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	<title>Alberto Benegas Lynch (h) &#187; intelectuales</title>
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		<title>Comentarios al pie de notas periodísticas</title>
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		<pubDate>Sat, 28 May 2016 09:41:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Agresiones personales]]></category>
		<category><![CDATA[Autocrítica]]></category>
		<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[intelectuales]]></category>

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		<description><![CDATA[De entrada conviene subrayar que el conocimiento en todos los campos es siempre provisorio, sujeto a refutación. Hay dos dichos latinos que ilustran el punto: nullius in verba, que es el lema de la Royal Society de Londres, que significa que no hay palabras finales, es decir, que todo está sujeto a revisión. Nuestra ignorancia... <a href="http://opinion.infobae.com/alberto-benegas-lynch/2016/05/28/comentarios-al-pie-de-notas-periodisticas/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>De entrada conviene subrayar que el conocimiento en todos los campos es siempre provisorio, sujeto a refutación. Hay dos dichos latinos que ilustran el punto: <i>nullius in verba, </i>que es el lema de la Royal Society de Londres, que significa que no hay palabras finales, es decir, que todo está sujeto a revisión. Nuestra ignorancia es ilimitada, necesitamos críticas y autocríticas en la esperanza de captar algo de conocimiento.</p>
<p>El segundo adagio es <i>ubi dubium ibi libertas,</i> que se traduce en que donde hay duda hay libertad. Si estuviéramos rodeados de certezas, no habría necesidad de acciones libres, es decir, aquella en las que se sopesan alternativas y opciones varias, puesto que ya se sabría de antemano cuál es el camino a seguir. De allí deriva la necesidad, por ejemplo, de separar tajantemente la religión del poder político, esto es, la doctrina de la muralla, tan bien graficada en los orígenes de la revolución estadounidense. De lo contrario, el poder en manos de quienes todo lo ven con certeza conduce indefectiblemente al cadalso.</p>
<p>El debate abierto de ideas es absolutamente indispensable para progresar. Por esto es que <strong>los editores de las versiones digitales de algunos medios gráficos dan la oportunidad de proceder en esa dirección al ofrecer espacios para la crítica y las reflexiones sobre la publicación de columnas de opinión. Esto es tomado por algunos lectores en ese sentido y contribuyen a aclarar, agregar o rectificar algunas de las ideas expuestas</strong>.<span id="more-1464"></span></p>
<p>Sin embargo, hay otros que se dedican a insultar y agraviar sin nunca agregar un atisbo de argumento. En realidad, pobres individuos, ya que al no contar con ideas sólo pueden dedicar denuestos al escritor (o incluso a la madre del autor). Es que los que no piensan solamente pueden gritar. Como bien ha apuntado Mario Vargas Llosa: “Son sujetos de superficie sin mayor trastienda”. Es un espectáculo triste que habla muy mal de los firmantes de supuestos comentarios que muchas veces ni siquiera tienen el coraje de consignar sus nombres y se ocultan en pseudónimos. Desperdician una gran oportunidad de formular críticas y consideraciones a lo dicho por el autor del artículo en cuestión al efecto de avanzar en el conocimiento, lo cual, en definitiva, es una faena en colaboración.</p>
<p>Recuerdo un cuento de Jorge Luis Borges titulado “El arte de injuriar” donde había dos fulanos discutiendo, hasta que en un momento dado uno de los contertulios le arrojó un vaso de vino en el rostro al otro, a lo que este otro respondió: “Eso fue una digresión, espero su argumento”. Ese es exactamente el caso, <b>las agresiones personales constituyen una especie de grotesca digresión debido a que el agresor se encuentra indefenso en cuanto a materia neuronal, </b>por lo que es acomplejado de su pequeñez mental y, por ende, incapaz de comentar con un mínimo de seriedad y sustento.</p>
<p>Las críticas parciales o totales a las columnas de opinión formuladas con seriedad y rigor son siempre bienvenidas por estudiosos, puesto que de lo que se trata es de aprender en el contexto de un proceso que no tiene término. La mentalidad abierta es uno de los mayores dones en una lucha despiadada por derribar telarañas y cerrojos mentales en la labor conjunta e interminable a la que nos referimos.</p>
<p>Tal vez <i>La traición de los intelectuales, </i>de Julien Benda, refleje con mayor precisión el abandono de así llamados intelectuales a su misión de buscar la verdad en pos de compromisos subalternos, generalmente de orden político.</p>
<p>Precisamente, <b>la tarea del intelectual es la crítica y la autocrítica</b>;<b> su razón de ser consiste en detectar errores, ambigüedades, posiciones pastosas y dogmatismos</b>, por lo que, a su vez, las críticas a libros, ensayos y artículos resultan alimento necesario a los efectos de corregir errores y explorar otras avenidas. Nuevamente lo citamos a Borges cuando enfatizaba que cómo no hay tal cosa como un texto perfecto: “Si no publicamos, nos pasaríamos la vida corrigiendo borradores”.</p>
<p>De igual manera, el conocimiento exige corregir borradores permanentemente, puesto que está formado de una cadena infinita de críticas y críticas de las críticas. <b>Pero el alarido y el insulto retrasan esta cadena mágica en el contexto de la aventura del pensamiento para retrotraerla al ruido gutural y al puro graznido.</b></p>
<p>Por eso insistimos sobre el desperdicio de valiosos espacios para ocuparlos hablando en superlativo, en medio de vocabulario soez, en lugar de señalar conceptos deficientes y conclusiones desacertadas que a todos nos permiten mejorar. Si se me permite un desliz al repetir un conocido aforismo: “Nada hay más peligroso que un atolondrado con iniciativa”, referido en este caso a los que despotrican sin exhibir fundamento alguno en sus desvaríos y sus pésimos modales, a veces ni siquiera dignos de un lenguaje carcelario. Da pena por esos vacíos existenciales que revelan estados tormentosos en sus interiores, con problemas de magnitud que no saben a quién endosar ni cómo canalizar.</p>
<p>Incluso el propio pensamiento debe ser necesariamente crítico para sortear obstáculos y evitar trampas ocultas y así revisar premisas y seguirle el rastro al silogismo. El pensamiento lateral que ha desarrollado originalmente Edward de Bono y el pensamiento crítico sobre el que ha escrito tanto Francis W. Dauer revelan la imperiosa necesidad de auscultar con el debido cuidado y dedicación todo lo que se expone, propio y ajeno. Y para recurrir a algo más elemental, es muy fértil consultar el texto clásico de Irving Copi, <i>Introducción a la lógica</i>, especialmente sobre la falacia <i>ad hominem,</i> donde el supuesto crítico alude a las condiciones personales de quien escribe, en reemplazo de una argumentación a lo que en realidad dice.</p>
<p>Los comentaristas que no comentan sino que agreden personalmente al autor de una nota son militantes, una expresión horrible sea de donde sea, provenga de donde provenga, puesto que remite a lo militar, a la estructura vertical por excelencia y a la obediencia debida, que podrá ser necesaria en el ámbito castrense, pero es todo lo opuesto a la sociedad civil, donde el debate y el respeto recíproco son esenciales, no sólo para la convivencia sino, como queda dicho, para la incorporación de conocimientos.</p>
<p>La virtud es el conocimiento, decía Sócrates y estimulaba el descubrimiento de verdades a través del método de los interrogantes y Karl Popper subraya la trascendencia del intercambio entre teorías rivales para sacar provecho del conocimiento existente. Pero esto no resulta posible con sujetos que más bien buscan medir fuerzas a través de la confrontación física en un cuadrilátero de lucha libre que en el cuadrilátero de la ciencia, en un marco de respeto y consideración recíproca. Un departamento de investigaciones en un centro de estudios es para los exaltados como es una trifulca bélica para un estudioso. El silencio y la meditación no son el ámbito adecuado para los que recurren al lenguaje del improperio como su medio de comunicación. Para un show de este tipo está el boxeo (o eventualmente el circo).</p>
<p>Lo expresado en modo alguno quiere decir que la crítica no deba ser contundente en el contraargumento. Por el contrario, cuanto más contundente, mejor para la antedicha aventura del pensamiento al efecto de que el punto quede lo más claro posible. Desde luego que de la fuerza argumental no se desprende la utilización de modales groseros, más aún, el clima de intercambio de ideas siempre demanda cordialidad y, por supuesto, se destroza y se desploma el referido ámbito si surge alguien que no sólo es grotesco en sus dichos, sino que no presenta argumentación. Esto último no aparece en la academia ni en medios en los que los participantes desean aprender el uno del otro, sino que es propio del subsuelo y de lo peor de los bajos fondos de una comunidad.</p>
<p>Como hemos apuntado, afortunadamente hay comentarios al pie de los artículos —reiteramos que siempre nos referimos a las versiones digitales de algunos medios— que ayudan a pensar y rectifican errores o agregan argumentaciones y nuevas perspectivas, lo cual brinda un servicio de gran valor a los autores e ilustra al resto de los lectores.</p>
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		<title>Contradicciones en Hollywood</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Feb 2016 10:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Artistas]]></category>
		<category><![CDATA[capitalismo]]></category>
		<category><![CDATA[Friedrich Hayek]]></category>
		<category><![CDATA[intelectuales]]></category>
		<category><![CDATA[Jason Mattera]]></category>
		<category><![CDATA[Keynesianismo]]></category>
		<category><![CDATA[sociedad abierta]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>Resulta extremadamente paradójico que los artistas y los cantantes populares reciban remuneraciones extraordinarias por parte de sus públicos y sus fans. Incluso cuando viajan a filmar o para recitales a otros países ponen como condiciones aspectos tales como que les lleven su automóvil preferido en avión, pasajes en primera clase y en los hospedajes, que los reciban con champagne francés, agua mineral italiana, sábanas de hilo egipcio, cuidado especial para sus mascotas y así sucesivamente. Sin embargo, critican ácidamente a empresarios del comercio y la industria que, en un mercado abierto, obtienen sus ingresos también por el apoyo del consumidor.</p>
<p>Conceptualmente no hay diferencia entre el empresario que vende hamburguesas y el empresario del espectáculo, pero estos últimos consideran que tienen derecho a mantener lo suyo, pero no los comerciantes, los industriales y los financistas. Hay aquí una contradicción superlativa.</p>
<p>Jason Mattera, en su libro <i>Hollywood Hypocrites</i>,<i> </i>exhibe numerosos ejemplos de la señalada contradicción. Nunca me gustó hacer reflexiones <i>ad hominem,</i> puesto que la batalla es de ideas y no de personas, pero el referido libro ilustra la hipocresía mayúscula que en gran medida reina en Hollywood con ejemplos concretos de artistas de renombre.<span id="more-1358"></span></p>
<p>Por las razones apuntadas, no voy a citar los múltiples ejemplos que ofrece Mattera en su obra, pero sí es pertinente subrayar la <b>insistencia de conocidos artistas en cuanto a la necesitad de controlar vidas y haciendas ajenas por parte del aparato estatal, siempre y cuando no los toque a ellos</b>. Los críticos acérrimos del capitalismo reciben jugosos subsidios a la industria cinematográfica con el pretexto de que a todos hace bien, porque promueven el turismo y otras linduras por el estilo. También viajan en sus jets privados; mientras despotrican contra el calentamiento global, usan en vuelo cantidades enormes de recursos fósiles que emiten otro tanto de dióxido y monóxido de carbono.</p>
<p>El mismo autor describe la fastuosas vidas de los que amasan fortunas en Hollywood, sus palacios, sus caprichos siempre rodeados de valiosos cuadros, tapices, esculturas y vestidos con las últimas colecciones de Prada y Gucci, al tiempo que producen mucho del material destructivo respecto a los valores y los principios de la sociedad libre. Nos muestra Jason Mattera que son en verdad muy pocos los artistas que defienden aquellos valores y principios por lo que son rechazados por buena parte de sus colegas.</p>
<p>Son actores y actrices que despotrican contra el capitalismo y sostienen que debe reemplazarse por un sistema más espiritual, pero constantemente se hacen los glúteos y se estiran la cara con recursos quirúrgicos que provee el capitalismo, en el contexto de la multimillonaria producción, distribución y consumo capitalista de sus obras.</p>
<p>Ludwig von Mises, en <i>La mentalidad anticapitalista, </i>también se expide sobre el mismo asunto y concluye: “Las masas, cuyo nivel de vida ha elevado el capitalismo, abriéndole las puertas al ocio, quieren distraerse. El negocio del espectáculo es rentable. Los artistas y autores que gozan de mayor popularidad perciben ingresos excepcionales. Sin embargo, Hollywood y Broadway, los mayores centros de la industria del espectáculo, son viveros de estatismo”. Mario Vargas Llosa subraya el mismo cinismo extremo en un formidable artículo en <i>El País</i> de Madrid a raíz de la tan difundida entrevista de Sean Penn —epígono de tanto sátrapa— al tristemente célebre criminal Chapo Guzmán.</p>
<p>¿Por qué ocurre este fenómeno? Considero que es por las mismas razones que sucede con el resto de los mortales, a saber, <strong>el desconocimiento de los fundamentos éticos, económicos y jurídicos de una sociedad abierta. El tema es primordialmente educativo.</strong> Si se observan de cerca las características de lo que se imparte en buena parte de las cátedras en centros de estudios, la bibliografía correspondiente, lo que en gran medida se dice y afirma en los medios de comunicación y las conversaciones en reuniones sociales, se comprobará que de esos ámbitos resulta sumamente difícil que aparezcan defensores del liberalismo.</p>
<p>Por supuesto que nada es inexorable, todo depende de lo que cada cual sea capaz de hacer cotidianamente. Es, desde luego, factible revertir esta situación, pero requiere mucha biblioteca y mucho esfuerzo para explicar aquellos valores y principios que sostienen la vida civilizada del respeto recíproco.</p>
<p>Como hemos apuntado antes, el problema también surge en el mundo empresario, no por el hecho de ser exitoso en los arbitrajes característicos del comercio se deben conocer las bases de una sociedad de hombres libres. Más aún, si los Gobiernos le ofrecen privilegios al empresario, es muy común que los acepte, con lo que se convierte en un enemigo mortal del sistema llamado de libre empresa.</p>
<p>Robert Nozick, en su ensayo titulado “Why do Intellectuals Oppose Capitalism?”, que aparece en su <i>Socratic Puzzles,</i> nos recuerda que <b>Friedrich Hayek atribuye la aversión de muchos intelectuales al capitalismo, porque no conciben que el proceso de mercado se sustenta en un orden espontáneo en el que el conocimiento está fraccionado y disperso entre millones de personas y es coordinado a través de los precios</b>. Este enfoque los excede. No conciben que las cosas puedan tener lugar sin un plan deliberado de otros seres humanos que dirijan la situación. A esto Nozick agrega el resentimiento de los intelectuales hacia negociantes que obtienen mayores ingresos que ellos en faenas que estiman subalternas, como la venta de medias y similares.</p>
<p>Estas explicaciones pueden extrapolarse con toda facilidad a los artistas hollywoodenses, que miran con desdén a muchos de sus congéneres. En el fondo, todo se resume a la ignorancia supina del significado del capitalismo, en cuyo contexto todos deben ser respetados en sus proyectos de vida, se dediquen estos al espíritu o a lo crematístico, siempre y cuando no lesionen iguales derechos de terceros.</p>
<p>Para los más sofisticados de la industria del cine y el teatro, el keynesianismo ha servido para encauzar en sus debidos carriles al mercado (entre otros, Gordon Summer, alias Sting y Oliver Stone <i>dixit</i>), por lo que reitero lo dicho en otra oportunidad, que no sólo sirve para ciertos exponentes del arte, sino para colegas economistas que no han buceado lo suficiente en las aguas profundas de la economía.</p>
<p>Los ejes centrales de la obra más difundida de John Keynes (<i>Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero</i>, México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1936-1963) consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurso a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” en un contexto errado del concepto de deflación. Así, nos dice en ese libro: “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar”.</p>
<p>Tal vez uno los trabajos más lúcidos sobre Keynes esté consignado en el noveno volumen de las obras completas del antes mencionado premio nobel en economía F. A. Hayek (The University of Chicago Press). Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo más crudo durante las Presidencias de Franklin Roosevelt: eso era su <i>new deal</i>, que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes, aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas, donde se abandonó la disciplina monetaria.</p>
<div>
<p>En definitiva, Keynes apunta a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. Resulta sumamente claro y específico lo que escribió como prólogo a la edición alemana de la obra mencionada, también en 1936, en plena época nazi: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho más fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y la distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de <i>laissez-faire</i>”.</p>
<p>Como es sabido, hay ríos de tinta explicando los errores de Keynes, pero, fuera de la obra señalada (a la que bien podrían agregarse los conocidos y muy difundidos libros de Henry Hazlitt y de W. H. Hutt), hay dos ensayos que resultan de gran interés. Se trata de <i>The Critical Flow on Keynes´s System</i>, de Robert P. Murphy y <i>Dissent on Keynes: A Critical Appraisal of Keynesian Economics,</i> de Mark Skousen.</p>
<p>En el primero, el autor se detiene especialmente en el plano laboral, donde muestra las consecuencias perniciosas de intentar derretir salarios en términos reales a través de la inflación monetaria en momentos en que hay consumo de capital manteniendo los salarios nominales inalterados, un engaño que se sugiere en lugar de permitir que los niveles se adapten a la situación imperante sin introducir las alteraciones en los precios relativos que indefectiblemente provoca la inflación.</p>
<p>Por otra parte, destaca la incomprensión del fenómeno del desempleo de Keynes y, consecuentemente, su propuesta de encarar obras públicas que, en definitiva, significan detraer recursos del sector privado para faenas no productivas, lo cual se traduce en un empeoramiento en el nivel de vida de todos. En el segundo ensayo, Skousen describe las falacias de sostener que Keynes fue el salvador del capitalismo, en lugar de su victimario, en el mismo contexto, cuando actualmente se apunta a la crisis del capitalismo, en lugar de percatarse de que el sistema imperante consiste en el estatismo. En ese trabajo, el autor detalla los consejos del keynesianismo de controlar precios y salarios, al tiempo que propugna el deterioro del signo monetario, el déficit fiscal, el incremento del gasto público y, unas veces <i>de facto </i>y otras <i>de jure</i>, la nacionalización de empresas.</p>
<p><strong>Tal vez estas reflexiones puedan ayudar a que cambie en algo lo que viene ocurriendo en general en la industria del cine, cuyos representantes tienen tanto peso en la opinión pública mundial. No se trata de juzgar intenciones, aun suponiendo las mejores; los resultados, especialmente para los más necesitados, son nefastos.</strong> Sin duda que, de modificarse esta situación, la cinematografía y el teatro podrían influir muy positivamente en la comprensión de lo que significa vivir en libertad, como que de hecho algunas de sus excelsas manifestaciones han contribuido grandemente a que se rechace toda forma de autoritarismo.</p>
</div>
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		<title>La embestida de Saramago</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Nov 2015 08:16:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo sobre la lucidez]]></category>
		<category><![CDATA[intelectuales]]></category>
		<category><![CDATA[José Saramago]]></category>
		<category><![CDATA[Ofertas electorales]]></category>
		<category><![CDATA[Políticos]]></category>
		<category><![CDATA[Voto en blanco]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>Es raro el caso de que no se aprenda nada de un pensador, no importa de qué tradición de pensamiento provenga. Es la magia y el atractivo del indispensable alimento que provee la libertad de expresión, es la maravilla donde no hay libros prohibidos y donde no prima la cultura alambrada propia de las xenofobias.</p>
<p>José Saramago (1922-2010) era comunista y puede ubicarse en la línea de William Godwin, Mikhail Bakunin, Piotr Kropotkin, Pierre-Joseph Proudhon y contemporáneamente de Herbert Read y Noam Chomsky: en un contexto de abolición de la propiedad privada, proponen sustituir el aparato estatal clásico por otros organismos burocráticos de mayor control en las vidas de la gente, donde la antiutopía orwelliana queda chica. A raíz de la crisis del 2008 declaró en Lisboa: “Marx nunca tuvo más razón que ahora”; confundió así un capitalismo prácticamente inexistente con sistemas altamente estatistas.</p>
<p>Por supuesto que fue un literato y no un cientista político, de modo que la mencionada tradición de pensamiento no era suscrita ni conocida en su totalidad por Saramago. Fue, eso sí, un admirador del sistema totalitario cubano, donde pronunció su célebre discurso que lleva el paradójico título de <i>Pensar, pensar y pensar</i>, en el lugar en donde sólo se permite el lavado de cerebro que algunos incautos denominan educación. Luego se desilusionó con ese sistema nefasto a raíz de uno de los sonados casos de fusilamientos de disidentes (escribió: “Hasta aquí he llegado”).<span id="more-1248"></span></p>
<p>Como es de público conocimiento, Saramago escribe de modo espectacular, si cabe el correlato con el buen teatro, su manejo de las letras está a la altura de los mejores escritores del planeta y, en el caso de la obra de la que nos ocuparemos, su traductora sin duda es magistral: Pilar del Río, que fue su mujer a partir de 1988. Nos referimos a <b><i>Ensayo sobre la lucidez</i>, una novela extraordinaria que subraya un derecho que es habitualmente ocultado por energúmenos en el poder y sus asociados en la arena política: el voto en blanco.</b> En última instancia, no es una obra de ficción, sino de realidad viviente.</p>
<p>La novela comienza en una ciudad capital donde hay elecciones municipales. Un día de lluvia torrencial, por lo que los votantes se movieron “con la lentitud del caracol”, pero finalmente, al promediar la tarde, aparecieron y procedieron con lo que se estima que es un deber cívico. El resultado fue sorprendente: el 70% votó en blanco. Las autoridades tomaron ese escrutinio como una ofensa grave para la democracia, una pantalla retórica que en realidad ocultaba sus fracasos.</p>
<p>Ante tanto desconcierto, el Gobierno se amparó en la ley electoral que consignaba que, frente a “catástrofes naturales” en el día de la elección, esta debía repetirse, lo cual se hizo. Hete aquí que el resultado de la segunda prueba de los comicios parió un resultado aun más sorprendente: el 83% de los habitantes de esa ciudad votó en blanco. En este último caso, los gobernantes comenzaron a declarar en público y en privado que se habían traicionado los valores de la patria y otras manifestaciones de indignación y desconcierto en las que sostenían que era un atentado mortal a la nación misma.</p>
<p>En este contexto, se declaró el estado de emergencia y luego el estado de sitio. Ninguno de los pobladores se pronunció antes, durante ni después del acto electoral. Se produjo “un espeso muro de silencio” en torno a esta controvertida cuestión. Los burócratas enfatizaban que todo se debía a un complot inaceptable que seguramente contaba con apoyos del exterior. Incluso en una reunión del consejo de ministros se hablaba de un acto de “terrorismo puro y duro” y que, por tanto, se decidió “infiltrar” a la ciudadanía al efecto de develar la conjura y la “peste moral” del voto en blanco.</p>
<p>Más aun, la expresión “blanco” quedó relegada a la historia. Al papel blanco se le decía “hoja desprovista de color”, al mantel blanco se le decía “del color de la leche” y a los estudiantes que estaban en blanco se les decía sin subterfugios que desconocían los contenidos de la materia, y así sucesivamente. Los gobernantes reconocían a regañadientes que votar en blanco es un derecho, pero sostuvieron que consistía en un “uso legal abusivo” (como si un mismo acto, agregamos nosotros, pudiera ser simultáneamente conforme y contrario al derecho).</p>
<p>En un momento de desesperación, el Gobierno central decidió en masa abandonar la ciudad con la idea de que todo se derrumbaría sin ellos y establecieron, sin más, la capital en otro lugar del país. Pero después de algunas vacilaciones resulta que los habitantes de la ciudad se las arreglaron para limpiar las calles y cuidar de la vigilancia para evitar desmanes, asaltos y violaciones.</p>
<p>También el pueblo de la capital sorprendió con marchas pacíficas con letreros en los que se leía “Yo voté en blanco” y consignas de tenor equivalente. El Gobierno planeó contramarchas que produjeran disturbios de envergadura, acentuaron los trabajos de inteligencia e incluso en un momento se sugirió implantar el estado de guerra; finalmente decidió colocar una bomba con la idea de endosar la responsabilidad a los pobladores.</p>
<p>La explosión, que produjo muertes y heridos, no dio el resultado esperado, puesto que la gente se enteró de la verdad de lo sucedido. En el entierro, la multitud llevaba flores blancas y los hombres, una cinta blanca en el brazo izquierdo.</p>
<p>Los debates, los enojos, los gritos y las propuestas descabelladas de los funcionarios que se sucedían fueron dignos de una producción cinematográfica del ridículo. Como son estas cosas, la soberbia hace que los megalómanos pretendan rapidez en el resultado de sus órdenes muchas veces contradictorias, pero los encargados de cumplirlas se chocan entre sí y generan los efectos contrarios a tan inauditos propósitos. En una de las trifulcas en el gabinete de ministros y en medio de la ofuscación, a uno de ellos se le escapó la idea de que los votos en blanco podían ser una manifestación “de lucidez” (lo cual da el título al libro), a lo que el Presidente no sólo le pidió la renuncia de inmediato al intrépido ministro, sino que afirmó categóricamente que había visto “el rostro de la traición”.</p>
<p>El relato sigue con interrogatorios varios, los infaltables “secretos de Estado” que se divulgan al instante, con estrategias, tácticas, micrófonos ocultos, con planes aquí y allá, todos fallidos, y al final más asesinatos de inocentes en medio de censuras a la libertad de expresión. Un triste final para una triste situación.</p>
<p>Como una nota al pie digo que la obra es de fácil y entretenida lectura, además de las lecciones que deja, de estimular el pensamiento del lector y despejar telarañas mentales. Es muy interesante la forma de construir diálogos que propone el autor y su muy sofisticado y efectivo manejo del narrador y de los tiempos. Llama la atención la admirable capacidad de escribir más de cuatrocientas páginas sin que haya un solo nombre propio (excepto el de un perro, un par de empresas y el de Humphrey Bogart, pero como estilo de vestimenta). También es de notar sus valiosas disquisiciones y precisiones lingüísticas al margen del relato principal.</p>
<p>Si tuviera que instalar dos acápites a este artículo periodístico, tomaría dos frases del libro: “Es regla invariable del poder que resulta mejor cortar cabezas antes de que comiencen a pensar” y la visión optimista de: “Más tarde o más pronto, y mejor más pronto que tarde, el destino siempre acaba abatiendo la soberbia”.</p>
<p>He escrito antes sobre el tema del voto en blanco que ahora parcialmente reitero, pero antes<i> </i><b>debo enfatizar en que hay situaciones en las que se estima que el peligro de la alternativa es de tal magnitud que no parece haber más remedio que caer en la trampa del menos malo</b>, siempre que no se termine idealizándolo y siempre que se tenga en cuenta que lo menos malo es de todos modos malo. Se trata de una medida desesperada al efecto de contar con más tiempo para revertir la situación con esfuerzos educativos.</p>
<p>De todos modos, imagino que si hubiera una disposición que obligara a la gente a ser patrimonialmente responsable por la gestión de quien vota, se encaminaría a las urnas con más cuidado y responsabilidad. Ante discursos descabellados, rechazaría las ofertas electorales existentes votando en blanco, lo cual naturalmente forzaría a los políticos a reconsiderar sus plataformas y ser más cautelosos en la articulación de sus pronunciamientos.</p>
<p>En política no puede pretenderse nunca lo óptimo, puesto que <b>necesariamente la campaña significa un discurso compatible con la comprensión de las mayorías, lo cual requiere vérselas con el común denominador y, en funciones, demanda conciliaciones y consensos para operar.</b> Muy distinto es el cuadro de situación en el plano académico, que se traduce en ideas que apuntan a lo que al momento se considera lo mejor sin componendas de ninguna naturaleza que desvirtuarían y pervertirían por completo la misión de un académico que se precie de tal, ya que implica, antes que nada, honestidad intelectual.</p>
<p>En esta instancia del proceso de evolución cultural, el político está embretado en un plafón que le marca las posibilidades de un discurso de máxima y uno de mínima, según sea capaz la opinión pública de digerir propuestas de diversa índole.<b> El político no puede sugerir medidas que la opinión pública no entiende o no comparte. La función del intelectual es distinta: si ajusta su discurso a lo que estima que requieren sus audiencias, con toda razón será considerado un impostor.</b></p>
<p>Ahora bien, en este contexto, cuando un votante se encuentra frente a ofertas políticas que considera que están fuera de mínimas condiciones morales, debe ejercer su derecho a no votar o, si se encuentra en un país en el que no se reconoce ese derecho, debe votar en blanco, lo cual siempre significa que se rechazan todas las ofertas existentes al momento. Incluso, a veces el voto en blanco envía una señal más clara del rechazo que la abstención, puesto que implica tomarse el trabajo de trasladarse al lugar de votación para dejar constancia del disgusto. En esta línea argumental, es como señala el título de la obra en colaboración de Sy Leon y Diane Hunter: <i>None of the Above. The Lesser of Two Evils… is Evil</i>. No cabe mirar para otro lado y eludir las responsabilidades por lo que se votó.</p>
<p>En el caso del voto en blanco, no se debe caer en el temor de ser arrastrado por el fraude estadístico allí donde se descuentan esos votos del universo y, por ende, se inflan las posiciones de los candidatos votados, puesto que lo relevante es la conciencia de cada cual y votar como a uno le gustaría que votaran los demás. La suba en las posiciones relativas de los otros candidatos no modifica el hecho de rechazar las propuestas que se someten a sufragio en una situación límite de inmoralidad en la que todos los postulantes se asemejan en las políticas de fondo y sólo los diferencian matices y nimiedades que son, en última instancia, puramente formales. En este contexto, el voto en blanco es sumamente positivo, porque constituye una manera eficaz de ponerles límites a los atropellos del Leviatán.</p>
<p><b>Es muy fértil la embestida de Saramago contra políticos inescrupulosos y ciudadanos distraídos que intentan por todos los medios minimizar el rol de personas que contribuyen a la mejora de las ofertas programáticas existentes</b>.</p>
<p>El ejercicio a que nos invita Saramago en su libro hace que los políticos en cuestión no se sientan avalados y convalidados en sus fechorías y les trasmiten la vergüenza de verse rechazados e ignorados por el voto en blanco. Nada altera más a un pliticastro que el voto en blanco.</p>
<p>En la situación indicada, el voto en blanco o “voto protesta”, como se lo ha denominado, es fruto del hastío y el hartazgo moral del ciudadano, pero es un voto de confianza y esperanza en un futuro que se considera posible cambiar, frente a los apáticos e indiferentes que votan a sabiendas a candidatos con propuestas malsanas. En este sentido, el voto en blanco es un voto optimista que contrasta con la desidia de quienes ejercen su derecho por candidatos que saben que son perjudiciales.</p>
<p>No sólo cabe abandonar el voto el blanco cuando se está en la situación de extremo peligro<i> </i>que mencionamos más arriba, sino cuando coincide con la expresa instrucción de proceder a votar en blanco por parte de alguna línea política con la que no se coincide, puesto, en ese caso, el resultado será muy pastoso.</p>
<p>Es indispensable que cada uno asuma su deber de contribuir a engrosar espacios de libertad, dado que se trata, nada más y nada menos, de la condición humana. El descuido de esa obligación moral personalísima nos recuerda (y alerta mientras estemos a tiempo) que Arnold Toynbee sostuvo que el epitafio del Imperio romano diría “Demasiado tarde”.</p>
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		<title>Entre el engaño y el disimulo, el fracaso</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Nov 2014 09:10:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Debate]]></category>
		<category><![CDATA[Economía]]></category>
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		<description><![CDATA[Dos de las políticas más frecuentes instaladas en los países que andan a los tumbos (que son casi todos) consisten en las devaluaciones y los ajustes. De tanto en tanto aparecen indefectiblemente en escena debido a manipulaciones monetarias y desórdenes fiscales propiciados por gobiernos irresponsables (que, otra vez, son casi todos). Milton Friedman se burla... <a href="http://opinion.infobae.com/alberto-benegas-lynch/2014/11/15/entre-el-engano-y-el-disimulo-el-fracaso/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Dos de las políticas más frecuentes instaladas en los países que andan a los tumbos (que son casi todos) consisten en las devaluaciones y los ajustes. De tanto en tanto aparecen indefectiblemente en escena debido a manipulaciones monetarias y desórdenes fiscales propiciados por gobiernos irresponsables (que, otra vez, son casi todos).</p>
<p>Milton Friedman se burla de lo primero en <em>Dólares y déficit</em> insistiendo en la imperiosa necesidad de liberar el mercado cambiario y “hacer que el gobierno desaparezca sencillamente de la escena” . Por su parte, Friedrich Hayek en <em>Toward a Free-Market Monetary System</em> subraya que “Siempre, desde que el privilegio de emitir moneda fue explícitamente representado como una prerrogativa real ha sido patrocinado porque el poder de emitir moneda era esencial para las finanzas del gobierno, no para brindar una moneda sólida sino para otorgarle al gobierno acceso al barril de donde puede obtener dinero por medio de su fabricación”.<span id="more-260"></span></p>
<p><strong>Es curioso que haya economistas profesionales que entren por la variante si debe o no debe devaluarse y, más llamativo aun, es que se lancen a patrocinar el valor en que debería situarse la divisa en cuestión.</strong> Es similar a que el debate se suscitara respecto al valor que debería fijarse a los pollos en lugar de liberar los precios luego del tristemente célebre “control de precios” que desde Diocleciano en la antigua Roma han demostrado su reiterado fracaso. Pues con el dinero ocurre lo mismo, los precios máximos a la divisa extranjera y mínimos a la local invariablemente conducen al mismo callejón sin salida.</p>
<p>Incluso de mantienen calurosas discusiones sobre cual debería ser el nuevo valor después de la devaluación, lo cual resulta tragicómico. También los hay que niegan que sean partidarios de la devaluación en vista de los efectos que esa medida provoca.</p>
<p>Es inútil, la manía por incrementar el gasto público en un contexto en el que la presión tributaria resulta insoportable se financia con emisión monetaria si es que no puede disimularse el déficit fiscal con endeudamiento externo. He aquí otra postura incomprensible: la de los economistas que suscriben la supuesta necesidad de financiarse con préstamos internacionales sin percatarse que ese canal no solo compromete patrimonios de futuras generaciones que no han participado en el proceso electoral que eligió al gobernante que contrajo la deuda, sino que facilita grandemente el derroche y en agrandamiento del aparato estatal.</p>
<p><strong>Se suele esgrimir la conveniencia de la deuda pública externa para “la inversión” gubernamental. Pues, en primer lugar, no hay tal cosa como “inversión” por la fuerza ya que por su naturaleza significa abstención voluntaria de consumo para ahorrar cuyo destino es la inversión que opera debido a la preferencia temporal: la preferencia de lo futuro a lo presente.</strong> Ahorro forzoso o inversión por la fuerza constituyen contradicciones en los términos. En nuestro ejemplo, se trata de gastos no corrientes en el mejor de los casos.</p>
<p>Para no cargar tanto las tintas con nuestra profesión, tal vez debiera destacarse que muchos de los opinantes no son en verdad economistas. Usan esa etiqueta solo porque, por ejemplo, han opinado sobre la ley de la oferta y la demanda (generalmente mal formulada), es como si el que estas líneas escribe se autotitulara arquitecto porque alguna vez intentó levantar una pared (que, además, se derrumbó). Se trata de usurpación de título. En realidad es por eso que prefiero identificarme con mi grado de doctor en economía y no como economista.</p>
<p>En fin, dejando de lado esta digresión, <strong>la devaluación no es para nada una salida a los problemas creados por el Leviatán, se trata de un engaño transitorio.</strong> La solución en el mercado cambiario es liberarlo lisa y llanamente, lo cual reflejará la situación real de las paridades cambiarias. En realidad al aumentar la base monetaria, la banca central devaluó de facto lo cual se refleja en el mercado negro, solo que las exportaciones tienden a contraerse debido a que el “precio oficial” queda artificialmente rezagado y cuando no se lo quiere liberar se cambia la cotización de jure que naturalmente sigue atrasada. Esa es la devaluación.</p>
<p>El segundo tema de esta nota alude a lo que ha dado en llamarse “ajuste” que inexorablemente produce inmensos sufrimientos absolutamente inútiles (sea aquel solapado o explícito). Esto es así porque se trata de un parche que disimula el problema. Como he dicho antes, igual que en la jardinería la poda hace que la planta crezca con mayor vigor, el ajuste esconde la basura bajo la alfombra en lugar de erradicar de cuajo funciones estatales inútiles. Es como colocarle un corset a los efectos de ajustarle el abdomen a una persona excedida en su peso en lugar de encarar una dieta de fondo o de recurrir a la cirugía. Ajustar no es encarar el problema de fondo ya que el mal reaparecerá en el corto plazo.</p>
<p>Los padecimientos que se sufren por los ajustes son infinitamente mayores que los que ocurren cuando se adoptan con coraje y decisión las medias de fondo para desprenderse de reparticiones inconvenientes, las cuales sin duda generarán costos para algunos pero serán mucho más que compensados por el saneamiento perdurable.</p>
<p><strong>Es lo mismo que si al enfermo grave en lugar de llevarlo al quirófano se le aplican inyecciones dolorosas que lo aliviarán temporalmente mientras el tumor crece.</strong></p>
<p>En resumen, la extendida aplicación de las devaluaciones y los ajustes debieran sustituirse por la libertad cambiaria (no digo flotación porque está atada a la noción de “flotación administrada” o “sucia”) y por la eliminación de las funciones incompatibles con un gobierno republicano.</p>
<p>En relación a lo consignado, conviene tener presente lo escrito por Octavio Paz en<em> El ogro filantrópico</em> en cuanto a que lo establecido por los aparatos estatales se traduce en “un arte oficial y una literatura de propaganda […] Hay que decirlo una y otra vez: el Estado burocrático totalitario ha perseguido y castigado [es el] cáncer del estatismo […] Las tentaciones faraónicas de la alta burocracia, contagiada de la manía planificadora de nuestro siglo […] ¿Cómo evitaremos la proliferación de proyectos gigantescos y ruinosos, hijos de la megalomanía de tecnócratas borrachos de cifras y estadísticas?”. Esto último deber resaltarse: no se trata de un concurso de estadísticas sino de contar con libertad para que cada uno pueda seguir su proyecto de vida como mejor le plazca sin lesionar derechos de terceros, puesto que como ha escrito Tocqueville, “el que le pide a la libertad más que ella misma tiene alma de esclavo”.</p>
<p>Y para que pueda revertirse la situación y salir del marasmo de devaluaciones y ajustes, los intelectuales que se dicen partidarios de la sociedad abierta deben apuntar a erradicar los sistemas estatistas, lo cual significa alejarse de medidas timoratas que pretenden solo cambiar el decorado con hombres distintos y cambios menores. Precisamente, en este sentido es que Octavio Paz en la obra mencionada concluye respecto a nuestra región (pero aplicable a todos lados) que “Si los intelectuales latinoamericanos desean realmente contribuir a la transformación política y social de nuestros pueblos, deberían ejercer la crítica”.</p>
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		<title>Ernesto Laclau</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Apr 2014 10:49:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Se ha escrito mucho sobre el autor que figura en el encabezado de esta nota  pero observo que la mayoría, sea para criticarlo o para aplaudir lo que dice, se aferra a sus extensos e interminables textos farragosos, en tramos ininteligibles, construidos en base a una larga cadena de galimatías conceptuales. No es que todo lo que escribió Laclau sea incomprensible; hay pasajes muy claros, pero parecería que <strong>el estilo obedece a una estrategia que consiste en tirar la estocada con una idea-fuerza y luego adornarla largamente con una escritura sin sentido alguno para impresionar a los snobs y a los acomplejados</strong> (me refiero a aquellos que cuando no entienden conjeturan que el que escribe “debe saber mucho”). Karl Popper aludía a esos escritores reiterando que “la búsqueda de la verdad solo es posible si hablamos sencilla y claramente […] Para mí, buscar la sencillez y la lucidez es un deber moral de todos los intelectuales: la falta de claridad es un pecado y la presunción un crimen”.</p>
<p>No quiero abusar de la paciencia del lector pero tomo más o menos al azar una de las parrafeadas típicas de Laclau, esta vez de su libro <i>Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo,</i> al efecto de ilustrar lo dicho para que cada uno juzgue por sí mismo. Por ejemplo: “Toda tipografía presupone un espacio dentro del cual la distinción entre regiones y niveles tiene lugar, ella implica, en consecuencia, el cierre del todo social, que es lo que permite que éste último sea aprehendido como una estructura inteligible que asigna identidades precisas a sus regiones y niveles. Por si toda objetividad es sistemáticamente rebasada por un exterior sustitutivo, toda forma de unidad, articulación y jerarquización que pueda existir entre varias regiones y niveles será el resultado de una construcción contingente y pragmática y no una conexión esencial que pueda ser reconocida”.</p>
<p>Lamentablemente, en lo personal, al dirigir tesis doctorales, he comprobado que no son pocos los alumnos que arrastran una especie de inercia en cuanto a que en sus monografías y similares durante la carrera de grado <strong>les han inoculado la manía del oscurantismo</strong> como si fuera un camino fértil para exhibir supuestos conocimientos sofisticados. En estos casos, se consume bastante tiempo en volver a la normalidad. Alan Sokal y Jean Bricmont han ilustrado magníficamente el punto señalado cuando publicaron un muy celebrado ensayo con referato en <i>Social Text</i>, luego de lo cual declararon que se estaban burlando de la comunidad académica ya que el trabajo contenía disparates superlativos y se aprestaron a publicar su propia refutación, a lo que la dirección del <i>journal</i> en cuestión concluyó que “no tenía altura académica” por lo que los autores decidieron publicar todo el material y el relato de lo sucedido en un libro titulado<strong> <i>Imposturas intelectuales.</i></strong></p>
<p>Vamos entonces lo que estimamos es el núcleo del mensaje de Laclau en sus escritos, las estocadas a las que nos referimos más arriba. En el libro que hemos citado de este autor sostiene en el contexto de su adhesión a la teoría de la plusvalía que “la clásica falacia liberal acerca de la relación entre obrero y capitalista consiste en reducir a esta última a su forma jurídica -el contrato entre agentes económicos libres- y que la crítica a esta falacia consiste en mostrar la desigualdad de las condiciones a partir de las cuales capitalista y obrero entran en la relación de producción”.</p>
<p>En esta misma línea argumental escribe el mismo autor en la misma obra que “en el caso de que la gestión del proceso económico deje de estar en las manos privadas del capitalista y pase a ser una gestión social, la emancipación del capitalista respecto del productor directo es transferida a la comunidad en su conjunto. Lo que el productor directo pierde en términos de autonomía individual, lo gana por otro lado con creces en tanto miembro de una comunidad” y, como remedio, sugiere “una intervención consciente, por lo tanto, permite regular la realidad crecientemente dislocada del mercado” puesto que “el mito del capitalismo liberal fue de un mercado absolutamente autorregulado”.</p>
<p>Este es en una cápsula el núcleo duro de Laclau en materia económica. Una perspectiva nada original pero que rebalsa en errores muy sustanciales. Primero, los salarios e ingresos en términos reales son consecuencia de las tasas de capitalización, es decir, fruto del ahorro interno y externo que hacen de apoyo logístico para elevar el nivel de vida. <strong>Los arreglos contractuales son siempre entre desiguales lo cual significa asimetrías en gustos y en informaciones, de lo contrario no se llevarían a cabo</strong>. En cuanto a las desigualdades patrimoniales, en un mercado abierto éstas responden a las votaciones de los consumidores en el plebiscito diario del supermercado y equivalentes, lo cual, a su vez, permite incrementar las antedichas inversiones, especialmente para bien de los más necesitados. Como hemos puntualizado en otras oportunidades, esto último no ocurre cuando los empresarios dejan de estar compelidos a satisfacer las demandas del prójimo puesto que sus riquezas se deben al privilegio otorgado por el poder político.</p>
<p>Por otra parte, en el mercado del cual todos formamos parte cuando adquirimos lo que necesitamos (incluso los libros de Laclau) las compras y ventas de bienes y servicios significan intercambios de derechos de propiedad y cuando éstos se vulneran se alteran los precios que al trasmitir señales falsas obstaculizan la contabilidad y la evaluación de proyectos hasta, en el extremo, tal como ocurría antes de la demolición del Muro de la Vergüenza en Berlín, se elimina toda posibilidad de cálculo económico. La idea de la llamada dirección estatal “conciente” es precisamente a lo que el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek combate y refuta en su <i>La fatal arrogancia. Los errores del socialismo</i>. <strong>La función de los gobiernos en una sociedad abierta consiste en proteger los derechos de los gobernados, marcos institucionales que Laclau rechaza tal como veremos enseguida.</strong></p>
<p>Por último, afirmar que lo que pierde el capitalista lo gana con creces la comunidad cuando la gestión la lleva a cabo el aparato estatal pasa por alto el hecho de que la asignación de los siempre escasos factores de producción operan a ciegas si no se administran por aquellos que los consumidores consideran más eficientes para atender sus requerimientos y, por ende, el traspaso de la gestión empresaria al Leviatán inexorablemente significa una pérdida neta o, más bien, un derroche.</p>
<p>En otro de sus libros titulado <i>La razón populista </i>comienza afirmando que <strong>“la noción misma de individuo no tiene sentido en nuestro enfoque” puesto que se dirige a ese antropomorfismo denominado “pueblo” basado en la supremacía de la mayoría sin cortapisas conducida por el líder</strong> con quien se establece un “lazo libidinal” en el contexto de un enfrentamiento al “otro antagónico” (las variantes capitalistas) en donde no hay división de poderes sino que <strong>el Poder Legislativo y el Judicial necesariamente deben acompañar las decisiones hegemónicas</strong>. Por eso no es de extrañar que, como lo señaló en una entrevista en <i>Página/12</i> titulada “Vamos a una polarización institucional”, que subraye su adhesión al peronismo, al chavismo y a todos sus imitadores para concluir que, en este ámbito, “soy partidario hoy en América latina de la reelección presidencial indefinida”, esto es, puro bonapartismo.</p>
<p>Con su mujer -Chantal Mouffe- también ha publicado ensayos y un libro de gran difusión titulado <i>Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia </i>donde, como queda dicho, entienden la democracia como las mayorías ilimitadas a contracorriente de toda la tradición democrática que desde sus comienzos ha enfatizado en el respeto a las minorías, lo cual está representado contemporáneamente por Giovanni Sartori y tantos otros intelectuales de gran calado.</p>
<p>Laclau se aparta de la tradición estrictamente marxista para ubicarse en un posmarxismo, así consigna en el libro citado en primer término que “yo nunca he sido un marxista total” puesto que <strong>“nuestro trabajo puede ser visto como una extensión de la obra de Gramsci”</strong>, en definitiva, “yo no he rechazado el marxismo. Lo que ha ocurrido es muy diferente, y es que <strong>el marxismo se ha desintegrado y creo que me estoy quedando con sus mejores fragmentos”.</strong></p>
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