malas políticas que se pueden aplicar para empeorar la calidad de vida de los ciudadanos, la mayoría de ellas están debidamente identificadas por cualquier analista serio y además, cada una fue celosamente ejecutada durante la década kirchnerista como para verse en ese espejo y tratar de no cometer los mismos errores.</p>
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