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	<title>Alexander Martín Güvenel &#187; 678</title>
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		<title>Un Indec para los medios</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Jun 2014 10:51:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Martín Güvenel</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La presidente Cristina Fernández de Kirchner presentó en acto público el pasado 5 de junio el Sistema Federal de Medición de Audiencias (Sifema) para presentarle batalla a las herramientas privadas, entre las cuales se encuentra la que realiza la multinacional de origen brasileño Ibope. Como sucede cada vez más a menudo, la presidente explicó la creación del índice tomando un dato absolutamente trivial e irrelevante: <strong>“A mí nunca me llamaron para saber qué estaba mirando”,</strong> sostuvo. Promocionado por el gobierno como <i>un sistema de medición de audiencia <strong>transparente, federal, popular, participativo y con la mejor tecnología</strong></i>, goza sin dudas del <strong>vicio de origen que motiva su creación: la falta de público que tienen los medios de comunicación afines.</strong></p>
<p><span id="more-236"></span></p>
<p>Al parecer, <strong>ya no le alcanza con haber creado un gigantesco grupo de medios “cercanos”</strong>, entre los cuales podemos mencionar como los más importantes  al<strong> Grupo Veintitrés, el Grupo Olmos, el Grupo Ámbito, el Grupo Moneta-Garfunkel, el Grupo Indalo de Cristóbal López, los medios de Universidades y del Tercer Sector, el Grupo Electroingeniería, el Grupo Albavisión, las naves insignias de Diego Gvirtz (678, DDD y TVR) y los medios de propiedad del Estado</strong> que durante el kirchnerismo se han  transformado más que nunca en organismos de propaganda facciosa con poca información útil para el ciudadano. Lastimosamente para el gobierno, las radios afines no se escuchan, los diarios amigos no se leen y los programas de TV partidarios se saltean, por lo cual el siguiente paso consiste en <strong>reemplazar a quien pone en evidencia estos resultados.</strong> Llama la atención que no se haya propuesto aún un nuevo organismo para certificar la tirada de diarios y revistas; y hasta quizá debiéramos agradecer <strong>que no se les ha ocurrido algún mecanismo para obligarnos a consumir <i>sus</i> medios</strong>, aunque hay que tener en cuenta que el programa Fútbol para Todos va, de una manera algo más sutil, en esa dirección.</p>
<p>Este anuncio lo hace la titular de un gobierno que fraguó las estadísticas oficiales en pos de acomodarlas al relato. Desde el comienzo de su primer mandato, los números que todos los gobiernos argentinos desde comienzos de la década del 70` dan a conocer a través de su Instituto de Estadísticas y Censos (INDEC) fueron perdiendo credibilidad y sustento metodológico hasta transformarse en una herramienta de propaganda tan escandalosa que se volvió irrelevante. En un vano intento por diferenciarse de éste y tratar de convencer acerca de la objetividad que va a tener la nueva medición, Cristina Kirchner puso en manos de un grupo de universidades (todas ellas de conducción afín al gobierno) la ejecución de la misma. Valga en tal caso como antecedente que <strong>cuando las facultades a las que el gobierno dio participación para monitorear las estadísticas del INDEC expusieron sus críticas, fueron rápidamente desafectadas del control</strong>. Si los índices de inflación, pobreza y desocupación sucumbieron ante la intervención del ex secretario de Comercio Guillermo Moreno (bajo la orden directa y concreta del ex presidente Néstor Kircher), ¿cómo no van a ser “maleables” los datos del rating radial y televisivo?</p>
<p>¿Cómo creer en el interés por la transparencia de un gobierno que se ha negado sistemáticamente a tratar, sancionar y promulgar (incluso haciendo perder a fines de 2012 estado parlamentario a un proyecto de ley que tenía media sanción del Senado de la Nación desde dos años antes) una<strong> ley de acceso a la información pública</strong> precisa, detallada y moderna que hasta fue pedida a través de un fallo de la Corte Suprema por un reclamo formulado por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) en marzo de este año?</p>
<p>En el anuncio, la presidente también hizo alusión a la misión asumida de darles a los anunciantes una herramienta para no ser engañados. Concretamente dijo que con este sistema “los empresarios saben dónde ponen la plata y si los están estafando o no”. Quien formula una definición de estas características tiene sin dudas una visión exageradamente optimista acerca de las capacidades del sector estatal y un desdén absoluto por la aptitud existente en el sector privado. Quizá le falte algo de conocimiento, o se niega a comprender que las personas ponemos mucho mayor énfasis en cuidar lo propio que lo ajeno y este comportamiento también incluye a los anunciantes.</p>
<p>Ante los antecedentes expuestos, que nos hacen desconfiar del sistema recién lanzado, sería oportuno decirle a la Presidente que no la ayuda a incrementar la credibilidad de un anuncio poner a su lado al <strong>único vicepresidente de la historia argentina que fue llamado a indagatoria y que seguramente será procesado</strong> en los próximos días, que tiene más de 70% de imagen negativa y que ante cada intervención en medios de comunicación donde preguntan de verdad pasa zozobras y brinda respuestas inverosímiles.</p>
<p>La propaladora oficial de medios funciona actualmente en formato de retroalimentación exclusivamente. Ya no tiene la posibilidad de captar a televidentes que conserven algo de independencia y espíritu crítico y por lo tanto ha adoptado una dinámica de arenga entre convencidos y “enchufados” (en términos venezolanos). Lo que en un principio podía verse como una voz diferente a la que transmitían los medios críticos al gobierno, a fuerza de fabulaciones, propaganda desembozada y mentiras recurrentes, ha dejado de prestar también ese servicio. Si hacemos una analogía con el juego del poker, donde la simulación y el engaño son parte de una estrategia posible, podríamos decir que ante la puesta en evidencia de la mentira permanente, el intento por resultar creíble termina siendo absolutamente inconducente.</p>
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		<title>Hay que dejar de militar por dos años</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Sep 2013 04:42:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Martín Güvenel</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Uno de los aspectos que más destaca la presidente<strong> Cristina Fernández de Kirchner</strong> como favorable de la gestión que comenzó su esposo es la <strong>recuperación de la militancia política</strong> (en el ámbito del kirchnerismo, por supuesto). Si bien está claro que no es un tema que surja con esta corriente política sino que es de larga data aquí y en el mundo, sí ha habido una <strong>revalorización</strong> y una <strong>resignificación</strong> del concepto, sobre todo en el ámbito de la juventud.</p>
<p>Me parece que es momento de cuestionar si realmente es tan valiosa esa militancia. Se han hecho críticas circunstanciales sobre ella sin meterse con el fondo de la cuestión; incluso muchos opositores valoran este cambio dado en el período kirchnerista donde “se ha puesto a la política nuevamente en el centro de la escena”.</p>
<p>Está claro que nadie puede estar en contra de que haya personas que tengan interés por los asuntos públicos y que en base a ese interés desarrollen una militancia que los acerque a una u otra organización política, pero no creo que eso sea lo que el kirchnerismo entiende por militancia. Más allá de la definición que le hayan dado, sí podemos decir que <strong>los K han sido eficaces en su organización</strong>. Haciendo base en <strong>La Cámpora,</strong> cuyos líderes tienen <strong>altos cargos de gobierno o de parentesco</strong>, han logrado filtrar miembros de esta organización en todas las instancias político-institucionales del país. Sin dudas que este posicionamiento es un negocio ampliamente favorable para ambos lados del mostrador. Del lado de los militantes de base, les resultó importante adquirir una identificación a un grupo, algo que siempre es relevante para los jóvenes; y si encima a eso le suman cargos públicos, posibilidad de ascenso económico y desarrollo “profesional” (en el amplio sentido de la palabra), la ecuación es completa. Del lado del jefe político, el vértice del poder (Néstor antes y ahora Cristina), éste logra la fidelidad del fan.</p>
<p>Militante y fan serían, según el ideario nacional y popular que fogonea el kirchnerismo, dos términos contrapuestos, pero veamos que no es tan así. Tomemos por caso a la adolescente que concurre a ver a Justin Bieber y que se la pasa todo el recital gritando; es muy difícil decirle a esa niña que en ese recital el joven cantante desafinó alguna nota o pifió algún paso, porque mínimamente uno se expone a recibir un insulto (o alarido en este caso). Esto <strong>es lo que sucede con el militante político fanatizado, es imposible establecer allí una charla política con matices, un razonamiento conjunto,</strong> aunque finalmente no se coincida. En estos militantes está presente lo que bien define <strong>Margarita Stolbizer</strong> como “<strong>épica emocional</strong>” construida minuciosamente durante los diez años de régimen kirchnerista.</p>
<p><strong>¿Ha ayudado el aumento de esta militancia política a mejorar la calidad democrática de nuestro país? Creo que no, más bien, todo lo contrario.</strong> El nivel de participación política que mejora la calidad de una democracia está dado por el grado de injerencia y control que los gobernados hacen de sus gobernantes; <strong>esta militancia, lo que menos hace es controlarlos</strong>. Puede idolatrarlos o maltratarlos (como pueden contar algunos dirigentes opositores que gobiernan distritos atacados por el kirchnerismo) pero nunca controlarlos. Sus acciones siempre están encaminadas a darle más opacidad, tapar, encubrir la cosa pública, en lugar de transparentarla.</p>
<p>Es también necesario decir que <strong>es difícil para todos, oficialistas y opositores, catalogar a un ciudadano comprometido, informado, analítico e interesado pero que no es militante</strong>; cuesta encontrarle un lugar donde “ponerlo” dentro del universo político y por lo tanto es discriminado, cuando en realidad es el único que podría lograr una mejora en la calidad de las instituciones. Es más, creo que “peticionar a las autoridades” es una acción que nuestra Constitución Nacional menciona pensando en este tipo de persona. <strong>Lo que quizá más desconcierte de este individuo es que no aspire a un cargo público.</strong></p>
<p>Efectivamente, este sector está interesado en la cosa pública pero sabe que su principal actividad está en el ámbito privado. Al mismo tiempo tiene bastante claro que las decisiones que se toman en el ámbito político influyen directa e indirectamente sobre sus actividades y por eso quiere controlar y participar aunque le resulte difícil encontrar canales para hacerlo. Uno de los canales debería ser tener bien aceitado el <strong>acceso a la información pública,</strong> cuyos proyectos de ley duermen bajo los aposentos de los legisladores del oficialismo.</p>
<p>Hay un ejemplo cercano en el tiempo y el espacio que muestra de manera contundente esta <strong>contraposición entre calidad democrática más desarrollo y la militancia política.</strong> En <strong>Chile</strong>, desde fines de los años &#8217;60, con el ascenso al poder de <strong>Salvador Allende</strong> en el comienzo de los &#8217;70, su posterior derrocamiento a manos del general <strong>Augusto Pinochet</strong> y sumando todo su período de gobierno autoritario, se vivieron <strong>momentos de alta enfervorización política</strong> y activa militancia. Sin embargo, durante ese período, la sociedad chilena, politizada y dividida como nunca, vivió dos décadas de zozobra económica e institucional. <strong>Fue necesaria una vuelta de página para que el país comience a desarrollarse.</strong> Como afirma el escritor chileno <strong>Carlos Franz</strong>, “del noventa en adelante, <strong>Chile se fue despolitizando.</strong> En paralelo a su importante desarrollo económico y democrático, la mayoría se desinteresó de la política. Las ideologías que alineaban al país en bandos irreconciliables se difuminaron y entrecruzaron”.</p>
<p>En una inclinación masoquista que trato de mantener controlada, tiempo atrás miraba el <strong>programa de propaganda política oficialista <em>678</em></strong> en la <strong>TV Pública,</strong> y un colega politólogo que es panelista allí decía que lo que más destacaba del proyecto K es que ahora él sabía <strong>de qué lado debía estar</strong>, ya que hay dos bandos bien diferenciados, uno absolutamente virtuoso y el otro que, por supuesto, tiene todos los defectos del cipayismo extranjerizante. Es entendible que este politólogo, como también me sucede a mí, haga de la política un aspecto central de su vida; lo que no es lógico ni saludable es pretender que para todos sea así y, mucho menos razonable, es poner en una virtual “vereda de enfrente” a quien no acompaña este proyecto.</p>
<p>Necesitamos una década con <strong>militancia natural (no forzada) y libertad, y no la militancia invasiva, agresiva y fomentada</strong> desde el poder político. Una década donde cada uno haga su trabajo y así colabore con el bien de todos. Una década donde el sector público deje de crecer a base de militantes en detrimento del sector privado, al cual debe dejar de ahogar. Una década, donde crezca el empleo privado, moderno, competitivo y productivo y no el empleo estatal, amateur y parasitario.</p>
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