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	<title>Adrián Ravier &#187; economía de mercado</title>
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		<title>Tres posturas sobre la intervención del Estado en la economía</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Oct 2013 10:37:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adrián Ravier</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Dejemos por un momento de lado al keynesianismo, la economía social de mercado y la escuela austríaca. Concentrémonos en tres autores: <strong>John Maynard Keynes, Wilhelm Röpke y Friedrich Hayek</strong>. Si bien considero que sería correcto ubicar la filosofía política y el pensamiento económico de Röpke entre los trabajos de John Maynard Keynes y los escritos de Friedrich A. von Hayek, me propongo en el siguiente artículo intentar responder a una sola pregunta: ¿hasta qué punto sería esto cierto?</p>
<p>Con un ánimo conciliador, trataré de mostrar <strong>consensos y diferencias entre tres de los pensadores más destacados del siglo XX</strong>. Es el objetivo final que estas comparaciones ilustren ciertos mitos que surgen en torno a ellos. Dice el profesor <strong>Resico</strong> sobre el pensamiento de Röpke: “&#8230;su planteo se apartaba explícitamente, por un lado de la <strong>economía coactiva</strong> (planificación central, corporativismo fascista, intervencionismo estatista) y, por otro, de la <strong>economía de mercado</strong> interpretada en la tradición del <strong><em>laissez faire</em></strong>, que excluye la intervención del Estado en asuntos económicos”.</p>
<p><strong><span id="more-173"></span>Lucas Beltrán Florez</strong> nos ofrece otras precisiones sobre este aspecto, mostrando un Röpke que aceptaba la <strong>“intervención conforme” del Estado en la economía</strong>, <strong>pero rechazaba la “intervención disconforme</strong>”: “la diferencia entre la intervención conforme y la disconforme [se comprende] comparándolas con la regulación del tráfico por las calles y carreteras. Mientras tal regulación se limite (como ocurre en la realidad) a exigir pruebas de aptitud a los conductores, señalar vías de tránsito y dictar instrucciones sobre el mejor modo de circular, cumple una misión absolutamente necesaria, y cada uno sigue siendo libre de ir a donde quiera, cuando y como quiera; esta forma de regulación es comparable a la intervención conforme. En cambio, se asemejaría a una intervención disconforme, la regulación del tráfico que tuviera la absurda pretensión de ordenar el movimiento de cada uno de los vehículos, como el capitán que manda una columna en marcha”. “Röpke cree que la eliminación de las intervenciones disconformes y la aplicación racional de las conformes, encaminadas a asegurar el funcionamiento de la economía de mercado y la implantación del programa del <strong>‘tercer camino</strong>’, son requisitos necesarios de una sociedad sana y estable”. La pregunta que me surge de este “tercer camino” es la siguiente<strong>: ¿No estarían de acuerdo tanto Keynes como Hayek con esta apreciación?</strong></p>
<p><strong>Keynes y Röpke</strong></p>
<p>Concentrémonos primero en Keynes, a quien podríamos calificar como un defensor del “<strong>intervencionismo estatista”.  Ricardo Crespo</strong> sostiene que “el caso de Keynes es un ejemplo de construcción social de una realidad donde <strong>el Keynes-hombre no siempre coincide con el Keynes-mito</strong>”. Lo cierto es que posiblemente el error más significativo de Keynes haya sido titular su obra maestra como la <strong><em>Teoría general</em></strong>, si consideramos que los estudios y conclusiones presentados en 1936 aplican únicamente al caso particular de una economía con desempleo de recursos, y en especial a aquellas específicas circunstancias de la gran depresión de los años treinta. Como decía su amigo y discípulo <strong>Richard Kahn</strong>, se ha abusado de la palabra “Keynes”. Con el tiempo (y gracias a la acción de malos políticos), ésta quedó asociada a soluciones inflacionarias, falaces y facilistas, a los problemas de la desocupación y a un Estado fuertemente interventor. Sin embargo, concluye Crespo, sólo con importantes restricciones y matices (y en determinadas circunstancias) Keynes habría estado de acuerdo con las recetas que le atribuyen. Por eso, en 1946, el año de su muerte, afirmó:<strong> “yo no soy keynesiano”.</strong></p>
<p>De este modo, <strong>llegamos a un Keynes cuya teoría del intervencionismo económico sólo se acota a “determinadas circunstancias”.</strong> Algo similar podemos decir de la “<strong>economía social de mercado</strong>”. Resico muestra con precisión los “fundamentos de la economía de mercado” existentes en el pensamiento de Röpke, los que se sostienen sobre la base de su correcta comprensión de los órdenes espontáneos y en un marco institucional, social y ético favorable.  ¿En qué circunstancias, sin embargo, considera Röpke que el funcionamiento de la economía de mercado se interrumpe? <strong>Hansjörg Klausinger</strong>, quien caracteriza a Röpke y otros alemanes como<strong> proto-keynesianos</strong>, nos explica que nuestro autor sólo alentaba la política expansionista en circunstancias específicas, haciendo referencia a la <strong>“depresión secundaria”</strong>. Röpke distinguía claramente la depresión primaria de la depresión secundaria. La primera es aquella depresión normal, que surge en todo ciclo económico y que es necesaria para liquidar la sobreinversión generada en la etapa del auge. Ante esta situación Röpke se podría denominar como un “<strong>liquidacionista</strong>”, en el sentido de que no propone aplicar políticas para paliar tal situación. La segunda es aquella depresión que va un poco más allá de la necesaria liquidación de los comentados errores de inversión. Se trata de una depresión que se retroalimenta por sí misma, y que lleva consigo una destrucción de capital innecesaria y que es imperioso detener.</p>
<p>Podemos dar un ejemplo. En 2001, la tasa de interés de corto plazo en EEUU, estaba en un 6,75 %.<strong> La crisis de las punto com</strong> generó una amenaza al crecimiento y al empleo, lo que llevó al presidente de la<strong> Reserva Federal</strong> a reducir la tasa de interés al 1 %. Los analistas coinciden en que dicha tasa estuvo en niveles muy bajos por demasiado tiempo, lo que estimuló el desarrollo de una burbuja inmobiliaria. En 2004, ante una posible aceleración de la inflación, <strong>Greenspan</strong> decidió subir la tasa de interés, y el mercado inmobiliario, que se sostenía sobre esa política de liquidez, se derrumbó. Hayek y Röpke, colegas en la <strong>Mont Pelerin Society</strong>, coinciden en que la recuperación de la crisis requiere de cierta liquidación de proyectos de inversión que surgieron en torno a una tasa de interés muy baja. Pero apuntan que puede ocurrir un problema mayor, si la tasa de interés sube por encima de su nivel natural. Para ser más concreto: ¿Qué ocurriría si la tasa de interés sube hasta el 10 %? Esto llevaría a que no sólo se liquiden los proyectos de inversión que surgieron en torno a la reducción artificial de la tasa de interés, sino que la liquidación de inversiones sería aún mayor, y esto es innecesario. La necesaria liquidación de inversiones, que corrige los errores de la política de dinero fácil, es lo que llamamos depresión primaria. La innecesaria liquidación de inversiones, conocida como depresión secundaria, es producto de que la tasa de interés haya subido por encima de su nivel natural. Esto puede evitarse si la Reserva Federal, ya inmersa en la crisis, expande la base monetaria comprando bonos en el mercado abierto.</p>
<p>Röpke agrega que la expansión monetaria puede no tener la fuerza suficiente para detener la depresión secundaria, y por ello, debe ir acompañada de políticas fiscales que aseguren que habrá una mayor demanda de los créditos que la política de dinero fácil introduzca en el mercado. Si bien ambos estarían de acuerdo en una política expansionista para circunstancias especiales, es esta explícita e importante distinción de Röpke de la que hoy carece el “intervencionismo keynesiano”.</p>
<p><strong>Hayek y Röpke</strong></p>
<p><strong>Hayek</strong> por su parte, viene a representar al <strong><em>laissez faire</em></strong>, el que<strong> “excluye la intervención del Estado en asuntos económicos</strong>”. Nótese sin embargo, que Hayek también aceptaba -en circunstancias excepcionales- que los hacedores de políticas públicas hicieran algo ante la situación descripta. En términos de la ecuación cuantitativa del dinero <strong>(MV = Py)</strong>, Hayek proponía mantener constante el <strong>ingreso nominal</strong> (MV). Esto tenía dos implicaciones. En primer lugar, permitir que ante un aumento de la <strong>productividad</strong> y su consecuente crecimiento económico (y), bajen los precios (P). Ya en <em><strong>Precios y producción</strong></em> de 1931, decía Hayek: “El que no haya ningún peligro en que los precios caigan cuando la producción sube ha sido subrayado una y otra vez, por ejemplo por<strong> A. Marshall, N. G. Pierson, W. Lexis, F. Y. Edgeworth, F. W. Taussig, L. Mises, A. C. Pigou, D. H. Robertson y G. Haberler</strong>”.</p>
<p>Cabe sin embargo hacer aquí la distinción -muchas veces ignorada por los economistas que animan <strong>políticas antideflacionistas</strong>- entre el proceso de <strong>deflación</strong> que surge por aumentos de productividad, de aquel proceso que surge en las etapas últimas del ciclo económico. En segundo lugar, que ante una contracción secundaria de dinero, la autoridad monetaria expanda la base monetaria. En pocas palabras, la expansión primaria sirve para compensar la contracción secundaria. Hayek, sin embargo, jamás habló de combinar esta política monetaria con políticas fiscales. Su preocupación, como la de Röpke, no era evitar el ajuste necesario del período de sobreinversión (que Hayek llamó más bien de mala-inversión), sino evitar que el ajuste sea mayor al necesario para volver a una situación de normalidad.</p>
<p><strong>Conclusión</strong></p>
<p>Estos comentarios acercan el pensamiento de <strong>Keynes, Röpke y Hayek</strong>, con el único objetivo de mostrar que <strong>ninguno representa los extremos con los que muchas veces se los identifica</strong>. Resulta fundamental, sin embargo, señalar -como lo hace <strong>Resico</strong>- que <strong>Röpke</strong> -al igual que <strong>Hayek</strong>- realizó una <strong>valoración crítica del pensamiento de Keynes</strong>, “en el que destacaba una generalización errónea del principio de la ‘demanda efectiva’”, esto es, el conocido modelo keynesiano de demanda agregada. Más precisamente Röpke se separaba de la propuesta keynesiana de pleno empleo, el que representó un manejo activo de la política económica de coyuntura, otorgándole un sesgo inflacionista y de control cada vez más amplio sobre el sistema económico, aspecto que se replica en Hayek. En otras palabras, la crítica de Röpke -que desde luego compartía con Hayek- estaba destinada a esa propuesta de manejar científicamente las variables monetarias, controlando la cantidad de dinero en circulación, los tipos de interés, el tipo de cambio, y mediante ellos, determinar el nivel de empleo y la tasa de crecimiento económico.<strong> Esta &#8220;fatal arrogancia&#8221; que hoy sostienen muchos economistas, de querer manejar la economía como si fuera un automóvil, mediante unos cuantos controles en un tablero, es el error fatal que Keynes introdujo y del cual necesariamente debemos distanciar tanto a Röpke como a Hayek.</strong> Después de todo, como ha señalado Garrison, &#8220;Keynes [en parte] fue un keynesiano&#8221;.</p>
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		<title>El capitalismo en la empresa: ¿qué es el Market Based Management?</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Sep 2013 10:42:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adrián Ravier</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La dinámica es quizás una de las principales características del mundo actual. El cambio permanente en dotaciones de recursos, tecnologías y preferencias de los consumidores nos sugiere que, para triunfar en el mundo de los negocios, las empresas requieren adaptarse velozmente al cambio, reemplazando las estructuras rígidas por formas de organización flexibles y descentralizadas. Pero ¿cómo... <a href="http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/09/09/el-capitalismo-en-la-empresa-que-es-el-market-based-management/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La dinámica es quizás una de las principales características del mundo actual.</strong> El cambio permanente en dotaciones de recursos, tecnologías y preferencias de los consumidores nos sugiere que, para triunfar en el mundo de los negocios,<strong> las empresas requieren adaptarse velozmente al cambio</strong>, reemplazando las estructuras rígidas por formas de organización flexibles y descentralizadas. Pero ¿cómo construir esta clase de estructuras? <strong>Charles Koch</strong>, fundador del <strong>Market Based Management (MBM)</strong>, nos ofrece una posible solución basada en un traslado de los principios de un sistema de capitalismo puro y de libre mercado a la organización interna de la empresa.</p>
<p>La historia ha demostrado que la <strong>economía de mercado</strong> es mucho más exitosa en la coordinación de actividades que la <strong>planificación central del socialismo</strong>. Como ejemplo, podemos observar las diferencias entre lo que fueron <strong>Alemania Occidental y Oriental</strong>,<strong> Hong Kong</strong> y la <strong>China</strong> comunista, o <strong>Corea del Norte y del Sur</strong>. Ahora, <strong>¿qué podemos aprender de ello para transmitirlo al funcionamiento interno de las empresas?</strong> Observemos el siguiente cuadro:</p>
<p><a href="http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/files/2013/08/aravier1-mbm.jpg"><span id="more-123"></span><img class="aligncenter size-full wp-image-124" alt="aravier1-mbm" src="http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/files/2013/08/aravier1-mbm.jpg" width="450" height="130" /></a></p>
<p>1) En un <strong>sistema socialista</strong> las órdenes se dan de arriba hacia abajo de acuerdo a los mandatos del planificador. En un <strong>sistema capitalista</strong>, rige el principio de división del trabajo, donde se aprovechan las ventajas comparativas que posee cada individuo para alcanzar la mayor riqueza conjunta. Esto puede trasladarse a la organización a través de un <strong>&#8220;sistema de misiones&#8221;</strong>. La empresa maximizará su valor en la medida en que su misión global logre integrarse con las misiones individuales de los individuos que la componen.</p>
<p>2) Cuando en una sociedad no están claros los derechos de propiedad aparece lo que se conoce como el <strong>&#8220;drama de la propiedad común&#8221;. </strong>Si nadie es propietario (y, por tanto, responsable de un recurso) todos tienen el incentivo de aprovecharse de él sin tomar en cuenta las consecuencias a largo plazo del mal uso. Trasladado a la organización, <strong>si una tarea no tiene un claro responsable es muy probable que nadie la realice.</strong></p>
<p>3) El correcto funcionamiento de una sociedad presupone una serie de <strong>normas basadas en determinados valores y culturas</strong>. Por ejemplo, el respeto de los contratos, el derecho de propiedad y el cumplimiento de las promesas. Traduciéndolo a las organizaciones, esto también ocurre con respecto a la honestidad intelectual, la humildad, la tolerancia, la libertad para cometer errores y la receptividad hacia nuevas ideas.</p>
<p>4) En una economía de mercado, el<strong> sistema de precios</strong> guía al empresario respecto de qué debe producir, cómo, dónde y cuándo debe hacerlo. Las organizaciones utilizan &#8220;tableros de control&#8221; que sintetizan ciertos indicadores que le permiten al empresario contar con cierta información. Sin embargo, el tablero resulta incompleto por la falta de precios internos. Así, es difícil evaluar cuánto valor genera cada departamento o unidad de negocios. Es por esto que resulta trascendental el <em>outsourcing</em>, herramienta que permite fijar precios a servicios internos de la compañía y con ello simular los precios internos.</p>
<p>5) Si el <strong>sistema descentralizado capitalista es más eficiente para generar riqueza que la planificación centralizada del socialismo</strong>, es porque el primero aprovecha la <strong>generación de conocimiento y de riqueza</strong> <strong>por parte de cada individuo</strong>, mientras que en el segundo todo el conocimiento se encuentra concentrado en una sola persona. Lo mismo podemos decir de las organizaciones. En una empresa de estructura descentralizada se aprovechará mucho más el conocimiento disperso en cada persona y su capacidad de innovación.</p>
<p>6) <strong>Los empresarios obtienen ganancias creando valor para otros</strong>; nadie les ordena que sean creativos; sencillamente se dan cuenta de que <strong>con la creatividad pueden beneficiarse mejorando la situación de los consumidores</strong>. En la organización, es necesario <strong>crear incentivos para que las personas den lo mejor de sí</strong> y expresen su creatividad. Por lo tanto, una organización debe poseer un sistema de incentivos, o de compensaciones, que motive al personal a alcanzar dentro de la compañía su autorrealización.</p>
<p><strong> Observamos que en muchas organizaciones las soluciones nacen muertas</strong>. El constante cambio hace que muchas de nuestras soluciones sean para problemas que ya no existen, o por lo menos ya no existen en la forma en que fueron planteadas. <strong>La mejor forma de luchar contra la dinámica del mundo actual es mediante estructuras flexibles y descentralizadas.</strong> Y el modelo del MBM puede ayudar a alcanzarla.</p>
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		<title>Carta de Friedman a Cristina</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Aug 2013 04:47:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adrián Ravier</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es sabido que Milton Friedman escribió una carta a Augusto Pinochet el 21 de abril de 1975. Algunos intelectuales, como José Piñera, dirán que Friedman jugó un rol central en la refundación de Chile. Otros, como Rolf Lüders, dirán que aquella visita no jugó ningún rol, puesto que Pinochet ya estaba entonces convencido de tomar -en el ámbito económico- el camino de la economía... <a href="http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/08/22/carta-de-friedman-a-cristina/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Es sabido que<b> </b><strong>Milton Friedman</strong> escribió una carta a <strong>Augusto Pinochet</strong> el 21 de abril de 1975. Algunos intelectuales, como <strong>José Piñera</strong>, dirán que Friedman jugó un rol central en la refundación de Chile. Otros, como<b> </b><strong>Rolf Lüders</strong>, dirán que aquella visita no jugó ningún rol, puesto que Pinochet ya estaba entonces convencido de tomar -en el ámbito económico- el camino de la economía de mercado. Un tercer grupo -quizás el más amplio- jamás le perdonará a Friedman el haber colaborado con un dictador.</p>
<p>Al margen de la disputa política y social, lo cierto es que &#8220;estrictamente en lo económico&#8221; <strong>el diagnóstico de Friedman</strong> era muy claro y contundente, y advertía cuáles eran los dos problemas centrales de Chile en ese momento:<b> </b><strong>la acelerada inflación y la ausencia de una saludable economía de mercado.</strong> Éstos son, casualmente,<b> </b><strong>los problemas centrales de la Argentina de hoy</strong> y las recomendaciones económicas que por entonces ofreció Friedman son precisamente las mismas que hoy necesita nuestro país. A continuación tomamos aquella carta, y con pequeñas variaciones,<b> </b><strong>imaginamos que fuera destinada a nuestra presidente.</strong></p>
<p><strong><span id="more-110"></span>Estimad[a] señor[a] presidente:</strong></p>
<p>Durante la visita que le hiciéramos el viernes 21 de marzo, realizada con el objeto de discutir la situación económica de [Argentina], usted me pidió que le transmitiera mi opinión acerca de la situación y políticas económicas luego de completar mi estancia en su país. Esta carta responde a tal requerimiento.</p>
<p>Permítame primero decirle cuán agradecidos estamos mi esposa y yo de la cálida hospitalidad que nos brindaran tantos [argentinos] durante nuestra breve visita; nos hicieron sentir como si realmente estuviéramos en casa. Todos los [argentinos] que conocimos estaban muy conscientes de la seriedad de los problemas que su país enfrenta, dándose cuenta de que el futuro inmediato iba a ser muy difícil. Sin embargo, todos mostraban una firme determinación en aras de superar dichas dificultades y una especial dedicación en el trabajo por un futuro más próspero.</p>
<p><strong>El problema económico fundamental de [Argentina] tiene claramente dos aristas: la inflación y la promoción de una saludable economía social de mercado.</strong> Ambos problemas están relacionados: cuánto más efectivamente se fortalezca el sistema de libre mercado, menores serán los costos transicionales de terminar con la inflación. Sin embargo, y pese a estar relacionados, se trata de dos problemas diferentes: el fortalecimiento del libre mercado no culminará con la inflación <em>per se</em>, como tampoco terminar con la inflación derivará automáticamente en un vigoroso e innovador sistema de libre mercado.</p>
<p><strong>La causa de la inflación en [Argentina] es muy clara: el gasto público</strong> corresponde, aproximadamente, a un [45] % del ingreso nacional. Cerca de un cuarto de este gasto no deriva de impuestos explícitos y, por lo tanto, debe ser <strong>financiado emitiendo una mayor cantidad de dinero;</strong> en otras palabras,<b> </b><strong>a través del impuesto oculto de la inflación.</strong> […]</p>
<p>Este impuesto-inflación genera un enorme daño al inducir a las personas a dedicar un gran esfuerzo por limitar su posesión de dinero<br />
en efectivo. Esa es la razón por la cual la base es tan estrecha. En la mayoría de los países, desarrollados y subdesarrollados, la<br />
cantidad de dinero es más cercana al 30% del ingreso nacional que al [10,7 %] de éste. […]</p>
<p><strong>Existe sólo una manera de terminar con la inflación: reducir drásticamente la tasa de incremento en la cantidad de dinero</strong>. En la situación de [Argentina], el único modo para lograr la disminución de la tasa de incremento en la cantidad de dinero es reducir el déficit fiscal. Por principio, el déficit fiscal puede ser reducido disminuyendo el gasto público, aumentando los impuestos o endeudándose dentro o fuera del país. Exceptuando el endeudamiento externo, los otros tres métodos tendrían los mismos efectos transitorios en el empleo, aunque afectando a diferentes personas -<strong>disminuir el gasto público afectaría inicialmente a los empleados públicos</strong>, aumentar los impuestos afectaría inicialmente a las personas empleadas por quienes pagan impuestos, y endeudarse afectaría inicialmente a las personas empleadas por los titulares de los créditos o por la las personas que, de otro modo, hubieran conseguido esos fondos prestados.</p>
<p>En la práctica, disminuir el gasto público es, por lejos, la manera más conveniente para <strong>reducir el déficit fiscal</strong> ya que, simultáneamente, contribuye al fortalecimiento del sector privado y, por ende, a sentar las bases de un saludable crecimiento económico.</p>
<p><strong>La disminución del déficit fiscal es requisito indispensable para terminar con la inflación.</strong> Un problema menos claro es cuán rápidamente debe terminarse con ella. Para un país como <strong>Estados Unidos</strong>, en el cual la inflación [de 1975 era] de alrededor del 10%, yo aconsejo una política gradual de eliminación en dos o tres años. Pero para [Argentina], en que la inflación se mueve entre el [2] % y [3] % mensual, creo que graduar su eliminación no es viable; conllevaría una tan gravosa operación por un periodo de tiempo tan largo, que temo la paciencia no acompañaría el esfuerzo.</p>
<p><strong>No existe ninguna manera de eliminar la inflación que no involucre un periodo temporal de transición de severa dificultad, incluyendo desempleo.</strong> Sin embargo, y desafortunadamente,<strong> Argentina enfrenta una elección entre dos males, un breve periodo de alto desempleo o un largo periodo de alto desempleo, aunque sutilmente inferior al primero</strong>. En mi opinión, las experiencias de <strong>Alemania</strong> y <strong>Japón</strong> luego de la <strong>II Guerra Mundial</strong>, de <strong>Brasil</strong> más recientemente, del reajuste de postguerra en Estados Unidos, cuando el gasto público fue reducido drástica y rápidamente, argumentan en pro de un tratamiento de shock. Todas estas experiencias sugieren que este periodo de severas dificultades transicionales sea breve (medible en meses) para que así la subsecuente recuperación sea rápida.</p>
<p>Para mitigar los costos de la transición y facilitar la recuperación, creo que <strong>las medidas fiscales y monetarias debieran ser parte de un paquete que incluya medidas que eliminen los obstáculos a la empresa privada y que alivien la aguda angustia.</strong></p>
<p>Para acotar, haré un bosquejo de los contenidos de un paquete de propuestas específicas. Mi conocimiento de [Argentina] es muy limitado como para permitirme ser tanto preciso como exhaustivo, de modo que estas medidas deben ser consideradas más bien como ilustrativas.</p>
<p>Si este enfoque de shock fuera adoptado, creo que debiera ser anunciado pública, muy detalladamente y, además, entrar en vigor en<br />
una fecha muy cercana a dicho anuncio. <strong>Cuánto mejor informado se encuentre el público, más contribuirán sus reacciones al ajuste</strong>. A continuación propongo una muestra de las medidas que debieran ser tomadas:</p>
<p>[1].- <strong>Un compromiso del gobierno de reducir su gasto en 25% dentro de seis meses</strong>; reducción que debiera tomar la forma de una disminución transversal del presupuesto de cada repartición en 25%, con los relativos a personal a tomarse tan pronto como sea posible. Sin embargo, las reducciones de gasto debieran ser escalonadas en base a un periodo de seis meses para permitir el pago de generosas indemnizaciones. (Cualquier intento de ser selectivo o parcial tiene la probabilidad de fracasar debido a las posibles manipulaciones de cada repartición por lograr que la reducción presupuestaria afecte a otra de ellas. <strong>Es preferible hacer primero una reducción transversal, para luego reasignar el total ya reducido</strong>). […]</p>
<p>[2].- Un categórico compromiso del gobierno de que después de seis meses <strong>no financiará más gasto alguno a través de la emisión de dinero</strong>. (Así como la recuperación económica se vaya dando, la cantidad de dinero deseable en términos reales, esto es, la cantidad consistente con precios estables, aumentará. Sin embargo, este incremento debiera servir como base para la expansión de un mercado de capitales privado en vez de utilizarse para financiar gasto público).</p>
<p>[3].- Continuar con vuestra política actual de un <strong>tipo de cambio diseñado para aproximarse a un tipo de cambio de libre mercado.</strong></p>
<p>[4].- La eliminación de la mayor cantidad posible de obstáculos que, hoy por hoy, entorpecen el desarrollo del libre mercado. Por ejemplo, <strong>suspender, en el caso de las personas que van a emplearse, la ley actual que impide el despido de los trabajadores.</strong> En la actualidad, <strong>esta ley causa desempleo</strong>. También, eliminar los obstáculos a la creación de nuevas instituciones financieras. Asimismo, <strong>eliminar la mayor cantidad posible de controles sobre los precios y salarios</strong>. El control de precios y salarios no sirve como medida para eliminar la inflación; por el contrario, es una de las peores partes de la enfermedad. (Eliminar obstáculos, pero no sustituir subsidios. La empresa privada tendrá la facultad de gozar de las recompensas del éxito sólo si también arriesga soportar los costos del fracaso. Todo hombre de negocios cree en la libre empresa para todos, pero busca también favores especiales para sí mismo. <strong>Ningún obstáculo, ningún subsidio;</strong> esa debiera ser la regla).</p>
<p>[5].- Tome las providencias necesarias para aliviar cualquier caso de real dificultad y severa angustia que se de entre las clases más pobres. Tome en cuenta que las medidas tomadas no producirán, por sí mismas, daño en estos grupos. <strong>El despido de empleados públicos no reducirá la producción, sino que simplemente eliminará gasto</strong>- sus despidos no significarán la producción de un pan o un par de zapatos menos. Pero indirectamente, algunas de las clases menos privilegiadas serán afectadas y, séanlo o no, el programa de medidas será señalado como el culpable de sus angustias. Por lo tanto, sería beneficioso tomar ciertas providencias de este tipo en dicho programa. En este aspecto, mi ignorancia de la situación y acuerdos actuales vigentes en [Argentina] me hacen imposible ser más específico.</p>
<p><strong>Un programa de shock tal como este podría eliminar la inflación en cuestión de meses</strong>. También fundaría las bases necesarias para lograr la solución de su segundo problema- la promoción de una efectiva economía social de mercado.<br />
Este no es un problema de reciente origen, sino que surge de tendencias al socialismo que comenzaron hace [80] años y que<br />
alcanzaron su lógico, y terrible clímax, durante el régimen de [Perón]. […]</p>
<p><strong>La eliminación de la inflación llevará a una rápida expansión del mercado de capitales,</strong> lo cual facilitará en gran medida la<br />
privatización de empresas y actividades que aún se encuentran en manos del Estado.</p>
<p><strong>El más importante paso en este sentido es la liberalización del comercio internacional para, de este modo, proveer de una efectiva competitividad a las empresas</strong> [argentinas] y promover la expansión tanto de las importaciones como de las exportaciones. Lo anterior no sólo mejorará el bienestar del [argentino] común al permitirle adquirir todos los bienes al menor costo, sino que también disminuirá la dependencia de [Argentina] en una sola exportación de importancia: <strong>[la soja].</strong></p>
<p>Estoy conciente de que su Gobierno ya ha dado pasos importantes y planea otros futuros en orden a reducir las barreras al comercio<br />
internacional y a liberalizarlo, y que, como resultado de ello, la ventaja competitiva real de [Argentina] se refleja mejor en éste hoy que en las décadas pasadas. Este es un gran logro. También veo que en esta área existe un fuerte argumento a favor de una gradualización para entregar a los productores [argentinos] una oportunidad para ajustarse a las nuevas condiciones. No obstante, <strong>gradualismo no debe significar quedarse estancado</strong>. En mi opinión personal, creo que un buen consejo para [Argentina] sería dirigirse a la liberalización del comercio a una velocidad y en una extensión mucho mayores de las que hasta ahora han sido propuestas. <strong>Un comercio totalmente libre es el objetivo final deseable, aunque no sea posible de alcanzar en el más cercano futuro.</strong></p>
<p><strong>Quisiera concluir esta carta diciendo que estoy seguro que [Argentina] tiene un gran potencial</strong>. Ha sido un pueblo capaz, letrado, creativo y lleno de energía [...]. Hace unos [ochenta] años atrás, [Argentina], como muchos otros países, incluyendo el mío, se encausó en la ruta equivocada- por buenas razones y sin maldad, ya que fueron errores de hombres buenos y no malos. <strong>El mayor error, en mi opinión, fue concebir al Estado como el solucionador de todos los problemas, de creer que es posible administrar bien el dinero ajeno.</strong></p>
<p>Si [Argentina] toma hoy la senda correcta, creo que puede lograr otro milagro económico: despegar hacia un crecimiento económico sostenido que proveerá una ampliamente compartida prosperidad. Pero para aprovechar esta oportunidad, [Argentina] deberá primero superar un muy dificultoso periodo de transición.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Sinceramente, Milton Friedman</strong></p>
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